Project Gutenberg's El paraiso de las mujeres, by Vicente Blasco Ibanez

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Title: El paraiso de las mujeres
       Novela

Author: Vicente Blasco Ibanez

Release Date: January 24, 2004 [EBook #10822]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO Latin-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PARAISO DE LAS MUJERES ***




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    EL PARAISO DE LAS MUJERES




    VICENTE BLASCO IBANEZ




     EL PARAISO

     DE LAS

     MUJERES


     (NOVELA)




    Copyright 1922.




AL LECTOR


Considero necesario dar una explicacion sobre el origen de este libro.

Una casa editorial cinematografica de los Estados Unidos me pidio hace
un ano una novela para convertirla en _film_, recomendandome que fuese
muy "interesante" y se despegase por completo de los convencionalismos y
rutinas que hasta ahora vienen observandose en las historias presentadas
por medio del cinematografo.

Yo admiro el arte cinematografico--llamado con razon el "septimo
arte"--, por ser un producto legitimo y noble de nuestra epoca. Como
todo progreso, ha encontrado numerosos enemigos, que fingen
despreciarlo; especialmente entre los escritores faltos de las
condiciones necesarias para servir a este arte, aunque lo deseasen. La
llamada Republica de las Letras es un estado conservador y misogeno, que
se subleva instintivamente ante toda novedad y la repele con sarcasmos
que cree aristocraticos.

Cuando se invento la imprenta, una gran parte de los literatos de
entonces tambien la consideraron como algo populachero y ordinario, que
nunca podria gustar a los espiritus escogidos. Fue preciso el transcurso
de algunas decenas de anos para que todos se convenciesen de que el
libro impreso, aunque menos hermoso que el codice escrito a mano y con
letras capitulares artisticamente iluminadas, servia mejor a la difusion
de las ideas y al mejoramiento intelectual de la humanidad.

Dentro de un siglo las gentes se asombraran tal vez al enterarse de que
hubo escritores que presenciaron el nacimiento de la cinematografia y no
hicieron caso de ella, apreciandola como una diversion pueril y frivola,
buena unicamente para el vulgo ignorante.

Conozco todas las objeciones contra el cinematografo y su creciente
difusion. Son las mismas que todavia a estas horas formulan algunas
devotas, en el fondo de las provincias, contra la novela y contra el
teatro, creyendolos la perdicion de la humanidad y la causa de todas las
inmoralidades existentes.

Si la cinematografia no hubiese de dar en el curso de su desarrollo
otras cosas que el sainete grotesco e inverosimil que hace reir con
payasadas de _clown_, o las historias de ladrones y detectives, yo
abominaria de ella, como lo hacen muchos. Pero el nuevo arte esta
todavia en los primeros vagidos de su infancia; no tiene mas alla de
veinticinco anos de existencia--que equivalen a veinticinco minutos en
la historia de un invento util--, y nadie sabe hasta donde pueden llegar
el desarrollo de su juventud y el esplendor de su madurez.

Tambien la novela dio en distintos periodos de su vida una floracion de
libros que tuvieron por heroes a bandidos "simpaticos" o tenebrosos y a
policias "providenciales", y a nadie se le ocurre decretar por ello la
supresion de dicho genero literario. Al lado de la novela psicologica y
de observacion directa existira siempre la novela de folletin. Y lo
mismo puede decirse del teatro. Juntos con el drama y la comedia,
atraeran siempre a una gran parte del publico el melodrama espeluznante
o la farsa grotesca.

La cinematografia no iba a librarse de esta division impuesta por los
dos gustos diversos y antiteticos que se reparten la gran masa del
publico. Como ocurre en la infancia de todo arte, el primer producto del
cinematografo ha sido el melodrama terrorifico y la farsa que hace reir
hasta desquijararse, generos que con mas rapidez atraen a las
multitudes. Pero ahora, despues de dos docenas de anos de existencia,
los que nos preocupamos del desarrollo cinematografico vamos viendo como
se afina el gusto del publico en las naciones mas instruidas y como al
lado de las historias para reir y las tragedias detectivescas surgen las
primeras manifestaciones de la verdadera novela cinematografica, con
caracteres extraidos de la realidad, observaciones psicologicas y una
fabula que mantiene despierto al mismo tiempo el interes del espectador.

Yo creo proximo el nacimiento de muchas novelas cinematograficas que
seran al mismo tiempo grandes obras literarias. Pero estas novelas
resultan de mas dificil produccion que una novela en forma de libro, ya
que en ellas no es posible lo que en la jerigonza literaria llamamos el
"relleno".

       *       *       *       *       *

La cinematografia no es el teatro mudo, como creen muchos; es una novela
expresada por medio de imagenes y frases cortas.

El teatro tiene convencionalismos de lugar y de tiempo, impuestos por
los breves limites de un escenario, y de los cuales no puede librarse.
En cambio, la accion de la novela no reconoce limites; es infinita, como
la del cinematografo, y puede componerse de tres o cuatro historias
diversas, que se desarrollan a la vez, y al final vienen a confundirse
en una sola; puede tener por escenario los lugares mas diversos de
nuestro planeta.

Una obra teatral llegara, cuando mas, hasta siete actos y cambiara sus
decoraciones quince o veinte veces: pero le es imposible ir mas alla.
Una novela, lo mismo que una historia cinematografica, puede disponer de
tantos escenarios como capitulos, tener por fondo los mas diversos
paisajes y por actores verdaderas muchedumbres.

Repito que el "septimo arte" es novela y no teatro, y tal vez por esto
todas las obras teatrales celebres que fueron trasladadas al
cinematografo pasaron inadvertidas, mientras las novelas famosas, al ser
filmadas, obtuvieron grandes exitos, agrandandose el interes de su
fabula con la plasticidad de los personajes que el lector solo habia
podido imaginarse vagamente a traves de las lineas impresas.

Hoy empieza a aumentar considerablemente en todas las naciones el numero
de los novelistas que nos preocupamos del arte cinematografico.

La multiplicidad de los idiomas con que expresan los hombres su
pensamiento representa para el artista literario un obstaculo que no
conocen el pintor, el escultor, ni el musico. Es cierto que los
traductores se encargan de salvar este obstaculo; pero por grande que
sea su pericia y la conciencia con que realicen su trabajo, iresulta
siempre tan diversa la novela traducida de la novela original, y se
pierden tantas cosas en el traslado de una a otra!...

En cambio, la expresion cinematografica puedo proporcionar a la novela
la universalidad de un cuadro, de una estatua o de una sinfonia. Los
rotulos del _film_ y la necesidad de traducirlos representan poca cosa
en esta clase de obras. Lo importante es la imagen vivida, la accion
interpretada por seres humanos, valiendose del gesto, que ignora el
estrecho molde de las silabas.

Gracias a este nuevo medio de expresion, el novelista que por su
nacimiento pertenece a un pais determinado puede tener por patria
intelectual la tierra entera y ponerse en comunicacion con los hombres
de todos los colores y todas las lenguas, hasta con los que viven en los
limites de un salvajismo recien abandonado. Por medio del "septimo
arte", un autor puede en la misma noche contar su historia imaginada a
los publicos de Nueva York, Londres y Paris, a las muchedumbres
cosmopolitas de los grandes puertos del Pacifico a los arabes que llegan
a caballo al aduar del desierto donde funciona el modesto aparato del
cinematografista errante, a los marineros que invernan en una isla del
Oceano Glacial y entretienen sus noches interminables con el relato mudo
de las novelas luminosas.

Yo puedo decir que una de mis mayores satisfacciones literarias la tuve
hace dos anos, estando en California, al conversar con un japones que
habia viajado por toda Asia.

Este hombre me hablo de una de mis novelas, contandome su "argumento"
del principio al desenlace para convencerme de que la conocia bien. No
la habia leido, por no estar traducida aun al idioma de su pais, y
pensaba comprar la version inglesa.

Pero la habia "visto" en un cinema de Pekin.

       *       *       *       *       *

Ademas hay que hacer una confesion. La novela esta en crisis actualmente
en todas las naciones.

El siglo XIX fue el siglo de la musica y de la novela. Resulta tan
enorme la produccion novelesca de los ultimos cien anos y tan diversas
las actividades de sus novelistas, que autores y publico viven ahora
como desorientados.

Es casi imposible encontrar un camino virgen de huellas. Cuando el
novelista cree seguir un sendero completamente inexplorado, se entera a
los pocos pasos de que otros avanzaron por el mismo sitio antes que el.
Todos los resortes de la maquinaria novelesca parecen flojos y
mortecinos de tanto funcionar; todas las situaciones emocionantes, todos
los caracteres salientes, todos los tipos de humanidad, estan casi
agotados. La originalidad novelesca va siendo cada vez mas ilusoria. Por
eso sin duda, muchos autores violentan la serena sencillez de su idioma,
obligandole a producir una florescencia atormentada, de invernaculo, y
hacen de ello su mayor merito. Buscan ocultar de tal modo, bajo la
frondosidad forzada del lenguaje, la anemica pobreza de la historia que
cuentan.

Los novelistas se agitan infructuosamente en busca de novedad; el
publico exige igualmente novedad; pero la novela actual, cuando pretende
en Francia y otros paises ser verdaderamente nueva, no tiene nada de
novela, y aburre al lector.... Y en esta crisis, que es universal, nadie
columbra la solucion.

Yo no afirmo que el cinematografo sea un remedio unico y decisivo;
reconozco ademas como indiscutible que la novela impresa sera siempre
superior a la novela expresada por el gesto, pues esta ultima no puede
disponer con la misma amplitud que la otra de la sugestion inmaterial
del "estilo"; pero creo que si los novelistas empiezan a intervenir
directamente en el desarrollo del "septimo arte", monopolizado hasta
hace poco por personas sin competencia literaria, su esfuerzo servira
cuando menos para reanimar la novela, comunicandola una segunda juventud
y haciendo mas extensos sus dominios actuales.

Sin embargo, no a todos los paises les es facil adaptarse con exito al
nuevo medio de expresion literaria.

La cinematografia depende del desarrollo industrial de un pais y de su
riqueza.

El libro tambien necesita sujetarse a la influencia de estos dos
factores; pero un editor de novelas impresas puede establecerse en
cualquier parte donde existan imprentas y almacenes de papel, y le
bastan unos cuantos miles de pesetas para publicar sus primeros
volumenes.

Las casas editoriales de cinematografia necesitan capitales de millones
y crear por su propia cuenta inmensos talleres. Ademas, les es
indispensable tener a sus espaldas la grandeza de una de esas naciones
que son primeras potencias industriales, para encontrar con facilidad
energias electricas gigantescas, fabricas capaces de producir nuevas
maquinarias: en una palabra, para disponer de poderosos aliados y
servidores.

Por este motivo, el mas enorme de los pueblos americanos es y sera
siempre el primer productor cinematografico de la tierra. Francia, que
invento la cinematografia, figura actualmente como una simple
importadora de _films_ facturados desde Nueva York.

El cinematografo ocupa en los Estados Unidos el quinto lugar entre los
productos nacionales. Avanza a continuacion del acero, el trigo y otros
articulos indispensables para la vida.

Hay en aquella Republica veinticinco mil salas de cinematografo, algunas
de ellas con lugar para mas de seis mil espectadores.

En los miles de ciudades donde viven agrupados sus ciento veinte
millones de habitantes, los teatros se mantienen en una situacion
estacionaria, mientras los cinemas son cada vez mas numerosos.

De una obra cinematografica americana que obtiene exito en el mundo
entero llegan a venderse por termino medio doscientas copias. Es lo que
se llama, en lenguaje de libreria, "una mediana tirada". De estas copias
Francia compra tres o cuatro para "pasarlas" en sus diversos cinemas;
Espana tres; Italia tres o dos, etc. La Gran Bretana, que es la mayor
compradora de Europa, adquiere once o quince para la metropoli y sus
colonias.

En total: de las doscientas copias, los Estados Unidos consumen ellos
solos ciento veinte, y las ochenta restantes son para los demas pueblos
de la tierra. Asi se comprende que los cinematografistas americanos, sin
salir de su pais, puedan cubrir todos sus gastos, que son inauditos, y
realizar ganancias. El producto del resto del mundo es para ellos a modo
de una propina.

Despues de saber esto, reconocera el lector que el cinematografo solo
puede ser americano, y que la suprema aspiracion de todo novelista que
desee triunfos en el "septimo arte" consiste en abrirse paso alla ... si
es que puede, pues la empresa no resulta facil.

       *       *       *       *       *

Pero volvamos a la explicacion del origen de este libro.

Como mi novela _Los cuatro jinetes del Apocalipsis_ ha sido convertida
en _film_--mas extenso y costoso de todos los que se conocen hasta el
presente, y el cual obtiene en los Estados Unidos un exito que durara
anos--, recibi de Nueva York, como ya he dicho, el encargo de escribir
un relato novelesco que pudiera servir para una obra cinematografica de
"interes y novedad".

Asi produje EL PARAISO DE LAS MUJERES.

Esta historia fantastica, que se despega por completo de mis novelas
anteriores, no ha nacido verdaderamente ahora, pues data de los tiempos
de mi infancia.

Desde que lei, siendo nino, los _Viajes de Gulliver_, el recuerdo de
Liliput y sus pequenos habitantes se fijo para siempre en mi memoria.
Muchas veces me pregunte, en aquellos anos ya remotos: "?Que habra
ocurrido en Liliput despues que se marcho el heroe de Swift?..." Y me
entretenia imaginando a mi modo los diversos episodios de la historia
contemporanea de los pigmeos.

Ahora, en la madurez de mi vida, he intentado otra vez rehacer la
historia moderna de Liliput, pero como puede realizarlo la fantasia de
un hombre, menos optimista y generosa que la de un nino.

Esto de imaginarse una humanidad mas pequena que la nuestra, con
nuestros mismos defectos y preocupaciones, como si fuese contemplada a
traves de un microscopio, es algo que halaga la vanidad de los hombres,
y por lo mismo resulta tan antiguo como su existencia.

Swift, el humoristico dean irlandes, fue el creador de Gulliver y del
reino de Liliput; pero cien anos antes, Rabelais, que indudablemente le
sirvio de modelo, habia descrito con no menor humor las costumbres de
enanos y gigantes.

Tengo la certeza de que en todas las literaturas antiguas fueron muchos
los relatos sobre paises de pigmeos y paises de colosos. ?Que pueblo no
conto historias de gnomos minusculos, de vida misteriosa, y gigantes que
para contemplar a uno de nuestra especie necesitan colocarlo sobre la
palma de una mano?... Voltaire se inspiro en Swift para crear su
_Micromegas_, y seria muy largo el relato de todos los novelistas y
cuentistas que imitaron mas o menos directamente este genero de
fantasias.

Yo escribi la presente novela creyendo que unicamente iba a servir para
la produccion de una cinta cinematografica, y jamas apareceria en forma
de libro. En realidad, la casa editorial de Nueva York no me pidio una
novela, sino lo que llaman en lenguaje cinematografico un "escenario",
un relato escueto y de pura accion, para que sirva de guia al director
de escena, a los encargados de las tramoyas y a los actores que
interpretan los personajes.

Pero excitado por la novedad del trabajo y a impulsos tambien de mis
habitos de novelista, empece a escribir y a escribir, sin darme cuenta
de que en vez de un "escenario" producia una novela, y en veintiuna
tardes termine EL PARAISO DE LAS MUJERES.

Nunca he trabajado tan aprisa y con tanto fervor. Creo que si me pusiera
ahora a hacer una copia del presente libro emplearia mas tiempo.

Repito que jamas pense que mi novela cinematografica pudiera convertirse
en volumen impreso; y mi sorpresa fue grande al ver que el "escenario"
era un libro al que algunos pretendian encontrar cierta intencion
filosofica y politica. Hasta en los Estados Unidos--pais donde las
mujeres ejercen una enorme y legitima influencia--creen algunos,
equivocadamente, que mi novela es a modo de una satira del feminismo
norteamericano.

Como EL PARAISO DE LAS MUJERES ha sido traducida ya a varios idiomas, me
decido a publicarla igualmente en espanol, aunque no pensase en ello
cuando la escribi.

Sera una obra mas dentro del marco de la novela espanola, la cual desde
hace algunos anos no peca ciertamente por exceso de variedad. Los mas de
los novelistas marchan en fila india, uno tras otro, y solo de tarde en
tarde se les ocurre saltar un poco fuera del sendero. Mientras tanto, en
los otros paises la novela procura renovarse y los autores cambian con
frecuencia su manera de ver la vida y de expresar sus impresiones, para
que no los "encasille" el publico, adivinando de antemano lo que pueden
decir. Ademas, la novela es un genero de variedad infinita, y alli donde
todos los novelistas describen lo mismo, con un lenguaje semejante, la
novela corre peligro de muerte.

Tal vez el presente libro sea considerado por muchos como una
"equivocacion" al compararlo con mis anteriores obras; pero yo prefiero
equivocarme yendo en busca de novedad, a conseguir aciertos faciles, que
muchas veces no son mas que simples repeticiones de triunfos anteriores.
De todos modos, me anima la esperanza de que este relato ligero tal vez
resulte mas entretenido para el lector que muchas novelas de moda
reciente, en las que se emplean trescientas paginas solo para preparar
el encuentro a puerta cerrada de dos personas de distinto sexo, llegando
asi a la escena "culminante" de la obra, que es simplemente una escena
de "libro verde", escrita con las precauciones necesarias para bordear
el Codigo y que el volumen pueda exponerse sin peligro en los
escaparates de las librerias.

Del _film_ que dio origen a esta novela dire que aun esta por nacer.
Segun parece, fui amontonando en el tales dificultades do ejecucion, que
los ingenieros norteamericanos que inventan nuevas "magias" para esta
clase de obras todavia estan haciendo estudios y no han podido encontrar
el modo de que aparezcan en el lienzo luminoso, a un mismo tiempo y sin
trampa visible, la enormidad del Gentleman-Montana y la bulliciosa
pequenez de las muchedumbres que pueblan la Ciudad-Paraiso de las
Mujeres.

VICENTE BLASCO IBANEZ

Villa Fontana Rosa Menton (Alpes Maritimos) Febrero 1922




EL PARAISO DE LAS MUJERES


       *       *       *       *       *


Frente a la Tierra de Van Diemen


Edwin Gillespie, joven ingeniero de Nueva York, llevaba varias semanas
de navegacion a bordo de uno de los paquebotes ingleses que hacen la
carrera entre San Francisco y Australia.

Nunca habia conocido un viaje tan triste. Recordaba con dulce nostalgia
su navegacion de tres anos antes, desde los Estados Unidos a las costas
de Francia, cuando era oficial del ejercito americano e iba a guerrear
contra los alemanes. Aquella travesia resultaba peligrosa; reinaba a
bordo una continua vigilancia por miedo a los submarinos y a las minas
flotantes; pero Gillespie tenia entonces como inseparables companeros la
alegria de una juventud ansiosa de aventuras y el entusiasmo del que va
a exponer su vida por un ideal generoso.

Ahora llevaba como invisibles camaradas de viaje la desesperacion y el
aburrimiento, y cuando conseguia huir de uno, caia en los brazos del
otro. Se habia embarcado apresuradamente, creyendo encontrar la fortuna
lejos de los Estados Unidos; pero se sentia cada vez mas triste asi como
iba alejandose de su tierra natal.

Era el amor el que le habia aconsejado esta resolucion desesperada.

A su vuelta de la gran guerra habia visto el mundo transfigurado. Todo
le parecia mas hermoso; las cosas adoptaban nuevas formas; el aire
cantaba junto a sus oidos, agitado por las vibraciones de una sinfonia
interminable. Y todo esto era porque acababa de conocer a miss Margaret
Haynes, una persona primaveral, cuyos diez y nueve anos, alegres y
graciosos, se desbordaban en risas, palabras musicales y gestos
encantadores.

Gillespie olvido de golpe todo su pasado al hablar con esta adorable
criatura. Creyo que su vida anterior habia sido un ensueno. Recordaba
con esfuerzo, como si fuesen palidas visiones, su ida a Europa; los
combates junto a Saint-Mihiel, de los que salio herido; la ceremonia
guerrera durante la cual a el y a otros companeros les colocaron sobre
el pecho la roja cinta de la Legion de Honor.

Para Edwin Gillespie la unica realidad era miss Margaret, y los dias que
no la veia, aunque solo fuese por unos momentos, se imaginaba que el
cielo era otro y que se desarrollaban en su inmensidad tremendos
cataclismos de los que no podian enterarse los demas mortales.

Toda una primavera se encontraron en los tes de los hoteles elegantes de
Nueva York. Despues, durante el verano, siguieron conversando y bailando
en las playas del Atlantico mas de moda.

Miss Margaret era la hija unica del difunto Archibaldo Haynes, que habia
reunido una fortuna considerable trabajando con exito en diversos
negocios. La sonriente _miss_ iba a heredar algun dia varios millones; y
esto no representaba para ella ningun impedimento en sus simpatias por
Gillespie, buen mozo, heroe de la guerra y excelente bailarin, pero que
aun no contaba con una posicion social.

El ingeniero se tuvo durante medio ano por el hombre mas dichoso de su
pais. Miss Haynes fue la que se encargo de envalentonar su timidez con
prometedoras sonrisas y palabras tiernas. En realidad, Edwin no supo con
certeza si fue el quien se atrevio a declarar su amor, o fue ella la que
con suavidad le impulso a decir lo que llevaba muchos meses en su
pensamiento, sin encontrar palabras para darle forma.

Margaret acepto su amor, fueron novios, y desde este momento, que debia
haber sido para Gillespie el de mayor felicidad, empezo a tropezar con
obstaculos. Seguro ya del carino de la hija, tuvo que pensar en la
madre, que hasta entonces solo habia merecido su atencion como una dama
de aspecto imponente, muy digna de respeto, pero que siempre se mantenia
en ultimo termino, cual si desease ignorar la existencia del ingeniero.
Mistress Augusta Haynes era una senora de gran estatura y no menos
corpulencia, breve y autoritaria en sus palabras, y que contemplaba el
deslizamiento de la vida a traves de sus lentes, apreciando las personas
y las cosas con la fijeza altiva del miope. Dotada de un meticuloso
genio administrativo, sabia mantener integra la fortuna de su difunto
esposo y acrecentarla con lentas y oportunas especulaciones.

Amaba a su hija unica, tanto como detestaba a la juventud actual por su
caracter frivolo y su inmoderada aficion al baile. En las reuniones
buscaba siempre a las personas graves, lamentandose con ellas de la
ligereza y la corrupcion de los tiempos presentes. Se habia fijado en la
asiduidad con que el ingeniero seguia a su hija, en su aficion a bailar
juntos y en sus conversaciones aparte. Ademas, tenia noticias de varios
encuentros, demasiado casuales, en los paseos de la ciudad.

Como si su instinto le avisase la certeza de un amor que hasta entonces
solo habia sospechado, mistress Augusta Haynes, al llegar el invierno,
decidio pasarlo lejos de Nueva York, y fue a instalarse con su hija en
un lujoso hotel de Pasadena. Creyo, sin duda, con egoista ilusion, que
un hombre que habia ido de America a Europa para hacer la guerra era
incapaz de trasladarse igualmente de Nueva York a California detras de
su amada; pero pronto pudo convencerse de su error.

Una semana despues, al bajar por la manana al parque del hotel, vio a
Margaret jugando al _tennis_ con un _gentleman_ de pantalon blanco,
brazos arremangados y camisa de cuello abierto: el ingeniero Gillespie.

Miss Haynes, que habia hecho el viaje malhumorada y nerviosa, sonreia
ahora como si viese revolotear escuadrillas de angeles por encima de los
naranjos californianos. En cambio, la madre recobro su gesto
inquisitorial, acogiendo con helada cortesia las grandes demostraciones
de afecto del ingeniero.

--Ha sido para mi una agradable sorpresa--dijo el joven--. Yo no sabia
que estaban ustedes aqui....

Y por debajo de la naricita sonrosada de miss Margaret revoloteaba una
sonrisa que parecia burlarse de tales palabras.

Desde entonces, la majestuosa viuda empezo a pensar en lo urgente que
era librarse de este aspirante a la dignidad de yerno suyo. La gallardia
fisica del buen mozo, su aventura militar, que tanto entusiasmaba a las
jovenes, y sus destrezas de danzarin, eran para la senora Haynes otros
tantos titulos de incapacidad.

Ella apreciaba en los hombres cualidades mas positivas. ?A cuanto
ascendia su fortuna? ?Que es lo que habia hecho hasta entonces de serio
en su existencia?...

Era ingeniero; pero esto no representaba mas que un simple diploma
universitario. Habia prestado sus servicios en unas cuantas fabricas,
ganando lo preciso para vivir, y cuando llegaba el momento de la guerra,
en vez de quedarse en America para trabajar en un gran centro industrial
e inventar algo que le hiciese rico, preferia ser soldado, debiendo solo
a un capricho de la suerte el no quedar tendido para siempre sobre la
tierra de Europa.

Su marido habia sido otro hombre, y ella deseaba para Margaret un esposo
igual, con una concepcion practica de la existencia, y que supiese
aumentar los millones de la conyuge aportando nuevos millones producto
de su trabajo.

La viuda no ahorro medios para hacer ver al ingeniero su hostilidad.
Evitaba ostensiblemente el invitarlo a sus fiestas; fingia no conocerle;
estorbaba con frecuentes astucias que su hija pudiera encontrarse con
el.

Miss Margaret se mostraba triste cuando de tarde en tarde conseguia
hablar con Edwin, lejos de la agresividad de su madre y de la
animadversion de todas las familias amigas, igualmente hostiles a el.

Un dia, Gillespie, con un esfuerzo supremo de su voluntad y mas
conmovido que cuando avanzaba en Francia contra las trincheras alemanas,
visito a la majestuosa viuda para manifestarle que Margaret y el se
amaban y que solicitaba su mano.

Aun se estremecia en el buque al recordar el tono glacial y cortante con
que le habia contestado la senora. Su hija era heredera de una
respetable fortuna, y bien merecia que su esposo aportase, cuando menos,
otro tanto a la asociacion matrimonial.

--Ademas--dijo la viuda--, yo deseo un yerno que sea persona seria y
trabaje con provecho. Nunca me han gustado los hombres que pasan el
tiempo sonando despiertos, leyendo libros o escribiendo cosas que nada
producen.

Gillespie tuvo que reconocer que la viuda estaba bien enterada de su
existencia; tal vez por la indiscrecion de un amigo infiel, tal vez por
las informaciones de algun detective particular. En realidad, este
ingeniero era algo dado al ensueno, gustaba mucho de la lectura, y en
sus cajones, junto con los planos y los calculos de su profesion,
guardaba varios cuadernos de versos.

Margaret le amaba; pero el amor de una senorita de buena familia y
excelente educacion, acostumbrada a las comodidades que proporciona una
gran fortuna, debe tener sus limites forzosamente. No iba ella a
abandonar a su madre y a renir con todas las familias amigas para
casarse con un novio pobre, dedicado por completo a su amor e ignorante
del camino que debia seguir en el presente momento. Estas resoluciones
desesperadas solo se ven en las novelas.

Tenia ademas cierta confianza en el porvenir y consideraba oportuno
dejar pasar el tiempo. Su madre tal vez cediese al ver que transcurrian
los anos sin que ella amase a otro hombre. Edwin podia estar seguro de
su fidelidad. Mientras tanto, la Fortuna tal vez se fijase de pronto en
Gillespie, como se habia fijado en mister Haynes. Acostumbrada a ver en
los salones de su casa a muchos hombres que habian empezado su carrera
siendo pobres y ahora eran millonarios, se imagino que esta era
inevitablemente la historia de todos los humanos y que a Edwin le
llegaria su turno.

Pero la madre velaba, y corto con una energica resolucion esta rebeldia
mansa. La senora y la senorita Haynes desaparecieron de su hotel. El
ingeniero, despues de disimuladas averiguaciones entre las familias
amigas de ellas residentes en Pasadena y en Los Angeles, llego a saber
que se habian trasladado a San Francisco. Fue alla, y consiguio una
tarde hablar con Margaret en el Gran Parque, cuando paseaba con su
maestra de espanol.

La entrevista resulto grata para el joven, porque le dio la seguridad de
que Margaret le amaba siempre; mas no por eso saco de ella un resultado
positivo.

Miss Haynes era una buena hija y no se declararia nunca en rebelion
contra su madre. Pero como en sus afectos solo podia mandar ella, juro a
Edwin que le esperaria un ano, dos, tres, todos los que fuesen
necesarios, hasta que el encontrase una situacion verdaderamente
lucrativa o un medio indiscutible de hacer fortuna. Con esto era seguro
que la madre cejaria en su resistencia.

El ingeniero juro tambien con el entusiasmo de una juventud energica. El
conseguiria esta fortuna. Ignoraba completamente, al formular su
juramento, de que modo puede obtenerse la riqueza; pero una nueva
voluntad, mas fuerte que la que hasta entonces le habia guiado en la
vida, empezaba a despertar en su interior.

--iAdios, Margaret! Antes de un ano sere rico, y nos casaremos....

Luego, al verse solo, sin la dulce embriaguez que parecia invadirle
cuando estaba al lado de su novia, volvio a contemplar la realidad tal
como era, hostil y repelente. ?Como puede un hombre ganar unos cuantos
millones en un ano cuando los necesita para casarse con la mujer que
ama?... Quiso ver otra vez a Margaret, para que su voluntad adquiriese
nuevas fuerzas, pero no pudo encontrarla. La viuda de Haynes, que sin
duda habia tenido noticias de esta entrevista por la profesora de
espanol, se marcho de San Francisco con su hija, y esta vez Edwin no
pudo averiguar nada acerca de su paradero.

Le era preciso, despues de esto, tomar una resolucion. Su vida en Los
Angeles, siguiendo los pasos de una muchacha millonaria, habia
disminuido considerablemente los contados miles de dolares que
representaban todo su capital. Necesitaba lanzarse cuanto antes a un
nuevo trabajo para no verse en la indigencia.

Creyo, como todos, que la fortuna unicamente puede esperarnos en un
lugar de la tierra muy apartado de aquel en que nacimos, casi en los
antipodas, y por eso acepto con verdadera fe los informes de un amigo
que le aconsejaba ir a Australia, ofreciendole para alla varias cartas
de recomendacion.

Gillespie acabo embarcandose con rumbo a Melbourne, pero antes escribio
a una amiga de Margaret para que esta conociese su resolucion y el lugar
de la tierra adonde le encaminaba su nueva aventura.

La larga navegacion fue muy triste para el. La soledad voluntaria en que
se mantuvo entre los pasajeros sirvio para excitar sus recuerdos
dolorosos. Durante la primera escala en Honolulu tuvo la esperanza, sin
saber por que, de recibir un cablegrama de Margaret animandole a
perseverar en su resolucion. Pero no recibio nada.

Luego vino la interminable travesia hasta Nueva Zelandia, siguiendo la
curva de mas de una mitad del globo terraqueo, a traves de los numerosos
archipielagos esparcidos en el Pacifico. En Auckland tampoco le salio al
encuentro ningun cablegrama.

Varias familias de Nueva Zelandia tomaron pasaje para ir a Sidney o a
Melbourne. El joven americano evitaba toda amistad con los companeros de
viaje. Preferia la melancolia de sus recuerdos, entregandose a ellos ya
que no le era posible el placer de la lectura. Durante la larga travesia
habia leido todos los volumenes que llevaba con el y los de la
biblioteca del buque, que por cierto no eran nuevos ni abundantes.

Una tarde, cuando el paquebote debia hallarse cerca de la antigua Tierra
de Van Diemen, el ingeniero, que dormitaba tendido en un sillon del
puente de paseo, vio un libro abandonado en el sillon inmediato. Le
basto la primera ojeada para darse cuenta da que debia pertenecer a los
ninos de una familia subida al buque en Nueva Zelandia.

La cubierta del libro era en colores, y el dibujo de ella le hizo
conocer su titulo antes de leerlo. Vio un hombre con sombrero de tres
picos y casaca de largos faldones, que tenia las piernas abiertas como
el coloso de Rodas y las manos apoyadas en las rotulas. Por entre las
dos columnas de sus pantorrillas desfilaba, a pie y a caballo, llevando
tambores al frente y banderas desplegadas, todo un ejercito de enanos
tocados con turbantes y plumeros, a estilo oriental.

--Las _Aventuras de Gulliver_--murmuro el ingeniero--. El gracioso libro
de Swift ... iCuanto tiempo hace que no he leido esto!... iQue feliz era
yo en los anos que podia interesarme tal lectura!...

Y Gillespie, tomando el volumen, lo abrio con una curiosidad risuena y
algo desdenosa. Primeramente fue mirando las distintas laminas; despues
empezo la lectura de sus paginas, escogidas al azar, dispuesto a
abandonarla, pero retardando el momento a causa de su curiosidad, cada
vez mas excitada. Al fin acabo por entregarse sin resistencia al interes
de un libro que resucitaba en su memoria remotas emociones.

Pero esta lectura, empezada contra su voluntad, fue interrumpida
violentamente.

Temblo el piso de la cubierta bajo sus pies. Todo el buque se estremecio
de proa a popa, como un organismo herido en mitad de su carrera, que se
detiene y acaba por retroceder a impulsos del golpe recibido.

El ingeniero vio elevarse sobre la proa un gran abanico de humo negro y
amarillento atravesado por muchos objetos obscuros que se esparcian en
semicirculo. Esta cortina densa tomo un color de sangre al cubrir el
horizonte enrojecido por la puesta del sol.

Sono una explosion inmensa, ensordecedora, y despues se hizo un profundo
silencio en la dulce serenidad de la tarde, como si el infinito del mar
y el horizonte hubiesen absorbido hasta la ultima vibracion del
atronador desgarramiento. Pero el silencio fue corto. A continuacion,
todo el buque parecio cubrirse de aullidos de dolor, de gritos de
sorpresa, de carreras de gentes enloquecidas por el panico, de ordenes
energicas. Por las dos chimeneas del paquebote se escaparon torrentes
mugidores de humo negro, al mismo tiempo que debajo de la cubierta
empezaba un jadeo ruidoso, igual al estertor de un gigante moribundo.

A partir de este momento, el ingeniero creyo haber caido en un mundo
irreal, en una vida distinta de la ordinaria. Los hechos se sucedieron
con una rapidez desconcertante.

Se vio hablando con un oficial que corria a lo largo de la cubierta
dando gritos a los marineros para que echasen los botes al agua.

--Hemos tocado con la proa una mina flotante--dijo contestando a las
preguntas de Gillespie--. Y si no es una mina, sera un torpedo
abandonado por alguno de los corsarios alemanes que navegaron en el
Pacifico.

Respondio el ingeniero con un gesto de incredulidad. ?Como podian las
corrientes oceanicas arrastrar una mina flotante hasta Australia?...
?Por que raro capricho de la suerte iban ellos a chocar con un torpedo
abandonado por un corsario en la inmensidad del Pacifico?... Oyo que le
hablaban; pero esta vez era un pasajero con el que solo habia cambiado
algunos saludos durante el viaje.

--No creo en la mina ni en el torpedo--dijo este hombre--. Deben haber
embarcado dinamita en Nueva Zelandia o alguna otra materia explosiva. Lo
cierto es que nos vamos a pique irremediablemente.

Gillespie se dio cuenta de que este pasajero decia verdad. El buque
empezaba a hundir su proa y a levantar la popa lentamente. Las olas
invadian ya la parte delantera del buque, llevandose los objetos rotos
por la explosion y los cadaveres despedazados.

Los tripulantes echaban los botes al agua. Los oficiales, ayudados por
algunos pasajeros, todos con su revolver en la diestra, iban
reglamentando el embarco de la gente. Las mujeres y los ninos ocupaban
con preferencia las grandes balleneras; luego embarcaban los hombres por
orden de edad.

Se abstuvo Gillespie de unirse a los grupos que esperaban sobre la
cubierta el momento de huir del buque. Sabia que el, por su juventud y
su vigor, debia ser de los ultimos. Un tranquilo fatalismo guiaba ahora
sus acciones. La muerte se le aparecia como algo dulce y triste que
podia solucionar todas las contrariedades de su existencia.

Automaticamente se metio en su camarote, tomando muchos objetos de un
modo instintivo, sin que su razon pudiese definir por que hacia esto.

Al volver a la cubierta, ya no vio a los grupos de pasajeros. Todos
estaban en los botes. Solo quedaban algunos tripulantes, y el mismo
oficial que le habia hablado corria ahora de una borda a otra, dando
ordenes en el vacio.

--?Que hace usted aqui?--le pregunto severamente--. Embarquese en
seguida. El buque va a hundirse en unos minutos.

Asi era. La proa habia desaparecido enteramente; las olas barrian ya la
mitad de la cubierta; el interior del paquebote callaba ahora con un
silencio mortal. Las maquinas estaban inundadas. Un humo denso y frio,
de hoguera apagada, salia por sus chimeneas.

Gillespie tuvo que subir a gatas por la cubierta en pendiente, lo mismo
que por una montana, hasta llegar a un sitio designado por el oficial,
del que colgaba una cuerda. Se deslizo a lo largo de ella con una
agilidad de deportista acostumbrado a las suertes gimnasticas, hasta que
tuvo debajo de sus plantas el movedizo suelo de madera de un bote.

Unos pies golpearon su cabeza, y tuvo que sentarse para dejar sitio al
oficial, que descendia detras de el.

El bote no era gran cosa como embarcacion. Lo habian despreciado, sin
duda, los demas tripulantes y pasajeros que llenaban varias balleneras
vagabundas sobre la superficie azul. Todas estas embarcaciones se
alejaban a vela o a remo del buque agonizante.

Por fortuna, este bote, en el que podian tomar asiento hasta ocho
personas, solo estaba ocupado por tres: Gillespie, el oficial y un
marinero.

El paquebote, acostandose en una ultima convulsion, desaparecio bajo el
agua, lanzando antes varias explosiones, como ronquidos de agonia. La
soledad oceanica parecio agrandarse despues del hundimiento de esta isla
creada por los hombres. Las diversas embarcaciones, pequenas como
moscas, se fueron perdiendo de vista unas de otras en la penumbra
vagorosa del crepusculo. El mar, que visto desde lo alto del buque solo
estaba rizado por suaves ondulaciones, era ahora una interminable
sucesion de montanas enormes de angustioso descenso y de sombrios
valles, en los que el bote parecia que iba a quedarse inmovil, sin
fuerzas para emprender la ascension de la nueva cumbre que venia a su
encuentro.

Los tres hombres remaron varias horas. Luego la fatiga pudo mas que su
voluntad, y acabaron tendiendose en el fondo de la embarcacion.

La lobreguez de la noche abatio sus energias. ?Para que seguir remando a
traves de las sombras, sin saber adonde iban? Era mejor esperar la luz
de la manana, economizando sus fuerzas.

Acabo Gillespie por dormirse con ese sueno pesado y profundo, de una
densidad animal, que solo conocen los hombres cuando estan en visperas
de un peligro de muerte.

Le parecio que este sueno y la misma noche solo habian durado unos
minutos. Una impresion caustica en la cara y en las manos le hizo
despertar.

Era la caricia del sol naciente. El bote se agitaba con movimientos mas
suaves que en la noche anterior. El cielo no tenia sobre sus ojos una
nube que lo empanase; todo el estaba impregnado de oro solar. Las aguas
se extendian mas alla de las bordas del bote, formando una llanura de
azul profundo y mate que parecia beber la luz.

Se incorporo, y al tender su vista de un extremo a otro de la
embarcacion, no pudo retener un grito de sorpresa. Se llevo una mano a
los ojos, restregandoselos para ver mejor.

Estaba solo.




II

Noche de misterios y despertar asombroso


No pudo comprender la desaparicion de sus companeros. Es mas: presintio
que este misterio no lo aclararia nunca. Tal vez se habian precipitado
sin quererlo en el mar, al hacer una maniobra de la que el no se dio
cuenta durante su sueno. Luego penso que, al encontrarse en el curso de
la noche con alguna de las grandes balleneras procedentes del paquebote,
el oficial y el marinero habian querido pasar a ella por considerarla
mas segura, abandonando a Edwin a su suerte para no cargar a la repleta
embarcacion con un pasajero mas.

El joven olvido pronto esta felonia. Necesitaba trabajar para salir de
su angustiosa situacion. Durante algunas horas remo y remo, siguiendo el
rumbo que le aconsejaba su instinto.

Se habia sentido en muchas ocasiones orgulloso de su vigor corporal,
pero jamas sus fuerzas se mostraron tan poderosas e incansables como en
la presente aventura. De vez en cuando se ponia de pie, esparciendo su
vista por todo el circulo del horizonte, sin distinguir la mas pequena
embarcacion. Los fugitivos del naufragio estaban ya muy lejos, o los
habia tragado el mar durante la noche.

A mediodia descanso para comer. En el bote habia abundantes provisiones,
asi como numerosos y diversos objetos en disparatado amontonamiento. Era
una suerte que sus companeros no hubiesen pensado en llevarse tantas
cosas preciosas.

Algunas horas despues, Edwin presintio la proximidad de la tierra. El
mar tranquilo, sin mas alteracion que algunas leves ondulaciones, mugia
sordamente en el horizonte, formando una linea de espumas. Debia ser una
barrera de obstaculos submarinos, en torno a los cuales se revolvian las
aguas, hirviendo en incesantes espumarajos.

El ingeniero remo directamente hacia estos escollos, adivinando que eran
las crestas de invisibles murallas formadas por el coral. Mas alla
existirian tal vez tierras firmes. Avanzo con precaucion a traves de las
aguas alborotadas, sufriendo violentas sacudidas sobre tres lineas de
olas, que casi le hicieron zozobrar. Pero una vez pasado tal obstaculo,
se vio en un inmenso y tranquilo circo de agua.

En todo lo que abarcaba su vista, el mar ofrecia la tersura de un lago,
teniendo por orla la linea de rompientes, y por el lado opuesto, una
sucesion de tierras bajas que debian ser islas.

Edwin siguio bogando. Varias veces hundio un remo verticalmente en el
agua con la esperanza de tocar fondo. No pudo conseguirlo; pero adivino
que su bote se deslizaba sobre una extension acuatica que solo tenia
algunos metros de profundidad.

Media hora despues, al volver a hundir el remo, creyo tocar una roca;
pero siguio avanzando mucho tiempo, sin que la quilla del bote rozase
ningun obstaculo. Empezaba a ocultarse el sol cuando llego cerca de
tierra, y fue siguiendo su contorno a unos cincuenta metros de
distancia. Iba en busca de una bahia pequena o de la desembocadura de un
riachuelo para poder desembarcar, conservando su bote.

Como empezaba a anochecer, acelero su exploracion antes de que se
extinguiese por completo la incierta luz del crepusculo. Vio que la
costa avanzaba formando un pequeno cabo y que, en torno de su punta, las
aguas se mantenian tranquilas, con una pesadez que denunciaba cierta
profundidad. Llego a tocar con la proa esta tierra, relativamente alta
entre las tierras inmediatas. Apoyando sus manos en el reborde de la
orilla, dio un salto y quedo de pie sobre el reducido promontorio.

Lo primero que penso fue buscar una piedra, un arbol, algo donde atar la
cuerda del bote, que sostenia con su diestra. Tuvo miedo de que durante
la noche la resaca se llevase mar adentro esta embarcacion, que
representaba su unica esperanza.

Buscando en la penumbra, dio con un grupo de arbustos vigorosos cuyas
ramas llegaban a la altura de su cabeza. Fijandose en ellos, pudo ver
que tenian la forma de arboles altisimos, contrastando su aspecto con su
relativa pequenez.

Pero no creyo oportuno perder el tiempo en la contemplacion de este
fenomeno vegetal, y se limito a pasar la cuerda en derredor de tres de
los arboles enanos, dejando sujeto de este modo su bote para que no se
alejase de la costa. Despues siguio adelante por el promontorio,
metiendose tierra adentro.

La noche habia cerrado ya completamente, y Gillespie tuvo que desistir a
la media hora de continuar esta marcha sin rumbo determinado. No se veia
una luz ni el menor vestigio de habitacion humana. Tampoco llego a
descubrir la existencia de animales bajo la maleza, en la que se hundia
a veces hasta la cintura.

Quiso volver atras, convencido de la inutilidad de su exploracion.
Preferia pasar la noche en el bote, por ofrecerle mayores comodidades
para su sueno que esta tierra desconocida. Pero al poco tiempo de
marchar en varias direcciones se dio cuenta de que estaba completamente
desorientado. Aquel mar tranquilo como una laguna, sin rompientes y sin
olas, no podia guiarle con el ruido de sus aguas al chocar contra la
orilla.

Un silencio absoluto envolvio a Edwin. La profunda calma de la noche
solamente se turbaba con el crujido de los arbustos, que tenian forma de
arboles. Sus ramas, al partirse bajo sus pies, lanzaban chasquidos de
madera vigorosa.

Al salir a una llanura abierta en la selva enana, se sento en el suelo,
admirando la suavidad del cesped. Lo mismo era pasar alli la noche que
en la embarcacion. No hacia frio, y ademas el estaba abrumado por el
cansancio y por las tremendas emociones sufridas en el mar. Comio varias
galletas y un pedazo de chocolate encontrados en sus bolsillos y acabo
por tenderse, reconociendo que este lecho algo duro no le privaria del
sueno.

Iba a dormirse, cuando noto algo extraordinario en torno de el.
Adivinaba la proximidad invisible de pequenos animales de la noche,
atraidos sin duda por la novedad de su presencia. Bajo los matorrales
inmediatos sonaba un murmullo de vida comprimida y susurrante, igual a
un revoloteo de insectos o un arrastre de reptiles.

--Deben ser ratas--penso el ingeniero.

Al extender, desperezandose, uno de sus brazos, dio contra los
matorrales mas proximos, e inmediatamente sono bajo el ramaje un rumor
medroso de fuga.

Gillespie sonrio, satisfecho de no estar solo en esta tierra misteriosa.
No se habia equivocado: eran ratas u otros roedores del bosque de
arbustos.

De nuevo empezaba a adormecerse, cuando un zumbido, que parecia sofocado
voluntariamente, paso varias veces sobre su rostro. Al mismo tiempo le
abanico las mejillas cierta brisa dulce, semejante a la que levantan
unas alas agitandose con suavidad.

--Algun murcielago--volvio a decirse.

Sus ojos creyeron ver en la lobreguez algo mas obscuro aun que pasaba,
flotando en el aire, por encima de su rostro. De este pajaro de la noche
surgieron repentinamente dos puntos de luz, dos pequenos focos de
intensa blancura, iguales a unos ojos hechos con diamantes. Un par de
rayos sutiles pero intensisimos se pasearon a lo largo de su cuerpo,
iluminandole desde la frente hasta la punta de los pies. El ingeniero,
asombrado por el supuesto murcielago, levanto un brazo, abofeteando al
vacio. Instantaneamente, el misterioso volador apago los rayos de sus
ojos, alejandose con un chillido de velocidad forzada que le hizo
perderse a lo lejos en unos cuantos segundos.

Esta visita quito el sueno a Edwin, obligandole a sentarse sobre la
pequena pradera que le servia de cama. Sus ojos pudieron ver entonces
por encima de los matorrales varios puntos de luz que se movian con una
evolucion ritmica, cambiando la intensidad y el color de sus
resplandores.

--Indudablemente son luciernagas--murmuro--; luciernagas de este pais,
distintas a todas las que conozco.

Las habia de una blancura ligeramente azul, como la de los mas ricos
diamantes; otras eran de verde esmeralda, de topacio, de opalo, de
zafiro. Parecia que sobre el terciopelo negro de la noche todas las
piedras preciosas conocidas por los hombres se deslizasen como en una
contradanza. Volaban formando parejas, y sus rayos, al cruzarse, se
esparcian en distintas direcciones.

Gillespie encontraba cada vez mas interesante este desfile aereo; pero
de pronto, como si obedeciesen a una orden, todos los fulgores se
extinguieron a un tiempo. En vano aguardo pacientemente. Parecia que los
insectos luminosos se hubiesen enterado de su presencia al tocar con
algunos de sus rayos la cabeza que surgia curiosa sobre los matorrales.

Paso mucho tiempo sin que la obscuridad volviera a cortarse con la menor
raya de luz, y Edwin sintio el desencanto de un publico cuando se
convence de que es inutil esperar la continuacion de un espectaculo.
Volvio a tenderse, buscando otra vez el sueno; pero, al descansar la
cabeza en la hierba, oyo junto a sus orejas unos trotecillos medrosos y
unos gritos de susto. Hasta sintio en su cogote el roce de varios
animalejos que parecian haberse librado casualmente por unos milimetros
de morir aplastados.

--Voy a pasar la noche en numerosa compania--se dijo Edwin--. iY yo que
me imaginaba esta tierra como un desierto!... Manana, indudablemente,
presenciare cosas extraordinarias y podre explicarme los misterios de
esta noche. iAhora, a dormir!

Y como si hubiese perdido toda curiosidad, fue sumiendose en el
sueno.... Pero antes de dormirse completamente sintio un pinchazo en una
muneca, algo semejante a la mordedura de un colmillo unico, una incision
que parecio llegar hasta el torrente de su sangre.

Quiso mover el brazo en que habia recibido esta herida y no pudo. Una
torpeza creciente se fue difundiendo por sus musculos y sus nervios,
paralizando toda accion.

Penso que tal vez habia serpientes bajo los matorrales y que acababa de
recibir su mordedura venenosa. Fue a mover el otro brazo, y, en el
momento que intentaba levantarlo del suelo, recibio una segunda
picadura, igualmente paralizante.

--Ya no hay remedio--se dijo--. Me han mordido las viboras.

Y cayo vencido por el sueno, como si se esparciese por todo su cuerpo el
sopor de un narcotico.

Cuando desperto, tuvo inmediatamente la certidumbre de habar dormido
muchas horas. El sol estaba alto, y al abrir los ojos se vio obligado a
cerrarlos inmediatamente. Ladeo la cabeza, huyendo de la causticidad de
su luz, y poco a poco fue entreabriendo el ojo mas inmediato a la
tierra, mientras conservaba cerrado el otro.

Al extenderse esta vision unica casi a ras del suelo, fue tal la
sorpresa experimentada por el, que volvio por segunda vez a juntar sus
parpados. Debia estar durmiendo aun. Lo que acababa de ver era una
prueba de que se hallaba sumido todavia en el mundo incoherente de los
ensuenos. Dejo transcurrir algun tiempo pura resucitar en su interior
las facultades que son necesarias en la vida real. Despues de
convencerse de que no dormia, de que se hallaba verdaderamente
despierto, volvio a abrir sus parpados lentamente, y se estremecio con
la mas grande de las sorpresas viendo que persistia el mismo
espectaculo.

Todo el lado de la pradera que llegaba a abarcar con su ojo abierto, asi
como la linde de la masa de matorrales y la tierra que quedaba entre sus
troncos, estaban ocupados por una muchedumbre de seres humanos,
identicos en sus formas a los componentes de todas las muchedumbres.
Pero lo que el creia matorrales eran arboles iguales a todos los arboles
y formando un bosque que se perdia de vista. Lo verdaderamente
extraordinario era la falta de proporcion, la absurda diferencia entre
su propia persona y cuanto le rodeaba. Estos hombres, estos arboles, asi
como los caballos en que iban montados algunos de aquellos, hacian
recordar las personas y los paisajes cuando se examinan con unos gemelos
puestos al reves, o sea colocando los ojos en las lentes gruesas, para
ver la realidad a traves de las lentes pequenas.

Gillespie abrio y cerro su ojo repetidas veces, y al fin tuvo que
convencerse de que estaba rodeado de un mundo extraordinariamente
reducido en sus dimensiones. Los hombres eran de una estatura entre
cuatro o cinco pulgadas. Personas, animales y vegetales,
partiendo reducido tipo minusculo, guardaban entre ellos las mismas
proporciones que en el mundo de los hombres ordinarios.

--iIgual que le ocurrio a Gulliver!--se dijo el ingeniero--. Debo estar
sonando, a pesar de que me creo despierto.

Y para convencerse de que no dormia, quiso mover su brazo derecho. Aun
perduraba en el la torpeza sufrida en la noche anterior. Se acordo de
las picaduras y de la paralisis que se habia extendido luego por sus
miembros. Al principio, el brazo se nego a reflejar el impulso de su
voluntad; pero finalmente consiguio despegarlo del suelo con un gran
esfuerzo. Iba a continuar este movimiento, cuando noto que una fuerza
exterior, violenta e irresistible, tiraba de su brazo hasta colocarlo
horizontalmente, y lo mantenia de este modo en vigorosa tension. Al
mismo tiempo sintio en su muneca un dolor circular, lo mismo que si un
anillo frio oprimiese y cortase sus carnes.

Una explosion de regocijo estallo en torno de la cabeza de Gillespie, un
huracan de gritos, carcajadas y aclamaciones. La muchedumbre enana reia
al verle con el brazo en alto, inmovilizado por el tiron de esta fuerza
incomprensible para el.

Abrio Edwin los dos ojos para mirar su brazo, erguido como una torre,
fijandose en la muneca, donde continuaba el agudo anillo de dolor. Vio
que de esta muneca salia un hilo sutil y brillante, que hacia recordar
los filamentos al final de los cuales se balancean las aranas. Tambien
al extremo de este hilo, que parecia metalico, habia una especie de
arana enorme y susurrante. Pero no pendia del hilo, sino que, al
contrario, flotaba en el espacio tirando de el.

Era del tamano de un palomo, pero desarrollaba una fuerza impropia de su
volumen, fuerza que mantenia el hilo de plata con la tension vibrante de
una cuerda de piano, no permitiendo que el hombre contrajera su brazo.

Edwin se fijo en que esta ave extraordinaria tenia las formas
fantasticas de los dragones alados que imaginaron los escultores de la
Edad Media al labrar los capiteles y gargolas de las catedrales. Su
cuerpo estaba revestido de escamas metalicas y tenia en su parte
delantera una cabeza de monstruo quimerico, con dos globos de faro a
guisa de ojos. Sus alas eran a modo de cartilagos erizados de puas.
Sobre el lomo del horripilante aeroplano, cuatro hombrecitos iguales a
los que se movian en la pradera asomaban sus cabezas cubiertas con un
casquete dorado, al que servia de remate una pluma larguisima.

Montados en su maquina, que permanecia inmovil encima de los ojos de
Gillespie, a unos tres metros de altura, estos aviadores acogieron con
un regocijo pueril el gesto de asombro que puso el gigante al sentir el
tiron que aprisionaba e inmovilizaba su brazo. Pero luego adivinaron en
el prisionero una expresion de dolor. Sentia el hilo metalico hundido en
su muneca como el filo de un cuchillo, y al mismo tiempo un fuerte dolor
en la articulacion del hombro. Para evitar este tormento, los
hombrecillos del aeroplano soltaron una cantidad de cable sutil, lo que
permitio a Edwin descender su brazo hasta el suelo.

Solo entonces se dio cuenta de que alrededor de la otra muneca, asi como
en torno de sus tobillos, debia tener amarrados unos filamentos
semejantes. Tendido de espaldas como estaba y mirando a lo alto, alcanzo
a ver otros tres aeroplanos en forma de animales fantasticos, que se
mantenian inmoviles al extremo de otros tantos hilos de plata, a una
altura de pocos metros. Comprendio que todo movimiento que hiciese para
levantarse daria por resultado un tiron doloroso semejante al que habia
sufrido. Era un esclavo de los extranos habitantes de esta tierra, y
debia esperar sus decisiones, sin permitirse ningun acto voluntario.

Mientras permanecia inmovil fue examinando lo que le rodeaba. La
muchedumbre era cada vez mas numerosa en torno de su cuerpo y en las
profundidades del bosque. El zumbido de sus palabras y sus gritos iba en
aumento. Se presentia la llegada incesante de nuevos grupos. Por entre
los cuatro aeroplanos inmoviles al extremo de sus cables volaban otros
completamente libres, que se complacian en pasar y repasar sobre la
nariz del prisionero. Eran dragones rojos y verdes, serpientes de
enroscada cola, peces de lomo redondo, todos con alas, con escamas de
diversos colores y con ojos enormes. Gillespie adivino que eran las
luciernagas que en la noche anterior lanzaban mangas de luz por sus
faros, ahora extinguidos.

Una de las naves aereas detuvo su vuelo para bajar en graciosa espiral,
hasta inmovilizarse sobre el pecho del coloso. Asomaron entre sus alas
rigidas los cuatro tripulantes, que reian y saltaban con un regocijo
semejante al de las colegialas en las horas de asueto.... Al mismo
tiempo otros monstruos de actividad terrestre se deslizaron por el
suelo, cerca del cuerpo de Gillespie. Eran a modo de juguetes mecanicos
como los que habia usado el siendo nino: leones, tigres, lagartos y aves
de aspecto fatidico, con vistosos colores y ojos abultados. En el
interior de estos automoviles iban sentadas otras personas diminutas,
iguales a las que navegaban por el aire.

Parecian venir de muy lejos, y la muchedumbre pedestre abria paso
respetuosamente a sus vehiculos. Estos recien llegados tambien reian al
ver al gigante, con un regocijo pueril, mostrando en sus gestos y sus
carcajadas algo de femenino, que empezo a llamar la atencion de
Gillespie.

Iba ya transcurrida una hora, y el prisionero empezaba a encontrar
penosa su inmovilidad, cuando se hizo un profundo silencio. Procurando
no moverse, torcio a un lado y a otro sus ojos para examinar a la
muchedumbre. Todos miraban en la misma direccion, y Gillespie se creyo
autorizado para volver la cabeza en identico sentido. Entonces vio, como
a dos metros de su rostro, un gran vehiculo que acababa de detenerse.
Este automovil tenia la forma de una lechuza, y los faros que le servian
de ojos, aunque apagados, brillaban con un resplandor de pupilas verdes.

Dentro del vehiculo, un personaje rico en carnes estaba de pie, teniendo
ante su boca el embudo de un portavoz. Al fin alguien iba a hablarle.
Por esto sin duda acababa de hacerse un profundo silencio de curiosidad
y de respeto en la muchedumbre.

Sono la voz del abultado personaje, que era dulce y temblona como la de
una dama sentimental, pero con el agrandamiento caricaturesco de la
bocina.

--Gentleman: queda usted autorizado para mover la cabeza, para
levantarla, si es que puede, y para cambiar de postura con cierta
suavidad, sin poner en peligro a la muchedumbre justamente curiosa que
le rodea. En cuanto a mover los brazos o las piernas, le aconsejo una
completa abstencion hasta nueva orden. Ya habra visto usted que su
primer intento dio mal resultado. Le ruego que no insista.

Da todas las sorpresas experimentadas por Gillespie desde que desperto,
esta fue la mas estupenda. El exiguo personaje hablaba su mismo idioma,
pero con un tono afectado, con un esfuerzo por conseguir la correccion,
detallando las silabas, lo mismo que hablan ciertos profesores.

--?Como sabe usted el ingles?--pregunto Edwin--. ?Donde ha podido
aprenderlo?...

Una risa aflautada del gordo personaje fue la primera respuesta. Luego
parecio arrepentirse de su falta de correccion al contestar con risas a
las preguntas, y dijo gravemente:

--iOh, Gentleman-Montana!... iVa usted a encontrar en mi patria tantas
cosas extraordinarias dignas de su asombro!...




III

De como Edwin Gillespie fue llevado a la capital de la Republica


Hubo un largo silencio. El ingeniero, absorto por el caracter
inverosimil de su aventura, no supo que decir. iEran tan numerosos los
pensamientos que bullian en su cabeza y las preguntas que iba
amontonando su curiosidad!...

El personaje subido en la lechuza rodante interpreto este silencio como
una muestra de timidez.

--Puede usted hablar sin miedo, Gentleman-Montana. De todos los miles de
seres que estan aqui presentes, los unicos que conocen el ingles somos
usted y yo. Los demas solo hablan el idioma de nuestra raza.... Y para
aplacar su curiosidad, le dire cuanto antes que el ingles es la lengua
particular de nuestros sabios; algo semejante a lo que fue el latin,
segun mis noticias, durante algunos siglos, en los paises habitados por
los Hombres-Montanas. Yo soy el profesor de ingles en la Universidad
Central de nuestra Republica.

Edwin quedo silencioso ante esta revelacion.

--Entonces, ?estoy verdaderamente en Liliput?--dijo al fin--. ?No es
esto un sueno?

La risa del profesor volvio a sonar con la misma vibracion femenil,
considerablemente agrandada por el portavoz.

--iOh, Liliput!--exclamo--. ?Quien se acuerda de ese nombre? Pertenece a
la historia antigua; quedo olvidado para siempre. Si usted pudiese
hablar nuestro idioma, preguntaria por Liliput a los miles de seres que
nos escuchan en este momento sin entendernos, y ninguno comprenderia el
significado de tal palabra. Nuestra tierra se ha transformado mucho.

Callo un momento para reflexionar, y luego dijo con orgullo:

--Antes eramos nosotros los que nos asombrabamos al recibir la visita de
un Hombre-Montana. Ahora son los Hombres-Montanas los que deben
asombrarse al visitar nuestro pais. Hemos hecho triunfar revoluciones
que ellos seguramente no han intentado aun en su tierra.

Gillespie sintio desviada su curiosidad por estas palabras del profesor.

--Pero ?han venido aqui otros hombres despues de Gulliver?

--Algunos--contesto el sabio--. Recuerde usted que la visita de ese
Gulliver fue hace muchos anos, muchisimos, un espacio de tiempo que
corresponde, segun creo, a lo que los Hombres-Montanas llaman dos
siglos. Imaginese cuantos naufragios pueden haber ocurrido durante un
periodo tan largo; cuantos habran venido a visitarnos forzosamente de
esos hombres gigantescos que navegan en sus casas de madera mas alla de
la muralla de rocas y espumas que levantaron nuestros dioses para
librarnos de su groseria monstruosa.... Nuestras cronicas no son claras
en este punto. Hablan de ciertas visitas de Hombres-Montanas que yo
considero apocrifas. Pero con certeza puede decirse que llegaron a esta
tierra unos catorce seres de tal clase en distintas epocas de nuestra
historia. De esto hablaremos mas detenidamente, si el destino nos
permite conversar en un sitio mejor y con menos prisa. El ultimo gigante
que llego lo vi cuando estaba todavia en mi infancia; el unico que hemos
conocido despues del triunfo de la Verdadera Revolucion. Era un hombre
de manos callosas y piel con escamas de suciedad. Babia un liquido
blanco y de hedor insufrible, guardado en una gran botella forrada de
juncos. Este liquido ardiente parecia volverle loco. Nuestros sabios
creen que era un simple esclavo de los que trabajan en los buques
enormes de los mares sin limites. Como el tal liquido despertaba en el
una demencia destructiva, mato a varios miles de los nuestros, nos causo
otros danos, y tuvimos que suprimirle, encargandose nuestra Facultad de
Quimica de disolver y volatilizar su cadaver para que tanta materia en
putrefaccion no envenenase la atmosfera. Creo necesario hacerle saber
que desde entonces decidimos suprimir todo Hombre-Montana que apareciese
en nuestras costas.

Gillespie, a pesar de la tranquilidad con que estaba dispuesto a aceptar
todos los episodios de su aventura, se estremecio al oir las ultimas
palabras.

--Entonces, ?debo morir?--pregunto con franca inquietud.

--No, usted es otra cosa--dijo el profesor--; usted es un gentleman, y
su buen aspecto, asi como lo que llevamos inquirido acerca de su pasado,
han sido la causa de que le perdonemos la vida ... por el momento.

Las palabras del sabio le fueron revelando todo lo ocurrido en esta
tierra extraordinaria desde el atardecer del dia anterior. Los escasos
habitantes de la costa le habian visto aproximarse, poco antes de la
puesta del sol, en su bote, mas enorme que los mayores navios del pais.
La alarma habia sido dada al interior, llegando la noticia a los pocos
minutos hasta la misma capital da la Republica. Los miembros del Consejo
Ejecutivo habian acordado rapidamente la manera de recibir al visitante
inoportuno, haciendole prisionero para suprimirlo a las pocas horas. Los
aparatos voladores del ejercito salian a su encuentro una vez cerrada la
noche. El Hombre-Montana pudo vagar a lo largo de la costa sin
tropezarse con ningun habitante, porque todos los riberenos se habian
metido tierra adentro por orden superior.

Al verle tendido en el suelo, empezo el asedio de su persona. El
manotazo a la primera maquina volante que le habia explorado con sus
luces, asi como la curiosidad de Gillespie, que le permitio descubrir
por encima del bosque todas las evoluciones de la flotilla luminosa,
aconsejaron la necesidad de un ataque brusco y rapido.

Dos sabios de laboratorio y su sequito de ayudantes, llegados de la
capital en varios automoviles, se encargaron del golpe decisivo,
pinchandole en las munecas y en los tobillos con las agudas lanzas de
unas mangas de riego. Asi le inocularon el soporifico paralizante.

--Es verdaderamente extraordinario--continuo el profesor--que haya
conocido usted el nuevo sol que ve en estos instantes. Estaba acordado
el matarle, mientras dormia, con una segunda inyeccion de veneno, cuyos
efectos son muy rapidos. Pero los encargados del registro de su persona
se apiadaron al enterarse de la categoria a que indudablemente pertenece
usted en su pais. Le dire que yo tuve el honor de figurar entre ellos, y
he contribuido, en la medida de mi influencia, a conseguir que las altas
personalidades del Consejo Ejecutivo respeten su vida por el momento.
Como la lengua de todos los Hombres-Montanas que vinieron aqui ha sido
siempre el ingles, el gobierno considero necesario que yo abandonase la
Universidad por unas horas para prestar el servicio de mi ciencia. Ha
sido una verdadera fortuna para usted el que reconociesemos que es un
gentleman.

Gillespie no oculto su extraneza ante tan repetida afirmacion.

--?Y como llegaron ustedes a conocer que soy un gentleman?--pregunto,
sonriendo.

--Si pudiera usted examinarse en este momento desde los bolsillos de sus
pantalones al bolsillo superior de su chaqueta, se daria cuenta de que
lo hemos sometido a un registro completo. Apenas se durmio usted bajo la
influencia del narcotico, empezo esta operacion a la luz de los faros de
nuestras maquinas volantes y rodantes. Despues, el registro lo hemos
continuado a la luz del sol. Una maquina-grua ha ido extrayendo de sus
bolsillos una porcion de objetos disparatados, cuyo uso pude yo adivinar
gracias a mis estudios minuciosos de los antiguos libros, pero que es
completamente ignorado por la masa general de las gentes. La grua hasta
funciono sobre su corazon para sacar del bolsillo mas alto de su
chaqueta un gran disco sujeto por una cadenilla a un orificio abierto en
la tela; un disco de metal grosero, con una cara de una materia
transparente muy inferior a nuestros cristales; maquina ruidosa y
primitiva que sirve entre los Hombres-Montanas para marcar el paso del
tiempo, y que haria reir por su rudeza a cualquier nino de nuestras
escuelas.

Tambien he registrado hasta hace unos momentos el enorme navio que le
trajo a nuestras costas. He examinado todo lo que hay en el; he
traducido los rotulos de las grandes torres de hoja de lata cerradas por
todos lados, que, segun revela su etiqueta, guardan conservas animales y
vegetales. Los encargados de hacer el inventario han podido adivinar que
era usted un gentleman porque tiene la piel fina y limpia, aunque para
nosotros siempre resulta horrible por sus manchas de diversos colores y
los profundos agujeros de sus poros. Pero este detalle, para un sabio,
carece de importancia. Tambien han conocido que es usted un gentleman
porque no tiene las manos callosas y porque su olor a humanidad es menos
fuerte que el de los otros Hombres-Montanas que nos visitaron, los
cuales hacian irrespirable el aire por alli donde pasaban. Usted debe
banarse todos los dias, ?no es cierto, gentleman?... Ademas, el pedazo
de tela blanca, grande como una alfombra de salon, que lleva usted sobre
el pecho, junto con el reloj, ha impregnado el ambiente de un olor de
jardin.

Se detuvo el profesor un instante para agregar con alguna malicia:

--Y yo pude afirmar ademas, de un modo concluyente, que es usted un
verdadero gentleman, porque he ordenado a dos de mis secretarios que
volviesen las hojas de un libro mas grande que mi persona, con tapas de
cuero negro, que nuestra grua saco de uno de sus bolsillos. He podido
leer rapidamente algunas de dichas hojas. En la primera, nada
interesante: nombres y fechas solamente; pero en otras he visto muchas
lineas desiguales que representan un alto pensamiento poetico.
Indudablemente, el Gentleman-Montana ha pasado por una universidad. En
nuestro pais, solo un hombre de estudios puede hacer buenos versos. Los
de usted, gigantesco gentleman, me permitira que le diga que son
regulares nada mas y por ningun concepto extraordinarios. Se resienten
de su origen: les falta delicadeza; son, en una palabra, versos de
hombre, y bien sabido es que el hombre, condenado eternamente a la
groseria y al egoismo por su propia naturaleza, puede dar muy poco de si
en una materia tan delicada como es la poesia.

Gillespie se mostro sorprendido por las ultimas palabras. Sus ojos, que
hasta entonces habian vagado sobre la enana muchedumbre, atraidos por la
diversa novedad del espectaculo, se concentraron en el profesor,
teniendo que hacer un esfuerzo para distinguir todos los detalles de su
minuscula persona.

Llevaba en la cabeza un gorro cuadrangular con dorada borla, igual al de
los doctores de las universidades inglesas y norteamericanas. El rostro
carilleno y lampino estaba encuadrado por unas melenillas negras y
cortas. Los ojos tenian el resguardo de unos cristales con armazon de
concha. Cubrian el resto de su abultada persona una blusa negra apretada
a la cintura por un cordon, que hacia mas visible la exagerada curva de
sus caderas, y unos pantalones que, a pesar de ser anchos, resultaban
tan ajustados como el mallon de una bailarina.

--iPero usted es una mujer!--exclamo Gillespie, asombrado de su
repentino descubrimiento.

--?Y que otra cosa podia ser?--contesto ella--. ?Como no perteneciendo a
mi sexo habria llegado a figurar entre los sabios de la Universidad
Central, poseyendo los dificiles secretos de un idioma que solo conocen
los privilegiados de la ciencia?

Callo, para anadir poco despues con una voz languida, dejando a un lado
la bocina:

--?Y en que ha conocido usted que soy mujer?

El ingeniero se contuvo cuando iba a contestar. Presintio que tal vez
corria el peligro de crearse un enemigo implacable, y dijo evasivamente:

--Lo he conocido en su aspecto.

La sabia quedo reflexionando para comprender el verdadero sentido de tal
respuesta.

--iAh, si!--dijo al fin con cierta sequedad--. Lo ha conocido usted, sin
duda, en mis abundancias corporales. Yo soy una persona seria, una
persona de estudios, que no dispone de tiempo para hacer ejercicios
gimnasticos, como las muchachas que pertenecen al ejercito. La ciencia
es una diosa cruel con los que se dedican a su servicio.

--Lo he conocido tambien--se apresuro a anadir Edwin--en la dulzura de
su voz y en la hermosura de sus sentimientos, que tanto han contribuido
a salvar mi vida.

La profesora acogio estas palabras con una larga pausa, durante la cual
sus anteojos de concha lanzaron un brillo amable que parecia acariciar
al gigante. Pensaba, sin duda, que este hombre grosero y de aspecto
monstruoso era capaz de decir cosas ingeniosas, como si perteneciese al
sexo inteligente, o sea el femenino. Bajo los ojos y anadio con una
expresion de tierna simpatia:

--Por algo he encontrado tantas veces en sus versos la palabra Amor con
una mayuscula mas grande que mi cabeza.

Despues parecio sentir la necesidad de cambiar el curso de la
conversacion, recobrando su altivo empaque de personaje universitario.
Aunque ninguno de los presentes pudiera entenderla, temia haber dicho
demasiado.

--Usted se ira dando cuenta, Gentleman-Montana--continuo--, de que ha
llegado a un pais diferente a todos los que conoce, una nacion de
verdadera justicia, de verdadera libertad, donde cada uno ocupa el lugar
que le corresponde, y la suprema direccion la posee el sexo que mas la
merece por su inteligencia superior, desconocida y calumniada desde el
principio del mundo.... Deje de mirarme a mi unos instantes y examine la
muchedumbre que le rodea. Tiene usted permiso para moverse un poco; asi
hara su estudio con mayor comodidad. Espere a que de mis ordenes.

Y recobrando su portavoz, empezo a lanzar rugidos en un idioma del que
no pudo entender el americano la menor silaba. La maquina volante que
descansaba sobre su pecho levanto el vuelo, y los otros cuatro
aeroplanos aflojaron los hilos metalicos sujetos a sus extremidades. La
muchedumbre se arremolino, iniciando a continuacion un movimiento de
retroceso.

Gillespie vio que unos grupos de jinetes repelian al gentio para que se
alejase. Otros soldados acababan de descender de varias maquinas
rodantes que tenian la forma de un leon. Estos guerreros jovenes eran de
aire gentil y graciosamente desenvueltos.

Uno de ellos paso muy cerca de sus ojos, y entonces pudo descubrir que
era una mujer, aunque mas joven y esbelta que la profesora de ingles.
Los otros soldados tenian identico aspecto y tambien eran mujeres, lo
mismo que los tripulantes de las maquinas voladoras. Sus cabelleras
cortas y rizadas, como la de los pajes antiguos, estaban cubiertas con
un casquete de metal amarillo semejante al oro. No llevaban, como los
aviadores, una larga pluma en su vertice. El adorno de su capacete
consistia en dos alas del mismo metal, y hacia recordar el casco
mitologico de Mercurio.

Todos estos soldados eran de aventajada estatura y sueltos movimientos.
Se adivinaba en ellos una fuerza nerviosa, desarrollada por incesantes
ejercicios. Paro, a pesar de su gimnastica esbeltez de efebos vigorosos,
la blusa muy cenida al talle por el cinturon de la espada y los
pantalones estrechamente ajustados delataban las suaves curvas de su
sexo. Iban armados con lanzas, arcos y espadas, lo que hizo que
Gillespie se formase una triste idea de los progresos de este pais, que
tanto parecian enorgullecer a la profesora de ingles.

El cordon de peones y jinetes empujo a la muchedumbre hasta los linderos
del bosque, dejando completamente limpia la pradera. Entonces, la
doctora, desde lo alto de su carro-lechuza, volvio a valerse del
portavoz.

--Gentleman Montana, puede usted incorporarse.

El ingeniero se fue levantando sobre un codo, y este pequeno movimiento
derribo varias escalas portatiles que aun estaban apoyadas en su cuerpo
y habian servido para el registro efectuado horas antes. Tres enanos que
vagaban sobre su vientre, explorando por ultima vez los bolsillos de su
chaleco, cayeron de cabeza sobre la tupida hierba de la pradera y
trotaron a continuacion dando chillidos como ratones. Sin dejar de huir
se llevaban las manos a diferentes partes de sus cuerpos magullados,
mientras una carcajada general del publico circulaba por los lindes de
la selva.

Al fin Gillespie quedo sentado, teniendo como vecinos mas inmediatos a
la profesora y sus secretarios, que ocupaban el automovil-lechuza, y por
otro lado a los tripulantes de las cuatro maquinas aereas, las cuales se
movian dulcemente al extremo de sus hilos metalicos, flacidos y sin
tension.

En esta nueva postura Gillespie pudo ver mejor a la muchedumbre. Sus
ojos se habian acostumbrado a distinguir los sexos de esta humanidad de
dimensiones reducidas, completamente distinta a la del resto de la
tierra. Los soldados; los personajes universitarios, mudos hasta
entonces, pero que se habian ocupado en adormecerle y registrarle; los
empleados, los obreros, todos los que se movian dando ordenes o
trabajando en torno de el, llevaban pantalones y eran mujeres.

Edwin vio que de un automovil en forma de clavel que acababa de llegar
descendian unas figuras con largas tunicas blancas y velos en la cabeza.
Eran las primeras hembras que encontraba semejantes a las de su pais.
Debian pertenecer a alguna familia importante de la capital; tal vez era
la esposa de un alto personaje acompanada de sus tres hijas. Concentro
su mirada en el grupo para examinarlas bien, y noto que las tres
senoritas, todas de apuesta estatura, asomaban bajo los blancos velos
unas caras de facciones correctas pero energicas. Sus mejillas tenian el
mismo tono azulado que la de los hombres que se rasuran diariamente. La
madre, algo cuadrada a causa de la obesidad propia de los anos,
prescindia de esta precaucion, y por debajo de la corona de flores que
circundaba sus tocas dejaba asomar una barba abundante y dura.

Un oficial de los del casquete alado corrio galantemente a proteger a
las recien llegadas, con el interes que merece el sexo debil, y las tres
senoritas acogieron con gesto ruboroso las atenciones del militar.

Gillespie se dio cuenta de que la doctora seguia sus impresiones con
ojos atentos, sonriendo de su asombro.

--Ya le dijo, gentleman, que veria usted grandes cosas. No olvide que
este es el pais de la Verdadera Revolucion.

Todavia pudo hacer Edwin nuevas observaciones. Vio con estupefaccion
entre el publico, repelido y mantenido a distancia por la fuerza armada,
mujeres menos lujosas que la familia recien venida de la capital, pero
igualmente con largas tunicas.... Y sin embargo parecian hombres a causa
de sus barbas o de sus rostros azulados por el rasuramiento. En cambio,
todos los individuos de aspecto civil que llevaban pantalones y
mostraban ser trabajadores del campo, obreros de la ciudad o acaudalados
burgueses, venidos para conocer al gigante, tenian el rostro lampino y
las formas abultadas de la mujer.

Encontro, sin embargo, algunas excepciones, que sirvieron para
desorientarlo en sus juicios. Vio verdaderos hombres, cuyo aspecto
vigoroso no se prestaba a equivocos, y que, sin embargo, marchaban sin
el embarazo de las faldas. Estos hombres iban casi desnudos, al aire su
fuerte musculatura, y sin mas vestimenta que un corto calzoncillo. Todos
ellos mostraban la pasividad resignada, la fuerza brutal y sin
iniciativa de las bestias de labor. Algunos acababan de desengancharse
de pesadas carretas, de las cuales habian venido tirando hasta el
lindero del bosque, y se limpiaban el sudoroso cuerpo. Otros lavaban y
secaban los grandes aparatos que habian servido para la narcotizacion y
el registro del gigante.

Vio ademas Gillespie que la mayor parte de los jinetes que mantenian en
respeto a la muchedumbre eran hombres igualmente; hombres enormes y
barbudos, con una expresion de estupidez disciplinada, de brutalidad
automatica, reveladora de su situacion inferior. A pesar de que iban
armados con grandes cimitarras, su traje era una tunica igual a la de
las mujeres. Todos ellos parecian simples soldados. Varias muchachas de
belica elegancia, llevando sobre sus cortas melenas el casquete alado,
hacian caracolear sus caballos entre las de estos guerreros inferiores,
dandoles ordenes con un laconismo de jefes.

La doctora volvio a interrumpir las reflexiones del prisionero.

--Antes de que emprendamos la marcha a la capital, creo oportuno que
tome usted un ligero refrigerio. Mi gusto hubiese sido prepararle un
desayuno al estilo de nuestro pais, pero no hemos tenido tiempo para
ello, pues, como lo dije, su vida estaba en peligro, y nadie piensa en
dar de almorzar a un muerto. Podia haber hecho traer algunas de las
latas de conserva que guarda usted en su embarcacion, pero esta se halla
ya muy lejos.

La noticia hizo perder su calma al gigante.... iVerse privado de un bote
que representaba la unica probabilidad de volver al mundo de sus
semejantes!...

--Poco despues de la salida del sol--continuo la traductora--se han
encargado de remolcarlo hasta el puerto de la capital los navios de
nuestra escuadra del Sol Naciente.

Gillespie necesito mostrar su mal humor con palabras ofensivas.

--?Y que navios son esos?... ?Como unos barquitos iguales a juguetes,
con solo la fuerza de sus velas, van a poder remolcar mi bote, dentro
del cual cabe amontonada toda esa escuadra del Sol Naciente?...

--Gentleman--dijo la profesora con sequedad--, nuestros buques no tienen
velas; eso fue en tiempos remotos. Nuestros navios navegan a voluntad
sobre el agua y por debajo del agua. La misma energia que mueve nuestras
maquinas terrestres y aereas agita las colas de ellos con igual fuerza
que las de los peces mas veloces.... De su tamano no creo necesario
hablar. El tamano no significa nada. Nosotros hemos llegado a poseer
navios mas grandes que el que le trajo a usted, y los suprimimos por
inhabiles para defenderse.

Hubo un largo silencio despues de las palabras poco cordiales cruzadas
entre los dos. Pero la doctora no parecia tenaz en sus rencores y siguio
hablando:

--He tenido que improvisar un ligero desayuno con lo que encontre mas a
mano. Perdone usted su frugalidad y su monotonia. Cuando estemos en la
capital (si es que los altos senores del Consejo Ejecutivo quieren
concederle la vida a perpetuidad, o sea hasta que perezca usted de
muerte ordinaria), estoy seguro de que comera mejor.

Sin separarse el portavoz de la boca, empezo a rugir otra vez una serie
de palabras desconocidas, que despertaron gran actividad en los linderos
del bosque.

Un grupo de aquellos hombres bestiales y semidesnudos, fuerzas ciegas y
sometidas como los constructores de las Piramides faraonicas, avanzo por
la pradera tirando de un enorme cilindro vertical. Era una bomba
rematada por un largo piston. Esta bomba la acababan de limpiar los
vigorosos siervos, pues habia servido durante la noche para inyectar al
gigante su dosis de narcotico. Poco despues empezaron a salir de la
selva rebanos de vacas bien cuidadas, gordas y lustrosas. Parecian
enormes junto a los hombrecillos que las guiaban, pero no tenian en
realidad para Gillespie mayor tamano que una rata vieja. A los pocos
momentos eran centenares; al final llenaron la mayor parte de la
pradera, siendo mas de mil.

Numerosos enanos, que por sus trajes parecian hombres de campo y en
realidad eran mujeres, silbaron y agitaron sus cayados para ordenar y
agrupar a estos animales.

--Es todo lo que hemos podido reunir--dijo la profesora--. El _Comite de
recibimiento del Hombre-Montana,_ nombrado anoche por el gobierno, no ha
tenido tiempo para preparar mejor las cosas. Sin embargo, en pocas horas
nuestras maquinas terrestres y aereas han llegado a requisar todas las
vacas existentes en un radio de diez millas, como diria usted. Y ahora,
gentleman, vuelva a tenderse; adopte su primera postura para tomar un
poco de leche.

Pero Gillespie estaba pensativo desde mucho antes. Se dispuso a obedecer
la orden y luego se detuvo para mirar con una expresion interrogante a
la universitaria.

--Una palabra nada mas, y en seguida me tiendo.

La doctora le hizo ver con un gesto que estaba dispuesta a escucharle.
El americano mostro con un dedo los automoviles que le rodeaban, despues
las maquinas aereas inmoviles en el espacio, y finalmente las esbeltas
muchachas del casquete alado, armadas con lanzas, arcos y sables.

--No comprendo, profesora....

--Llameme profesor--interrumpio la dama universitaria--. Profesor
Flimnap.

--Esta bien--continuo el americano--. Digo, profesor Flimnap, que no
puedo comprender todas esas armas primitivas al lado de tanta maquina
terrestre y aerea, que me parecen perfectas, y de esa escuadra del Sol
Naciente de que me ha hablado antes.

El doctor hembra sonrio con superioridad.

--Ya le dije que los Hombres-Montanas deben asombrarse cuando nos
visitan, asi como nosotros nos asombrabamos al verles en otros tiempos.
Hay cosas que no comprendera usted nunca si no le damos una explicacion
preliminar. Y esta explicacion solo la recibira usted si los altos
senores del Consejo Ejecutivo quieren que viva. En cuanto a la
desproporcion entre nuestras armas y nuestras maquinas, no debe usted
preocuparse de ella. Vivimos organizados como queremos, como a nosotros
nos conviene.

El joven no quiso mostrarse vencido por el aire de superioridad con que
fueron dichas tales palabras, y anadio:

--Entre los objetos que han sacado de mis bolsillos habra visto usted
seguramente una maquina de hierro formada por un tubo largo y un
cilindro con otros seis tubos mas pequenos, dentro de los cuales hay lo
que llamamos una capsula, que se compone de una porcion de substancia
explosiva y un pedazo de acero conico. Tengan mucho cuidado al mover la
tal maquina, porque es capaz de hacer volar a uno de los navios de su
escuadra del Sol Naciente. Con varias maquinas de la misma clase ustedes
serian mucho mas fuertes que lo son ahora.

La universitaria abandono el portavoz para reir con una serie da
carcajadas que le hicieron llevarse las manos a las dos curvas
superpuestas de su pecho y de su abdomen.

--iCuantas palabras--dijo al extinguirse su risa--, cuantas palabras
para describirme un revolver! iPero si yo conozco eso tan bien como
usted!... Las gentes que hoy han visto el suyo (los cargadores y los
marineros) seguramente que no saben lo que es; pero para nosotros, las
personas estudiosas, esa maquina del tubo grande y de los seis tubos con
sus capsulas explosivas resulta una verdadera antigualla. Ademas, la
consideramos repugnante e indigna de todo recuerdo. No intente,
gentleman, deslumbrarnos con sus descubrimientos. Aqui sabemos mas que
usted. Prescinda da nuevas observaciones y acuestese prontito a tomar su
leche.

El americano tuvo que obedecer, avergonzado de su derrota. Las vacas, en
fila incesante, subian y bajaban por una dobla rampa situada junto a la
bomba. Cuando estaban en lo alto, al lado da la boca del receptaculo,
los siervos forzudos las ordenaban rapidamente con un aparato, arrojando
la leche en el interior del enorme vaso de metal. Varios hombres tomaron
el doble balancin del piston para subirlo y bajarlo, impeliendo el
liquido del interior. Mientras tanto, otros de los siervos desnudos
desarrollaban los flexibles anillos de una manga de riego ajustada a la
bomba.

--Abra usted la boca, Gentleman-Montana--ordeno el profesor hembra.

Gillespie obedecio, e inmediatamente le introdujeron entre los labios
una barra de metal ampliamente perforada, de la que surgia un chorro de
leche mas grueso que el brazo musculoso de cualquiera de aquellos
atletas. Gillespie bebio durante mucho tiempo este hilillo de liquido
dulzon, algo mas claro que la leche de otros paises.

--?Quiere usted mas?--pregunto la traductora--. No tema ser importuno.
Nuestros agentes continuan en este momento su requisa de vacas por todos
los distritos inmediatos.

Pero el gigante se mostraba ahito del amamantamiento por manga de riego,
e hizo un gesto negativo.

Volvio a rugir el portavoz dando ordenes, y huyeron las vacas hacia la
selva, perseguidas por los gritos, las pedradas y los garrotes en alto
de sus conductores. Desaparecio igualmente la maquina que habia servido
el desayuno, y los siervos atletas empezaron a trabajar en torno del
cuerpo de Gillespie.

En un momento le libraron de las ligaduras que sujetaban sus munecas y
sus tobillos. Al desliarse el enroscamiento de los hilos metalicos, las
maquinas voladoras tiraron de estos cables sutiles, haciendolos
desaparecer. Pero no por esto se alejaron. Las cuatro permanecieron
inmoviles en el mismo lugar del espacio, como si esperasen ordenes.

--Gentleman--volvio a decir Flimnap--, ha llegado el momento mas dificil
para mi. Vamos a partir para la capital, y necesito recordarle que la
continuacion de su existencia no es aun cosa segura. Falta saber que
opinion formaran de usted las altas personalidades del Consejo
Ejecutivo. Pero yo tengo cierta confianza, porque el corazon justo y
fuerte de las mujeres es siempre piadoso con la debilidad y la
ignorancia del hombre. Ademas, cuento con la buena impresion que
producira su aspecto.

"Usted es muy feo, gentleman; usted es simplemente horrible. Su piel,
vista por nuestros ojos, aparece llena de grietas, de hoyos y de
sinuosidades. Como usted no ha podido afeitarse en dos o tres dias, unas
canas negras, redondas y agujereadas empiezan a asomar por los poros de
su piel, creciendo con la misma rigidez que el hierro. Pero si le miran
a usted con una lente de disminucion, si le ven empequenecido hasta el
punto de que se borren tales detalles, reconozco que tiene usted un
aspecto simpatico y hasta se parece a algunas de las esposas de las
altas personalidades que nos gobiernan. Yo pienso llegar a la capital
mucho antes que usted, para rogar al Consejo Ejecutivo que le mire con
lentes de tal clase. Asi, su juicio sera verdaderamente justo....

"Y ahora, perdoneme lo que voy a anadir. Yo no figuro en el gobierno; no
soy mas que un modesto profesor de Universidad. Si de mi dependiese, le
llevaria hasta la capital sin precaucion alguna, como un amigo. Pero el
gobierno no le conoce a usted y guarda un mal recuerdo de la groseria de
los Hombres-Montanas que nos visitaron en otros tiempos. Teme que se le
ocurra durante el camino derribar alguna casa de un puntapie o aplastar
a las muchas personas que acudiran a verle. Puede usted perder la
paciencia; la curiosidad del publico es siempre molesta; hay hombres que
rien con la ligereza y la verbosidad propias de su sexo frivolo; hay
ninos que arrojan piedras, a pesar de la buena educacion que se les da
en las escuelas. El sexo masculino es asi. Por mas que se pretenda
afinarle, conserva siempre un fondo originario de groseria y de
inconsciencia. En fin, gentleman, tenemos orden de llevarle atado hasta
nuestra capital, pero marchando por sus propios pies.

"Nada de fabricar una enorme carreta y de amarrarle sobre ella, siendo
arrastrado por centenares de caballos. Esto resultaria interminable y
haria durar su viaje varios dias. Ademas, es indigno de nuestro
progreso, a pesar de que usted nos cree barbaros porque hemos querido
olvidar la existencia de la polvora. En tres horas llegaremos a la
capital. Usted podra marchar a grandes pasos, sin salirse del camino, y
le escoltaran a gran velocidad nuestras maquinas terrestres y voladoras.
Pero como nuestros gobernantes no le conocen y temen una humorada como
las de aquel Hombre-Montana que se enloquecia bebiendo un liquido
caustico, sera usted sometido a las siguientes precauciones:

"Una maquina voladora ira delante, despues de haber enroscado un cable a
su cuello. Otra volara detras, con su cable amarrado a las dos manos de
usted cruzadas sobre la espalda. Puede avanzar sin miedo. Los
tripulantes de nuestros voladores conservaran siempre flojos estos lazos
metalicos. Pero por si usted intentase (lo que no espero) alguna
travesura, le advierto que los guerreros del aire tienen orden de dar un
tiron inmediatamente con toda la fuerza de sus maquinas, y que los tales
cables metalicos cortan lo mismo que una navaja de afeitar.... Y ahora,
gentleman, pongase de pie con cierta precaucion, para no causar graves
danos en torno de su persona. Debemos separarnos por unas horas; yo
marcho delante. Ademas, la comunicacion va a quedar interrumpida entre
nosotros desde el momento que usted recobra la posicion vertical,
aislandose en su grandeza inutil.

El ingeniero quiso protestar, algo ofendido por las precauciones a que
se le sometia.

--Ni una palabra mas--insistio el doctor--. Le advierto que anoche casi
demolio usted en la obscuridad una de nuestras maquinas voladoras al dar
un zarpazo en el aire. Falto poco para que cayese al suelo desde una
altura enorme, matandose sus tripulantes. Despues de esto, reconocera
que nuestro gobierno obra prudentemente al no tratarle con una confianza
ciega.

Se aparto el vehiculo-lechuza, sin que por esto la traductora, dejase de
dar ordenes a traves de su bocina.

Gillespie, despues de convencerse de que no quedaban cerca de el
personas ni animales a los que pudiera aplastar, empezo a incorporarse.
Sus piernas, tras una inmovilidad de tantas horas, estaban entumecidas y
se resistian a obedecerla. Al fin se puso de pie despues de largas
vacilaciones, y al recobrar su posicion vertical, los arboles mas altos
quedaron a la altura de su pecho. Todo su busto sobrepasaba la
centenaria vegetacion, y la muchedumbre de enanos, casi invisible bajo
el ramaje, saludo con un largo rugido la cabeza del gigante al surgir
esta por encima del bosque. Podian apreciar ahora la grandeza del
Hombre-Montana mejor que cuando le veian tendido en el suelo.

Los tripulantes de las maquinas voladoras se unieron a esta ovacion
haciendo evolucionar sus quimericas bestias en torno del rostro de
Gillespie. Pasaban tan cerca, que este tuvo que echar atras su cabeza
por dos veces, temiendo que le cortase la nariz una de aquellas alas
escamosas con sus puntas agudas como cuchillos. Las muchachas del
casquete dorado y larga pluma saludaban con risas los movimientos
inquietos del gigante. Pero una orden venida de abajo acabo con estos
juegos, restableciendo el silencio. Todavia la traductora rugio su
ultima orden, antes de partir.

--Gentleman-Montana, ilas manos atras! Gillespie lo hizo asi, y, apenas
hubo cruzado sus manos sobre la espalda, sintio en torno de las munecas
algo que parecia vivo y se enrollaba con una prontitud inteligente. Era
el cable metalico de la maquina que iba a volar detras de el. Al mismo
tiempo, otro monstruo del aire descendio con toda confianza al verle con
las manos sujetas, y quedo flotando cerca de sus ojos.

Ahora pudo ver bien a sus tripulantes: cuatro jovenes rubias, esbeltas y
de aire amuchachado. Gillespie hasta les encontro cierta semejanza con
miss Margaret Haynes cuando jugaba al _tennis_. Estas amazonas del
espacio le saludaron con palabras ininteligibles, enviandole besos. El
sonrio, y al oir las carcajadas de ellas pudo adivinar que su sonrisa
debia parecerles horriblemente grotesca. Estos seres pequenos veian todo
lo suyo ridiculamente agrandado.

La consideracion de su caricaturesca enormidad le puso triste, pero las
guerreras aereas volvieron a enviarle besos, como un consuelo, y hasta
una de ellas dirigio contra su nariz dos rosas que llevaba en el pecho.
Querian pedirle, sin duda, perdon por lo que iban a hacer con el
cumpliendo ordenes superiores.

Del fondo de la maquina voladora partio, silbando, un hilo plateado,
que, despues de dar varias vueltas en el aire como una serpiente
delgadisima, se metio por la cabeza de Gillespie, no parando hasta sus
hombros. El ingeniero se sintio cogido lo mismo que las reses de las
praderas americanas a las que echan el lazo. Un pequeno alejamiento del
avion, que tenia la forma y los colores de un lagarto alado, estrecho en
torno del cuello de Edwin el cable metalico.

Bajando sus ojos pudo examinarlo de cerca. Parecia hecho de un platino
flexible y era inutil todo intento de romperlo. Por el contrario, un
movimiento violento bastaria para que se introdujese en su carne lo
mismo que una navaja de afeitar, como habia dicho el profesor hembra.

Las tripulantes del lagarto aereo tiraron ligeramente de este hilo
metalico, y Gillespie, comprendiendo el aviso, dio el primer paso.
Ningun obstaculo terrestre se oponia a su marcha. La pradera estaba
ahora limpia de gente, lo mismo que los linderos del bosque. Todas las
maquinas rodantes, asi como las tropas de a pie y a caballo, habian
abierto la marcha, empujando a la muchedumbre para que se apartase del
camino.

Guiado por la maquina voladora que iba delante y dirigido igualmente por
la maquina de atras, que funcionaba a modo de timon, Gillespie solo
tenia que fijarse en el suelo para ver donde colocaba sus pies.

Empezo a marchar por un camino de gran anchura para aquellos seres
diminutos, pero que a el le parecio no mayor que un sendero de jardin.
Durante media hora avanzaron entre bosques; luego salieron a inmensas
llanuras cultivadas, y pudo ver como se iba desarrollando delante de el,
a una gran distancia, la vanguardia de su cortejo, compuesta de maquinas
rodantes y pelotones de jinetes. A su espalda levantaban una segunda
nube de polvo las tropas de retaguardia, encargadas de contener a los
curiosos.

Solo algunos audaces, contraviniendo las ordenes, se atrevian a llegar a
los bordes del camino. En torno de los pueblos de agricultores hervia el
vecindario, gritando y agitando sus gorras al pasar el gigante. Su
estatura permitia que lo viesen a larguisimas distancias.

Le obligaron a marchar sin descanso, porque el Consejo Ejecutivo deseaba
conocerle antes de que anocheciese. A las dos horas distinguio por
encima de una sucesion de gibas del camino, penosamente remontadas por
la vanguardia del cortejo, una especie de nube blanca que se mantenia a
ras de tierra.

Estaba envuelta en el temblor vaporoso de los objetos indeterminados por
la distancia. Solo el podia abarcar con su mirada una extension tan
enorme. Los tripulantes del lagarto volador examinaban la misma nube,
pero con el auxilio de aparatos opticos.

Una de las amazonas aereas le grito algunas palabras en su idioma, al
mismo tiempo que senalaba con un dedo la remota mancha blanca. El
gigante le contesto con una sonrisa indicadora de su comprension.

A partir de este momento la nube fue tomando para el contornos fijos.
Salieron poco a poco de la vaporosa vaguedad grandes palacios blancos,
torres con cupulas brillantes, toda una metropoli altisima, en la que
los edificios parecian de proporciones desmesuradas, sin duda porque sus
pequenos habitantes, por la ley del contraste, sentian el ansia de lo
enorme.

Esta capital de la Republica de los pigmeos se llamaba Mildendo en otros
tiempos. ?Como se titularia en el presente, despues de haber ocurrido lo
que el profesor Flimnap llamaba la Verdadera Revolucion?...




IV

Las riquezas del Hombre-Montana


El antiguo palacio imperial, construido por los soberanos de la
penultima dinastia, ocupaba el centro de la ciudad y era la residencia
de los altos senores del Consejo Ejecutivo.

Incendiado repetidas veces en el curso de los siglos y bombardeado
durante las guerras, habia sufrido numerosas reconstrucciones; pero la
mas grande y vistosa databa de pocos anos despues de la Verdadera
Revolucion, suceso que habia iniciado un nuevo periodo historico. Los
cinco senores del Consejo Ejecutivo vivian en el centro del palacio; en
una ala estaba la Camara de diputados, y en la opuesta, el Senado.

A la manana siguiente de la entrada de Edwin en la capital, este
palacio, que era como el corazon de la Republica, reanudo su vida mas
temprano que en los dias anteriores. Fueron llegando los altos empleados
del gobierno y casi todos los diputados y senadores, a pesar de que las
sesiones parlamentarias solo empezaban a celebrarse despues de mediodia.

En sus inmediaciones se aglomero una muchedumbre de curiosos para ver
como centenares de siervos, con la ayuda de varias gruas, iban
descargando de una fila de camiones-automoviles enormes y misteriosos
objetos, cuya aparicion era saludada con largos murmullos de asombro.
Todo el pueblo recordaba el espectaculo extraordinario de la tarde
anterior, cuando llego el Hombre-Montana a los alrededores de la ciudad.
El Consejo Ejecutivo habia determinado darle alojamiento en la antigua
Galeria de la Industria, recuerdo de una Exposicion universal celebrada
diez anos antes.

Esta Galeria era la obra mas audaz y solida que habian realizado los
ingenieros del pais. El Hombre-Montana iba a pasearse por dentro de ella
sin que su cabeza tocase el techo. Diez gigantes de su misma estatura
podian acostarse en hilera de un extremo a otro de la grandiosa
construccion. Su ancho equivalia a cuatro veces la longitud del coloso.

Situada sobre una altura vecina a la ciudad, el prisionero podia
contemplar, sin moverse de su alojamiento, toda la grandiosa metropoli
extendida a su pies, asi como el puerto con sus numerosos navios al
ancla y los campos y pueblecillos cercanos, llegando con su vista hasta
la cordillera que cerraba el horizonte, en la que habia cumbres de
ciento ochenta metros, solamente exploradas por algunos sabios capaces
de morir como heroes al servicio de la ciencia.

Una fuerte guardia impedia que los curiosos subiesen hasta la vivienda
del gigante, donde se estaban realizando grandes trabajos para su comoda
instalacion. El publico, ya que no podia verle, concentraba su
curiosidad en todo lo que era de su pertenencia, y por esto desde el
amanecer se aglomero en torno del palacio del gobierno para contemplar
la llegada de los objetos extraidos del navio del Hombre-Montana, que
los buques de la escuadra del Sol Naciente habian remolcado el dia
anterior.

Solo los amigos del gobierno y los personajes oficiales tenian permiso
para entrar en el palacio y ver de cerca tales maravillas. El enorme
patio central, donde podian formarse a la vez varios regimientos y en el
que se desarrollaban las mas solemnes ceremonias patrioticas, fue el
lugar destinado para tal exhibicion. Mientras llegaba el momento, los
invitados entraban a saludar a los altos y poderosos senores del Consejo
Ejecutivo y a los dos presidentes de la Camara de diputados y del
Senado, que vivian igualmente en el inmenso edificio.

Los guerreros de la Guardia gubernamental, hermosas amazonas de aire
desenvuelto y gallardo, defendian el acceso a las habitaciones
reservadas o se paseaban en grupos por el patio al quedar libres de
servicio. Estos militares privilegiados, que gozaban la categoria de
oficiales, pertenecian a las primeras familias de la capital. Iban
vestidos de la garganta a los pies con un traje muy cenido y cubierto de
escamas de plata. Su casquete, del mismo metal, estaba rematado por un
ave quimerica. Apoyaban la mano izquierda en la empunadura de su espada,
mirando a todas partes con una insolencia de vencedores, o se inclinaban
galantemente ante las familias de los altos personajes que iban llegando
para la ceremonia. Algunas mamas, severas y malhumoradas, encontraban
atrevida la expresion de sus ojos. Otras matronas, cuya barba empezaba a
poblarse de canas, quedaban pensativas y melancolicas a la vista de
estos hermosos guerreros, que parecian despertar sus recuerdos. Las
senoritas que ya estaban en edad de afeitarse fingian rubor ante sus
miradas audaces; pero las que no se veian objeto de la belicosa
admiracion se mostraban nerviosas, envidiando a sus companeras.

Paso por entre estos guerreros, con toda la austeridad de su caracter
universitario y sus opiniones antimilitaristas, el profesor Flimnap. La
inesperada aparicion del Gentleman-Montana habia dado una importancia
extraordinaria a la traductora de ingles. En unas cuantas horas se habia
convertido en el personaje mas interesante de la Republica. El gobierno
le llamaba para conocer sus opiniones; el rector de la primera de las
universidades, que hasta entonces le habia considerado como un triste
catedratico de una lengua muerta y de problematica utilidad, se dignaba
sonreirle, y hasta en la noche anterior, despues del recibimiento del
Hombre-Montana, lo habia invitado a cenar para que en presencia de su
familia contase todo lo ocurrido.

Los periodistas de la capital iban detras de el pidiendole intervius, y
hasta lo adulaban, hablando con entusiasmo de varios libros
profesionales que llevaba publicados y nadie habia leido. Personas que
le miraban siempre con menosprecio hacian detener en la calle su
automovil universitario en figura de lechuza.

--Mi querido profesor Flimnap--gritaban--, siempre he sentido una gran
admiracion por su sabiduria y soy de los que creen que la patria no le
ha dado hasta ahora todo lo que merece por su gran talento. Cuenteme
algo del Hombre-Montana. ?Es cierto que se alimenta con carne humana,
como van diciendo por ahi los hombres en sus charlas y chismorreos?...

Pero el profesor Flimnap tenia demasiado que hacer para detenerse a
contestar las preguntas de las ciudadanas curiosas. Apenas habia dormido
en la noche anterior. Despues de su cena con el jefe supremo de la
Universidad se traslado a la Galeria de la Industria para convencerse de
que el Gentleman-Montana podia dormir provisionalmente sobre trescientas
cuarenta y dos carretadas de paja que la Administracion del ejercito
habia facilitado a ultima hora. Poco despues de amanecer ya estaba en
pie el buen profesor, conferenciando con todos sus companeros del
_Comite de recibimiento del Hombre-Montana._ Estos, divididos en varias
subcomisiones, iban a dirigir a quinientos carpinteros encargados de
fabricar, antes de que llegase la noche, una mesa y una silla apropiadas
a las dimensiones del gigante, y a una tropa igualmente numerosa de
colchoneros, que en el mismo espacio de tiempo fabricarian una cama
digna del recien llegado.

El profesor Flimnap se proponia entrar ahora en las habitaciones
particulares de uno de los altos senores del Consejo Ejecutivo, que
momentaneamente era el presidente del supremo organismo. Cada uno de los
cinco individuos del Consejo lo presidia durante un mes, cediendo su
sillon al companero a quien tocaba el turno.

Estos cinco gobernantes eran mujeres, asi como todos los que
desempenaban un cargo en la Administracion publica, en la Universidad,
en la industria o en los cuerpos armados. Pero como durante los luengos
siglos de tirania varonil todos los cargos y todas las funciones dignas
de respeto habian sido designadas masculinamente, la Verdadera
Revolucion creyo necesario despues de su victoria conservar las antiguas
denominaciones gramaticales, cambiando unicamente el sexo a que se
aplicaban. Asi, las cinco damas encargadas del gobierno eran denominadas
"los altos y poderosos senores del Consejo Ejecutivo", y las otras
mujeres directoras de la Administracion publica se titulaban
"ministros", "senadores", "diputados", etc. Por eso Flimnap habia
protestado al oir que el gigante le llamaba profesora en vez de
profesor. En cambio, los hombres, derribados de su antiguo despotismo y
sometidos a la esclavitud dulce y carinosa que merece el sexo debil,
eran dentro de su casa la "esposa" o la "hija", y en la vida exterior,
la "senora" o la "senorita".

Flimnap habia creido necesario, teniendo en cuenta su nueva importancia
oficial, llevar bajo el brazo una gran cartera de cuero, semejante a la
que ostentaban los altos funcionarios del Estado cuando iban a despachar
con los senores del Consejo Ejecutivo. En esta cartera guardaba las
actas de las tres sesiones que habia celebrado el _Comite de
recibimiento del Hombre-Montana,_ asi como los presupuestos de gastos,
presentes y futuros, para la manutencion de tan costoso huesped. Ademas
llevaba una traduccion, en idioma del pais, que habia hecho de los
versos escritos por el Gentleman-Montana en su cuaderno de notas.

El buen profesor Flimnap estaba inquieto por la suerte de su protegido.
Gillespie le inspiraba un interes que jamas habia experimentado por
ningun hombre de su propia tierra. Dedicado por completo a los trabajos
lingueisticos e historicos, solamente habia tratado con mujeres, y estas
eran todas profesores malhumorados y de austeras costumbres. Sentia una
temblorosa timidez siempre que el rector le invitaba a alguna de sus
tertulias, donde habia hombres jovenes en edad de casamiento, ansiosos
de que alguien los sacase a bailar o que entonaban romanzas
sentimentales acompanandose con el arpa.

Ademas, en su afecto sincero por el recien llegado habia algo de
egoismo. Gracias al Gentleman-Montana, acababa de conocer
instantaneamente todas las dulzuras de la celebridad, siendo el
personaje mas popular de la Republica en los presentes momentos. Despues
de la fama de Gillespie venia la suya. iQue derrumbamiento tan doloroso
en la sombra si el gobierno acordaba la muerte de su gigante!...

La tarde anterior habia corrido hacia la capital a toda velocidad del
automovil-lechuza, prestado por su jefe el rector. Los altos senores del
gobierno estaban sobre un estrado junto al camino para ver llegar al
prisionero, teniendo a sus espaldas todo el vecindario de la capital, un
gentio tan enorme que se perdia de vista. Estos poderosos personajes lo
recibieron con grandes muestras de consideracion que no correspondian a
su humilde rango de profesor. El les hizo los mayores elogios de la
intelectualidad del gentleman gigantesco, declarandole distinto a todos
los colosos llegados antes al pais. Insinuo la conveniencia de guardarlo
por mucho tiempo, hasta saber, gracias a su cultura, los adelantos
realizados en el mundo de los hombres monstruosos, y copiar lo que
resultase aprovechable, si es que realmente habia algo digno de
imitacion, lo que le parecia algo problematico.

--Es lastima que este Hombre-Montana no sea una mujer....

Los senores del Consejo miraron con interes a Flimnap despues de sus
ultimas palabras, apreciandolo como un profesor de merito que habia
vegetado injustamente en el olvido, y mereceria en adelante su alta
proteccion. Tambien halago los gustos del rector, poderoso personaje
cuyos consejos eran siempre escuchados por los senores del organismo
ejecutivo.

El Padre de los Maestros--pues tal era su titulo honorifico--gustaba
mucho de los poetas, y hasta hacia versos cuando no estaba preocupado
por sus averiguaciones historicas. Todos los escritores de la Republica
alababan sus poesias como obras inimitables, siendo tales elogios el
medio mas seguro de alcanzar un buen empleo en la Ensenanza publica.

Al verlo Flimnap en el estrado de los senores del gobierno, se apresuro
a darle la noticia de que el gigante era tambien poeta, aunque "a su
modo", con toda la groseria y la torpeza propias de su sexo, pero
anadiendo que, a pesar de tales defectos, propios de su origen, parecia
poseer cierto talento.

--iOh Padre de los Maestros!--dijo--. Manana tendre el honor de
entregarle una traduccion hecha en nuestro idioma de los versos que he
encontrado en el cuaderno de bolsillo del Gentleman-Montana. Seria
deplorable que los altos senores del Consejo decidiesen su muerte. Mi
gusto seria traducir al ingles algunas de las inmortales obras de
nuestro admirable Padre de los Maestros, para que ese pobre gigante se
entere de que nuestra poesia ha llegado a una altura que jamas conocera
el, no obstante la grandeza material de su organismo.

Sonrio el Padre de los Maestros con modestia; pero esta sonrisa dio la
seguridad al profesor de que la vida del gigante estaba asegurada y que
este tendria ocasion de leer los versos del rector traducidos al ingles.

Luego, Flimnap recomendo a todos los ocupantes del estrado gubernamental
que mirasen al monstruo con los lentes de disminucion que habia traido
un companero suyo de la Universidad, profesor de Fisica, pues asi
podrian apreciarle tal como era.

Al entrar al dia siguiente en el despacho del jefe mensual del gobierno,
vio con alegria que el doctor Momaren, el Padre de los Maestros, estaba
hablando con el supremo magistrado. Flimnap, antes de dar cuenta al
presidente de todos sus trabajos, ofrecio a Momaren varias hojas de
papel con la traduccion de los versos de Gillespie. El Padre de los
Maestros, colocandose ante los ojos unas gafas redondas, empezo su
lectura junto a una ventana. Cuando Flimnap acabo su informe sobre los
trabajos para la instalacion del gigante, el personaje universitario se
aproximo conservando los papeles en su diestra.

--Algo flojitos--dijo con una severidad desdenosa--. Son
indiscutiblemente versos de hombre, y de hombre enorme. Pero seria
injusto negarle cierta inspiracion, y hasta me atrevo a decir que aqui
entre nosotros aprendera mucho, si es que llega a ejercitarse en el
idioma nacional.

--Para eso, ioh Padre de los Maestros!--dijo Flimnap--, sera preciso que
el pobre gigante viva.

--Mi opinion es que debe vivir--interrumpio el presidente--. Mi esposa y
mis ninas lo encontraron ayer muy simpatico al verle entrar en la
ciudad. Un hijo mio, que es del ejercito del aire y montaba una de las
maquinas que lo condujeron, me ha contado cosas muy graciosas de el.
Todos los muchachos de la Guardia gubernamental lo encuentran igualmente
muy agradable, y hasta algunos afirman que es hermoso.... Tuvo usted una
buena idea, profesor Flimnap, al aconsejar que lo mirasemos con lentes
de disminucion.... Yo opino que debemos dejarle vivir, aunque sea
unicamente por una temporada corta. Resultara carisimo, pero la
Republica puede permitirse este lujo, lo mismo que mantiene a los
animales raros de su Jardin Zoologico. Y usted ?que opina de esto,
ilustre amigo Momaren?

El Padre de los Maestros, convencido de que para el jefe del gobierno
resultaba infalible la menor de sus palabras, se limito a decir con
lentitud:

--Opino lo mismo.

--Entonces--continuo el presidente--, si usted manifiesta esa opinion a
mis companeros de Consejo, como todos ellos respetan mucho su alta
sabiduria, la vida del gigante queda segura.

El profesor Flimnap, deseoso de ocultar la satisfaccion que le producian
estas palabras, se apresuro a pedir la venia de los dos altos personajes
para abandonar el salon. Llegaba hasta el un rumor creciente de
muchedumbre. El gran patio del palacio debia estar ya repleto de
invitados. Una musica militar sonaba incesantemente.

Escapo Flimnap por unos pasillos poco frecuentados, temiendo tropezarse
con los periodistas, que iban a la zaga de el desde el dia anterior
pidiendole noticias frescas. Dos diarios de la capital, siempre en
escandalos a rivalidad, publicaban cada tres horas una edicion con
detalles nuevos sobre el Hombre-Montana y sus costumbres, poniendo en
boca del pobre sabio mentiras y disparates que le hacian rugir de
indignacion. Uno de los diarios defendia la conveniencia de respetar la
vida del gigante, y esto habia bastado para que la publicacion contraria
exigiese su muerte inmediata, por creer que la voracidad tremenda de tal
huesped acabaria por sumir al pais en la escasez, siendo causa de que
miles y miles de compatriotas pereciesen de hambre.

El profesor odiaba por igual a los dos periodicos y a las demas
publicaciones, que enviaban sus redactores detras de el como si fuesen
perros perseguidores de un ciervo asustado.

Deseoso de pasar inadvertido, subio a los pisos superiores con la
esperanza de encontrar un asiento en las galerias que daban al patio, y
estaban ocupadas esta manana por las esposas y las hijas de todos los
personajes de la Republica.

Su galanteria de mujer bien educada le obligo a permanecer de pie, para
no privar de asiento a los seres debiles y masculinos de larga tunica y
amplio manto que habian venido a presenciar la fiesta. La gloria del
profesor iba acompanada de una nueva vision de la existencia. Nunca le
habia parecido la vida tan hermosa y atrayente. Todas aquellas matronas
de barba canosa y brazos algo velludos, graves y senoriles, con la
majestad de la madre de familia, no podian conocerle por la razon de que
el habia rehuido hasta entonces las dulzuras y placeres de la vida
social. Nadie podia adivinar en su persona al celebre profesor Flimnap,
tan alabado por todos los periodicos. Despues hizo memoria de que en la
misma manana los diarios mas importantes habian publicado su retrato, y
procuro ocultar el rostro cada vez que un hombre se echaba atras el velo
para mirarle con vaga curiosidad.

Se fue tranquilizando al notar que las damas solo se fijaban en el fondo
del patio, ocupado unicamente por las mujeres. Los guerreros de la
Guardia, siempre con una mano en la empunadura de la espada y
acariciandose con la otra sus rizosas melenas, miraban a lo alto,
sonriendo a las senoritas, emocionadas bajo sus guirnaldas de flores y
sus velos. Algunas de ellas, que ya se consideraban en edad de
matrimonio por haberles apuntado la barba, contestaban a estas miradas
con guinos, que equivalian a frases amorosas, evitando el ser vistas por
las cenudas matronas sentadas a su lado. Este espectaculo frivolo, que
un dia antes habria sido despreciado por Flimnap, le emocionaba ahora
con honda sensacion de ternura.

--iOh, amor!... iamor!--murmuro el sabio.

La vida es hermosa, y el reconocia que guarda dulzuras y misterios no
sospechados por la Universidad.

Para vencer esta emocion inoportuna, se fue fijando en los personajes
que llenaban el patio. Un estrado, todavia desierto, era para el Consejo
Ejecutivo, los ministros y demas dignatarios. En otros estrados, ya casi
llenos, estaban los padres y los esposos de todas las damas que ocupaban
las galerias. Flimnap conocia a muchos por los retratos aparecidos en
los periodicos. Eran personajes parlamentarios, famosos a causa de sus
discursos. Algunos habian pertenecido al Consejo Ejecutivo y deseaban
volver a el, apelando a toda clase de intrigas para conseguirlo.

Guiado por la curiosidad y los comentarios de varias damas barbudas,
acabo por fijarse el profesor en una de las mujeres que ocupaban el
estrado de los senadores. Era Gurdilo, el celebre jefe de la oposicion
al actual gobierno: una hembra alta, desprovista de carnes, con el cutis
avellanado como si fuese de correa, y unos tendones gruesos y tirantes
que se marcaban en el cuello, en los brazos y en las demas partes
visibles de su cuerpo. Los ojos tenian una agudeza fija e imperiosa, y
su gesto era avinagrado, como de persona eternamente indignada contra
todo lo que no es obra suya.

El profesor, que por vivir dedicado a sus raros y profundos estudios
concedia escasa atencion a las cuestiones de actualidad, no se habia
fijado nunca en este personaje; pero ahora le miro con gran interes.
Adivinaba en el a un enemigo del Gentleman-Montana. Bastaria que el
gobierno decidiese el indulto de Edwin para que Gurdilo aconsejase su
muerte, como si de esto dependiese la felicidad nacional. Ademas, el
diario que pedia la supresion del Hombre-Montana habia ya reproducido en
una de sus ediciones ciertas palabras inquietantes del temible jefe de
la oposicion.

Vio el profesor como agitaba los brazos con violencia al hablar a sus
companeros del Senado, al mismo tiempo que fruncia el entrecejo y torcia
la boca con un gesto de escandalizada severidad. Esto le hizo creer que
estaba protestando de la ceremonia presente, de que el pobre gigante
hubiese sido conducido a la capital; en una palabra, de todo lo hecho
por el Consejo Ejecutivo y de cuanto pensase hacer.

Pero las observaciones del profesor fueron interrumpidas repentinamente
por el principio de la ceremonia. La musica militar, que seguia tocando
en el patio, quedo ensordecida por el redoble de una gran banda de
tambores que se aproximaba viniendo del interior del palacio.

Los altos y poderosos senores del Consejo Ejecutivo solo podian
presentarse en las ceremonias oficiales rodeados de gran pompa.

Entraron en el patio los tambores, que eran unos treinta, y detras de
ellos igual numero de trompeteros. A continuacion desfilo una tropa del
ejercito de linea, o sea de aquellas muchachas con casco de aletas que
Gillespie habia visto al despertar. Los soldados iban armados, unos con
arcos y otros con alabardas. Despues pasaron los guardias porta-espada,
llevando con la punta en alto y sostenidos por sus dos manos cerradas
sobre el pecho unos mandobles enormes que brillaban lo mismo que si
fuesen de plata.

De los tiempos del Imperio quedaba aun el ceremonial absurdamente
ostentoso de que se rodean los despotas. Varios pajecillos pasaron
moviendo altos abanicos de plumas blancas para que ningun insecto
viniese a molestar a los cinco magistrados supremos de la Republica.
Despues fueron desfilando estos uno por uno, pero no a pie, sino en
cinco literas llevadas a hombros por hijos de personajes influyentes,
pues tal honor representaba el principio de una gran carrera
administrativa. Las muchachas portadoras de las literas del Consejo eran
enviadas despues a gobernar alguna provincia lejana.

Pasaron igualmente las literas de los presidentes del Senado y de la
Camara de diputados, y a continuacion la del rector de la Universidad,
que tenia la forma de una lechuza y era llevada a brazos por cuatro
profesores auxiliares. Finalmente, cerraban la marcha, pero a pie, los
ministros, los altos funcionarios y un destacamento de la Guardia
gubernamental con largas lanzas.

Cuando los cinco del Consejo Ejecutivo y el Padre de los Maestros con
sus respectivos sequitos se instalaron en el estrado de honor, cesaron
de sonar las trompetas, los tambores y la musica, haciendose un largo
silencio. Iba a empezar el desfile de las cosas maravillosas que
formaban el equipaje del Hombre-Montana.

Un alto funcionario del Ministerio de Justicia, del cual dependian todos
los notarios de la nacion, avanzo con un portavoz en una mano y
ostentando en la otra un papel que contenia las explicaciones
facilitadas por el doctor Flimnap, despues de haber traducido los
rotulos de numerosos objetos pertenecientes al gigante. Estas
explicaciones arrancaron muchas veces largas carcajadas a la muchedumbre
pigmea, que sentia compasion por la ignorancia y la groseria del coloso.
En otros momentos, el enorme concurso quedaba en profundo silencio, como
si cada cual, ante las vacilaciones del inventario, buscase una solucion
para explicar la utilidad del objeto misterioso.

Lo que todos comprendieron, gracias a las explicaciones del profesor de
ingles, fue el contenido y el uso de unas torres brillantes como la
plata, que fueron pasando por el patio colocada cada una de ellas sobre
un vehiculo automovil. Estos torreones tenian cubierto todo un lado de
sus redondos flancos con un cartelon de papel, en el que habia trazados
signos misteriosos, casi del tamano de una persona.

La ciencia de Flimnap habia podido desentranar este misterio gracias a
la interpretacion de los rotulos. Eran latas de conservas. Pero aunque
el traductor no hubiese prestado sus servicios cientificos, el olfato
sutil de aquellos pigmeos habria descubierto el contenido de los enormes
cilindros, a pesar de que estaban hermeticamente cerrados. Para su
agudeza olfativa, el metal dejaba pasar olores casi irresistibles por lo
intensos. Todos aspiraban con fuerza el ambiente, desde los cinco jefes
del gobierno hasta los pajecillos porta-abanicos.

El paso de cada torreon deslumbrante era acogido con un grito general:
"iEsto es carne!..." Poco despues decian a coro: "iEsto es tomate!..."
Transcurridos unos minutos, afirmaban a gritos: "iAhora son guisantes!"
y todos se asombraban de que un ser en figura de persona, aunque fuese
un coloso, pudiera alimentarse con tales materias que esparcian un hedor
insufrible para ellos, casi igual al que denuncia la putrefaccion.

Deseosos de suprimir cuanto antes esta molestia general, los
organizadores del desfile hicieron aparecer en el patio a una veintena
de siervos desnudos, llevando entre ellos, muy tirante y rigida, una
especie de alfombra cuadrada, de color blanco, con un ribete suavemente
azul, y que ostentaba en uno de sus angulos un jeroglifico bordado, que,
segun la declaracion del profesor Flimnap, se componia de letras
entrelazadas.

Aqui la ciencia del universitario se extendia en luminosa digresion para
explicar a sus compatriotas la existencia del panuelo entre los
Hombres-Montanas, el uso incoherente que le dan y las cosas poco
agradables que depositan en el. Pero, como ocurre siempre en las grandes
solemnidades, el publico no presto atencion a las explicaciones del
hombre de ciencia, prefiriendo examinar directamente lo que tenia ante
sus ojos.

Un perfume de jardin que parecia venir de muy lejos empezo a esparcirse
por el patio, haciendo olvidar los densos hedores exhalados por las
torres plateadas. Las senoras y senoritas de las galerias se agitaron
aspirando con deleite esta esencia desconocida. Las mamas hablaban entre
ellas, buscando semejanzas y similitudes con los perfumes de moda entre
el sexo masculino. Algunas concentraban su atencion para poder explicar
en el mismo dia a los perfumistas de la capital la rara esencia del
Hombre-Montana, y que la fabricasen, costase lo que costase.

Luego entraron mas siervos desnudos llevando a brazo nuevos objetos.
Seis de ellos sostenian como un peso abrumador el libro de notas cuyas
hojas habia traducido Flimnap. Despues otros atletas pasaron, rodando
sobre el suelo, lo mismo que si fuesen toneles, varios discos de metal,
grandes, chatos y exactamente redondos, encontrados en los bolsillos del
gigante.

Estos discos eran de diversos tamanos y metales, llevando todos ellos de
relieve en sus dos caras un busto de mujer gigantesco y un ave de rapina
con las alas abiertas. Segun la explicacion del sabio Flimnap, servian
en el pais de los Hombres-Montanas como signos de cambio, y estaban
todos ellos comprendidos bajo el titulo general de "moneda".

Algunos eran de plata, y solo llegaban a las rodillas del siervo
atletico que se inclinaba sobre ellos para hacerlos rodar. Otros eran de
cobre, y poco mas o menos del mismo tamano. El publico, algo aburrido
por estos objetos sin interes, solo mostro cierta curiosidad al ver
cuatro discos movidos cada uno por dos hombres. Los tales discos
llegaban casi a la cintura de sus guias, y eran de oro macizo, teniendo
por adorno el relieve de una gran aguila con las alas desplegadas y una
especie de escudo con rayas y con estrellas.

Volvio a decaer el interes mientras iban desfilando otros esclavos por
parejas. Cada dos hombres llevaban entre ellos, lo mismo que si fuese un
cartelon anunciador, una faja de papel impreso mucho mas larga que alta.
Todos estos carteles tenian una capa de grasa y de suciedad, en la que
la vista microscopica de los pigmeos veia rebullir pequenisimos
monstruos del mundo microbiano. Los papeles estaban ornados de retratos
de Hombres-Montanas completamente desconocidos por el profesor Flimnap.
Todos ellos ostentaban la palabra "Banco" y una cifra seguida de la
palabra _dollar_.

El sabio profesor osaba emitir en su informe la teoria de que los tales
papeles tal vez representasen algo semejante a la moneda, pero sin poder
comprender su funcionamiento y su utilidad, y extranandose ademas de que
hubiese gentes que los aceptasen en lugar de los discos metalicos.

Tampoco el publico se fijo mucho en tales explicaciones. Deseaban todos
que terminase cuanto antes el desfile de los cartelones grasientos.
Entre las delicadas criaturas que ocupaban las galerias altas hubo
ciertos conatos de desmayo. Las matronas sacaban sus frasquitos de sales
para reanimar el dolorido olfato. En el estrado de los senadores se oyo
la voz del terrible Gurdilo.

--Solo una humanidad inferior--grito--puede llevar en sus bolsillos
semejantes porquerias. No creo que tengan empeno los Hombres-Montanas,
si gozan de sentido comun, en adquirir tales suciedades. Esto debe ser
simplemente un vicio, una mala costumbre del gigante que ha venido a
perturbarnos con su presencia.

Pero una nueva aparicion borro el malestar del publico, imponiendo
silencio al tribuno.

Varios hombres de fuerza avanzaron llevando sobre sus hombros una
especie de cofre cuadrado y muy plano. Parecia de plata, y sobre su cara
superior habia grabado un jeroglifico igual al que adornaba una punta
del panuelo.

El profesor Flimnap ignoraba lo que existia dentro de esta caja enorme.
No se habia creido autorizado para violar su secreto. El jefe de los
mecanicos de la flota aerea estaba alli con varios de sus ayudantes para
abrir el cofre, cuyo cierre habia estudiado durante toda la manana.

Colocaron los esclavos esta caja en el suelo verticalmente, mientras el
ingeniero y sus acolitos empezaban a forcejear en la cerradura, sin
resultado. Un martillazo dado por inadvertencia en una arista saliente
hizo que las dos enormes valvas de plata se abriesen de pronto, lo mismo
que una concha gigantesca, lanzando un crujido metalico. Los hombres de
fuerza se apresuraron a tirar de ellas, temiendo que se cerrasen, y
quedo visible su interior.

A ambos lados, sostenidos por una faja elastica, habia en linea como una
docena de cilindros de papel blanco, estrechos y prolongados, cuyo
interior estaba lleno de una hierba obscura. Estos cilindros tenian
recubierto el papel en su parte inferior con un zocalo de oro.

Varios hombres de fuerza, con la inconsciencia propia, de su brutalidad,
tiraron de una de las fajas de goma que estaba casi desprendida de la
pared de plata. Inmediatamente seis de los cilindros de papel vinieron
al suelo, partiendose sobre las espaldas de los atrevidos que habian
provocado el accidente, y al partirse esparcieron densas nubes de polvo
rojo y picante.

El ingeniero, sus acolitos y todos los hombres de fuerza sintieron que
sus ojos se humedecian. Luego, llevandose las manos a la garganta,
empezaron a estornudar.

Esto fue contagioso, pues inmediatamente estornudaron tambien las
hermosas muchachas de la Guardia, los pajes de los abanicos, los
conductores de las literas de honor, y, como si las ondas del aire
transmitiesen la epidemia con la rapidez de un huracan, estornudaron
igualmente todos los diputados y senadores de las tribunas, asi como los
altos personajes del estrado del gobierno. Finalmente, el sexo debil de
las galerias superiores se unio al estornudo general, cubriendose con
los velos para ocultar las muecas a que le obligaba este gesto.

Durante mucho tiempo solo se oyeron estornudos. Hasta el infatigable
Gurdilo, que intento aprovecharse de una ocasion tan propicia para
protestar contra el gobierno, no pudo conseguir su proposito. Cada vez
que intentaba un apostrofe oratorio tenia que cortarlo para dar salida a
un estornudo.

Adivino el profesor Flimnap este misterio al recordar algunas cronicas
remotas sobre la llegada de otros gigantes. Los tales cilindros de papel
contenian, sin duda alguna, cierta materia que los colosos llamaban
"tabaco". En otros tiempos lo guardaban en polvo dentro de cajas de
concha; ahora lo comprimian en forma de cabelleras vegetales bajo una
envoltura de papel.

Vio como el rector, que indudablemente tenia tambien noticias de esto,
daba explicaciones a los senores del Consejo. El presidente, que parecia
furioso por haber estornudado grotescamente en presencia del jefe de la
oposicion, se apresuro a ordenar que se llevaran el cofre y arrojasen su
contenido fuera del puerto, como nocivo para la salud publica y la
tranquilidad de la patria.

Los esclavos hicieron desaparecer la cigarrera, mientras otros cargaban
con los fragmentos de los cilindros de papel y barrian el temible polvo
esparcido en el suelo.

Poco a poco cesaron los estornudos y pudo reanudarse el desfile. A
partir de este incidente, parecio que el publico habia perdido todo
interes por los objetos del gigante. Avanzaron dos portadores, uno tras
del otro, llevando un fuerte palo sobre sus hombros y colgando de tal
sosten el reloj de bolsillo del Hombre-Montana. Los oyentes mas cultos
no necesitaron las explicaciones del inventario. Cuantos habian leido la
historia del pais estaban enterados de como era esta maquina primitiva
de medir el tiempo que todos los colosos traian en sus visitas.

Otra maquina de uso misterioso para los mas de los presentes hizo su
entrada en el patio despues que desaparecio el cronometro de oro.

Mas de treinta cargadores sostenian el revolver extraido de un bolsillo
de Gillespie. Se noto cierta emocion en la tribuna del gobierno. Los
senores del Consejo Ejecutivo no pudieron contener su sorpresa en el
primer instante. Luego consiguieron dominar sus nervios y quedaron
impasibles, en una forzada indiferencia.

Los cinco gobernantes, obedeciendo a la ley que reglamentaba las
ceremonias publicas, iban vestidos con un lujo deslumbrador. Se
envolvian en mantos bordados de oro, y sobre sus cabezas llevaban unas
tiaras del mismo metal con adornos de piedras preciosas. Querian imitar
el esplendor de los ultimos emperadores del pais, para que el pueblo se
convenciese de que los elegidos de la Republica no eran menos
importantes que los antiguos despotas. Bajo su uniforme esplendoroso los
cinco afectaron una actitud de hipocrita indiferencia, mirando sin
expresion alguna la maquina que acababa de entrar en el patio. El rector
Momaren tambien hizo un gesto igual, y hasta Gurdilo permanecio
inmovil, imitando la actitud del odiado gobierno. Todos fingian no
conocer el mecanismo de acero ni sentir interes por averiguar su uso.

Las senoras y senoritas empezaron a bostezar de aburrimiento en las
galerias altas. Las cosas de la industria pertenecian a las mujeres.
?Como podia interesar a los hombres un armatoste metalico?...

En cambio, las muchachas de la Guardia sentianse atraidas de un modo
irresistible por este objeto enorme y desconocido. Al verlo, latian en
su interior confusos instintos, y fue tan fuerte su curiosidad, que
hasta olvidaron la disciplina. Varios porta-espada, dejando en el suelo
su brillante mandoble, se confundieron con los esclavos medio desnudos,
deseosos de tocar y examinar de cerca el misterioso mecanismo.

Mientras tanto, el personaje encargado de la lectura del inventario
recitaba a traves de su portavoz los informes del profesor Flimnap. El
sabio no vacilaba en declarar publicamente que le era totalmente
desconocido el uso de esta maquina, sin que sus lecturas ni sus
deducciones le permitieran suponer a que era dedicada entre los
gigantes.

--iMuy bien!--dijo por lo bajo el presidente del Consejo Ejecutivo.

Y el Padre de los Maestros manifesto con una grave sonrisa el mismo
contento.

Estos personajes, en el primer instante, habian sentido indignacion
viendo entrar en el patio a la tal maquina. Consideraron esto como una
torpeza del _Comite de recibimiento del Hombre-Montana,_ que casi
equivalia a un delito contra la seguridad del Estado. Pero cuando
pensaban ya en que castigo deberian imponer a Flimnap y sus companeros,
los parrafos obscuros y descorazonantes del profesor hicieron resurgir
su optimismo y su bondad.

Una de las varias muchachas de la Guardia que curioseaban en torno del
revolver se habia quitado el casco para asomarse a la negra boca del
canon del arma. Al fin acabo por meter toda su cabeza en el tubo
obscuro, sacandola poco despues completamente desfigurada. Su rostro
aparecia tiznado de negro y sus melenas sucias de hollin.

El accidente hizo reir a los graves personajes de las tribunas, y el
sexo debil de las galerias se unio a la hilaridad general.

Mientras tanto, el profesor Flimnap, por medio del texto del inventario,
formulaba una opinion decisiva. Este aparato debia guardarse para
siempre en la Universidad, a fin de que los sabios se dedicasen a su
estudio, si lo juzgaban interesante. Por eso la Comision habia creido
oportuno traerlo a este acto en vez de dejarlo a bordo de la flota,
donde solo podia servir para suposiciones erroneas y perturbadoras.

--iMuy bien! imuy bien!--volvieron a decir por lo bajo los senores del
gobierno y sus allegados.

A partir de este momento, el desfile de objetos perdio decididamente
todo interes. Empezaron a abrirse grandes claros en las filas de hombres
con faldas que ocupaban las galerias. El sexo debil demostraba su
fastidio marchandose. Tambien se abrieron vacios cada vez mayores en el
publico de las tribunas parlamentarias. Hasta Gurdilo habia
desaparecido, adivinando que su oposicion nada podia ya encontrar de
aprovechable en esta ceremonia.

Paso un automovil con dos torres negras unidas por un doble puente de
acero del mismo color y que tenian en su parte alta dos lentejas de
cristal a guisa de tejados. El inventario explicaba que estas torres
gemelas eran un aparato optico por medio del cual los Hombres-Montanas
podian ver a largas distancias. Pero los profesores de la Universidad
Central sabian en tal materia mucho mas que los gigantes.

Aparecio otro vehiculo llevando uno de aquellos torreones metalicos que
habian aparecido al principio del desfile. En el cartelon de este habia
pintados unos frutos gigantescos. Un olor de melocoton y de azucar
liquido se esparcio por el patio.

Pero, a pesar de que el olor no era molesto, el publico empezo a
marcharse.

--iYa hay bastante!--decian todos.

Al desvanecerse su curiosidad, se acordaban de las ocupaciones que
habian abandonado, sintiendo por ellas nuevo interes.

El presidente del Consejo llamo al lector del inventario para pedirle
sus papeles, examinandolos. Todos los objetos que aun no habian sido
vistos resultaban semejantes a los otros y carecian de novedad. Se
pusieron de pie los altos senores del gobierno, y cada uno de ellos,
llevando detras a una nina-paje encargada de sostener la cola de su
manto, fue en busca de su correspondiente litera. Redoblaron los
tambores, sonaron las trompetas y la banda de musica, mientras volvia a
formarse el majestuoso cortejo, saliendo del patio en el mismo orden que
habia entrado.

El profesor Flimnap abandono las galerias altas, siguiendo los pasillos
solitarios que conducian a las habitaciones del presidente del Consejo
Ejecutivo.

En un salon encontro a Momaren, que acababa de despojarse de la
vestidura de gran ceremonia, yendo simplemente con su toga de diario y
el gorro de doctor. Este gorro, en vez de una borla llevaba cuatro, para
dar a entender la magnitud sin limites de su sabiduria.

Al ver a Flimnap sonrio protectoramente.

--Los altos senores del gobierno--dijo--estan muy satisfechos de su
discrecion y su cordura. Acaban de perdonarle la vida al gigante, y
quieren que sea usted el encargado de todo lo referente a su ensenanza y
su alimentacion.

El profesor hizo una reverencia para manifestar su gratitud, y creyo
necesario anadir:

--Lo que yo siento es que este nuevo empleo me impedira por algunos
meses trabajar en la obra de justicia historica femenina que emprendimos
bajo la gloriosa direccion de nuestro Padre de los Maestros. Tengo a
punto de terminar el volumen cincuenta y cuatro.

Pero el Padre de los Maestros sonrio modestamente al oir mencionar la
empresa mas gloriosa de su existencia, y dijo a Flimnap:

--Tiempo le quedara, profesor, para dedicarse a ese trabajo patriotico.
Por el momento, creo conveniente que explique a su Gentleman-Montana lo
que fue la Verdadera Revolucion y todo lo que ha venido despues de ella.
Esta leccion de Historia resultara util.




V

La leccion de Historia del profesor Flimnap


Gillespie, que habia puesto en duda la civilizacion avanzada de estos
pigmeos, tuvo que reconocer que sabian hacer las cosas aprisa y bien.

Al aparecer el segundo sol despues de su entrada en aquella Galeria
recuerdo de una feria universal, todo lo mas primario de su instalacion
estaba ya hecho. Una tropa de carpinteros manejo incesantemente sus
martillos, subiendo y bajando por escalas y cuerdas con agilidad
simiesca.

Asi tuvo el segundo dia un taburete en que sentarse, apropiado a su
estatura, y una mesa, cuyos tablones, aunque no mas anchos que las
piezas de un entarimado fino, estaban ensamblados con tal exactitud que
apenas si se distinguian las rayas divisorias.

Cada pata de la mesa sostenia en torno de ella un camino en espiral, por
el que podian subir y bajar los servidores. Uno de estos caminos hasta
tenia la anchura y el suave declive necesarios para que ascendiesen por
sus revueltas los portadores de literas.

En el fondo de la Galeria se habian improvisado varias cocinas para la
alimentacion del gigante, sus guardianes y su servidumbre. Eran cocinas
portatiles pertenecientes al ejercito. Los alimentos del Hombre-Montana
exigian un trabajo extraordinario. Dos bueyes formaban un simple plato
para su apetito colosal. Atravesados por fuertes asadores, estos
animales daban vueltas sobre enormes hogueras hasta quedar dorados y a
punto de ser comidos. Los cuadrupedos mas pequenos, asi como las aves,
entraban a docenas en la confeccion de cualquiera de los platos.

Uno de aquellos vehiculos automoviles, veloces y sin ruido, que tenian
forma de animales, servia para trasladar los alimentos del
Hombre-Montana desde las cocinas hasta los pies de su mesa.

En cada viaje solo llevaba un plato. Al llegar, su motor lanzaba tres
rugidos, e inmediatamente descendia de lo alto un cable con dos ganchos
que sujetaban automaticamente el plato. Una grua fija en el borde de la
mesa subia el enorme redondel de metal repleto de viandas humeantes.
Varios hombres de fuerza se agarraban a sus bordes al verlo aparecer,
empujandolo hasta las manos del coloso.

Gillespie tuvo la esperanza de que esta alimentacion abundante seria
acompanada con algun vino del pais; pero en las tres comidas que llevaba
hechas, la grua solo subio un tonel, que podia servirle de vaso, lleno
de agua. Al ver su gesto de extraneza, la mujer que prestaba servicios
de mayordomo hizo subir un segundo tonel, pero solo contenia leche.

Todas las funciones de su vida estaban previstas y atendidas por la
comision encargada de su cuidado. Detras de la eminencia en cuya cumbre
habia sido construida la Galeria de la Industria se deslizaba un rio que
iba a desembocar cerca del puerto. En este rio anchisimo, que para el
gigante era un riachuelo, podia lavarse y satisfacer otras necesidades
corporales.

Por el frente de la Galeria gozaba a todas horas de un hermoso
espectaculo. Los organizadores de su existencia habian echado abajo la
vidriera que servia de fachada, convirtiendola en una puerta siempre
abierta.

Gillespie admiro en las horas de sol la blanca arquitectura de la
capital, a la que podia llegar con solo varios saltos, y durante la
noche sus esplendidas iluminaciones. Veia entrar y salir en el puerto
los buques, que parecian juguetes de estanque, y llegar por el aire,
sobre la llanura oceanica o sobre las montanas, innumerables maquinas
voladoras llevando sobre sus lomos y sus pintarrajeadas alas pasajeros y
mercancias procedentes de misteriosos paises.

Estos navios aereos anunciaban su llegada nocturna con los rayos de sus
ojos, entrecruzandolos con los rayos de otros aviones, asi como de los
vehiculos terrestres, de las torres de la ciudad y de los navios del
puerto.

Cuando sentia cansancio, despues de esta contemplacion nocturna, se iba
al fondo del edificio para tenderse en un blando colchon formado con dos
mil ochocientos colchones del pais. Tambien podia envolverse en una
manta cuyo grueso estaba formado con cinco de las que empleaban las
muchachas del ejercito cuando salian de maniobras. Esta envoltura habia
consumido el material de abrigo de tres regimientos.

Vivia en una aparente libertad. Todos los pigmeos instalados en la
Galeria para su servicio procuraban evitarle molestias, y hasta
pretendian adivinar sus deseos cuando estaba ausente el traductor. Pero
le bastaba ir mas alla de la puerta para convencerse de que solo era un
prisionero. Dia y noche permanecian inmoviles en el espacio, sobre la
vivienda del gigante, dos maquinas voladoras, que se relevaban en este
servicio de monotona vigilancia.

Si intentaba ir hacia la capital, o si avanzaba por el lado opuesto mas
alla del rio, sentiria inmediatamente en su cuello el enroscamiento de
uno de aquellos hilos de platino que le amenazaban con la decapitacion.
Imposible tambien salir durante la noche, pues los ojos de las bestias
aereas partian incesantemente la sombra con sus cuchillos luminosos.

La unica satisfaccion de Gillespie era ver aparecer sobre un borde de su
mesa el abultado cuerpo, la sonrisa bondadosa, los anteojos redondos y
el gorro universitario del profesor Flimnap. Era el unico pigmeo que
hablaba correctamente el ingles y con el que podia conversar sin
esfuerzo alguno. Los otros personajes, asi los universitarios como los
pertenecientes al gobierno, conocian su idioma como se conoce una lengua
muerta. Podian leerlo con mas o menos errores; pero, cuando pretendian
hablarlo, balbuceaban a las pocas frases, acabando por callarse.

El profesor temia las escaleras y las cuestas a causa de su obesidad de
sedentario dedicado a los estudios; pero, a pesar de esto, acometia
valerosamente cualquiera de las rampas en torno a las patas de la mesa,
llegando arriba congestionado y jadeante, con su honorifico gorro en una
mano, mientras se limpiaba con la otra el sudor de la frente, echando
atras la humeda melena.

De buena gana hubiese ordenado la instalacion de un ascensor; pero el
pensamiento de que sus cuentas podian ser examinadas y discutidas en
pleno Senado le hizo desistir de tal deseo.

Al fin se decidio a emplear en sus visitas la grua montadora de
alimentos. Silbaba desde abajo para que los trabajadores hiciesen
descender el cable, y sentandose en uno de los platos mas pequenos
empleados en el servicio, subia sin fatiga hasta la gran planicie donde
apoyaba sus codos el gigante amigo.

Este la vio llegar en la manana del segundo dia de su instalacion
acompanada de varios objetos, que los siervos masculinos fueron sacando
del plato-ascensor.

Despues colocaron ante el Hombre-Montana una mesita y un sillon, que
sobre la mesa enorme parecian juguetes infantiles. Tambien depositaron
en la mesita muchos libros.

Llegaba el profesor vestido de ceremonia, con su mejor toga y su birrete
de gran borla, lo mismo que si fuese a leer una tesis ante la
Universidad en pleno.

--Gentleman--dijo--, hoy no vengo como amigo ni como administrador de su
vida material. El gobierno me envia para que ilustre su entendimiento, y
he creido del caso vestir mis mejores ropas universitarias y traer lo
necesario para una buena explicacion.

Ocupo solemnemente su pequena poltrona, ordeno sobre la mesita los
montones de libros y quedo mirando el rostro gigantesco de su amigo, que
solo estaba a un metro de distancia de ella.

No necesitaba Flimnap de bocina, como en otras ocasiones. Podia
expresarse sin esforzar su voz, que era naturalmente armoniosa y
contrastaba con su exterior algo grotesco.

--Le confieso, gentleman, que me turba ver su rostro de tan cerca. Me
infunde espanto. Ademas, su fealdad aumenta por horas; las canas de
hierro que surgen de su piel son cada vez mas grandes y rigidas. Habra
que ver como los barberos de la capital pueden suprimir esta vegetacion
horrible. Permitame que le mire un poco a traves de mi lente, para verle
con unas proporciones mas racionales y justas, como si fuese un ser de
mi especie.

El dulce profesor contemplo al gigante largo rato a traves de una
lenteja de cristal sacada de su toga, mientras tenia los anteojos
subidos sobre la frente. Su rostro se contrajo con una sonrisa de
doncella feliz, como si estuviese contemplando algo celestial. Al fin se
arranco a este deleite de los ojos para cumplir sus deberes de maestro.

--Va usted a saber--dijo--lo que tanto desea desde que nos conocimos.
Vengo para explicarle la historia de este pais y lo que fue la Verdadera
Revolucion. Los misterios y secretos que le preocupan van a
desvanecerse. Escuche sin interrumpirme, como hacen las jovenes que
asisten a mi catedra. Al final me expondra sus dudas, si es que las
tiene, y yo le contestare.

Despues de este preambulo, el profesor empezo su leccion.

--Usted sabe, gentleman, quien fue el primer Hombre-Montana que visito
este pais. Hasta creo que el tal gigante dejo escrito un relato de su
viaje, y usted debe haberlo leido, indudablemente.

Como ya le dije, otros gigantes vinieron detras de el en diversas
epocas; pero esto solo tiene una relacion indirecta con los sucesos que
quiero relatarle. Ya sabe usted tambien, aunque sea de un modo vago,
como era la vida de mi pais en aquella epoca remota. Nuestro pueblo
estaba gobernado por los emperadores, que se creian el centro del mundo
y de una materia divina distinta a la de los otros seres. La vida de la
nacion se concentraba en la persona del soberano. Los mas altos
personajes saltaban sobre la maroma y hacian otros ejercicios
acrobaticos para divertir al monarca del Imperio, que entonces se
llamaba Liliput. La gran ambicion de todo liliputiense era conseguir
algun hilo de color de los que regalaba el despota para cruzarselo sobre
el pecho a guisa de condecoracion. En resumen: mi pais vivia sometido a
una autoridad paternal pero arbitraria, y los hombres llevaban una
existencia monotona y sonolienta, al margen de todo progreso. De las
mujeres de entonces no hablemos. Eran esclavas, con una servidumbre
hipocrita disimulada por el carino egoista del esposo y la falsa dulzura
del hogar.

Asi era el Imperio de Liliput, cuando siglo y medio despues de la
llegada del primer Hombre Montana se inicio la serie de acontecimientos
historicos que acabaron por cambiar su fisonomia.

Un naufrago gigante que habia pasado algun tiempo entre nosotros tuvo
ocasion de volver a su tierra natal valiendose de un bote en armonia con
su talla que la marea arrastro hasta nuestras costas.

Al emprender su viaje de regreso no iba solo. Un liliputiense se marcho
tambien; unos dicen que de acuerdo con el gigante; otros, y son los mas,
suponen que se escondio en la enorme barca con el deseo de conocer el
mundo de los Hombres-Montanas.

Este viajero extraordinario es celebre en nuestra historia. Su nombre
fue Eulame. Yo tengo companeros en la Universidad que suponen que Eulame
era una mujer, pues no pueden explicarse de otro modo tanta inteligencia
y tanto heroismo reunidos en una sola persona. Han escrito varios libros
para probar que Eulame fingio ser hombre porque en aquellos tiempos solo
dominaban los hombres, y casi lo demuestran plenamente. Pero yo nunca me
he apasionado por este misterio de nuestra historia. Bien puede Enlame
haber sido hombre, como creyeron los de su epoca. Una excepcion no
altera la regla, y reconozco que el debil sexo masculino es capaz de
producir de tarde en tarde algun personaje celebre, sin que esto le
saque de su inferioridad....

Digo que Eulame se marcho al pais de los gigantes y permanecio alla
algunos anos. Tambien este periodo de su existencia ha dado lugar a
muchos estudios historicos y criticos. Unos dicen que anduvo por aquel
mundo monstruosamente grande, de feria en feria, siendo exhibido en
circos y barracas como una curiosidad nunca vista, y que sus viajes le
sirvieron para conocer los diversos pueblos en que se hallan divididos
los colosos.

Otros autores afirman, basandose en el testimonio de personas que
trataron a Enlame y pudieron oir sus confidencias, que el audaz
liliputiense apenas fue conocido por la generalidad de los gigantes. El
y el marinero en cuyo bote se escapo fueron recogidos por un gran barco,
y, al llegar a la tierra donde todo es monstruosamente enorme, los
navegantes lo vendieron a un sabio, y con el vivio, en el ambiente de
una soledad estudiosa, aprendiendo con rapidas sintesis todo lo que el
ilustre gigante habia buscado en los libros y en las experiencias de
laboratorio durante muchos anos.

Tampoco en esta cuestion me decido ni por unos ni por otros. En
realidad, no se sabe nada sobre el primer periodo de la vida de Eulame,
que fue tan misterioso como la juventud de muchos fundadores de
religiones. Todo lo que dicen mis companeros de Universidad y lo que
dijeron igualmente muchos sabios anteriores esta fundado en hipotesis.

Lo unico cierto es que Eulame volvio a Liliput, pero no en una simple
barca, como la que le trajo a usted, Gentleman-Montana. Al otro lado de
la gran barrera de rocas y espumas levantada por nuestros dioses quedo,
segun cuentan los cronistas de aquella epoca, un buque de proporciones
inmensas, un verdadero navio de gigantes. Un simple bote salvo el
obstaculo de la muralla divina, trayendo hasta nuestras costas a Eulame
y a un Hombre-Montana viejo, seco de cuerpo, con barba blanca, que
supongo debio ser su estudioso protector.

Este tenia el proposito de ir trayendo en la lancha hasta nuestra tierra
todos los inventos de su mundo, de que venia repleto el navio enorme;
pero nuestros dioses, como aman poco a los gigantes, agitaron el mar sin
limites con una furiosa tempestad, y el buque se estrello contra la
barrera de rocas y de espumas.

Quedo entre nosotros el gigante viejo tan desamparado y falto de medios
cual se ve usted ahora. Ademas, como sus anos no le permitian vivir en
un mundo tan nuevo para el y tan falto de las comodidades que necesita
la vejez, murio al poco tiempo. Yo sospecho que los emperadores de la
ultima dinastia se sintieron inquietos tal vez por la frecuencia con que
llegaban a nuestras costas huespedes de la misma talla, y trataron al
viejo con brusquedad, sin considerar que el pobre venia atraido por los
relatos de Eulame para establecer generosamente su civilizacion entre
nosotros.

Su cadaver dio poco trabajo para ser anulado. Era un esqueleto
recubierto de piel nada mas, y sus huesos se emplearon como ricos
materiales en numerosas obras de arte. Todavia conservamos en la
Universidad varios libros de el, que me sirvieron muchisimo para el
estudio de la lengua que usted habla y para el conocimiento de las
costumbres de los Hombres-Montanas.

Pero volvamos a Eulame. Al verse solo, se lanzo a predicar entre sus
compatriotas las ventajas de la civilizacion de los gigantes. Los
descontentos del Imperio, que eran muchos, vieron en el un jefe que
podia sustituir a la dinastia reinante. Los sabios le escucharon como un
maestro divino, y todas las universidades fueron declarandose discipulas
suyas. De entonces data la introduccion del ingles en este pais como
idioma secreto y sagrado, que sirvio para entenderse a las personas de
clase superior.

iLas cosas que hizo Eulame en poco tiempo! Jamas se conocio en nuestra
historia una actividad como la suya. El pueblo no pudo creer que fuese
un hombre igual a los demas, y le tuvo por hijo de los dioses. Hasta la
industria del pais la modifico radicalmente en pocos meses. Implanto
entre nosotros todos los progresos mecanicos que habia visto en el mundo
de los colosos. Nuestros ingenieros, que hasta entonces habian marchado
a ciegas, moviendose siempre dentro del mismo circulo, luego de escuchar
las lecciones de Eulame vieron nuevos caminos abiertos ante sus ojos, y
se lanzaron por ellos, haciendo descubrimientos con una rapidez
vertiginosa, inventando casi instantaneamente lo que habia costado tal
vez largos anos de meditacion en el pais de los gigantes.

El ultimo emperador intento asesinar al profeta; pero este poseia la
fuerza, y creyo llegado el momento de pasar de las palabras a la accion.
Habia traido del otro mundo los explosivos y las armas de fuego. Los
ricos industriales partidarios del eulamelismo fabricaron secretamente
un material de guerra igual al de los Hombres-Montanas, y basto que mil
discipulos con fusiles y canones marchasen contra el palacio del
emperador para que este huyese, acabando en un momento la dinastia
secular.

Las viejas tropas, armadas con arcos y lanzas, se desbandaron, dando
vivas a Eulame, al recibir la primera granizada de balas de sus
partidarios. El Regenerador fue elevado entonces a la dignidad imperial,
y empezo el periodo mas agitado, mas sangriento e interesante de nuestra
historia.

Debo advertir que como entonces dirigian los hombres la marcha del pais,
tuvieron el cinismo de dar el nombre de _epoca gloriosa_ a un periodo en
el que murieron millones de personas, siendo ademas incendiadas muchas
ciudades, que aun no estan reconstruidas, y devastadas provincias
enteras.

Al verse Eulame en el poder, se creyo investido de una mision
sobrehumana.

Esta mision consistia en llevar a todas las naciones proximas pobladas
por seres de nuestra especie los beneficios de la civilizacion
implantada por el. Ademas, como disponia de una fuerza superior,
necesitaba usarla, lo mismo que el atleta, incapaz de vivir
tranquilamente sin dar golpes contra algo para ejercitar sus musculos.

Las tropas irresistibles de Eulame marcharon contra Blefuscu, el pueblo
que durante siglos habia sido nuestro adversario. Resulto una guerra
facil por la gran desigualdad entre los respectivos armamentos; pero los
de Blefuscu se defendieron con esa tenacidad irracional que la Historia
llama heroismo, dejandose matar en cantidades enormes.

Despues de haber dominado a esta nacion, el conquistador llevo sus armas
a otra, y luego a otra, no quedando continente ni isla que dejase de
reconocer su autoridad imperial. Pero la misma grandeza de su exito peso
sobre el, acabando por aplastarle. Sus generales obedecieron a esa ley
de los hombres segun la cual todo discipulo, cuando se ve en lo alto,
debe atacar a su maestro.

Llego un dia en que los belicosos caudillos que gobernaban por
delegacion las tierras conquistadas se sublevaron contra Eulame. Todo lo
que este habia aprendido en el pais de los gigantes lo comunico
confiadamente a sus allegados: los nuevos medios de destruccion eran ya
del dominio comun; sus adversarios sabian lo mismo que el; ya no era un
semidios, era un hombre como los otros. Y como sus enemigos resultaban
mucho mas numerosos, le vencieron en una batalla campal a las puertas de
esta ciudad, que entonces se llamaba Mildendo, reuniendose despues en
congreso diplomatico para decidir su futura suerte.

No se atrevieron a matarle porque habian sido sus discipulos; pero como
deseaban verse libres de su presencia, lo confinaron perpetuamente en
una pequena isla, en un penon solitario y malsano, lejos de toda vida,
en las inmediaciones de la muralla de rocas y espumas que muy pocos osan
pasar.

El emperador murio a los pocos anos en este destierro de un modo
obscuro. Aun vivian las familias de los catorce o quince millones de
seres que habian muerto a causa de sus guerras y sus ambiciones. Luego,
con el transcurso de los anos, el vulgo, que necesita para vivir el
culto de los heroes y cuando no los tiene los inventa, ha glorificado a
Eulame, convirtiendo sus matanzas en hazanas gloriosas y dando un
caracter casi divino a su recuerdo.

Yo puedo ensenarle, gentleman, como unos cincuenta mil libros escritos
para glorificar a Eulame y narrar sus hazanas. Sin embargo, su herencia
no pudo resultar mas fatal. Este fabricante de guerras hizo lo necesario
antes de desaparecer para que nuestro mundo se viese condenado
eternamente a la guerra.

El congreso reunido en Mildendo intento un nuevo reparto de las
naciones, dividiendo las antiguas conquistas de Eulame; pero este
arreglo fue un semillero de futuras peleas. Todos los vencedores
hablaban de la paz a gritos, pero cada uno procuraba vivir mas armado
que los otros, y al sentirse con mayores fuerzas exigia una porcion mas
considerable en el reparto.

Abreviare mi relato, gentleman, pues me duele recordar este periodo, el
mas vergonzoso de nuestra historia. Los pueblos vivian regidos por los
hombres; las armas estaban en manos de los hombres; el trabajo lo
organizaban y reglamentaban los hombres ... ?que otra cosa podia
ocurrir?...

Los herederos del emperador organizaron cada uno a su placer el pedazo
de tierra que les toco en el reparto. Algunas naciones se constituyeron
en Republica; otras fueron monarquias; unas cuantas, con el titulo de
Imperios, restauraron la autoridad despotica y terriblemente paternal de
los antiguos soberanos.

Nuestra nacion, al recobrar sus primitivos limites, creyo oportuno
quedarse con dos provincias de Blefuscu, fundandose en confusos derechos
historicos. Durante varios anos los de Blefuscu solo pensaron en
recobrar estas provincias, como si les fuese imposible la vida sin
ellas. Las recordaban en sus cantos patrioticos; no habia ceremonia
publica en que no las llorasen; los muchachos, al entrar en la escuela,
lo primero que aprendian era la necesidad de morir algun dia para que
las provincias cautivas recobrasen su libertad; los hombres organizaban
su existencia con el pensamiento fijo de que eran soldados de una guerra
futura. Y al fin vino la guerra, y los de Blefuscu nos quitaron las dos
provincias.

Entonces nosotros les imitamos, y durante varios anos los ninos de
nuestras escuelas aprendieron que habia que morir para recobrar estos
territorios, y hubo canticos iguales a los del pais enemigo, y los
hombres fueron todos soldados, y surgio una segunda guerra, en cuyo
transcurso recobramos las dos provincias....

Y los de Blefuscu se prepararon a su vez para una tercera guerra....

Al mismo tiempo habia luchas sangrientas entre los demas paises poblados
por gentes de nuestra especie. Ninguna nacion podia conformarse con sus
limites actuales. A la adoracion de los antiguos dioses habia sucedido
la idolatria de unos trapos de colores llamados banderas. Cada uno, con
agresivo fetichismo, consideraba que el trapo de su nacion era mas
hermoso que los otros y debia ondear triunfante sobre los paises
inmediatos. Las gentes separadas por un brazo de mar, un rio, una
montana o un bosque, llamados fronteras, se odiaban de un modo feroz,
sin haberse visto nunca.

Cada pais calumniaba al otro, inventando sobre el las mas absurdas
mentiras, y estas mentiras las aceptaban las generaciones siguientes sin
tomarse el trabajo de comprobarlas. De padres a hijos se perpetuaba la
degollina por la simple razon de que los abuelos tambien se habian
degollado.

Nunca se realizaron inventos con tan asombrosa rapidez; pero todos ellos
servian fatalmente para agrandar el arte de las matanzas. La ciencia se
habia hecho servidora de la guerra; los laboratorios temblaban de
patriotico regocijo cuando un descubrimiento proporcionaba la seguridad
de poder exterminar mayor numero de hombres. Las fabricas mas potentes
eran las de materiales para la guerra. Todos los paises rivalizaban en
una carrera loca, buscando adelantarse los unos a los otros en los
medios de destruccion. Los hombres se mataban sobre la tierra y sobre el
mar, y hasta en el ultimo momento llegaron a exterminarse en las
silenciosas alturas de la atmosfera.

Las fortunas mas grandes de cada pais las poseian los fabricantes de
armamento. La lucha industrial y los egoistas deseos de lucro tomaban un
caracter de abnegacion patriotica. Si un pais inventaba un canon enorme,
al ano siguiente el pais adversario producia otro dos veces mas grande.
Sobre las olas todavia era mas disparatada esta exageracion de los
medios ofensivos. Como Blefuscu y nosotros estamos separados por el mar,
nos lanzamos a una rivalidad devoradora de nuestras riquezas y de
nuestro trabajo.

Estudiabamos ansiosamente su flota para que nuestra flota resultase
superior. Si ellos construian un navio grande, con numerosos canones,
nosotros al momento empezabamos en nuestros astilleros otros navios mas
enormes, hasta llegar a proporciones inverosimiles, que parecian un reto
al buen sentido y a todas las leyes fisicas.

Baste decir, gentleman, que hemos tenido buques de guerra mas grandes
que la barca que le trajo a usted; navios con cien piezas de artilleria
iguales al revolver que le sacamos del bolsillo, o tal vez mucho mas
grandes, y llevando tres mil o cuatro mil hombres de tripulacion.... En
fin, verdaderas islas flotantes.

Y lo peor fue que estas construcciones gigantescas y los gastos enormes
que exigian, todo resulto inutil. El continuo invento de medios
destructivos dio vida a nuevas embarcaciones no mas grandes que algunos
peces de nuestros mares, pero que, a semejanza de estos, podian
deslizarse por la profundidad submarina, atacando de lejos a los
monstruos flotantes hechos de acero. A pesar de su humilde aspecto,
muchas veces, en nuestros combates navales, echaron a pique a los navios
gigantescos, que representaban el valor de una ciudad.

Toda guerra resultaba mas mortifera y costosa que la anterior. Las
madres, al dar a luz a sus hijos, sabian que no fabricaban hombres, sino
soldados.

No pretendo hacerle creer, gentleman, que la guerra era algo nuevo en
nuestra historia y solo la habiamos conocido despues que Eulame trajo
sus inventos del pais de los gigantes. Habiamos tenido guerras desde las
epocas mas remotas, como creo que las tuvieron todos los grupos humanos.
Pero eran guerras con pequenos ejercitos, que no alteraban la vida del
pais; guerras sostenidas por tropas de combatientes voluntarios y
profesionales; una especie de lujo sangriento, de elegancia mortifera,
que se permitian nuestros viejos emperadores de tarde en tarde. Pero
despues de la demencia ambiciosa de Eulame y del perfeccionamiento de
los medios de destruccion, las guerras fueron de pueblo a pueblo, y toda
la juventud de un pais, abandonando campos y talleres, corria a matar la
juventud vigorosa del otro pais que habia hecho lo mismo.

Cada guerra significaba un largo alto en el desenvolvimiento humano, y
luego un retroceso. En la capital de cada pais habia un arco de triunfo
para que desfilasen bajo su boveda unas veces el ejercito que volvia
victorioso y otras los invasores triunfantes.

Despues de toda guerra, el suelo abandonado parecia vengarse del olvido
y de la bestialidad de los hombres restringiendo su produccion. Las
grandes empresas militares iban seguidas por el hambre y las epidemias.
Los hombres se mostraban peores al volver a sus casas durante una paz
momentanea. Habian olvidado el valor de la vida humana. Renian con el
menor pretexto; se encolerizaban facilmente, matandose entre ellos;
pegaban a sus mujeres. Ademas, todos eran alcoholicos. Durante sus
campanas, los gobernantes les facilitaban en abundancia el vino y los
licores fuertes, sabiendo que un hombre en la inconsciencia de la
embriaguez teme menos a la muerte.

La riqueza publica ahorrada durante muchos anos se derrochaba en unos
meses, convirtiendose en humo de polvora, en acero hecho fragmentos, en
escombros de poblaciones y de fabricas.

Cuando, al fin, llegaba la paz, era para que empezase una nueva
miseria....

Los periodos tranquilos resultaban tan peligrosos como los tiempos de
guerra. Siempre han existido descontentos de la organizacion social;
siempre los que no tienen miraran con odio a los que poseen. Pero
despues de las guerras la falta de concordia social aun era mas
violenta. La envidia que siente el de abajo resultaba mas amarga. Como
los pobres habian sido soldados a la fuerza, se consideraban con nuevos
derechos a poseerlo todo. Cuando cesaban las guerras, los hombres se
resistian al trabajo y hablaban de un nuevo reparto de la riqueza....

Esta situacion absurda no podia durar.

Yo reconozco, como he dicho antes, que existen entre los hombres almas
generosas y superiores, aunque con menos abundancia que entre las
mujeres. Los crimenes originados por los hombres no podian menos de
conmover a algunas de estas almas masculinas, y un gobernante de aquella
epoca dio una especie de reglamento para la paz humana, dividido en
catorce articulos.

Pero entre los hombres las mejores ideas se transforman y se corrompen.
Hay en ellos un fondo de egoismo que desfigura toda idea generosa apenas
se encargan de implantarla.

No habia un pais que dejase de alabar la paz, pero esta paz debia
hacerse de acuerdo con sus gustos y ambiciones. Todos querian que las
cosas fuesen no como deben ser, sino con arreglo a sus conveniencias. Y
los catorce articulos o puntos se vieron retorcidos y desfigurados de
tal modo, que acabaron por convertirse practicamente en otras tantas
calamidades. Asi ocurre siempre con las leyes hechas por los hombres y
aplicadas por los hombres.

Los pueblos sintieron la necesidad de poner remedio a esta demencia
general. Era preciso suprimir las guerras, resolver las cuestiones entre
los paises por medio de tribunales, como se resuelven las diferencias
entre los individuos. Y cada Estado designo varios representantes, que
se reunieron en esta ciudad, formando un organismo llamado Sociedad de
las Naciones.

Mientras los oradores se limitaron a pronunciar elocuentes arengas en
nombre de los mas sublimes principios todo marcho bien; pero cuando la
asamblea tuvo que hacer algo practico, su trabajo resulto infructuoso y
tan temible como el de los gobernantes guiados por la ambicion.

Los congresistas, al rehacer el mapa, dieron mas terrenos a unos paises
y se lo quitaron a otros, fundandose en antecedentes historicos,
geograficos y etnicos. Fue un trabajo de gabinete semejante a los que
hacemos en la Universidad, e inspirado por la mejor buena fe. Pero los
pueblos fuertes y rapaces se reian de sus consejos cuando los
consideraban perjudiciales para su egoismo, y en cambio los exhibian
como obras maestras siempre que eran favorables a sus intereses. Por su
parte, los pueblos adolescentes, ganosos de crecimiento, cuando tenian
un vecino debil olvidaban a la Sociedad de las Naciones, apelando al
eterno recurso de las armas.

Este periodo sirvio para demostrar que los hombres ya habian dado de si
todo lo que podia esperarse de ellos. El mundo estaba condenado a una
guerra eterna. El egoismo, la acometividad y la astucia se habian
convertido en virtudes politicas, y los pueblos eran tanto mas ilustres
y gloriosos cuanto mas cinicamente las ponian en practica.

No quiero insistir en las miserias de aquel periodo. La humanidad estaba
en una especie de callejon sin salida. Se realizaban grandes progresos
materiales; pero el alma humana, merced a la ensenanza dada por los
hombres, continuaba siendo un alma primitiva, un alma brutal, semejante
a la de las fieras, y tal vez peor, ya que las fieras no conocen la
hipocresia ni saben llorar sobre el cuerpo de sus victimas.

Afortunadamente habia en nuestro mundo algo mas que hombres. Las
guerras, con sus grandes matanzas y sus dolores colectivos, venian
indignando a las mujeres.

No necesita usted de grandes esfuerzos mentales para formarse una idea
aproximada de lo que eramos las mujeres en este pais antes de que
ocurriese la Verdadera Revolucion. Por lo que he leido en algunos libros
que trajo el viejo sabio companero de Eulame, se que las mujeres han
llevado en la tierra de los gigantes, y tal vez llevan todavia, una
existencia deplorable. Las rodean de grandes muestras de respeto y
carino, como si fuesen unos animales hermosos desprovistos de alma; los
poetas cantan sus virtudes; pero los hombres se indignan y protestan en
masa siempre que las mujeres piden una participacion directa en el
desarrollo y la direccion del pais que habitan. iMucho besar su mano y
quedar ante ellas con la cabeza descubierta y acoger sus palabras con
gestos galantes de proteccion o admiracion!... Pero apenas representan
un obstaculo para el egoismo del hombre, este las repele o las
atropella, resucitando su animalidad de las epocas remotas.

Asi, poco mas o menos, eramos nosotras en el tiempo de los emperadores.
Los hombres, para sostener su despotismo, ensalzaban los meritos de la
mujer recluida en la casa, llevando una existencia de esclava y
administrando con economia la fortuna del marido. Las mujeres con el
alma sonolienta, sin iniciativas, sin voluntad, y que apenas sabian leer
y escribir, resultaban el tipo perfecto de la dama honesta.

Indudablemente serian asi las que vio a traves de los ventanales del
palacio imperial el primer Hombre-Montana que vino a nuestro pais. Pero
el progreso, que transformo fulminantemente en los tiempos de Eulame la
vida de los hombres, tambien cambio con no menos rapidez la mentalidad
de las mujeres. Leyeron, salieron a la calle, se interesaron por los
asuntos publicos, frecuentaron las universidades. Las que eran pobres
quisieron ganar su vida y no deberla a la gratitud amorosa de un hombre,
considerando el trabajo como un medio de libertad e independencia. No
vieron ya un misterio en los estudios cientificos, que habian sido
patrimonio hasta entonces de los hombres, y se asociaron lentamente para
una accion comun todavia no bien determinada.

Conozco los trabajos de las mujeres en este periodo de gestacion
revolucionaria. Los conozco no solamente por los libros, sino por algo
mas directo y viviente. Mi abuela fue una de las agitadoras en este
periodo dificil y glorioso.

Le confesare, gentleman, que no todas las mujeres tenian una idea exacta
del papel que les tocaba desempenar. Las habia timidas,
contemporizadoras, sentimentales, de las que necesitan al hombre para
vivir y consideran que el amor es la principal ocupacion femenina.

No las critico ni las excuso; nadie puede decir con certeza quien tiene
razon y quien no la tiene. iCambiamos de creencias con tanta facilidad
los seres humanos!... Antes de que usted viniese a este pais yo pensaba
de un modo, y ahora reconozco que veo las cosas de distinta manera....
Pero no nos salgamos de la leccion.

Digo que eran muchisimas las mujeres convencidas de que los hombres
gobernaban mal, pero que unicamente pretendian colaborar con ellos,
participando de dicho gobierno. Se daban por contentas con que el tirano
les dejase un hueco a su lado, cediendoles una pequena parte de su
soberania. Pero otras (y entre ellas mi valerosa abuela) odiaban al
hombre, estaban convencidas de que este habia hecho todo lo que podia
hacer, dando pruebas indudables de su incapacidad y su barbarie, y era
inutil esperar que se corrigiese, empezando una nueva existencia.
Mientras el hombre gobernase, las leyes serian injustas, la vida
ordinaria una batalla de hipocresias y egoismos, y la guerra la unica
solucion de todas las cuestiones. Habia que vencer al hombre, habia que
dominarlo, obligandole a bajar del pedestal que el mismo se habia
erigido. La unica solucion era tenerle en un estado dependiente e
inferior, igual al de la mujer durante siglos y siglos.

Adivino en su rostro la curiosidad. Se pregunta usted como pudo
realizarse esta maravillosa reversion en la preeminencia de los sexos.

Era empresa dificil ... pero al fin triunfamos, como va usted a ver.




VI

Donde el profesor Flimnap termina su leccion


El hombre no solo monopolizaba el gobierno, la justicia, la ensenanza y
todos los medios de produccion; guardaba ademas las armas, como un
privilegio de su sexo. ?De que modo vencer a los hombres, cuando
disponian de instrumentos destructores como jamas se conocieron en
nuestra historia?...

Sus canones del tamano de casas, sus fusiles y ametralladoras, que
lanzaban plomo con la misma rapidez que una maquina de coser da
puntadas, podian suprimir instantaneamente las manifestaciones
femeninas, por numerosas que fuesen. Ademas, la mujer, acobardada por
tantos siglos de servidumbre, tenia miedo a los procedimientos de
violencia. Solo las jovenes que habian cultivado sus musculos en los
deportes al aire libre se reian de estos temores de las senoras de
salon. Todas se mostraban acordes al lamentar los crimenes de los
hombres, pero la situacion angustiosa parecia sin remedio....

Y de pronto surgio el hecho providencial y decisivo, un descubrimiento
cientifico que casi puede ser calificado de milagro.

Una de las mujeres nuevas dedicadas a la ciencia oriento sus estudios
hacia una finalidad practica y humanitaria. Queria terminar las guerras
definitivamente, y el medio mas seguro era conseguir la anulacion de
todos los descubrimientos industriales empleados por los hombres para
exterminarse. Un dia, para bien de la humanidad, invento unos rayos
prodigiosos, que debian haberse titulado "la aurora de la nueva vida",
pero que la sabia mujer, poco dada a los terminos imaginativos, designo
aridamente con el nombre de "rayos negros".

Estos rayos, proyectados a largas distancias, hacian estallar todas las
materias explosivas, aunque estuviesen preservadas por muros o por
envolturas metalicas. Hasta en el fondo del agua conseguian su objeto
los rayos maravillosos.

La sabia genial era en la vida corriente una mujer de cortos alcances, y
solo presintio en su invencion un medio de llamar al orden a los
humanos, impidiendoles que insistiesen en sus guerras; como si esto
fuese posible quedando en manos del hombre la direccion de la Historia.
El _Comite supremo de las reivindicaciones feministas_ vio mas claro que
esta quimica ilustre y simplona. Se fue enterando minuciosamente de sus
trabajos, y a continuacion la guardo presa, con toda clase de
miramientos, en una cueva del Club Feminista, para que no pudiese
revelar su secreto a los hombres.

iQue envidia siento al pensar en las mujeres que presenciaron la mas
estupenda de las revoluciones! iCuanto me hubiese gustado ver lo que vio
mi madre, que era entonces una nina!... Las muchachas mas valerosas,
acostumbradas a los deportes, montaron una manana en varios aeroplanos,
volando sobre toda la extension del pais. Cada avion llevaba un aparato
de los inventados por la sabia providencial. Eran a la vista unas
simples cajas de las que salian varios chorros de humo tenue y negro.
Estas mangas, al descender del avion, iban pasando sobre la superficie
de la tierra, y toda materia inflamable que tocaban, aunque estuviese
defendida por paredes u oculta bajo el suelo, hacia explosion
inmediatamente. Asi, en unas cuantas horas volaron todos los arsenales,
polvorines y depositos de municiones existentes en nuestro pais.

Aqui, en la capital, el gobierno de los hombres, asustado por esta
revolucion catastrofica, intento apresar al Comite feminista. Toda la
guarnicion marcho al asalto de nuestro Club. iEsfuerzo inutil! El Comite
aguardaba tranquilamente en medio de la calle, armado de los famosos
"rayos negros". Le basto proyectarlos, para que una mitad de las tropas
huyesen a la desbandada y la otra mitad quedase tendida en el suelo.

Los soldados vieron como sus fusiles estallaban entre sus manos antes de
disparar y como se inflamaban las capsulas en sus cartucheras,
acribillandolos de heridas mortales. Los que estaban mas lejos,
espantados por el fenomeno, arrojaban las armas y se despojaban de sus
bolsas de municiones, viendo en el propio equipo militar un peligro de
muerte. Los oficiales, impulsados por el orgullo profesional, gritaban:
"iAdelante!", pero el revolver estallaba en su diestra, llevandoles la
mano y el brazo. Los artilleros abandonaban las piezas para huir, en
vista de que los armones llenos de proyectiles se inflamaban solos lo
mismo que si fuesen volcanes, haciendo volar los miembros de los hombres
despedazados.

Gracias a los "rayos negros", en unas cuantas horas se cambio el orden
de la vida, y el Comite vencedor se instalo en el antiguo palacio
imperial, decretando que habia muerto para siempre el gobierno de los
varones.

Mentiria si le dijese que este movimiento feminista fue unanime. Las
prudentes, las contemporizadoras, las amigas del hombre, acudieron
llorosas al Comite para suplicarle que no insistiese en su lucha contra
los tiranos masculinos. Debo anadir que estas conservadoras, faltas de
caracter y de dignidad sexual, eran en aquellos momentos la mayoria del
pais. Pero ?que revolucion no ha sido hecha por una minoria y no se ha
visto obligada a imponerse a la debilidad y el pensamiento miope de los
mas? El gobierno provisional del feminismo no presto atencion a estas
transfugas que lamentaban la muerte de los varones de su familia o
temian por la existencia de los que aun se mantenian vivos, prefiriendo
su egoismo particular a los intereses del sexo.

El Comite triunfador hizo bien en no oirias. Las revoluciones no se
miden por los dolores que originan, sino por los nuevos beneficios que
aportan al bienestar y la libertad de los humanos.

No quiero entrar en los detalles de la Verdadera Revolucion, pues esto
alargaria mucho mis explicaciones. Baste decir que al dia siguiente
andaban fugitivos y aterrados por todo el territorio de la Republica los
hombres, que horas antes se creian eternamente superiores. Era tal el
terror infundido por los "rayos negros", que todo el que tenia armas se
apresuraba a dejarlas abandonadas en medio de los campos. Los padres y
los maridos miraron con nuevos ojos a las mujeres dentro de sus casas.
Imploraban su proteccion para que intercediesen con el gobierno
femenino.

Como usted adivinara, un movimiento de esta clase no podia quedar dentro
de los limites de lo que se llamaba antiguamente Liliput. Las mujeres de
Blefuscu enviaron una comision por los aires para pedir a sus hermanas
victoriosas que fuesen a libertarlas de una esclavitud de cuarenta
siglos. Media docena de aparatos y un peloton de voladoras resultaron
suficientes para que el reino vecino quedase en poder de las mujeres,
muriendo su monarca y los principales dignatarios.

En resumen: basto una semana para que en todos los paises triunfasen las
mujeres, quedando los hombres en un servilismo igual al que habian
infligido a nuestro sexo durante miles de anos. Asi fue lo que hemos
convenido en llamar la Verdadera Revolucion, tan distinta en sus
resultados a las revoluciones hechas por los hombres.

Pero la muerte de la tirania masculina no era suficiente. Habia que
organizar y gobernar la nueva existencia del mundo, y esto lo hicimos
mucho mejor y con mas rapidez que cuando reunian los hombres su inutil
Sociedad de las Naciones para acabar con las guerras.

Como ya no quedaban armas explosivas, y las que se habian salvado de la
destruccion resultaban inutiles gracias a los "rayos negros", no fue
dificil evitar la reproduccion de los exterminios humanos. No habiendo
ya ejercitos de hombres, era imposible que resucitase la guerra.

He olvidado decirle que sobre el mar ocurrio lo mismo que en las
ciudades. Los aviones del Comite, con sus temibles chorros de luz negra,
suprimieron todas las islas movibles artilladas por los hombres. Apenas
fueron volados unos cuantos de aquellos navios colosales, las
tripulaciones huyeron de los demas, dejandolos abandonados en los
puertos. Algunos flotaron perdidos en el mar, pues los marineros, a la
vista de uno de los aeroplanos femeniles, echaban al agua las
embarcaciones menores, escapando del buque, que era para ellos un volcan
proximo a hacer erupcion. Los submarinos se apresuraron igualmente a
ganar los puertos, vomitando toda su gente. Temian a los "rayos negros",
capaces de buscarles en las mayores profundidades.

En una palabra, gentleman: acabo el ejercito y la flota de los hombres
en todas las naciones de nuestra raza. Murieron muchisimos al intentar
la resistencia, y los supervivientes quedaron aterrados despues de una
derrota tan inesperada y completa.

La gran superioridad de nuestro sexo se hizo patente cuando el Comise
femenino, de acuerdo con las mujeres de los otros paises, decreto la
apertura de una Asamblea para reglamentar la victoria. Nunca se ha visto
una reunion politica en que se hablase menos y se adoptasen acuerdos
practicos con mayor rapidez.

Los hombres, que durante su larga tirania se dejaron dominar siempre por
oradores, creyendo que un varon de buena palabra sirve para todo y lo
sabe todo, han tenido el cinismo de burlarse de las mujeres en muchas
ocasiones, asegurando que somos habladoras.

Y sin embargo, nuestra Revolucion se hizo sin discursos. Solo despues de
pasados algunos anos ha renacido la oratoria en este pais.

Lo primero que acordaron las mujeres fue suprimir las naciones con todos
sus fetichismos patrioticos provocadores de guerras. Ya no hubo Liliput,
ni Blefuscu, ni Estado alguno que guardase sus antiguos nombres y
diferencias. Todos se federaron en un solo cuerpo, que tomo el titulo de
Estados Unidos de la Felicidad. La capital de esta confederacion
verdaderamente pacifica fue Mildendo, por haber partido de ella el
movimiento libertador; pero se despojo de su nombre, que databa de los
antiguos emperadores, para llamarse en adelante Ciudad-Paraiso de las
Mujeres.

Al terminar la influencia de los hombres, disminuyo el descontento
social y perdieron su fuerza amenazante las teorias sobre la supresion
de la propiedad, el nuevo reparto de la riqueza y otras utopias. La
mujer es profundamente conservadora y ama la propiedad y el orden. Ella
ha sido la que, a pesar de su papel secundario, mantuvo al hombre en la
razon durante miles de anos y le impidio hacer tonterias irremediables.
Sin ella no hubiese podido subsistir la sociedad. El hombre es tan vano
y presuntuoso, que apenas discurre un disparate para remediar lo que tal
vez no tiene remedio, intenta ponerlo en practica, lo considera
infalible por ser suyo, y se siente capaz de prender fuego al mundo
entero a cambio de que triunfe su orgullo de autor.

Al gobernar las mujeres, solucionaron por el sentimentalismo y el
instinto lo que los hombres no habian podido arreglar nunca valiendose
de su razon. Los mas de los problemas sociales se resolvieron
simplemente suprimiendo la envidia. Pero prescindo de entrar en detalles
y vuelvo a lo que hicieron los primeros organizadores de la Verdadera
Revolucion.

Esta Asamblea, creadora de un mundo nuevo, se dio cuenta de que para
consolidar su obra era preciso que las futuras generaciones ignorasen el
pasado. Todo lo que hacia referencia al periodo de miles y miles de anos
durante el cual dominaron los hombres quedo suprimido. Se destruyeron
los libros, los periodicos, los monumentos, todo lo que pudiera hacer
sospechar a los varones del porvenir la autoridad despotica ejercida por
sus antecesores. Unicamente en las bibliotecas de las universidades
conservamos las obras de aquellos tiempos; pero solo tienen permiso para
leerlas los profesores de indiscutible lealtad que se dedican al estudio
de la Historia.

Ademas, todos los que se habian considerado heroes y personajes
importantes durante la dominacion masculina fueron enviados a islas
remotas, y murieron obscuramente, lo mismo que Eulame.

Quedaron en poder de las mujeres escuelas y universidades, y solo se dio
en ellas una instruccion de acuerdo con las ordenes del gobierno. Si
usted pudiese hablar con las muchachas que frecuentan nuestros
establecimientos de ensenanza, se convenceria de que no tienen la menor
sospecha de como fue el mundo antes de la Verdadera Revolucion. Creen
que las hembras han gobernado siempre y que los varones forman un sexo
debil y timido, necesitado de que lo protejan. De hablar usted nuestro
idioma, el gobierno no me hubiese encargado que le contase la historia
nacional, ni yo me habria atrevido a revelarsela, a pesar de la simpatia
con que le miro. Piense que le estoy comunicando secretos de Estado y
que una imprudencia puede pagarse con la vida. Nosotros mismos, los
profesores, solo nos atrevemos a hablar da estos sucesos empleando el
ingles, para tener la certeza de que ningun curioso puede entendernos.

Confieso que la Revolucion causo muchas victimas y que aun hoy el
mantenimiento da sus reformas exige ciertas precauciones que tal vez
parezcan poco humanitarias; pero ique de beneficios nos trajo!... Hace
cincuenta anos que gobiernan las mujeres, y no ha habido una sola guerra
ni asomo de motivo capaz de provocarla en lo futuro. Hemos suprimido las
dos calamidades que excitaban la brutalidad de los hombres: la guerra y
el alcohol. Nuestros gobiernos se suceden provocando luchas da palabra
unicamente: sin choques sangrientos y sin revoluciones. Jamas fue tan
bien administrada la fortuna publica.

Las buenas condiciones de ahorro y de modestia que hubo de aprender la
mujer para la direccion del hogar durante la epoca de su esclavitud las
emplea ahora en el gobierno. Los Estados Unidos de la Felicidad son
administrados como una casa donde no se conoce el desorden ni el
despilfarro. Todo marcha con una estricta economia, y sin embargo
nuestro pais no carece de comodidad y de opulencia. Solo aceptamos como
gobernantes a las mujeres que saben realizar el mismo milagro que
realizaban en tiempos del despotismo masculino ciertas esposas a las que
daban sus esposos poco dinero y no obstante mantenian su casa con un
aspecto de abundancia y de regocijo.

Ningun pais, durante los largos siglos de tirania masculina, pudo
alabarse como nosotras da no haber tenido en cincuenta anos un solo
gobernante o un solo empleado que fuese ladron. Todo lo dirigen las
mujeres: las escuelas, las fabricas, los campos, los buques, las
maquinas de locomocion terrestres y voladoras, y la vida es mas dulce,
mas pacifica que antes. Esto demuestra la injusticia con que la mujer
era mirada en aquellos tiempos nefastos de la tirania hombruna, cuando
se la consideraba apta unicamente para administrar una casa pequena y
cuidar los hijos. Al hombre corresponden ahora estas funciones
secundarias.

Reconozco, gentleman, que nuestro triunfo no ha sido del todo generoso.
Cuando se sufre una esclavitud de miles de anos, el mal recuerdo y la
venganza resultan inevitables. Hoy las mujeres se han acostumbrado a su
situacion dominante, y el amor y la vida intima en la casa les hacen
mirar con un carino protector a los varones de su familia. Pero en los
primeros anos despues de la Verdadera Revolucion, los hombres lo pasaron
mal. La autoridad tuvo que intervenir muchas veces para aconsejar
prudencia y tolerancia a ciertas amazonas, que, acordandose de los malos
tratos sufridos en otros tiempos, daban todas las noches una paliza a
sus maridos.

Todavia quedan entre nosotras espiritus conservadores y tradicionalistas
que guardan un odio implacable al antiguo tirano. Estas son,
generalmente, mujeres intelectuales, que, dedicadas a un trabajo mental
y sintiendo ambiciones puramente idealistas, no han tenido tiempo para
pensar en el amor y se mantienen en laborioso celibato.

Yo he vivido tambien asi, gentleman, pero no crea que he seguido sus
costumbres.

A estas masculinofobas se las conoce en la calle y en todas partes por
la tenacidad con que muestran su odio a los hombres. Algun dia vera
usted a Golbasto, nuestro poeta laureado, la mujer que canto mejor el
triunfo de la Verdadera Revolucion. Es la unica persona que admira y
respeta Momaren, nuestro Padre de los Maestros.

El Consejo Ejecutivo le regalo una maquina rodante que tiene la forma de
un aguila con una lira en las garras, pero ella ha guardado este tributo
de la gratitud nacional, y prefiere seguir yendo a todas partes, como
otras senoras viejas de su epoca, en un carrito ligero tirado por tres
hombres que estan a su servicio, y a los que acaricia frecuentemente con
el latigo.... ?Que piensa usted, gentleman? Adivino en su rostro hace
rato que desea hacerme una pregunta....

Gillespie indico con un movimiento de cabeza que asi era, y viendo que
el profesor Flimnap ponia los codos en su mesita y la frente entre las
manos para escucharle, se decidio a interrumpir la interesante leccion.

--Habla usted, querido profesor, de que las mujeres lo son todo en este
pais y monopolizan funciones y trabajos; pero yo he visto desde que
llegue unos hombres atleticos que intervienen en la mayor parte de las
operaciones. ?Es que acaso no son hombres?

--Lo son--contesto Flimnap--; pero una sociedad bien organizada como la
nuestra no podia consentir que las mujeres, mucho mas inteligentes que
los hombres, cargasen con los trabajos pesados y enojosos, mientras el
sexo vencido vivia en la tranquilidad y la molicie. Es tolerable que no
trabajen los varones que viven recluidos en el hogar como esposas e
hijas y muestran una delicadeza necesitada de proteccion; pero hemos
considerado necesario el aprovechamiento de la fuerza de todos los
hombres atleticos y groseros, para manejar las maquinas peligrosas, para
cargar los objetos pesados; en una palabra, para las funciones que
exigen el musculo y no necesitan de la inteligencia.

Ademas, le revelare que todos estos hombres forzudos son descendientes
de los militares y los personajes masculinos que monopolizaban el poder
antes de la Revolucion. Ahora viven aparte, formando una casta especial,
y, ?por que no decirlo?, estan sometidos a la esclavitud, y solo la
muerte puede librarles de ella.

No lo hacemos por venganza, sino por necesidad y conveniencia. Ya le
dije que nuestra Revolucion (semejante en esto a todas las revoluciones
de los hombres) ha tenido que valerse de ciertos medios antihumanos, que
benefician a la mayoria. La casta de los vencidos vigorosos se reproduce
de un modo alarmante, como todo lo que pertenece a un genero inferior.
Pero no crea que nos infunde miedo. Nuestra ciencia ha encontrado el
medio de extirpar a estos hombres la memoria y la ambicion. Los hijos
resultan mas estupidos y mas forzudos que los padres. Pasadas unas
cuantas generaciones, estas maquinas de musculos, sin iniciativa ni
voluntad, resultaran perfectas.

En nuestra vida de familia ejerce un miedo salutifero la existencia de
dicha clase inferior. Los hombres obedecen sin discusion a la esposa o
la madre, por miedo a perder las dulzuras de la vida de haren que llevan
en sus casas. Tiemblan de que puedan enviarlos a engrosar el numero de
los hombres adormecidos interiormente, de los esclavos que solo sirven
para prestar sus fuerzas.

--?Y el ejercito?--pregunto el gigante--. Habla usted, profesor, de que
ya no hay guerras ni puede haberlas, de que termino la casta militar al
perder los hombres el disfrute del gobierno, y desde que llegue aqui he
visto por todas partes a esas muchachas de casco con aletas y espada al
cinto, asi como a las otras que tripulan las maquinas voladoras.

El profesor Flimnap miro a un lado y a otro, como si algun indiscreto
pudiese entenderle, a pesar de que hablaba en ingles. Luego dijo,
bajando un poco la voz:

--Eso que ha visto, gentleman, no es un ejercito. Usted, que conoce,
como unos pocos de nosotros, el gran poder destructivo de las materias
explosivas, ?que importancia puede dar a nuestros regimientos, armados
de flechas y lanzas, como en los reinados de los mas remotos
emperadores?...

Pero necesitamos mantener este ejercito poco temible, porque los
pueblos, aunque vivan en paz, quieren saber que existe una fuerza
publica capaz de defenderlos. Tambien debe tenerse en cuenta que la
juventud, necesitada de los deportes para consumir una parte de su
exceso de vida, considera la profesion militar como el mas divertido y
gallardo de los juegos.

Sin ejercito no sabriamos que hacer de todas esas muchachas de veinte
anos, fuertes, animosas, sanas, con una sangre rica que hace arder su
piel o hincha sus musculos. Andarian sueltas por ahi, perturbando la
tranquilidad de la Republica; molestarian a los hombres timidos,
inclinados a la modestia y el recogimiento, y iquien sabe si acabarian
por raptarlos!... Con el ejercito, estas energias sueltas se canalizan
hacia la gloria militar, y aunque la tal gloria no exista, su ilusion
nos proporciona la tranquilidad. Mas adelante, al entrar en anos, las
muchachas de la Guardia y las del casco con aletas, como usted dice, se
hacen prudentes y mesuradas, se casan y forman una familia. iPero si
usted viese lo que dan que hacer mientras tanto a sus coroneles y
capitanes, personas expertas que han tenido hijos y conocen las
exigencias de la vida!...

A lo mejor, el jefe de una legion nota el malestar de sus soldados. Se
muestran melancolicos y palidos, parece que suenan despiertos, aspiran
el aire como si les trajese perfumes y musicas. Esta epidemia militar es
mas frecuente en la primavera que en el resto del ano.

"Manana, maniobras", ordena el jefe. Y al dia siguiente salen al campo
las tropas a disparar flechas y tirar lanzazos al aire; marchan
larguisimas jornadas, duermen a la intemperie sobre el duro suelo, pasan
rios a nado, comen mal, y al fin, toda esta hermosa juventud vuelve
abrumada de cansancio, pero sana de pensamiento y curada por algunos
meses de su inquieta y misteriosa enfermedad.

Nosotros, gentleman, sostenemos un ejercito por exigencias de la moral:
para que no se perturben las abstinencias virtuosas que debe guardar la
juventud.

--Pero yo--dijo el gigante--he visto hombres en ese ejercito: atletas
barbudos con traje de mujer y grandes cimitarras, que iban a caballo y
eran mandados por oficiales hembras.

--Cierto--contesto el profesor--; pero esos hombres, en realidad, no
pertenecen al ejercito; mas bien son esclavos, como los atletas que se
dedican a los rudos trabajos de fuerza. Nuestro ejercito es a modo de
una aristocracia femenil, y no puede encargarse de las funciones de
policia, que considera faltas de gloria.

Necesitabamos una fuerza publica que velase por la seguridad individual,
que persiguiese a los ladrones y los homicidas, y hemos dedicado al
hombre a esta funcion demasiado ordinaria. Ademas, cuando hay algun
motin en las calles por causas frivolas de nuestra vida economica, esa
tropa es la que restablece el orden entre silbidos y pedradas, lo que
proporciona el resultado saludable de que los hombres sean nuevamente
odiados por las mujeres.

--?Y no sufre la vanidad femenil al verse dominada en la calle por un
hombre a caballo y con armas, lo mismo que en los tiempos de la tirania
masculina?

--iOh, gentleman!--dijo el profesor con acento de reproche--. En la vida
no puede ser todo perfecto y logico. Tambien entre ustedes, segun he
leido, hubo pueblos que encargaron su policia a gentes de otros paises,
y el extranjero podia perseguir y pegar al nacional en nombre del orden.
Igualmente, en la tierra de los gigantes, cuando ocurran choques
sociales, el rico no guarda con sus brazos la propia riqueza, puesta en
peligro por la envidia revolucionaria de los pobres, sino que paga a
otros pobres vestidos con un uniforme para que repelan y maten a sus
companeros de miseria.

Gillespie, desconcertado por esta logica, quedo silencioso por algunos
momentos. Luego anadio, con un deseo de tomar el desquite:

--Pero los guerreros masculinos estan mandados por oficiales hembras,
sin duda para mantener los privilegios del sexo. ?No temen ustedes que
esos atletas brutales falten al respeto a sus jefes y atenten contra
ellos?

El profesor Flimnap se ruborizo y dijo con apresuramiento:

--No tema eso, gentleman. Ya le he hablado de nuestra ciencia, y con la
misma ligereza que extirpa la voluntad y la memoria a los esclavos
forzudos, puede extirpar tambien otras cosas. Crea usted que esos
hombres de la cimitarra, a pesar de su aspecto terrible, solo piensan en
comer y en conservar su caballo limpio y brillante.

--Usted me ha hablado, profesor, de su flota, compuesta de buques que
navegan sobre el agua y debajo del agua. Recuerdo que la escuadra del
Sol Naciente remolco mi bote hasta el puerto.

--Asi es--contesto el catedratico--. Los Estados Unidos de la Felicidad
tienen una flota numerosa, dividida en tres escuadras: la del Sol
Naciente, que navega a lo largo de estas costas; la del Sol Poniente,
que guarda el otro lado del mar, y la de las Islas. Los nuevos buques
son un resultado del triunfo de la Verdadera Revolucion. Al quedar
suprimidos los canones y los torpedos por los "rayos negros", nuestros
navios, cuando estan sobre el agua, emplean las flechas, las piedras y
otras armas arrojadizas de los tiempos remotos. Si pudiesen existir
guerras bajo nuestro gobierno, estas se desarrollarian en las
profundidades submarinas, y para tales combates nuestros buques cuentan
con un aparato poderoso, un cable metalico en forma de lazo, que se
mueve a traves de las aguas con la agilidad de una serpiente, subiendo,
bajando, retorciendose, hasta que envuelve al barco enemigo en sus
anillos y lo inmoviliza, arrastrandolo prisionero.

Como todo buque tiene la misma arma agresiva, un combate naval es a modo
de una lucha de pulpos en los abismos maritimos, entrelazando la marana
de sus patas metalicas, tirando el uno del otro, hasta que el mas habil
o el mas forzudo consigue paralizar al adversario. Ademas, los navios
estan armados con unos aparatos que hacen oficio de tijeras para cortar
los cables metalicos del enemigo.

Adivino sus nuevas preguntas, gentleman. Quiere usted saber para que
sirve nuestra flota, y yo le dire que para lo mismo que sirve nuestro
ejercito. La juventud entusiasta, que no gusta de los uniformes de las
tropas terrestres y desea viajes y aventuras, entra a prestar sus
servicios en las tres escuadras de nuestra Federacion o en la flota
aerea.

Si pregunta usted lo mismo a uno de nuestros gobernantes, le dira que
todos esos buques sirven para mantener la libertad de los mares. Pero yo
me rio un poco de ello. Cuando triunfo la Verdadera Revolucion y los
"rayos negros" volaron los navios de guerra de entonces o los
acorralaron en los puertos, existio la libertad de los mares, a pesar de
la falta de buques armados, lo mismo que ahora que mantenemos tres
escuadras.

La supresion del armamento moderno ha acabado con las guerras, pero no
con la profesion militar. Si no hubiese ejercitos, mucha gente joven se
encontraria desorientada, no sabiendo que hacer de sus actividades.
Seria dificil viajar entonces por los caminos. Los que nacieron para
heroes, cuando no pueden ser heroes acaban dedicandose a ladrones de
carretera.

Hubo un largo silencio. Gillespie estaba pensativo, y al fin pregunto:

--?Y nadie guarda memoria de como fueron los poderosos medios
destructivos antes del triunfo de las mujeres?...

El profesor parecio dudar, pero al fin dijo con entereza:

--Nadie. Y si alguno lo supiera, aparte de nosotros los estudiosos,
procuraria olvidarlo, por ser un secreto cuya revelacion acarrea la
muerte. No todos los armamentos fueron destruidos por los "rayos
negros". Era tan enorme el material de guerra, que permanecieron
intactas grandes cantidades en muchas poblaciones de la Republica. Estos
canones, fusiles, ametralladoras y demas herramientas mortiferas, asi
como grandes montanas de proyectiles, estan guardados en los vastos
gabinetes historicos de las universidades, y unicamente nosotros los
conocemos.

Algunos gobernantes timidos hablaron diversas veces de destruir todo
esto, pero desistieron al fin, pensando que van transcurridos cincuenta
anos y la explosion e inutilizacion de tales materiales serviria para
despertar la curiosidad de las gentes de ahora, que no tienen la menor
idea de su existencia. Usted no sabe lo bien que ha trabajado nuestra
instruccion publica para borrar el pasado.

Yo creo ademas que no representa peligro alguno la conservacion de dicho
armamento. ?Que podrian hacer con el los que intentasen utilizarlo? Dos
mujeres con un pequeno aparato de "rayos negros" bastarian para destruir
todas las armas antiguas, y con ellas a los imprudentes que pretendiesen
usarlas.

El gigante todavia quiso saber algo mas.

--?Y los hombres se resignaran eternamente a su decadencia? ?No temen
ustedes que algun dia surja entre ellos otro Eulame que los lleve a la
reconquista de su antigua superioridad?...

Le parecieron tan disparatadas estas preguntas al profesor, que las
acogio con grandes risas.

--Imposible, gentleman--dijo al fin--. Solo puede emitir esa hipotesis
el que no conozca como hemos organizado nuestra sociedad despues de la
Verdadera Revolucion. Todos los malvados principios inventados por el
egoismo de los varones, cuando estos dominaban a las hembras, los hemos
resucitado nosotras ahora para su esclavitud moral. Las mujeres
intelectuales que influyen en la organizacion presente (nuestros poetas,
nuestros filosofos, nuestros moralistas) se muestran acordes en absoluto
al enumerar y definir las virtudes masculinas. Un hombre honesto y de
buena familia debe salir poco de casa, preocuparse unicamente de su
administracion, educar a los hijos pequenos, oir en silencio a su esposo
femenino, sin contradecirle nunca; evitar las conversaciones sobre cosas
publicas, que corresponden unicamente a las mujeres.

Asi son los hombres de nuestras familias distinguidas, unicos varones
que resultan temibles porque conservan integra su inteligencia. Dos
generaciones educadas con arreglo a nuestro sistema han bastado para que
los hombres no guarden el menor recuerdo de lo que fue su dominacion en
otros tiempos y se resignen a su estado actual, encontrando dulces
placeres dentro de la vida domestica y una felicidad pasiva en sentirse
dirigidos por la mujer....

No le ocultare, gentleman, que recientemente se nota cierta
transformacion en los hombres. Hay una juventud masculina que se burla
de la mansedumbre de sus padres, de su falta de aspiraciones, de su
esclavitud domestica. Estos muchachos pretenden ir solos por las calles
y miran a las mujeres audazmente, sin bajar los ojos ni cubrirse con el
manto. Carecen de recato y de modestia. Los hay que hasta dan citas a
los oficiales de la Guardia y pasean con ellos por las afueras de las
ciudades.

Ahora empiezan a fundar circulos hombrunos, en los que discuten sobre su
estado presente y forjan planes de emancipacion, hablando pestes contra
las mujeres. Ya existen dos clubs de esta clase, solidamente
constituidos uno de solteros y otro de casados.

Hasta hay jovenes que escriben, usurpando la pluma a las mujeres. Esto
indigna a nuestros venerables personajes del tiempo de la Verdadera
Revolucion que aun no han muerto, los cuales son partidarios del metodo
antiguo y proclaman la necesidad de que el hombre, para ser virtuoso,
debe vivir metido en su casa y no saber leer.

Algunos jovenzuelos audaces forman agrupaciones con el nombre de Partido
Masculista. Su doctrina la titulan el Varonismo. Pero debo anadir que
las mujeres se rien de esto, y los diarios lo aprovechan como un tema de
burlas e ironias para divertir a sus lectores.

Dentro de las casas la rebelion de los "varonistas" suele tener mas
importancia. A veces, la mujer, duena absoluta del hogar, como lo exigen
las buenas costumbres, se ve obligada a poner mal gesto y a infundir un
poco de miedo a su companero masculino, pues este pretende usurparle sus
funciones y grita que no quiere ser esclavo.

Me dira usted que asi empezaron las mujeres antes de la Verdadera
Revolucion; pero el caso no es el mismo. Solamente puede sonar con la
conquista del poder quien posea las armas, y mientras los "rayos negros"
hagan su trabajo destructor, nuestros antiguos despotas no llegaran a
conseguir que renazca el pasado.




VII

El mas grande de los asombros de Gillespie


Siempre que el doctor Flimnap se presentaba con algun retraso en el
alojamiento del gigante, creia necesario explicar el motivo de su
tardanza.

--Esta manana no pude venir, gentleman, porque asisti a una reunion de
autores de la _Gran Historia de las Mujeres Celebres._ Necesitaba dar
cuenta del estado actual del tomo cincuenta y cuatro, de cuya redaccion
estoy encargado. Falta poco para que lo termine, pero con la llegada de
usted tuve que suspender tan importante trabajo.

Y como Gillespie mostrase cierta curiosidad por la enorme obra, el
profesor le dio explicaciones sobre su caracter y sus tendencias.

Era el Padre de los Maestros el que la habia ideado, con la noble
ambicion de hacer olvidar hasta los mas remotos vestigios de la soberbia
masculina. Momaren consideraba necesario demostrar al mundo actual que
los grandes benefactores de la humanidad y del progreso habian sido
siempre mujeres. Los creadores de religiones, los filosofos, los santos,
los inventores, todos habian pertenecido al genero femenino; pero los
hombres, para apropiarse su gloria, falseaban las viejas cronicas,
incorporando a su sexo estas hembras gloriosas.

Gracias a la revision historica ideada por Momaren, todo iba a quedar en
su verdadero lugar, y las generaciones futuras se enterarian de que en
ningun tiempo habia existido un hombre verdaderamente celebre, pues los
que aparecian en la Historia como tales eran mujeres que los varones
habian cambiado de sexo.

Edwin, al oir mencionar al Padre de los Maestros, quiso saber por que
razon su maquina rodante y su litera tenian la forma de una lechuza.

--En nuestro pais, gentleman--continuo el profesor--, procuramos dar a
todos los objetos una forma artistica y simbolica, de acuerdo con los
gustos o la profesion de sus duenos. La lechuza es el emblema de nuestra
ciencia. A semejanza de este animal nocturno, el sabio vela mientras los
demas seres duermen.

Flimnap quiso hacer un regalo a su protegido. Del mismo modo que ella
gustaba de contemplar a Gillespie a traves de una lente de disminucion,
deseo que este emplease una lente de aumento para verla.

--Temo, gentleman, que sus ojos, acostumbrados a abarcar unicamente las
cosas enormes, no lleguen a distinguir los detalles y delicadezas de una
mujer pequena como yo.

Y el profesor, al decir esto, se ruborizaba, bajando los ojos.

Al fin, una tarde, al salir del plato-ascensor, recomendo a dos
servidores que cargasen con un disco de cristal llegado con ella. Era
del tamano de una rueda de carreta, y habia sido labrado en el Palacio
de Ciencias Fisicas de la Universidad Central. Flimnap se excuso de
traer con retraso esta lente, que habia prometido para el dia anterior.

--No es mia la culpa, gentleman. El profesor de Fisica tuvo esta manana
un hijo, y esto le ha hecho retrasar unas cuantas horas la entrega del
cristal.

Aprovecho la ocasion Gillespie para preguntar algo que le traia
preocupado desde que supo la gran victoria de las mujeres. ?Como habian
conseguido las vencedoras, dedicadas la mayor parte del tiempo a los
asuntos publicos, emanciparse de la servidumbre de la maternidad?

--iOh, gentleman!--dijo Flimnap--. Eso podia ser un problema en otra
epoca, cuando la ciencia estaba aun en sus descubrimientos elementales.
La maternidad entre nosotros no representa ya mas que una corta
molestia. Un simple resfriado da mas que hacer y obliga a mayores
perdidas de tiempo. Este progreso de la ciencia es el que mas ha
favorecido nuestra emancipacion. Las mujeres solo tienen que preocuparse
por unas horas del acto maternal, e inmediatamente vuelven a sus
trabajos, sin guardar huella alguna del accidente. Mi colega el profesor
de Fisica debe estar a estas horas trabajando en su laboratorio.

--Pero ?quien cuida a los hijos?--pregunto el gigante.

--Les cuidan los varones, como es su deber. Antes de venir aqui he
visitado a la esposa masculina de mi colega el profesor de Fisica, que
estaba en la cama con su pequeno. Son los hombres los que se acuestan
para dar calor al recien nacido, mientras las mujeres vuelven a sus
funciones, momentaneamente interrumpidas, para ganar el dinero que
necesita la familia.

El gigante lanzo una carcajada que hizo temblar el techo de la Galeria,
levantando un eco tempestuoso. Despues, al serenarse, conto al profesor
que muchos pueblos salvajes, alla en la tierra de los gigantes, habian
seguido la misma costumbre.

--Es que esas pobres gentes--dijo el sabio con sequedad--presentian sin
saberlo el triunfo de las mujeres.

Su enfado por las risas del Gentleman-Montana no duro mucho. Ademas,
Gillespie, queriendo desenojarla, se coloco bajo una ceja la lente que
le habia regalado para que la contemplase. El enorme cristal estaba
pulido con una perfeccion digna de los ojos de los pigmeos, los cuales
podian distinguir las mas leves irregularidades de su concavidad.

Vio Edwin a su amiga, a traves del nitido redondel, considerablemente
agrandada. A pesar de su obesidad era relativamente joven, sin una
arruga en el placido rostro ni una cana en la corta melena. Gillespie,
que la creia de edad madura, no le dio ahora mas de treinta anos, y
acabo por sonreir, agradeciendo la mirada de simpatia y admiracion que
el profesor le enviaba a traves de sus anteojos de miope.

Luego se dio cuenta de que el profesor, a pesar de la severidad de su
traje, llevaba sobre su pecho un gran ramillete de flores. Flimnap acabo
por depositarlo en una mano del gigante, acompanando esta ofrenda con
una nueva mirada de ternura.

Lo unico que turbaba su dulce entusiasmo era ver que la cara del coloso
se hacia mas fea por momentos. Aquellas lanzas de hierro que iban
surgiendo de los orificios epidermicos tenian ya la longitud de la mitad
de uno de sus brazos. Habia dirigido en las ultimas veinticuatro horas
dos memoriales al Consejo que gobernaba la ciudad pidiendo que le
facilitase una orden de movilizacion para reunir a todos los barberos y
hacerles trabajar en el servicio de la patria. Pensaba dividirlos en
varias secciones que diariamente cuidasen de la limpieza del rostro del
Gentleman-Montana, asi como de la corta del bosque de sus cabellos.

Al fin su tenacidad habia vencido la pereza tradicional de las distintas
oficinas por las que tuvo que pasar su demanda.

--Manana, gentleman, vendran a afeitarle y a cortarle el pelo. ?Donde
quiere usted que se realice la operacion?...

El prisionero prefirio el aire libre. Era un pretexto para permanecer
mas tiempo fuera de aquel local, cuyo techo parecia agobiarle, a pesar
de que se levantaba un metro por encima de su cabeza. Flimnap dio
ordenes para la gran operacion del dia siguiente, poniendo en movimiento
a la servidumbre del gigante. Pero estas ordenes, aunque el profesor
recomendo a su gente el mayor secreto, circularon por la ciudad.

Cuando los carpinteros, poco despues de la salida del sol, colocaron el
taburete del Hombre-Montana en medio de la meseta, al pie de la cual se
extendia el caserio de la Ciudad-Paraiso de las Mujeres, una muchedumbre
llenaba ya todo el declive, avanzando poco a poco hacia lo alto, a pesar
de los jinetes que intentaban mantenerla inmovil y a cierta distancia.

Los periodistas, siempre a caza de novedades, habian averiguado en la
noche anterior las disposiciones de Flimnap, y todos los diarios de la
capital anunciaron por la manana el primer rasuramiento y la primera
corta de cabellos del gigante despues de su llegada a las costas de la
Republica, lo que hizo que los desocupados acudiesen en grandes masas
para presenciar tan curioso espectaculo.

Gillespie mostro extraneza al salir de su alojamiento y ver a esta
muchedumbre inesperada. Pero el dia era hermoso, dentro de su encierro
habia una penumbra glacial, y creyo preferible sentarse al sol, teniendo
en torno a su taburete un espacio completamente libre de gente.

El alarido con que le saludo la muchedumbre extendida colina abajo fue a
modo de un saludo risueno. Sobre los miles de cabezas empezo a subir y
bajar una nube de gorras echadas en alto.

--iExcelente y simpatico pueblo!--dijo Gillespie, saludandole con una
mano.

Y mientras una nueva ovacion acogia estas palabras, ruidosas como un
trueno e incomprensibles para el publico, el gigante fue a sentarse en
su escabel.

La divertia contemplar como aquellos jinetes masculinos, barbudos y con
cimitarra, mandados por oficiales hembras, repelian a la muchedumbre
para que no avanzase hasta las puntas de sus zapatos. A un lado del gran
espacio completamente libre vio Gillespie un grupo de hombres que iba
descargando de cinco carretas varios cubos llenos de una materia blanca,
asi como ciertos aparatos misteriosos envueltos en fundas y una gran
tela arrollada lo mismo que un toldo. Debia ser el primer grupo de
barberos que entraba a prestar sus servicios.

Gillespie se sintio inquieto al darse cuenta de que el universitario no
habia llegado aun, a pesar de las promesas hechas el dia anterior.

--iProfesor Flimnap!--grito varias veces.

La muchedumbre pretendio imitar su voz, lanzando varios rugidos
acompanados de risas. El bondadoso traductor permanecia invisible.
Gillespie, irritado por esta ausencia, empezo a agitarse con una
nerviosidad amenazante para los pigmeos que se hallaban cerca de el.

De pronto se tranquilizo al ver que un hombre de larga tunica y envuelto
en velos, que habia permanecido hasta entonces inmovil en la puerta de
la Galeria, se aproximaba a su asiento. Cuatro esclavos le seguian,
llevando a hombros una larga escala de madera. La aplicaron a una
rodilla del gigante, y el hombre subio sus peldanos con agilidad, a
pesar de las embarazosas vestiduras, procurando que los velos
conservasen oculto su rostro.

Al quedar de pie sobre un muslo del Hombre-Montana, indico con gestos su
deseo de colocarse mas en alto para hablarle. El gigante lo tomo
entonces con dos dedos de su mano izquierda, lo deposito en la palma
abierta de su mano derecha y lo fue subiendo lentamente, hasta muy cerca
de su rostro. Esta ascension desordeno las envolturas del hombre velado,
quedando su rostro al descubierto.

--Gentleman--dijo en un ingles tan perfecto como el del profesor--, yo
pertenezco a su servidumbre, y creo que de todos los presentes soy el
unico que conoce su idioma. No se donde esta el doctor Flimnap; tambien
me extrana su tardanza. Pero si el gentleman desea algo, aqui estoy para
traducir sus deseos.

El hombrecito de los velos blancos tuvo que callar repentinamente para
afirmarse sobre sus pies y no caer de una altura tan enorme.

La mano de Gillespie habia temblado con la emocion de la sorpresa. El
pigmeo que tenia junto a sus ojos presentaba una rara semejanza con su
propia persona. Era un Edwin Gillespie considerablemente disminuido; sus
mismos ojos, su mismo rostro, igual estatura dentro de las proporciones
de su pequenez. Hasta creyo que su voz tenia el mismo timbre,
considerablemente debilitado. Parecia que era el mismo quien hablaba
desde una larga distancia.

De todas las maravillas que habia visto en la Republica de los pigmeos,
esta era la mas asombrosa. Lamento haber dejado dentro de la Galeria,
sobre su mesa, la lente de aumento regalo del profesor.

--?Quien es usted?--pregunto el gigante--. ?Como se llama? ?A que
familia pertenece?...

El hombrecillo, a pesar de que estaba en las alturas, miro en torno con
cierta inquietud, temiendo que alguien pudiese escucharle.

--Son demasiadas preguntas, gentleman, para que las conteste aqui--dijo
con una voz extremadamente debil, persistiendo en su miedo de ser
oido--. Bastele saber que mi protector es Flimnap, y que el me coloco
entre sus servidores despues de haberle prometido yo que nadie veria mi
rostro. Unicamente al notar la impaciencia del gentleman, y con el deseo
de serle util, me he atrevido a faltar a mi promesa. Le suplico que no
cuente nunca al profesor que me ha visto sin velos.

Iba a hablarle Gillespie, cuando llegaron a sus oidos los gritos de un
grupo de pigmeos que se agitaba junto a sus pies, mientras otros subian
ya por la escala de madera hasta una de sus rodillas.

Eran los barberos y sus servidores, que, una vez terminados los
preparativos de la operacion, querian empezarla cuanto antes. Algunos
tenian tienda abierta en la capital, y deseaban volver pronto a sus
establecimientos, donde les aguardaban los clientes. Estos trabajos
extraordinarios y patrioticos por orden del gobierno no eran dignos de
aprecio, pues se pagaban tarde y mal.

Gillespie hablo rapidamente al joven vestido de mujer, para convencerse
de que vivia cerca de el, en el mismo edificio.

--Cuando terminen de afeitarme--le ordeno--suba a mi mesa y
conversaremos solos. Me inspira usted cierto interes y quiero
preguntarle algunas cosas.

Suavemente bajo la mano, no hasta su rodilla, sino hasta el mismo suelo,
procurando, que el joven no sufriese rudos vaivenes en tal descenso.
Luego se entrego a los barberos que invadian su cuerpo. Flimnap no iba a
venir, y era inutil retardar la operacion.

Sintio como aquellos hombrecillos subian a la conquista de su rostro lo
mismo que un enjambre de insectos trepadores. Tenia ahora una escala
apoyada en cada una de sus rodillas; sobre los muslos se alzaban otras
escalas mas grandes, cuyo remate venia a apoyarse en sus hombros, y por
todas ellas se desarrollaba un continuo subir y bajar de seres
diminutos, agitandose como marineros que preparan una maniobra.

En cada uno de sus hombros se coloco un grupo de aquellos siervos medio
desnudos que se dedicaban a los trabajos de fuerza. Manteniendose sobre
estos lomos, curvos, resbaladizos y cubiertos de tela en la que hundian
sus pies, fueron desenvolviendo dos rollos de cable. Partieron de abajo
unos silbidos de aviso, y poco a poco izaron, a fuerza de biceps, una
enorme lona cuadrada, que servia de toldo en el patio del palacio del
gobierno cuando se celebraban fiestas oficiales durante el verano. Esta
tela, gruesa y pesada como la vela mayor de uno de los antiguos navios
de linea, la subieron lentamente, hasta que sus dos puntas quedaron
sobre los hombros del gigante, uniendolas por detras con varias espadas
que hacian oficio de alfileres. De este modo las ropas del
Hombre-Montana quedaban a cubierto de toda mancha durante la laboriosa
operacion.

Los barberos eran mujeres y pasaban de una docena. El mas antiguo de
ellos, de pie en uno de los hombros y rodeado de sus camaradas, daba
ordenes como un arquitecto que, montado en un andamio, examina y dispone
la reparacion de una catedral.

Empezaron los hombres de fuerza a tirar de otras cuerdas para subir al
extremo de ellas grandes cubos llenos de un liquido blanco y espeso. Al
mismo tiempo, por las escalas ascendian nuevos servidores llevando unas
escobas de crin sostenidas por mangos larguisimos. Estas escobas fueron
metidas en los cubos desbordantes de jabon liquido, y los servidores
empezaron a embadurnar con ellas las mejillas del gigante, consiguiendo,
despues de una energica rotacion, dejarlas cubiertas de colinas de
espuma.

La muchedumbre rio al ver la cara del coloso adornada con estas vedijas
blancas, y tal fue su entusiasmo, que, rompiendo con irresistible empuje
la linea de jinetes, llego hasta muy cerca de los enormes pies.

Mientras tanto, los maestros barberos empunaban dos largos palos
rematados por hojas ferreas, a modo de guadanas bien afiladas, que iban
a limpiar el rostro del gigante de su dura vegetacion. Cada uno de los
aparatos era manejado por tres barberos, que rascaban con energia este
cutis humano mas grueso que el de un elefante del pais, llevandose una
gruesa ola de espuma, con las canas negras de los pelos cortadas al
mismo tiempo.

Abajo, en torno de las piernas del Hombre-Montana, el desorden iba en
aumento. Los jinetes eran escasos para contener la creciente muchedumbre
de curiosos. Ademas hacian mayor la confusion muchas familias de la alta
sociedad, que, al enterarse por los periodicos de un espectaculo tan
inesperado, llegaban ansiosamente sobre sus rapidos vehiculos. Estas
gentes privilegiadas se iban colocando junto al coloso, sin que los
oficiales de la policia se atreviesen a hacerles retroceder.

Los barberos que trabajaban en una de las mejillas de Edwin, viendo su
guadana completamente cubierta de espuma, creyeron necesario limpiarla
con un palo antes de continuar su labor.

--iAtencion los de abajo!--grito el mas prudente.

Y desde la considerable altura de los hombros del gigante se desplomo
una bola espesa de jabon del tamano de dos o tres pigmeos. Este
proyectil atraveso el espacio como un bolido semiliquido, cayendo
precisamente sobre uno de aquellos jinetes barbudos y de voz atiplada
que movian su alfanje para que retrocediese la muchedumbre. iiChap!!...

El caballo doblo sus rodillas bajo el choque, para volver a levantarse
encabritado, emprendiendola a coces con los curiosos mas proximos.
Mientras tanto, el guerrero vestido de mujer hacia esfuerzos por
librarse de aquella envoltura pegajosa, en la que flotaban unos canones
duros, negros y cortos.

En el lado opuesto ocurria al mismo tiempo una catastrofe semejante.
Acababa de llegar en su litera, llevada por cuatro esclavos, la esposa
masculina del Gran Tesorero de la Republica: un varon bajo de estatura,
cuadrado de espaldas, barrigudo, y que asomaba su barba de pelos recios
entre blancas tocas.

--iOjo con lo que cae!--grito otro barbero al limpiar su guadana.

Y la nube de jabon vino a desplomarse precisamente sobre la litera de Su
Excelencia, que se volco bajo el golpe, derribando a dos de sus
portadores.

Tales incidentes obligaron a los jinetes de la policia a dar una carga,
haciendo retroceder a la muchedumbre. Volvio a abrirse un ancho espacio
en torno al coloso, y solo quedaron en este lugar descubierto los
vehiculos de las gentes distinguidas.

Asi pudieron los barberos continuar tranquilamente el rasuramiento de
Edwin, dejando caer sus proyectiles de espuma densa, que al esparcirse
sobre la tierra hacian saltar inquietos y asustados a los corceles de
los guardias. Cuando dieron por terminada esta operacion, se dedicaron
al corte de los cabellos del gigante, trabajo mas rudo y peligroso.

Armados de un sable corvo que llevaban sostenido entre los dientes, iban
trepando por las laderas del craneo, agarrandose a los haces de cabellos
como si fuesen los matorrales de una montana. Luego, apoyandose
solamente en una mano y blandiendo la cimitarra con la otra, daban
golpes a diestro y siniestro en la espesa vegetacion. Este trabajo
divirtio mas al publico que el anterior, a causa de la destreza de los
trepadores y del peligro que arrostraban. Podian matarse si perdian pie
a tan enorme altura.

Un gran personaje distrajo momentaneamente la atencion de los curiosos.
Se abrio ancho camino en la muchedumbre para dejar paso hasta el espacio
descubierto a un carruajito de dos ruedas, en figura de concha, tirado
por tres esclavos melancolicos que llevaban por toda vestidura un trapo
en torno a sus vientres. Estas bestias humanas iban guiadas por una
mujer, seca de cuerpo, con nariz aquilina, ojos imperiosos y un latigo
en la diestra. La corona de laurel que adornaba sus sienes sirvio para
que la reconociesen hasta aquellos que habian llegado recientemente a la
capital.

--Es Golbasto; es el poeta--decian todos mirandola con admiracion.

Ella atraveso el gentio sonriendo protectoramente como un dios, paso
igualmente entre los oficiales hembras, que la saludaban como a una
gloria nacional, y considero que debia colocarse por su rango a la
cabeza de todos los vehiculos privilegiados, o sea junto a las piernas
del gigante.

Las gentes distinguidas dejaron de mirar al Hombre-Montana para fijarse
en el gran poeta, y esto hizo que Golbasto creyese necesario murmurar
algunas palabras, como si fueran dirigidas a ella misma, para
corresponder al homenaje mudo de sus admiradores. Sus ojos,
acostumbrados a las vertiginosas alturas de la sublimidad ideal, se
remontaron por los perfiles de la masa grosera del gigante hasta llegar
a la cuspide donde trabajaban los barberos hembras.

--iQue audacia! iQue seguridad!--dijo con una voz cantante que parecia
exigir acompanamiento de liras--. Unicamente las mujeres son capaces de
realizar un trabajo tan arriesgado.

Asi como los barberos iban cortando la vegetacion capilar, la
amontonaban en haces, atando estos con un cabello suelto, lo mismo que
si fuesen gavillas de trigo. Ya eran tantos, que los segadores se movian
con dificultad, y uno de ellos empujo involuntariamente uno de los
haces, haciendolo rodar por las laderas del craneo.

Grito, agitando su sable, para avisar el peligro; pero la pesada gavilla
fue mas rapida que su voz, y vino a caer sobre la poetisa, doblandola
bajo su fardo asfixiante. Corrieron a salvarla los oficiales que habian
echado pie a tierra y muchos de los curiosos privilegiados. La gloriosa
mujer daba chillidos creyendose herida de muerte, y la muchedumbre, a
pesar de su admiracion, acabo por reir de ella con alegre irreverencia.

Al verse sentada otra vez en su carruaje, libre de aquella avalancha
fustigadora, igual a un haz enorme de canas, el susto que habia sufrido
se convirtio en orgullosa colera.

--iAnimal grosero!--grito ensenando el puno a Gillespie, como si este
fuese el autor del atentado contra su divina persona--.
iHipopotamo-Montana!... iHombre habias de ser!... iY pensar que un gran
pueblo se interesa por ti!...

Enardeciendose con sus propias palabras, dio un fuerte latigazo a una de
las pantorrillas del gigante. Despues envolvio en otro latigazo a sus
tres corceles humanos, y estos, que conocian el idioma de la
flagelacion, salieron al trote, haciendo pasar el carruajito entre la
muchedumbre.

La agresividad de la poetisa casi origino una catastrofe.

El Hombre-Montana, al sentir el escozor del latigazo en una pantorrilla,
se llevo a ella ambas manos, inclinandose. Los que trabajaban en la
cuspide de su craneo perdieron el equilibrio, agarrandose a tiempo a las
fuertes malezas capilares para no derrumbarse de una altura mortal. Dos
hombres forzudos que estaban sobre un hombro cayeron de cabeza, y se
hubieran hecho pedazos en el suelo de no quedar detenidos por un pliegue
de la enorme lona que cubria el pecho del gigante.

La escala apoyada en una de sus rodillas perdio el equilibrio,
derribando de sus corceles a tres de los jinetes barbudos y dejandoles
mal heridos. Varios de sus companeros desmontaron para llevarlos al
hospital mas proximo.

Descendieron los barberos de la cabeza del gigante, declarando terminada
la operacion. La caballeria dio una carga para ensanchar el trozo de
terreno libre y que el Hombre-Montana pudiera levantarse, volviendo a su
vivienda sin aplastar a los curiosos.

Asi termino el trabajo barberil, y la muchedumbre empezo a retirarse
satisfecha de lo que habia visto y proponiendose volver a presenciarlo
tan pronto como lo anunciasen los periodicos.

Comio Gillespie a mediodia, sin que el profesor Flimnap apareciese sobre
su mesa. Varias veces giro su vista en torno, buscando al hombrecito de
vestiduras femeniles que tan semejante era a el. Alcanzo a distinguir en
diversos lugares de la Galeria, entre los esclavos ligeros de ropas que
formaban su servidumbre, otros varones encargados de labores menos rudas
y que iban con trajes de mujer, lo mismo que el protegido del profesor
Flimnap. Pero sentado a la mesa como estaba, por mas que puso la lente
aumentadora ante uno de sus ojos, no pudo reconocer al tal joven en
ninguno de los hombres envueltos en velos que pasaban por cerca de el,
ni tampoco entre los que se movian en el fondo del edificio, donde
estaban las enormes despensas para su manutencion.

Deseoso de verle, empezo a gritar lo mismo que en la manana, seguro de
que el traductor vendria en su auxilio.

--iProfesor Flimnap!... iQue busquen al profesor Flimnap!

Los numerosos pigmeos se miraron inquietos al oir este trueno que hacia
temblar el techo, profiriendo palabras incomprensibles. Al fin, por uno
de los cuatro escotillones que daban salida a los caminos en rampa
arrollados en torno a las patas de la mesa, vio aparecer al mismo
hombrecillo que le habia hablado horas antes.

Llegaba con el rostro oculto por sus tocas, y sin esperar a que
Gillespie le preguntase, explico a gritos la larga ausencia de Flimnap.
Este habia tenido que salir en las primeras horas de la manana para la
antigua capital de Blefuscu, pero volveria al dia siguiente. Con las
maquinas voladoras era facil dicho viaje, que en otras epocas exigia
mucho tiempo. El gobierno municipal de la citada ciudad le habia llamado
urgentemente para que diese una conferencia sobre el Hombre-Montana,
explicando sus costumbres y sus ideas.

--Esta conferencia--termino diciendo el pigmeo--se la pagan
esplendidamente, y como el doctor es pobre, no ha creido sensato
rechazar la invitacion. Parece que en otras ciudades importantes desean
oirle tambien, y le retribuiran con no menos generosidad. Celebro que el
ilustre profesor gane con esto mas dinero que con sus libros. iEs tan
bueno y merece tanto que la fortuna le proteja!...

Pero Gillespie no sentia en este momento ningun interes por su primitivo
traductor. Lo que le preocupaba era enterarse de la verdadera
personalidad del hombrecillo que tenia ante el.

Como si adivinase sus deseos, aparto el joven los velos que le cubrian
el rostro, y Gillespie se llevo inmediatamente a un ojo la lente
regalada por Flimnap.

Pudo ver entonces con dimensiones agrandadas, casi del tamano de un
hombre de su especie, a este pigmeo tan interesante para el. Era,
efectivamente, un Edwin Gillespie igual al que meses antes vivia en
California, pero grotescamente disfrazado con vestiduras femeniles. El
gigante, despues de contemplar tan maravillosa semejanza, dejo sobre su
mesa la gran rodaja de cristal y puso un gesto severo, como si
pretendiese intimidar al hombrecillo.

--?Se ha fijado usted--le dijo--en la semejanza que existe entre
nosotros dos?

--Si, gentleman; al principio fue para mi un presentimiento mas que una
realidad. Las facciones de usted resultan tan enormes para nuestra
vista, que la tal semejanza parecia diluirse en el espacio, y mis ojos
no llegaban a abarcarla. Pero el doctor Flimnap tuvo la atencion de
prestarme una manana la lente que usa, y pude apreciar el rostro de
usted como si fuese el de un hombre de mi especie. Le confieso que
nuestro parecido me causo un asombro igual al que usted muestra ahora.

Gillespie, que despues de su primera extraneza empezaba a sentirse algo
ofendido por el hecho de que este animalejo humano se atreviese a
parecerse a el, dijo con brusquedad:

--?Quien es usted?... ?Como se llama?...

--Mi nombre es Ra-Ra, y en cuanto a familia, tuve una en otro tiempo y
fue de las mas ilustres de este pais; pero ahora me conviene no
acordarme de ella.

Hubo tal expresion de melancolia en la voz del pigmeo al decir esto, que
Gillespie no se atrevio a insistir acerca de su familia, y dio otro
curso a su curiosidad.

--?Como sabe usted el ingles? ?Se lo ha ensenado el profesor Flimnap?

--No; me lo enseno mi madre, que lo hablaba tan bien como el doctor. En
mi familia era tradicional el conocimiento de esta lengua. El profesor
Flimnap se interesa por mi porque conocio a mi madre y a otros de mi
casa. Pero como el hecho de haber sido amigo de los mios casi representa
un delito, el doctor me protege ocultamente y nunca habla de mis padres.

Callo un instante, como si las tristezas de su vida anterior le
impusieran silencio. Pero vio tal curiosidad en las pupilas del coloso,
que al fin siguio hablando.

--Yo vivia oculto: mi existencia era azarosa; de un momento a otro iba a
caer en manos de los enemigos implacables de mi familia, y en tal
situacion llego usted a este pais. El profesor Flimnap se ha convertido,
desde entonces, en un personaje que puede emplear a mucha gente en el
servicio del Gentleman-Montana, y me llamo, dandome la direccion de los
hombres encargados del lecho y la despensa de usted. En este edificio,
que solo depende del profesor y del Comite presidido por el, me
considero mas seguro que si viviese en el Paraiso de las Mujeres.

Gillespie seguia mostrando la misma curiosidad en sus ojos, pues las
palabras del pigmeo no llegaban a satisfacerla.

--?Y por que lo persiguen a usted?--pregunto--. ?Quienes son sus
enemigos?

--Ya le he dicho que me llamo Ra-Ra, pero este nombre significa muy poco
para el que no conozca la historia de nuestro pais. El generalisimo
Ra-Ra fue el mas importante de los caudillos del emperador Eulame. A el
debio este sus mayores victorias. El generalisimo Ra-Ra fue mi abuelo.
Cuando las mujeres hicieron lo que ellas llaman la Verdadera Revolucion,
mi glorioso ascendiente, a pesar da su vejez y de su historia heroica,
fue desterrado a una isla desierta, cerca de la gran barrera de rocas y
espumas, creada por los dioses, que nadie se atreve a pasar. Alli murio
al poco tiempo.

Mi padre, que tambien era general, anduvo vagabundo por toda la
Republica, ocultando su nombre y dedicandose a los mas bajos oficios
para poder vivir. En esa epoca de miseria, la madre del profesor Flimnap
y el mismo profesor, que solo tiene diez anos mas que yo, protegieron a
mi madre. Abreviare el relato de nuestras desventuras. Mi padre murio,
mi madre murio tambien poco despues, y yo, gracias al profesor, consegui
que no me dedicasen a los trabajos forzosos, como tantos otros
desdichados de mi sexo.

No quise ser una maquina de musculos, pero tampoco me plegue a lo que
exigia de mi el nuevo regimen para convertirme mas adelante en la esposa
masculina de cualquiera de las mujeres triunfadoras. Flimnap me llevo a
vivir con el por algun tiempo, asegurando que yo era sobrino suyo.
iOjala no hubiese entrado nunca en la Universidad Central!... Hice alli
amistades que solo han servido para complicar mi vida, dandola mayor
tristeza.... Pero no; me arrepiento de lo que acabo de decir. La unica
satisfaccion de mi existencia, la sola razon de que aun siga viviendo,
proceden de una amistad que contraje durante mi epoca universitaria.

Luego mi conducta causo muchos disgustos al bondadoso Flimnap, y me
obligo a huir de su lado. Yo sabia lo que un hombre no debe saber en
este pais. Conozco cosas que el gobierno de las mujeres necesita
mantener secretas y que representan un peligro de muerte para aquel que
las aprende.

Callo Ra-Ra, como si le turbasen los pavorosos recuerdos de su vida de
perseguido; pero el gigante tenia los ojos fijos en el, animandole a que
continuase su historia.

--Con usted, gentleman, me atrevo a hablar de lo que no hablaria con
ninguno de mi especie. Este parecido inexplicable que nos une, a mi tan
pequeno y a usted tan enorme y poderoso, me inspira confianza. Ademas,
?que interes puede tener usted en perderme? Los dos pertenecemos al
mismo sexo; usted es hombre, y no creo que encuentre muy aceptable el
gobierno de las mujeres.

Ya conocera usted mas adelante lo que es ese gobierno. Todas ellas aman
lo nuevo, y como la llegada de usted esta reciente, encuentran todavia
cierto interes a su persona. Pero cuando transcurra algun tiempo, iquien
sabe si su suerte sera peor que la mia!...

A pesar de todo lo que le cuente el bondadoso y entusiasta Flimnap, este
gobierno se muestra cruel con frecuencia, y el pueblo femenil es mas
inconstante que el de los hombres en sus entusiasmos y sus adoraciones.
Yo soy de los pocos que conocen la verdad, y por lo mismo veo la tirania
femenina tal como es.

Se interrumpio un momento para mirar con inquietud en torno de el. No
vio a nadie en la vasta planicie da la mesa; pero, a pesar de esto, le
molestaba tener que expresarse a gritos para que le entendiese el
gigante.

Ninguno de la servidumbre hablaba ingles, pero temio que anduviese por
debajo de la mesa algun universitario vagamente conocedor del idioma y
se apresurase a llevar una delacion al Comite encargado de suprimir
todos los recuerdos del viejo regimen.

El gigante, para tranquilizarle, lo tomo de nuevo sobre la palma de una
mano, subiendolo hasta la altura de sus ojos. Alli, Ra-Ra, a caballo en
un dedo y con las piernas colgantes, pudo continuar su relato.

--Yo supe la verdad sobre los tiempos anteriores al gobierno de las
mujeres por los documentos de mi familia. Mi padre dejo a mi madre un
cuaderno en el que habia descrito como era la vida antes de lo que
llaman la Verdadera Revolucion, y como el mundo, gobernado por los
hombres, resultaba mejor y mas noble que el mundo actual.

El cuaderno estaba redactado en ingles, que era la lengua sabia en los
tiempos de Eulame, la que empleaban sus generales para los estudios
secretos, la que mi abuelo habia ensenado a mi padre y este y mi madre
me ensenaron a mi. Gracias a estar escrito en un idioma sagrado no
pudieron enterarse de su contenido las gentes ordinarias entre las
cuales paso mi padre sus ultimos anos.

Mi madre nunca quiso dejarmelo leer. La pobre adivinaba que su lectura
acabaria con mi tranquilidad, haciendome infeliz por todo el resto de
mis anos. Al morir ella lo recogi como unica herencia, y sin saber por
que, a impulsos de un confuso instinto, no quise ensenarselo al profesor
Flimnap.

Recuerdo aun las impresiones que experimente cuando, viviendo al lado
del doctor, lei por primera vez sus paginas. La verdad me deslumbro: un
mundo nuevo fue abriendose ante mis ojos. Era mentira que las mujeres
hubiesen gobernado siempre el mundo; su triunfo databa de algunos anos
nada mas. En cambio, ique historia tan enorme y tan gloriosa la de la
dominacion masculina!...

A partir de aquel momento mostre la terrible franqueza de los neofitos.
Como poseia la verdad, consideraba necesario proclamarla a gritos, y
basto que un dia, conversando con varios estudiantes hembras, dijera
solamente una pequena parte de lo que yo sabia, para que cayese sobre mi
una serie de persecuciones que aun no ha terminado.

Momaren, el Padre de los Maestros, hablo indudablemente del nieto de
Ra-Ra al _Comite de supresion del antiguo regimen._ Es un Consejo
secreto, que desde los tiempos de mi padre persigue todo aquello que
puede hacer recordar las epocas pasadas, anulandolo con una crueldad
fria o implacable.

Tuve que huir, y he llevado hasta el presente una existencia vagabunda y
aventurera. De vez en cuando la bondad de Flimnap me ha protegido. En
los ultimos dias mi situacion era angustiosa. El temible Consejo habia
averiguado por sus espias que yo estaba de vuelta en Mildendo, o sea lo
que llaman las triunfadoras Ciudad-Paraiso de las Mujeres. Varias veces
estuve a punto de caer en manos de sus agentes. Si esto ocurre alguna
vez, me llevaran a morir en un islote inmediato a la gran barrera, como
murio mi abuelo. Pero la intervencion de Flimnap sirvio, como ya dije,
para que yo encontrase un refugio aqui, donde me considero casi seguro.

Tal vez se preguntara usted, gentleman, por que razon vuelvo a la
capital y me empeno en vivir en ella, estando aqui el terrible Consejo
que me persigue. Nuestra vida nunca es rectilinea ni la gobierna la
logica. En el pais de los Hombres Montanas es posible que ocurra lo
mismo. Los hombres tenemos un corazon que es a la vez el origen de
nuestras desdichas y de nuestras felicidades. No podemos existir sin la
mujer, y vamos alla donde ella vive, aunque esto equivalga a marchar al
encuentro del peligro.

Gillespie miro con nuevo interes al pigmeo. iQuien podia sospechar que
este animalejo tuviese unos sentimientos iguales a los suyos!... Le
parecio verse a si mismo cuando se lamentaba a solas en Los Angeles,
despues de la desaparicion de miss Margaret.

La melancolia de Ra-Ra se transmitio a el. La imagen de su novia
americana paso por su recuerdo con tal intensidad, que hasta creyo verla
corporalmente, aspirando su perfume. Pero a continuacion cayo en una
tristeza desesperada al contemplarse en este pais inverosimil, sometido
a una esclavitud ridicula, sujeto a los caprichos de una humanidad
inferior.

Le temblo la mano a causa de tales emociones, y Ra-Ra tuvo que apretar
sus piernas sobre el dedo que le servia de asiento y agarrarse a el para
no caer.

Como Gillespie deseaba olvidar su propia situacion, siguio haciendo
preguntas para conocer toda la historia del pigmeo.

--?Y como ha podido usted seguir vagando por esta tierra sin caer en
manos de sus enemigos?... ?Como logro mantenerse sin trabajar?

Ra-Ra, a pesar de la altura inaccesible en que se hallaba, bajo aun mas
la voz para decir misteriosamente:

--No soy yo el unico que en este pais conoce la verdad. Flimnap le conto
el otro dia, segun creo, que los hombres ya no se muestran tan cobardes
como al principio de la dominacion femenina. Se sublevan contra el
despotismo de las mujeres; quieren una existencia propia; desean "vivir
su vida", como dicen los muchachos mas rebeldes. Hasta hace poco tiempo
esto era un simple anhelo de emancipacion, indeterminado y declamatorio,
que unicamente producia conflictos dentro de las familias. Los
periodicos lo llaman el "varonismo", riendose de el.

Pero yo, en los ultimos anos, he ido de ciudad en ciudad visitando los
clubs de hombres y otras asociaciones secretas del "partido masculista".
En mis conferencias les he hecho conocer el cuaderno que dejo mi padre.
Reproducido por prensas clandestinas circula hoy ocultamente, y es leido
como el libro sagrado del porvenir.

Miles y miles de hombres entusiastas, entre los cuales hay muchos que
son esposas e hijas de altos funcionarios, se han encargado de
mantenerme y ocultarme en mis excursiones de propaganda. Mi deber me
ordena continuar estos viajes, pero los hombres nos dejamos esclavizar
por el amor mucho mas que las hembras, le concedemos mayor importancia,
y yo hago traicion a mi causa para vivir en esta capital, completamente
inactivo durante algunas semanas, con la esperanza de poder hablar a una
mujer.

Como si necesitase buscar una excusa a sus actos, Ra-Ra anadio:

--Pero aunque yo permanezca sin hacer nada, no por esto descansan mis
companeros. Hay entre nosotros hombres de ciencia que se dedican a
peligrosos estudios; jovenes abnegados que visitan los barrios populares
para hablar a los embrutecidos siervos que ayudan con sus musculos a
esta sociedad y conseguir que despierte en sus confusas inteligencias el
orgullo del sexo. Contamos, ademas, con varones respetables y de gran
talento que organizan silenciosamente las fuerzas de una rebelion
futura.

Gillespie quedo asombrado por estas revelaciones.

--Comprendo, amigo Ra-Ra, que le busquen con tanto ahinco las senoras
del Consejo secreto. Resulta usted mas terrible de lo que parece con su
tunica y sus velos de mujer. Ya le veo siendo llevado a morir en un
penon, sin agua y sin comida, cerca de la gran barrera de los dioses, si
es que yo no le oculto antes en uno de mis bolsillos. Pero ?por que se
muestran ustedes tan adversarios del gobierno femenil?... Segun dice el
profesor Flimnap, ya no hay guerras ni puede haberlas; las mujeres
administran la fortuna publica con economia; no se nota la miseria ni la
mortalidad de otros tiempos; tampoco hay gobernantes ladrones. ?Que mas
pueden desear los hombres?...

Ra-Ra, cediendo a sus habitos de propagandista, se puso de pie sobre la
mano del gigante para hablar con un ardor de tribuno.

--Queremos la libertad; queremos una vida interesante; la embriaguez del
peligro; en una palabra, la gloria.

Deseo ser justo con mis enemigos y reconozco como verdad todo lo dicho
por el profesor. Las mujeres administran bien, su gobierno es el de una
buena duena de casa que toma con exactitud la cuenta a su cocinera. Las
gentes tal vez comen mejor y viven mas tranquilas que en otras epocas;
ya no hay guerras.... Estamos de acuerdo.

Pero el mundo se aburre de un modo mortal. No ocurre nada, nadie suena,
nadie aspira a cosas imposibles, nadie comete imprudencias. La vida se
extiende ante los ojos como un inmenso campo de plantas alimenticias, en
el que no hay una flor que resulte inutil ni un pajaro que deje de ser
comestible.

Nosotros queremos que el mundo vuelva a su antigua existencia. La vida
es monotona sin aventuras, sin heroes, y no vale la pena de ser vivida
si le falta el condimento del peligro. La amenaza de una muerte
inmediata da mayor sabor a los deleites presentes. Queremos la guerra,
con sus acciones esforzadas y sus abnegaciones sublimes entre companeros
de armas; queremos la resurreccion de las virtudes grandiosas y crueles
que forman el heroismo.

Usted debe reconocer como yo, gentleman, que unicamente las mujeres
pueden aceptar esta vida de ave de corral, en la que el deseo de vivir
en paz ahoga todo sentimiento noble y elevado, en la que los cacareos
domesticos constituyen la funcion intelectual de la mayoria. No;
nosotros deseamos conocer, como los hombres de otros tiempos, el vino y
la guerra, los dos placeres divinos de los humanos; queremos vivir en un
minuto todo un siglo de angustias y de orgullos.

?Quien puede conformarse con esta sociedad que todos los dias vive del
mismo modo y al que tiene sed le ofrece agua o leche?... Venga a
nosotros el alcohol, que hace sonar cosas grandes y es padre del
heroismo. Venga a nosotros la guerra, madre de las esforzadas
acciones....

En cuanto a mi, gentleman, lo que deseo con mas vehemencia es poder
meterle por la cabeza a Momaren, Padre de los Maestros, esta tunica y
estos velos que ahora me cubren, arrebatandole a el para siempre los
pantalones.




VIII

En el que el Padre de los Maestros visita al Hombre-Montana


Cuando el profesor Flimnap regreso de su viaje a la antigua capital de
Blefuscu, fue sin perdida de tiempo a visitar al gigante para darle
excusas por su ausencia.

Vivia en perpetuo asombro a causa de la enorme gloria que habia caido
sobre el, con acompanamiento de ganancias no presentidas ni aun en sus
momentos de mayor ilusion. De todas las grandes ciudades le llegaban
proposiciones para que fuese a relatar ante auditorios de muchos miles
de personas sus platicas con el Hombre-Montana y lo que habia podido
averiguar acerca de las costumbres del remoto pais de los gigantes.

Los libreros, que nunca habian querido vender sus pesados volumenes
sobre problemas filologicos e historicos, le pedian ahora que los
enviase en grandes fardos, aprovechando la primera maquina voladora que
saliese para el lugar de su establecimiento.

Hasta los mas grandes diarios, siempre ignorantes de la existencia de
Flimnap, pues se abstenian sistematicamente de publicar su nombre, le
solicitaban ahora como colaborador, dejando a su arbitrio el fijar la
retribucion por sus escritos.

--Todo esto lo debo a usted, gentleman--decia con entusiasmo, mirandole
a traves de su lente--.iSi hubiese visto anoche con que interes
escucharon la descripcion que hice de su persona mas de veinte mil
mujeres!...

Y para que olvidase su abandono del dia anterior iba describiendole el
aspecto del enorme publico y las salvas de aplausos con que fueron
acogidos sus periodos mas elocuentes.

--Gracias a usted--continuaba--soy celebre y tal vez sea rico. iQuien
sabe si usted se enriquecera tambien, como nunca lo hubiese conseguido
alla en su pais!

El buen profesor sentia despierta ahora su ambicion, viendolo todo con
proporciones exageradas. Una mujer de negocios de la capital le habia
hablado aquella manana de una empresa de ganancias fabulosas. Si el
Consejo Ejecutivo dejaba en libertad por algunos meses al
Hombre-Montana, esta y el profesor podian realizar una excursion por
toda la Republica dando conferencias. Flimnap haria un relato de cuanto
supiera sobre el pasado y las costumbres de su gigantesco amigo, y este
se mantendria a su lado para contestar con reverencias a las
aclamaciones de la muchedumbre. La financiera prometia una verdadera
fortuna para los dos como resultado del viaje.

Estaba tan seguro el profesor de una ganancia pronta y considerable, que
hasta habia encargado para el una maquina terrestre en forma de lechuza,
aunque mas pequena que la que le presto en diversas ocasiones el Padre
de los Maestros.

A la manana siguiente de su vuelta de la antigua capital de Blefuscu se
presento con un nuevo regalo para el coloso. Su amigo el profesor de
Fisica, que apenas si se acordaba ya del accidente maternal de pocos
dias antes, le habia fabricado un aparato para que Gillespie pudiese
escuchar considerablemente agrandados los ruidos que resultan ordinarios
en la vida de los pigmeos.

Era un cilindro de cristal no mas grande que una una del Hombre-Montana.
Al penetrar en la oreja aumentaba considerablemente su capacidad
auditiva, haciendo oir la voz de los hombrecillos aunque estos hablasen
quedamente.

Apenas lo puso Gillespie en el pabellon de uno de sus oidos, la Galeria,
que ordinariamente estaba en silencio para el, se poblo de murmullos y
gritos. Ya no vio agitarse a los pigmeos en torno de sus extremidades,
como si fuesen mudos y solo hablasen por senas; hasta de los terminos
mas apartados del edificio le llegaron olas rumorosas semejantes a los
murmullos que agitan los bosques, distinguiendo en ellas las palabras
ininteligibles que proferia su numerosa servidumbre.

--De este modo, gentleman--dijo el profesor--, podre conversar con usted
sin tener que levantar mucho la voz, lo mismo que si hablase con un ser
de mi especie. A veces siento el deseo de comunicarle cosas muy
importantes para mi, cosas intimas, cosas tiernas de la amistad, y no me
atrevo. ?Quien sabe si algun universitario conocedor de nuestro idioma
vaga por debajo de la mesa y puede oirnos?... Ahora, como podre hablar
en voz discreta, tal vez me atreva a decir lo que pienso con algo mas de
libertad.

El profesor dijo las ultimas palabras mostrando una timidez de muchacha,
lo que dio a su respetable persona cierto aspecto grotesco. Pero tuvo
que abandonar pronto esta actitud para ocuparse de un asunto mas
importante que motivaba su visita matinal. Si lo habia olvidado al
principio, era a causa de la emocion que sentia siempre al hablar a
solas con el gigante.

--Gentleman--dijo--, tengo que darle una buena noticia. El Padre de los
Maestros, que rara vez se digna visitar a los personajes mas importantes
de nuestra Republica, vendra esta tarde a verle. No habla bien nuestro
idioma y lo lee tambien con cierta vacilacion; pero yo estare presente
para servir de traductor entre los dos. Quiso en el primer momento que
la entrevista fuese en la Universidad, y para ello habria tenido usted
que entrar en el edificio pasando una pierna por encima de los tejados,
y despues la segunda pierna, hasta quedar de pie en el patio central.
Pero el arquitecto universitario se ha opuesto, temiendo por la
integridad de los techos, que son algo viejos. Seguramente se habria
llevado usted con sus rodillas algunos aleros, y en este momento la
Universidad no esta para nuevos gastos. Como Momaren es amigo del
gobierno, el implacable Gurdilo se opone en el Senado a todo proyecto de
aumento de nuestra subvencion. Ademas, yo he demostrado al Padre de los
Maestros que es mucho mas comodo subir en su litera hasta lo alto de
esta mesa, donde podra conversar con el Gentleman-Montana horas enteras.
Tambien resulta mejor para usted que obligarle a permanecer encogido en
un patio, sin atreverse a hacer el mas leve movimiento por miedo a
irrogar perjuicios costosos.

Gillespie acepto con gusto la visita. Habia oido hablar tantas veces a
su traductor de la influencia omnipotente del Padre de los Maestros y de
su inmensa sabiduria, que considero interesante conocer a tan alto
personaje. Ademas se acordo de Ra-Ra y del odio concentrado y misterioso
que mostraba contra el ilustre Momaren.

--Debe usted no olvidar--continuo Flimnap--que nuestro jefe es un gran
poeta, el segundo poeta nacional, el que figura despues de Golbasto,
aunque este versificador sublime, cuando sufre algun apuro pecuniario o
desea un empleo para alguna amiga suya, no tiene inconveniente en
declarar a gritos que Momaren es mil veces superior. Yo di a leer al
Padre de les Maestros las poesias inglesas que encontre en su cuaderno
de bolsillo. Las traduje a nuestro idioma, y creo que no resultan mal.
Si lo dudase, me hubiese convencido anteanoche de que la traduccion es
buena viendo el entusiasmo con que acogio su lectura el inmenso publico
de mi conferencia.

Ahora, gentleman, en justa reciprocidad, espero que usted se dignara
leer otra traduccion que he hecho de las poesias de mi eminente jefe
pasandolas del idioma nacional al ingles.

En vista de la conformidad del gigante, el catedratico fue hasta el
borde de la mesa dando ordenes a gritos, y los atletas que maniobraban
la grua para subir los alimentos pusieron en actividad otra vez el plato
que servia de ascensor. Una vez llegado este arriba, seis de los hombres
forzudos cargaron con un libro del mismo tamano que el cuaderno empleado
por Gillespie para sus notas.

Tenia el volumen unas tapas multicolores, cubiertas de diversas piezas
de cuero formando mosaico. Sus hojas eran de triple pergamino, y las
traducciones de Flimnap habian sido trazadas con brochas gordas, dando a
cada letra el tamano de la cabeza de un habitante del pais.

Gillespie, poniendose la rodaja de cristal sobre uno de sus ojos, empezo
a leer. Los atletas sostenian abierto el libro con visible esfuerzo,
pues resultaba este trabajo una empresa digna de su vigor. Mientras
tanto, Flimnap iba pasando las hojas y daba explicaciones para que su
amigo no tuviese la menor duda sobre el texto.

--?Que le parecen estos versos, gentleman?--pregunto cuando estaban ya
en la mitad del volumen.

Hizo Gillespie un gesto evasivo. Machas de las imagenes del poeta no
podia comprenderlas, aun despues de las aclaraciones del traductor.
Otras le parecian extravagantes, y tuvo que hacer esfuerzos para no
saludarlas con una carcajada. Pero temiendo molestar al buen Flimnap, se
apresuro a decir:

--Me parecen excelentes. Lo unico que me extrana es ver en la mayor
parte da estos versos algo asi como una decepcion amorosa, una
melancolia de pasion sin esperanza. iQuien hubiese creido que el
respetable Padre de los Maestros fuera capaz de tan frivolos
sentimientos!...

El profesor sonrio levemente.

--Ha acertado usted, gentleman. El ilustre Momaren ha sido joven, como
todos, y guarda la tristeza de un gran desengano amatorio. Por eso
muchos considerarnos a Golbasto como el primero de nuestros poetas
heroicos y a Momaren como el mas exquisito de nuestros poetas de
amor.... Yo quisiera que usted le manifestase esta tarde la admiracion y
el entusiasmo que ha sentido al leer sus versos. Piense que es mi jefe;
piense que tan poderoso personaje ha ordenado la produccion de este
hermoso volumen solo por serle grato, haciendo trabajar en el durante
cuatro dias a todos los pintores y encuadernadores que dependen de la
Universidad, y piense finalmente que el Padre de los Maestros es quien
puede influir sobre los altos senores del Consejo Ejecutivo para que le
permitan viajar por toda la Republica acompanandome en mis conferencias,
medio seguro de que los dos ganemos riquezas enormes.

Prometio Edwin a su traductor cumplir exactamente tales recomendaciones,
y despues de la comida de mediodia aguardo, con los codos en la mesa y
la cabeza entre las manos, la llegada del jefe de la Universidad y su
cortejo.

Durante tan larga espera se entretuvo escuchando, gracias a su aparato
auditivo, los gritos y las canciones de los servidores, que se movian
como insectos en el fondo de la Galeria. Despues que toda esta gente
hubo comido cerca de las cocinas, el estrepito fue en aumento,
cortandose de vez en cuando el vocerio de los pigmeos con las ordenes
que gritaban sus diversos jefes. Al fin se canso de este zumbido de
colmena en desorden, y sacandose de la oreja el microfonico aparato,
quedo envuelto en un dulce silencio, estremecido apenas por lejanos e
indefinibles murmullos.

Se iba adormeciendo Gillespie, cuando le estremecio un gran ruido de
muchedumbre, haciendole volver a la realidad.

Vio como una masa de curiosos formaba semicirculo en torno a la fachada
de cristal del edificio, completamente abierta, que le servia a el para
entrar y salir.

Numerosos jinetes contenian a estos curiosos para que dejasen paso
franco al ilustre visitante.

Avanzo primeramente un grupo de doctores jovenes, que eran muchachas en
traje masculino, llevando como unico emblema de su grado el gorro
universitario. Algunas de ellas, esbeltas y gallardas, tenian un andar
marcial que revelaba su aficion a los deportes, pero las mas mostraban
cierto parentesco fisico con el doctor Flimnap. Las habia enjutas de
cuerpo, con un gesto acidamente triste, como si el fuego del saber
hubiese consumido en su interior toda gracia femenina. Otras eran
gruesas, pesadas y miopes, contemplandolo todo con asombro infantil, lo
mismo que si hubiesen caido en un mundo extrano al levantar su cabeza de
los libros.

Detras de este escuadron estudioso aparecio la litera en forma de
lechuza, dentro de la cual iba el ilustre Momaren. El profesor Flimnap
marchaba junto a la portezuela de la derecha, conversando con su ilustre
jefe, honor publico gozado por primera vez, que le hacia caminar
titubeante, con el rostro empalidecido por la emocion. Cerraban la
marcha graves matronas universitarias, con togas negras. Todas ellas
ostentaban en sus birretes los varios colores de las catorce Facultades
que clasifican la sabiduria entre los pigmeos.

El cortejo fue desapareciendo lentamente bajo la mesa. Sintio el gigante
una ruidosa agitacion junto a sus pies, pero hizo esfuerzos por
mantenerlos inmoviles, temiendo provocar una catastrofe. La avalancha de
visitantes se habia fraccionado para tomar los cuatro caminos en espiral
arrollados a las patas de la mesa.

Gillespie vio surgir por los escotillones a muchos servidores suyos,
hombres y mujeres, que se colocaron en uno de los lados de la planicie
de madera, esperando ordenes. Luego fueron saliendo de dos en dos los
doctores jovenes, yendo a situarse en el borde de la mesa, frente al
gigante. Muchos de ellos llevaban lentes de disminucion para examinarlo
detenidamente. Otros, los mas gallardos y de buen ver, reian y se
empujaban con el codo, mirando a ojos simples la cara de Gillespie y
haciendo suposiciones sobre sus enormidades ocultas, que provocaban el
escandalo y la protesta de sus companeras mas graves y virtuosas.

Aparecio, al fin, la litera del Padre de los Maestros, sostenida por
ocho universitarios jovenes, que jadeaban sudorosos despues de esta
ascension en espiral. Se abrio la portezuela de la caja portatil y salio
Momaren, con su birrete de cuatro borlas y una toga de cola larguisima,
que se apresuraron a sostener dos aprendices de profesor.

Fue avanzando solemnemente sobre la mesa, y detras de sus pasos todo el
acompanamiento final de graves doctores, que no ocultaban las arrugas y
las canas de sus rostros matroniles.

El profesor Flimnap corrio a colocar en el centro de la mesa un sillon,
que era el mismo que el habia ocupado al dar al gigante su leccion de
Historia. El alto personaje se sento en el, teniendo a un lado al
obsequioso traductor. Todo el cortejo universitario permanecio detras,
rigido y en profundo silencio, esperando que sonase la voz autorizada
del maestro de los maestros. Hasta los doctores revoltosos cesaron en
sus risas juveniles y sus atrevidos comentarios al sentarse Momaren.

Este se llevo a un ojo la lente facilitada por Flimnap, y al ver de
cerca el rostro del gigante, reducido casi a las proporciones de un ser
de su misma especie, no pudo reprimir un movimiento de sorpresa. Quedo
contemplandole con una expresion reflexiva que revelaba intenso trabajo
mental. Al fin murmuro, dirigiendose a Flimnap, pero sin apartar su
mirada del gigante:

--?A quien se le parece, profesor?... Yo he visto esta cara en alguna
parte.... No puedo recordar con exactitud, pero es absolutamente igual a
una persona que he visto muchas veces.... ?Quien sera?

Flimnap murmuro palabras vagas para excusar su ignorancia. Lamentaba no
poder ayudar a su ilustre jefe en este trabajo de la memoria. Pero
aunque su voz era reposada y su gesto tranquilo, la inquietud hizo
correr por su cuerpo ondas nerviosas de diversas temperaturas. Sabia
perfectamente a quien se asemejaba el gigantesco gentleman, pero tuvo
buen cuidado de no revelarlo al Padre de los Maestros.

Por su parte, Gillespie se mostraba tan impresionado como el traductor.
Al ver que el poderoso visitante se ponia un vidrio ante un ojo para
conocerle con mas exactitud, el creyo del caso hacer lo mismo, por
cortes reciprocidad.

Tomo la gran redondela de cristal que estaba sobre la mesa, y al
colocarla en uno de sus ojos fue tal su emocion, que falto muy poco para
que el disco duro y transparente cayese como un proyectil, matando a
varios doctores del cortejo.

--Debo estar sonando--se dijo el ingeniero--. Esto no puede ser.
Resultan demasiadas sorpresas juntas para que yo acepte como realidad lo
que veo en este momento.

Dos dias antes se habia contemplado a si mismo en forma de pigmeo y
vestido de mujer. Aquel Ra-Ra era otro Edwin Gillespie; tan exacta
resultaba la semejanza. Y ahora....

--No hay duda; estoy durmiendo--volvio a decirse--. Esto es imposible.

Pero no necesito de largas reflexiones para dar por falsa la idea del
ensueno. Habia que aceptar todos los caprichos de una realidad que
parecia complacerse en provocar su asombro, ofreciendole maravillosas
semejanzas.

Al convencerse de que estaba despierto y bien despierto, encontro cierto
placer en examinar todos los detalles fisicos del ilustre Momaren, que
hacian de su persona una reproduccion exacta, aunque en escala
reducidisima, de otra persona existente en el mundo de los gigantes
humanos.

El Padre de los Maestros era mistress Augusta Haynes, la madre de
Margaret.

Gillespie se imagino verla, a traves de unos gemelos puestos del reves,
vestida con un traje de doctor estrafalario y magnifico para asistir a
un baile de mascaras. Las dos tenian la misma majestad dura y aspera, un
perfil identico de ave de presa, igual volumen y una solemnidad
orgullosa en las palabras y los gestos.

Edwin creyo durante algunos momentos que aquella miniatura de mistress
Augusta Haynes iba a erguirse en su sillon para negarle por segunda vez
la mano de Margaret, afirmando que ella no podia transigir con los
hombres de espiritu novelesco que ignoran el medio de hacer dinero. Pero
la voz del profesor Flimnap le arranco de su asombro.

--Gentleman--dijo el traductor--: nuestro ilustre Padre de los Maestros
se ha dignado venir a visitarle a causa del gran interes que siente por
su persona. Si desea conocerle no es por la curiosidad que inspira al
vulgo la grandeza material, sino porque sabe que usted ha sido en su
patria un hombre de Universidad, un poeta, y considera deber de
companerismo darle la bienvenida a su llegada a este gran pais gobernado
por el mas inteligente de los sexos.

Siguio el profesor hablando en tono de conferencista, pues todo su
auditorio entendia el ingles con mas o menos facilidad y era capaz de
apreciar las florescencias de su estilo.

Cuando termino la enumeracion de los meritos de Momaren, de las glorias
del gobierno femenil y de los grandes adelantos intelectuales de su
raza, el gigante contesto a su vez con otro discurso, agradeciendo las
atenciones de que habia sido objeto desde su llegada involuntaria a esta
Republica y las que esperaba recibir en adelante, pero aludiendo de paso
con suavidad al disimulado encierro en que le tenian.

Luego, levantando una mano, que paso como la sombra de una nube sobre
los birretes de los doctores, senalo el libro multicolor traido por
Flimnap en la manana, y que estaba ahora caido sobre la mesa. Hizo un
elogio vehemente de las poesias de su ilustre visitante, declarando que
jamas en su existencia habia conocido nada comparable a ellas, y que
ninguno de los poetas de su pais podria igualarse con Momaren.

Aunque el Padre de los Maestros no era muy fuerte en el idioma sagrado
de los hombres de ciencia y entendia con dificultad el ingles articulado
por aquella voz de trueno, comprendio perfectamente la ultima afirmacion
del gigante, que le hizo agitarse de emocion en su asiento.

--Digale--apunto por lo bajo a Flimnap--que sus poesias tambien son
magnificas y me gustaron mucho cuando las lei traducidas por usted.

Jamas habia experimentado un orgullo profesional ni una satisfaccion de
amor propio comparables a los de este momento. Todos los que admiraban
sus versos, incluso el glorioso Golbasto, tenian voces iguales a las de
los otros humanos, y sus elogios eran siempre identicos. Pero oirse
alabar ahora por este trueno que venia de lo alto y que en el caso de
ponerse el gigante de pie podia resonar hasta por encima de las nubes,
representaba para Momaren una glorificacion casi divina.

En los primeros momentos, la semejanza de Gillespie con un ser
indeterminado y misterioso le hizo pensar en todos sus enemigos,
considerando esta semejanza hostil para el. Ahora creia, por el
contrario, que debia parecerse el gigante a algo muy superior, y hasta
llego a pensar si su rostro seria el recuerdo de un dios entrevisto por
el en sus ensuenos.

El profesor Flimnap le obedecio, dirigiendo al gigante un segundo
discurso para repetir los elogios con que el Padre de los Maestros
contestaba a las alabanzas de Gillespie. Pero este empezo a fatigarse de
la monotonia de una entrevista en la que la vanidad literaria de Momaren
daba el tono a la conversacion.

Mientras fingia escuchar el discurso de Flimnap, sus ojos vagaron de un
lado a otro examinando los diversos grupos situados sobre la planicie de
la mesa. De pronto su atencion caprichosa se concentro en el lado donde
se aglomeraba la gran masa de sus servidores.

Creyo reconocer a Ra-Ra en uno de los hombres con vestidura femenil que
estaban al frente de los siervos medio desnudos. Debia ser
indudablemente el propagandista del "varonismo", el rebelde acosado,
que, oculto bajo sus velos, se daba el placer de pasar y repasar con
diversos pretextos cerca de Momaren, al que parecia tener por el mayor
de sus perseguidores.

Le siguio Gillespie con los ojos en todas sus evoluciones alrededor del
inmovil cortejo universitario. Por un momento sospecho si se propondria
hacer algo contra el Padre de los Maestros. Luego una luz nueva parecio
extenderse por el pensamiento de Edwin.

Se explico de pronto el motivo de que Ra-Ra odiase al severo Momaren.
Este joven resultaba una reduccion exacta de su misma persona, y era
natural que se mostrase enemigo irreconciliable de aquel personaje igual
en todo a la viuda de Haynes.

Pero el gigante olvido tales pensamientos, atraido por una nueva
evolucion de Ra-Ra. Retrocedia ahora con lentitud hacia un extremo de la
mesa ocupado unicamente por gentes de baja condicion: atletas de los que
manejaban la maquina monta-platos. Un doctor se fue despegando
lentamente del grupo que habia precedido a la litera de Momaren y
parecio seguir de espaldas, fingiendose distraido, la retirada de Ra-Ra.

El gigante sospecho que este universitario era la mujer amada de la que
habia hablado el proscrito en varios pasajes de su historia. Tal vez no
se habian visto en muchos meses. El joven doctor acababa de adivinar
indudablemente el rostro misterioso que ocultaban aquellos velos
pudicos, y parecia conmovido por la primera sorpresa de su
descubrimiento.

Sintio Edwin una tierna conmiseracion por los dos amantes, un deseo de
protegerlos, de facilitar su entrevista, y para ello dejo caer sobre la
mesa uno de sus brazos, colocandolo de modo que fuese como una barrera
entre el angulo donde quedaba la pareja con el grupo de servidores
forzudos y todo el resto de la planicie.

Los enamorados, al verse protegidos por esta muralla de carne y de
lienzo, sin miedo ya a la curiosidad del cortejo universitario,
corrieron el uno hacia el otro. El hombre echo atras sus velos
femeniles. Efectivamente, era Ra-Ra. Los dos se abrazaron y empezaron a
besarse, sin prestar atencion al grupo de atletas, que presenciaban sus
arrebatos con impasible estupidez.

Edwin creyo ver que era el doctor quien habia tomado la iniciativa, de
estas caricias, con una impetuosidad varonil. Pero esto no le produjo
extraneza alguna. Ya estaba acostumbrado a las tergiversaciones de este
mundo dominado por las mujeres. Lo que el deseaba era conocer el rostro
de la joven universitaria y oir lo que se decian ambos, pero no
resultaba empresa facil.

El profesor Flimnap seguia hablandole. Dulcemente, de los palidos
elogios a sus versos ingleses habia ido pasando a una segunda serie de
alabanzas para las obras de Momaren, y explicaba con profusion el rango
que correspondia a este autor en la historia literaria del pais.

Gillespie movio la cabeza afirmativamente para indicar que aceptaba
todas las palabras del orador. Luego fijo en el Padre de los Maestros
una mirada de vehemente admiracion, gracias a la cual pudo recobrar otra
vez su prestigio, pues Momaren parecia algo molestado por sus
distracciones anteriores.

Con el pretexto de querer oir mejor la luminosa disertacion de Flimnap,
busco sobre la mesa el aparato microfonico, introduciendolo en uno de
sus pabellones auriculares. Inmediatamente un huracan aullador choco
contra su timpano. Era la voz oratoria de su amigo, en torno de la cual
parecian enroscarse como suaves lianas las dos voces prudentes y timidas
de la pareja amorosa. Luego, fingiendo interesarse mucho por lo que
decia el conferencista, se llevo a un ojo la lente de aumento.

Vio con enormes dimensiones la cara de mistress Augusta Haynes, rematada
por su honorifico gorro, y que le sonreia protectoramente, como nunca le
habia sonreido la verdadera en el lejano pais de su nacimiento. Poco a
poco fue ladeando la cabeza, y desaparecieron de su redondel de vidrio
el Padre de los Maestros, el orador y los grupos universitarios. Como si
pretendiese cambiar de postura en su asiento, volvio la cabeza mas a la
derecha, quedando bajo su radio visual el extremo de la plataforma donde
estaban los dos amantes.

Ahora pudo ver con claridad, considerablemente agrandado y en todos sus
detalles, al joven doctor que estaba con Ra-Ra. De haberlo descubierto
una hora antes, estaba seguro de que la lente se habria caido de su
rostro empujada por la sorpresa, siendole imposible al mismo tiempo
contener un grito de asombro. Pero despues de haber conocido
personalmente a Momaren, se consideraba a salvo de toda clase de
emociones.

Entre todas las maravillas vistas en el pais de los pigmeos, el rostro
de este joven doctor representaba la mas enorme y la mas grata para el.
Pero existe un encadenamiento logico entre los sucesos extraordinarios,
igual al que reune los hechos de la vida corriente. Desde el momento que
Ra-Ra era el, y Momaren era mistress Augusta Haynes, resultaba natural
que el joven universitario solo pudiera parecerse a una persona....

Y contemplo con admiracion a miss Margaret Haynes, su novia del otro
mundo, que a traves de la lente amplificadora se mostraba casi con su
tamano ordinario.

El no habia visto nunca a Margaret llevando un gorro de doctor. Tampoco
habia tenido ocasion de admirarla con pantalones de hombre; pero creyo
firmemente que, de haberla visto asi, ofreceria las mismas formas
esbeltas y atractivas que en el presente momento. En realidad, se sintio
satisfecho por primera vez de su viaje a este pais, ya que le
proporcionaba tan agradable vision.

Le gusto menos ver como su novia apretaba las manos de Ra-Ra, mirandose
en sus ojos, y como interrumpia tan carinosa contemplacion para volver a
besarle. iSufrir esto en su presencia!... Pero despues de mirar con odio
a Ra-Ra se dijo que este era otro Edwin, y los besos recibidos por el
pigmeo le correspondian a el aunque fuese de un modo indirecto.

Con la emocion del encuentro los dos amantes habian olvidado toda
prudencia, y empezaron a hablarse en el idioma del pais. Luego se
fijaron en los atletas que permanecian junto a ellos, dentro del retiro
formado por el brazo del gigante, y creyeron prudente valerse de otro
lenguaje.

Gillespie oyo claramente como los dos seguian el dialogo en ingles.

--iQue alegria senti al verte!--decia el hermoso doctor empleando el
lenguaje sagrado de la ciencia con tanta facilidad como Ra-Ra--. Te
creia lejos, en uno de esos viajes que tanto me inquietan. Ahora, al
encontrarte, me considero feliz; pero no por eso dejo de pensar en tus
enemigos. Los del _Comite de supresion del antiguo regimen_ no te
olvidan, y sus espias siguen buscandote por la capital. Al venir aqui
esta tarde, presentia confusamente que algo nuevo y grato iba a ver en
el alojamiento del Hombre-Montana. Por eso me inspiro una simpatia
repentina este gigante. Hasta le encontro en los primeros momentos
cierta semejanza contigo. Era, sin duda, el presentimiento de que te
habias refugiado bajo su proteccion.... Pero iay, si llegasen a
descubrirte! Cada dia preocupas mas a esas gentes que te odian.

--No temas, Popito; es dificil que den conmigo. Tu amor y las exigencias
de la gran causa a que he dedicado mi vida me hacen ser prudente. Solo
cuando supe que el Padre de los Maestros venia a visitar al gigante me
decidi a subir a lo alto de esta mesa con la esperanza de que tu
figurarias en el cortejo.

--iY yo que no queria venir!--exclamo Popito--. Tu larga ausencia y la
falta de noticias me tenian desalentada. Preferia pasar la tarde
sumiendome en el estudio, para no pensar en nuestra situacion. Al fin,
la curiosidad de ver al Hombre-Montana y un indefinible presentimiento
me arrastraron hasta aqui. iQue desgracia si no hubiese venido!...

La suposicion de esta ausencia impresionaba de tal modo a Ra-Ra, que
para consolarse volvio a repetir sus abrazos y sus besos.

--iOh, Popito!--murmuro con una voz de extasis.

Gillespie considero prudente apartar su mirada de ellos para volverla
hacia el imponente cortejo que habia venido a visitarle.

--Miss Margaret se llama ahora Popito--se dijo mentalmente--. iQue
nombre extravagante!

Pero a continuacion penso que el se llamaba Ra-Ra, y la grave viuda de
Haynes era en este pais el Padre de los Maestros, jefe supremo de las
universidades, y ademas escribia versos.

Busco otra vez la mirada protectora de Momaren, quedando medianamente
satisfecho al ver que los ojos de este parecian amonestarle por su
reciente distraccion. Flimnap continuaba dejando correr el chorro de su
oratoria didactica. Explicaba en estos momentos los diversos y
brillantes periodos de la literatura nacional, aproximandose con la
lentitud de un estratega prudente a la conclusion de que todo lo que
habian producido varias generaciones de escritores era simplemente para
preparar el advenimiento de Momaren. Pero aunque Gillespie hacia
esfuerzos por enterarse de la disertacion, inclinaba al mismo tiempo su
cabeza del lado de los amantes, deseoso de oir su dialogo.

La voz de la invisible Popito, algo desfigurada por el aparato
microfonico, evoco en su memoria el recuerdo de la voz dulce y graciosa
de miss Margaret.

--Mi madre se opone--decia--, bien lo se; pero yo te amo, y veras como
al fin triunfaremos, consiguiendo nuestra felicidad.

iLo mismo que la otra!... El gigante creyo estar aun en el Gran Parque
de San Francisco escuchando por ultima vez a miss Margaret, y al ver
bajo sus ojos a tantos ciudadanos de aquel pueblo diminuto que le tenia
sujeto a la mas grotesca de las esclavitudes, impidiendole volver a la
tierra natal, donde a lo menos le era posible admirar de lejos a la
mujer amada, sintio un deseo vehemente de levantar los punos, aplastando
con unos cuantos golpes a toda la universidad femenina.

Su propia voz saliendo de la boca de Ra-Ra le distrajo por algun tiempo.
El joven hablaba con entusiasmo, y Popito, a pesar de que vivia en la
triunfante Republica de las mujeres, mostraba al escucharle una
supeditacion de hembra feliz que desea verse dirigida y unicamente pide
amor. Era igual a las mujeres descritas por el doctor Flimnap que vivian
en las epocas anteriores a la Verdadera Revolucion.

Ra-Ra contaba las ultimas aventuras de su existencia errante y sus
trabajos para destruir el despotismo femenino. Creia en un triunfo
proximo con la fe de los visionarios, que siempre colocan la victoria de
sus ideales dentro de breve plazo. Tan conmovido estaba por su
vehemencia, que hasta llego a olvidarse del sexo de su unica oyente.
Todas las abominaciones de la epoca actual las atribuia a las mujeres,
describiendo a continuacion el periodo de justicia y de bienestar que
seguiria al triunfo de los hombres.

Como habia sufrido mucho, su rencor de perseguido exigia venganzas. El
nombre de Momaren iba a figurar entre los primeros culpables que
castigaria la futura Revolucion.

--No--protesto Popito--. Acuerdate, Ra-Ra, que el Padre de los Maestros
es mi padre.

--Di tu madre, para hablar logicamente--repuso el joven.

--Si, mi madre, conforme a los usos del antiguo regimen, y yo te pido
que la respetes. Momaren tiene un alma generosa. Su unico defecto
consiste en ser tradicionalista y aceptar todas las ideas de su epoca.

Gillespie no experimento extraneza al oir esto. Le parecia
extremadamente logico, y hasta se asombro de que no se le hubiera
ocurrido antes. Siendo mistress Augusta Haynes el Padre de los Maestros,
era natural que Popito fuese su hija. ?Como iria a terminar toda esta
historia empezada al otro extremo de la tierra para reproducirse aqui en
proporciones de burlesca exigueidad, pero con un caracter mas dramatico y
peligroso?...

Un mugido gigantesco penetro por su conducto auricular, haciendole salir
de su actitud reflexiva. El profesor Flimnap gritaba a toda voz:

--?Que opina usted de lo que digo, gentleman?

Habia formulado tres veces la misma pregunta, sin obtener respuesta, y
los doctores jovenes, mas revoltosos, empezaban a reir del silencio del
gigante y de la confusion del conferencista.

Enganado por la fijeza de los ojos de Gillespie, el traductor habia
osado dirigirle la tal pregunta convencido de que le escuchaba con
atencion. Luego tuvo que repetirla dos veces mas, mientras a su lado el
ilustre jefe de la Universidad se agitaba en su asiento nerviosamente,
considerando como una ofensa la actitud distraida del gigante.

--?Que decia usted, querido profesor?--pregunto Edwin con la expresion
de un hombre que despierta.

Estas palabras aumentaron las risas en el doctorado joven. Algunos
universitarios se encogian y achicaban para lanzar carcajadas con toda
libertad al amparo de las espaldas de sus vecinos. Querian aprovechar la
ocasion para reirse sin peligro del temible Momaren. Este, con las
mejillas enrojecidas y la nariz mas encorvada que nunca, arano los
brazos de su sillon, mientras el buen Flimnap, avergonzado por el
incidente, balbucia sus explicaciones.

--Le pregunto, gentleman, si despues de haber escuchado lo que dije
sobre los diversos periodos de nuestra literatura no cree usted que el
poeta Momaren resulta el mas eminente de todos en el genero sentimental.

--Es indiscutible--respondio el coloso--, y solo los ignorantes pueden
opinar lo contrario.

Esta respuesta devolvio en parte su tranquilidad al Padre de los
Maestros, pero todavia sonaron algunas risas entre la gente joven,
aunque menos audaces por ir dirigidas concretamente contra la persona
del jefe supremo.

--Vamonos, profesor--ordeno a Flimnap--. Estamos cansando con una visita
demasiado larga a este pobre gigante, que no parece de un vigor
intelectual en armonia con su estatura. Despidame de el; digale que he
tenido mucho gusto en conocerle.

Y se puso de pie, acudiendo inmediatamente los dos aspirantes a profesor
que sostenian la cola de su toga. Tambien corrieron los portadores de su
litera para empunar los brazos de esta caja portatil. Todo el cortejo
universitario, que ya empezaba a fatigarse de una visita larga y sin
incidentes, se aglomero en los escotillones para deslizarse por las
cuatro rampas arrolladas a las patas de la mesa.

Flimnap se despidio de su protegido con breves palabras:

-Vendre manana, gentleman. El Padre de los Maestros le saluda y agradece
su atencion.

Lo que el catedratico deseaba era volver al lado de Momaren. El
entrecejo de este y su boca tirante y desdenosa le infundian terror. Se
inclino ante el cuando iba a entrar en su litera, y el eminente
personaje le dijo con frialdad:

-Me parece un buen hombre su Gentleman-Montana, pero sin ningun sentido
critico. En cuanto a sus versos, ya sabe mi opinion: muy flojos; casi
diria que son malos.

Fue a meterse en la caja portatil, pero todavia retrocedio para
comunicar a su inferior el gran descubrimiento que acababa de hacer. Una
colera sorda y fria habia registrado su memoria mas profundamente que la
vanidad halagada.

-Ya se a quien se parece su gigante: acabo de descubrirlo. Es un retrato
exacto de Ra-Ra, ese loco peligroso, nieto de aquel asesino de las
guerras antiguas que se creia un grande hombre. No es una semejanza que
haga simpatico a su Gentleman-Montana.

Y despues de decir esto se metio en su litera, satisfecho de la
confusion y la alarma en que dejaba al buen profesor.

Gillespie, mientras tanto, habia levantado el brazo que servia de
refugio a los dos amantes. Al ver Popito que el cortejo universitario
habia abandonado ya la planicie de la mesa, se dirigio hacia uno de los
escotillones, despidiendose antes de Ra-Ra con varios besos.

--Volvere--dijo apresuradamente, ahora que conozco tu escondrijo.
Pretextare un deseo de estudiar de cerca el modo de vivir del gigante.

Despues de tales palabras quiso correr, pero se vio detenida en mitad de
su carrera por un obstaculo. El Hombre-Montana habia colocado una de sus
manos sobre la mesa, manteniendola en posicion vertical, con el pulgar
en alto.

Tropezo la joven con los almohadillados carnosos de su palma, y al mismo
tiempo una voz enorme que se esforzaba por ser dulce llego a sus oidos
desde lo alto:

-Doctor Popito, puede usted volver cuando quiera: el Hombre-Montana la
invita. Si Momaren es el Padre de los Maestros, yo deseo ser el Padre de
los Enamorados.




IX

Donde el gigante va de caza y Popito expone sus ideas sobre el gobierno
de las mujeres

Cuando el bondadoso Flimnap se presento al dia siguiente, Edwin le hizo
una pregunta que tenia preparada desde la tarde anterior.

Adivino que el profesor hembra le traia buenas noticias, a juzgar por la
expresion alegre de su rostro; pero antes de que se enfrascase en su
relato y tal vez en la manifestacion de sus tiernos sentimientos, quiso
satisfacer la propia curiosidad.

-Digame, doctor: ?Momaren tiene una hija?

Al oir estas palabras, Flimnap perdio su alegre gesto. No se acordaba en
aquel momento del mencionado personaje, y la pregunta del gigante
resucito en su memoria las molestias y los temores del dia anterior.

-Si, gentleman; tiene una hija, como usted dice, o como nosotros
decimos, un hijo, que pertenece a la Universidad y podria ser una de sus
mejores glorias. Pero el doctor Popito, ademas de proporcionar al Padre
de los Maestros abundantes molestias en el presente, le recuerda un
pasado de sucesos muy tristes.

Viendo que Flimnap callaba, el gigante indico con un gesto su deseo de
saber algo mas; pero el universitario se nego a seguir hablando si no se
colocaba antes en una oreja aquel aparato que permitia oir las voces mas
tenues. Temia contar a gritos la historia de las desgracias familiares
de su poderoso jefe. Una indiscrecion de tal clase aumentaria la
frialdad que le mostraba Momaren despues de lo ocurrido en la tarde
anterior.

Solo al ver que Gillespie hacia uso del microfono, siguio diciendo en
voz baja:

--La historia del Padre de los Maestros es la historia de todas las
mujeres que concentran su felicidad y su porvenir en un hombre,
entregandose a esa pasion absorbente y martirizadora que llaman amor.
Hace veinticinco anos, cuando aun no era jefe de la Universidad, pero
ocupaba un asiento por primera vez en el Senado y una catedra de
Historia politica, se enamoro de un hombre.

No crea usted, gentleman, que este hombre era un intelectual, digno del
afecto de Momaren. Por el contrario, apenas sabia leer y escribir, pero
era un buen mozo y disponia a su capricho de todas las artes que
cultivan los varones metidos en sus casas para atraer y dominar a las
pobres mujeres. Como la mujer vive preocupada por sus negocios y vuelve
a su domicilio rendida de tanto trabajar, ignora el modo de precaverse
de tan diabolicas asechanzas.

Momaren, que aspiraba a ser un asceta del estudio, dedicando a la
ciencia su vida entera, sin las preocupaciones de familia, que estorban
la concentracion silenciosa del pensamiento, fue debil, y cayo vencido,
como cualquiera de esas muchachas del casco con aletas que estudian para
oficiales en nuestra Escuela militar. Durante tres anos se considero el
profesor mas feliz de la Republica porque tenia a su lado a este hombre
seductor y diabolico.

No era aun Padre de los Maestros, pero fue padre de Popito, que nacio al
ano de esta union.

El caprichoso joven no pudo acostumbrarse a la gravedad amorosa del
profesor, a la calma de su casa, y un dia se fugo con una comica,
celebre por su belleza, para vagar por los diversos Estados de nuestra
patria, llevando una existencia de aventuras y privaciones.

Debe haber muerto hace tiempo; nadie ha sabido mas de el. Pero el
ilustre Momaren quedo herido para siempre despues de esta traicion, y
muy pocos le han visto sonreir.

El dolor es el agua que riega los jardines de la poesia y hace crecer
sus arboles mas lozanos. (Esta imagen, gentleman, siempre que la uso en
una conferencia arranca murmullos de entusiasmo.) Quiero decir que la
mala accion de aquel aventurero sirvio para que Momaren produjese sus
mejores obras. Como usted noto durante la lectura de sus versos, este
gran poeta solo canta armoniosamente al recordar sus dolores.

La educacion de Popito le entretuvo durante los anos de su infancia y su
adolescencia. Pero ahora Popito es una mujer completa, un doctor de gran
porvenir, y si el Padre de los Maestros puede darle ordenes como jefe en
los asuntos universitarios, no le puede imponer su voluntad dentro de la
familia.

Para Momaren, la mejor de las esperanzas era que su hijo viviese como el
no supo vivir: observando el celibato, que conviene a toda mujer de
estudios, pensando unicamente en la gloria propia y en el porvenir de la
humanidad, sin caer nunca bajo la tirania del hombre. Un sabio que desea
ser verdaderamente fuerte necesita despreciar el amor. Pero Popito ha
resultado completamente distinta a las ilusiones de su padre. Debe tener
un alma igual a la de aquel aventurero enamoradizo y caprichoso que
abandono al mas alto de nuestros sabios para irse con una comica. Es de
las pobres mujeres que consideran necesarios para su vida el hombre y el
amor.

De seguir los consejos de su padre, la veriamos antes de pocos anos
sucederle en el alto cargo de Padre de los Maestros. Pero tiene un alma
debil y contemporizadora, como la de aquellas hembras que en los
primeros dias de la Verdadera Revolucion lloraban e intercedian por los
varones. Por eso desprecia la mas eminente posicion universitaria de
nuestro pais, prefiriendo vivir con un hombre amado, en carinosa
servidumbre, adivinando sus deseos para cumplirlos y dejandose despojar
de los derechos de superioridad que le confirio, por ser mujer, nuestra
victoria revolucionaria.

Su detuvo el profesor para anadir con timidez, bajando aun mas el tono
de su voz:

--Por desgracia, gentleman, yo tengo cierta culpa de la frialdad con que
acoge Popito los sabios consejos de su padre. Esta muchacha ama a un
hombre, y yo, sin darme cuenta, hice que los dos se conociesen.

La interrumpio Gillespie con una voz que para el era casi un susurro:

--Lo se, profesor; el hombre se llama Ra-Ra....

--iMas bajo, gentleman!--dijo el traductor--. Ese nombre no le conviene
a nadie repetirlo en los presentes momentos. Digamos "el" simplemente, y
nos entenderemos lo mismo. ?Como le ha conocido usted?

Gillespie invento una historia para hacer creer al profesor que por un
azar habia conocido a Ra-Ra, contra la voluntad de este, llegando al fin
a ver su rostro.

--iImprudente!--murmuro Flimnap, refiriendose a su protegido--. Hay que
ver como lo buscan por toda la capital. Muchas veces quise abandonarlo a
su suerte, en vista de sus absurdas predicaciones contra el excelente
gobierno de las mujeres, ipero le quiero tanto!... Lo conozco desde
nino. Ademas, en los ultimos dias ha aumentado mucho mi afecto hacia el.
?Se ha fijado, gentleman, como se le parece a usted?...

Gillespie siguio contando el encuentro de Ra-Ra y Popito sobre su mesa
en la tarde anterior, y como, extendiendo uno de sus brazos, creo un
refugio para que los dos amantes se hablasen entre caricias.

--iImprudentes!--volvio a repetir Flimnap--. Ahora comprendo por que se
mostraba usted tan distraido y no contesto a mis preguntas. iQue
atrevimiento!... Tener una entrevista de amor a corta distancia del
Padre de los Maestros, que odia a Ra-Ra y desea suprimirle, pues cree
que es el unico culpable del despego que le muestra su hija....

A pesar de las grandes muestras de escandalo que provocaba en Flimnap la
audacia de los dos amantes, se noto en su voz cierta admiracion. Unos
dias antes su protesta hubiese sido sincera, pero despues de conocer a
Edwin pensaba de distinto modo, mostrando veneracion por todos los que
sacrificaban la seguridad y las comodidades de su existencia en pro de
un amor.

--Me asombro de su atrevimiento, gentleman, pero iquien sabe si estos
enamorados valerosos ven la realidad mejor que nosotros y conocen los
goces de la vida mas que los prudentes!... Yo, gentleman, tal vez
hubiese sido como ellos, pero nunca tuve ocasion de conocer el amor. Mi
mundo no me daba facilidades para enamorarme. Siempre he sonado con
dedicar mi ternura a algo muy alto, muy extraordinario, que estuviera
por encima de las cabezas de los demas mortales.... Pero antes de que
usted viniese esto equivalia a sonar con lo imposible.

Se ruborizo Flimnap, creyendo haber dicho demasiado, y miro a traves de
su lente el rostro del gigante. Este permanecia impasible, como si no la
hubiese entendido, y el profesor juzgo oportuno no insistir. Por el
momento bastaba esta insinuacion; mas adelante se expresaria con mayor
claridad. Y paso a hablar de aquellas noticias que dilataban de gozo su
cara bonachona cuando entro en la antigua Galeria de la Industria.

--Usted no puede estar metido aqui siempre, pues eso acabaria con su
salud. Se lo he dicho al presidente del Consejo Ejecutivo, a muchos
senadores, al gobierno municipal de la ciudad y a todos los periodistas
que conozco, excelentes muchachas, que ahora me prestan alguna atencion,
despues de no haberme hecho caso nunca, y se dignan repetir en sus
articulos todo lo que me oyen. En una palabra, gentleman: he creado un
movimiento de opinion a favor de usted para que su vida sea mas
higienica y divertida.

El gobierno me ha autorizado para que forme un programa de diversiones.
?Que es lo que usted desea?... Yo, espontaneamente, me he atrevido a
proponer varias. Quiero que un dia le dejen visitar la capital. Esto es
mas dificil que parece a primera vista. Habra que suspender la
circulacion en las calles para que usted, al marchar, no aplaste a unos
cuantos centenares de transeuntes y para que nuestros vehiculos
terrestres no le corten los pies con sus ruedas. La gente solo le vera
desde las ventanas y los tejados.

Como le digo, esto no es facil, y solo puede realizarse despues que se
reuna el gobierno municipal y decrete la suspension del trafico por unas
horas.

Tambien he hablado al ministro de la Guerra, y esta dispuesto a enviarle
un batallon de muchachas, las mas jovenes y agiles, para que hagan
maniobras sobre esta mesa y ejecuten varias danzas guerreras. Otras
diversiones tengo pensadas, pero solo podran realizarse mas adelante,
pues exigen larga preparacion.

El recreo mas inmediato sera manana. Usted necesita el aire del campo,
dar un paseo digno de sus piernas, y el gobierno me ha autorizado para
que le lleve al parque secular, donde nuestros antiguos emperadores se
dedicaban a la caza durante sus veraneos. Tres dias de viaje echaban
aquellos despotas en sus pesadas carretas para llegar a dicha selva,
poblada de toda clase de animales feroces. Ahora, con nuestros vehiculos
automoviles, vamos en tres horas, y usted, gentleman, tal vez haga el
camino en menos tiempo.

Vera usted cosas maravillosas en aquellas frondosidades, que, segun la
credulidad de nuestros remotos abuelos, fueron habitadas por los
primeros dioses. Encontrara arboles casi de su estatura y tal vez
bestias de caza muy interesantes.

Edwin acepto la invitacion con entusiasmo. Deseaba conocer algo mas que
el eterno espectaculo de la capital vista por los tejados, y el rio, en
el que unicamente le permitian moverse dentro de un reducido espacio.

Paso la noche inquieto por esta novedad, despertandose con frecuencia, y
apenas hubo empezado a apuntar el alba salio de la Galeria,
encontrandose con que el profesor Flimnap le aguardaba ya acompanado por
dos individuos mas del _Comite de recibimiento del Hombre-Montana_. Un
destacamento de amazonas armadas con arcos llenaba tres vehiculos
enormes, sin duda para recordar al gigante que no era mas que un
prisionero.

Las dos maquinas voladoras que permanecian dia y noche sobre el enorme
edificio abandonaron su inmovilidad, lanzandose a traves del aire como
para indicar la direccion al cortejo terrestre.

Camino el gigante unas tres horas en pos del automovil donde iba su
traductor, rodando detras de el los otros vehiculos llenos de soldados.
Al entrar en la selva se hundio en una arboleda que tenia siglos y solo
le llegaba a los hombros, pasando muy contadas veces sus ramas por
encima de su cabeza. Los vehiculos marchaban por caminos abiertos entre
las filas de troncos, pero el gigante, al seguirlos, tropezaba con el
ramaje en forma de boveda, acompanando su avance con un continuo crujido
de maderas tronchadas y lluvias de hojas.

La escolta tuvo que quedarse en el antiguo palacio de caza de los
emperadores, que casi era una ruina, y Gillespie se lanzo a traves de lo
mas intrincado de la selva, aspirando con deleite el perfume de
vegetacion prensada que surgia de sus pasos.

Del fondo de la arboleda se elevaban nubes de pajaros, unas veces en
forma de triangulo, otras en forma de corona, siendo las mas grandes de
estas aves del volumen de una mosca. Todos los habitantes de la selva
adormecida escapaban asustados al sentir la aproximacion de este
monstruo inmenso. Bajo sus pies morian a miles las flores y los
insectos; cada una de sus huellas era un cementerio vegetal y animal.
Las grandes bestias de caza, del tamano de ratas, capaces de poner en
peligro la vida de un cazador pigmeo, corrian en galope furioso,
temerosas y encolerizadas a la vez por la intrusion de esta montana
andante, que podia aplastarlas con sus piernas, tan gruesas como los
troncos de los arboles mas antiguos.

Gillespie vio jabalies de erizado pelaje y ciervos de complicadas y
altisimas astamentas, que parecian datar de los tiempos en que cazaban
los emperadores. Estas bestias de terrorifico aspecto hacian temblar de
emocion al profesor Flimnap, a pesar de que las contemplaba desde una
altura prodigiosa. El gigante, al salir del palacio ruinoso para correr
la selva, habia creido prudente llevar con el a su traductor.

--Asi me acompanara alguien de la Comision encargada de velar por mi
seguridad.

Y puso al catedratico sobre su pecho, aposentandolo en el bolsillo
superior de su chaqueta, donde antes guardaba el panuelo perfumado que
habia sido el asombro de las damas masculinas en el palacio del
gobierno.

Flimnap, asomado al borde del bolsillo, casi lloraba de miedo cada vez
que el gigante extendia una mano pretendiendo apresar en plena carrera a
alguna de aquellas bestias amenazantes dominadoras de la selva.

--iNo, gentleman!--gritaba--. iTenga cuidado! En este momento recuerdo
que uno de nuestros viejos cronistas relata como una fiera de esta clase
mato, hace quinientos anos, al emperador Deffar Plune, valeroso cazador.

Pero el gigante, excitado por los perfumes silvestres y sintiendo
renacer su vigor con este deporte extraordinario a traves de una selva
que tal vez tenia mil anos y no era mas alta que su cabeza, rio del
miedo de la traductora y de los emperadores de cinco siglos antes.

En una replaza abierta entre espesos arboles persiguio a un jabali, que,
al verse acorralado, le acometio con espumarajos de rabia, pretendiendo
hundir sus colmillos en el cuero de sus zapatos. Pero una patada del
gigante lo envio por alto, yendo a estrellarse contra un arbol copudo y
robusto semejante a un cedro. Luego, en un sendero, agarro a un ciervo
en mitad de su fuga veloz y lo subio a la altura de su pecho,
colocandolo a corta distancia de Flimnap, de modo que el asustado
animal, al mover la cabeza, casi le tocaba con las puntas de su
cornamenta.

El profesor cayo desmayado de miedo en el fondo del bolsillo, mientras
el gigante volvia a inclinarse sobre la tierra para dejar al ciervo en
libertad.

Tuvo que atender a su traductora, sacandola de su refugio, despues de
esta broma un poco ruda. Se sento en el suelo, rompiendo bajo su peso
varios arboles. Luego metio una mano en un arroyo proximo, pasando dos
dedos sobre la cara de su acompanante. Esta empezo a despertar bajo la
caricia humeda.

--iOh, gentleman!--suspiro con acento de reproche--. ?Por que me ha dado
ese susto?... iYo que le amo tanto!

A pesar de este tono de queja, se notaba en su voz y en sus ojos una
expresion adorativa, como si estuviese dispuesta a sufrir nuevos
terrores a cambio de contemplar la majestuosa autoridad que ejercia su
amigo sobre una selva donde habian temblado de emocion tantos cazadores
valerosos.

El gigante la dejo por unos momentos sentada al borde del arroyo, para
meterse otra vez entre los arboles.--Quiero llevarme un recuerdo de
esta visita--dijo a Flimnap.

Y el profesor vio como cogia con ambas manos un arbol que le llegaba a
la cintura, empezando a moverle a un lado y a otro, cual si pretendiese
arrancarlo del suelo.

Una nube de hojas envolvio al gigante. Varios pajaros se escaparon
lanzando chillidos. El arbol crujia cada vez mas ruidosamente, hasta que
al fin se rompio junto a las raices. Gillespie fue tronchando sus ramas,
y asi pudo fabricarse un baston que mas bien era una cachiporra, gruesa
de abajo, delgada de arriba y con varias puas que marcaban el ramaje
roto.

Hizo un molinete con el tal baston, que estremecio a los arboles
inmediatos, extendiendo una brisa ondulatoria sobre gran parta de la
selva. Se sentia con esta cachiporra en la diestra menos esclavo de los
pigmeos. Sonrio pensando que hasta era capaz de echar abajo el par de
maquinas aereas que le vigilaban haciendo evoluciones sobre su cabeza.
Un simple garrotazo podia acabar con las dos si es que volaban, como
otras veces, cerca de el para tenerle al alcance de su lazo metalico.

Al cerrar la noche volvio el Hombre-Montana a su alojamiento. Tanta era
su alegria despues de esta excursion, que durante el camino de regreso,
influenciado por la dulzura del atardecer, empezo a cantar mientras
marcaba el paso, llevando sobre un hombro el arbol convertido en
garrote.

Su cancion era una marcha belicosa de las que entonaba el ejercito
americano durante la guerra en Francia. Cuando se fatigaba de cantar
silbaba, y todos los del cortejo, contagiados por su alegria, intentaban
imitarle. Las muchachas de la escolta, no menos regocijadas y
enardecidas por la excursion, acompanaban el canto del gigante golpeando
sus casquetes con sus espadas. Las aviadoras de larga pluma coreaban la
cancion o los silbidos desde sus maquinas aereas, que flotaban muy cerca
de Gillespie. Los habitantes de las cabanas y de los pueblecitos corrian
hacia el camino, atraidos por esta musica ruidosa que parecia venir de
las nubes.

Aquella noche el profesor Flimnap escribio un largo informe dirigido a
sus superiores, en el que relataba la alegria del prisionero,
insistiendo sobre la necesidad de proporcionarle diversiones para que
gozase de buena salud. Asi los sabios del pais podrian enterarse,
gracias a sus confidencias, de la civilizacion de los Hombres-Montanas.

Despues de redactar este documento solo durmio unas horas. Debia partir
al amanecer en la maquina volante que hacia el viaje a una de las
ciudades mas lejanas de la Republica. Le aguardaban alla para que diese,
ante un publico inmenso, otra de sus conferencias sobre el coloso.

Este, fatigado por su excursion del dia anterior, y sabiendo que Flimnap
no vendria a verle, se levanto tarde. Paso dos horas en el rio, dedicado
a su limpieza corporal, divirtiendose al mismo tiempo en arrojar
manotadas de agua a la orilla de enfrente, donde los curiosos se
arremolinaban y huian riendo de estas trombas liquidas.

Cuando subio a su vivienda, vio que la servidumbre trabajaba ya en torno
de las cocinas, preparando el gigantesco almuerzo.

Ocupo Edwin su escabel, apoyando los codos en la mesa; pero al abarcar
con su vista la planicie de madera, tuvo un agradable encuentro. Habia
alguien mas que los atletas que dormitaban junto a la grua. Sentados en
el lomo del libro de poesias traido por Flimnap, y que hacia ahora
oficio de banco, vio a Popito y a Ra-Ra. Los dos amantes conversaban con
las manos unidas y mirandose a corta distancia.

--No se molesten ustedes--dijo el gigante--. Continuen.

Pero estas palabras resultaban ironicas, pues ninguno de los dos se
habia movido al llegar el Hombre-Montana ni parecieron enterarse de su
presencia.

Gillespie no pudo ofenderse por este egoismo, propio de enamorados.
Tambien el cuando habia conseguido una entrevista con miss Margaret en
un paseo de Nueva York o en un jardin de California, era capaz de no
mostrar el menor interes ni llevarse la mano al sombrero aunque pasase
por su lado el presidente de la Republica. El amor tiene bastante con
sus propios asuntos y no deja espacio a las otras curiosidades de la
vida.

--Ha hecho usted bien, doctor Popito--continuo alegremente--, en
aprovecharse cuanto antes de mi permiso. Hablen todo lo que quieran.
Aqui tienen al Padre de los Enamorados, que los defendera del Padre de
los Maestros y de todos los Consejos que intenten su persecucion. Sobre
esta mesa pueden considerarse mas seguros que sobre la mas alta montana.
Me basta dar un puntapie a sus patas para demoler todos los caminos de
subida, cortando el paso a los perseguidores.

Los dos amantes agradecieron al Gentleman-Montana su proteccion. Pero a
pesar de esta gratitud, se adivinaba en ellos que hubiesen preferido
verse solos, sin la obligacion de conversar con el gigante.

Gillespie tambien excuso tal egoismo; lo mismo le ocurria a el cuando
hablaba con miss Margaret. Pero aquella manana sentia un vivo deseo de
ponerse en comunicacion con estos dos seres que reproducian su propia
existencia como una miniatura reproduce un rostro humano.

--Desde que tuve el gusto de conocerle, doctor Popito--continuo--,
llevo en mi memoria una pregunta, y aprovecho la oportunidad para que me
la conteste. ?Como usted, una mujer, ama a este hombre terrible que
desea la derrota del gobierno femenino y que la sociedad vuelva a estar
constituida como antes de la Verdadera Revolucion?...

--Le amo--dijo Popito--por lo mismo que soy mujer y quiero continuar
siendolo. No crea, gentleman, que todas las de mi sexo en este pais
estamos contentas de la tirania de nuestro gobierno y de la situacion
abyecta en que mantiene al hombre, haciendo de el un vencido. Del mismo
modo que entre los varones se va formando el partido masculista, entre
nosotras surge un movimiento de protesta dirigido por las mujeres que
aspiran a una vida dulce y de concordia entre los sexos: una vida sin
violencias, sin que ninguno de los dos grupos en que se divide la
humanidad impere sobre el otro ni abuse de el. No queremos que el hombre
sea el despota de la mujer, como en otros tiempos; pero tampoco que la
mujer sea el tirano del hombre, como en la actualidad. ?Por que no
pueden ser iguales los dos, manteniendose en inalterable armonia gracias
a la dulzura y, sobre todo, a la tolerancia?...

Ademas, gentleman, yo, como dice mi padre y otras mujeres
intransigentes, tengo un alma de esclava, porque a todas ellas les
parece una esclavitud no ser las primeras en cualquier momento y no
poder dominar y maltratar al ser que marcha a su lado. A mi, la libertad
a solas, la independencia aspera y egoista, no me seducen. Necesito
vivir acompanada, verme protegida, apoyarme en alguien, y solo pido que,
a cambio de mi sumision carinosa, me respeten, se muestren ciegos para
mis defectos y, sobre todo, me amen.

Somos ya muchas las que pensamos asi. Tres generaciones de mujeres han
vivido como embriagadas por su triunfo, vengandose de un largo pasado de
esclavitud con disposiciones atroces. Nosotras no tenemos nada que
vengar; hemos nacido dentro de unas familias en las que el hombre ocupa
una situacion inferior y humillante, y esto nos hace ver el presente con
mas claridad y mas independencia que pueden verlo nuestros progenitores.
Es la reaccion inevitable despues de un periodo de violencias, el
retroceso al buen sentido despues de un avance exagerado.

--Pero su Ra-Ra--dijo el gigante--tiene otros pensamientos. Suena con
repetir a favor de los hombres todas las violencias que realizaron las
mujeres al ocurrir la Verdadera Revolucion.

--No crea usted sus palabras--dijo Popito con dulzura--. Ra-Ra es
bueno, aunque parezca amargado y cruel por las persecuciones de que se
ve objeto.... Yo estoy a su lado, y cuando el amor une verdaderamente a
dos seres, el hombre solo es perverso si la mujer se lo consiente.

Hubo una larga pausa. Mientras Popito hablaba, su amante, con la vista
baja, parecia reflexionar.

--Ademas--continuo ella--, ?cuando triunfara Ra-Ra?... Yo lo deseo,
aunque esta victoria signifique la desgracia de mi padre y la
desaparicion del gobierno de las mujeres. Asi podria vivir tranquila,
sin las angustias que sufro actualmente, pues temo de un momento a otro
ver preso y condenado a muerte al hombre que amo. Pero ?es posible esa
victoria?... Cada vez la veo mas lejana. Las mujeres triunfaron tal vez
para siempre al apoderarse de la fuerza.

Las palabras de Popito hicieron que Ra-Ra saliese de su abstraccion.
Tomo un aspecto de inspirado, de conductor de muchedumbres, una actitud
heroica, que contrastaba con sus vestiduras femeniles.

--Nuestro triunfo llega--dijo con voz sorda--. Estan contados los dias
de la tirania de las mujeres. Anoche recibi grandes noticias. Un esclavo
de la servidumbre de nuestro gigante me entrego un papel que le habia
dado otro esclavo venido de una de las ciudades mas remotas de la
Republica. El numero de nuestros adeptos aumenta. Tal vez somos ya un
millon.

Pero el numero representa poco. Lo que vale es el trabajo de los hombres
inteligentes que desean emanciparse de una vida de haren y apelan al
estudio como unico medio de conseguir la libertad.

Hemos encontrado a un octogenario que de joven hizo la guerra con el
generalisimo Ra-Ra, mi heroico abuelo. Este anciano conoce el mecanismo
de todos los aparatos de combate que se conservan en las universidades.
Acuerdate, Pepito, que tu y yo, cuando eramos muchachos y viviamos en la
Universidad, nos hemos deslizado ocultamente en los almacenes de la
Facultad de Historia para ver de cerca las bestias de acero, gloriosas y
mudas, sin poder adivinar como funcionaron en otros tiempos....

--Pues bien--continuo Ra-Ra con entusiasmo despues de una larga pausa--,
ese anciano lo sabe; ese guerrero escapado a la venganza de las mujeres
prepara la resurreccion de un mundo de honor caballeresco y de heroismo,
comunicando sus conocimientos a los jovenes.

--?Y de que puede servirles todo eso?--interrumpio Gillespie--. Yo
conozco la historia de este pais, que usted parece haber olvidado.... ?Y
los rayos negros?

Ra-Ra levanto los hombros con una expresion de menosprecio.

--iOh, los rayos negros!--dijo al fin--. El invento de una mujer bien
puede sobrepujarlo el invento de un hombre. Nuestros sabios trabajan....
y no quiero decir mas. Vamos a encontrar algo que nos dara la victoria,
y yo vendre a salvarle, gentleman, antes de que ordene su muerte el
gobierno de las mujeres.




X

En el que se ve como el Hombre Montana conocio al fin la Ciudad-Paraiso
de las Mujeres, y la deplorable aventura con que termino esta visita


Despues de numerosas peticiones al municipio de la capital y de no menos
entrevistas con los personajes allegados al gobierno, consiguio Flimnap
ver aceptado el programa de diversiones que habia ido formando para
recreo de su amigo el gigante.

Una noche guio al Gentleman-Montana hasta una colina desde cuya cumbre
se podian contemplar verticalmente dos grandes avenidas de la capital.
Gillespie encontro interesante el hormiguero que rebullia y centelleaba
bajo sus pies.

Un resplandor de aurora ligeramente sonrosado iluminaba las calles, sin
que el pudiese descubrir los focos de donde procedia. Tal vez emanaba de
misteriosos aparatos ocultos en los aleros de los edificios. Pero lo que
mas admiro fue el continuo transito de los vehiculos automoviles. Todos
afectaban formas un poco fantasticas del mundo animal o vegetal,
llevando en su parte delantera faros enormes que fingian ser ojos y
cruzaban el iluminado espacio con chorros de un resplandor todavia mas
intenso.

La Ciudad-Paraiso de las Mujeres le parecio muy grande y digna de ser
visitada.

--No tardara usted en verla toda--dijo el profesor--. Ya tengo el
permiso del gobierno. Aprovecharemos la gran fiesta de los rayos negros.

Y fue explicando a Gillespie sus gestiones para conseguir esta
autorizacion y el motivo de que el gobierno hubiese fijado para dos dias
despues la visita del Hombre-Montana a la capital.

Habia que aprovechar una conmemoracion historica, porque en tal fecha la
mayor parte del vecindario abandonaba sus viviendas para visitar cierto
templo de las inmediaciones. Era el glorioso aniversario de la invencion
de los rayos negros, considerada como el origen de la Verdadera
Revolucion. Todos en dicho dia querian ver la casita y el laboratorio
donde la benemerita sabia habia hecho su descubrimiento: modestos
edificios cubiertos ahora por la techumbre de un templo majestuoso, en
torno del cual se extendian vastisimos jardines.

La capital casi quedaba desierta despues de mediodia. Unicamente las
personas de distincion continuaban en sus casas o se reunian en
aristocraticas tertulias, para no mezclarse con la gente popular. El
resto del vecindario acudia a la peregrinacion patriotica, y hasta los
hombres se agregaban a la fiesta, sin acordarse de que la inventora de
los rayos negros habia sido su peor enemigo.

Una gran feria, abundante en diversiones para la muchedumbre, ocupaba
los jardines del templo. De lejanas ciudades llegaban por el espacio
flotillas de aparatos voladores, depositando en el lugar sagrado nuevos
grupos de peregrinos.

El profesor Flimnap, de acuerdo con los individuos del gobierno
municipal, habia compuesto un programa dando a la vez satisfaccion a la
curiosidad del gigante y a la curiosidad del pueblo. Gillespie debia
colocarse en las primeras horas de la manana a la entrada de la ciudad,
en el camino conducente al templo de los rayos negros. Asi le podria ver
todo el vecindario mientras marchaba a la peregrinacion nacional. Cuando
la muchedumbre se hubiese alejado, el gigante podria entrar por las
calles casi desiertas, sin riesgo de aplastar a los transeuntes.

Asi fue. El dia senalado, Gillespie, siguiendo a una maquina terrestre
montada por su traductora y varios individuos de su Comite, llego al
citado lugar. La muchedumbre habia emprendido ya su marcha hacia el
templo, y la presencia del gigante produjo enorme desorden. En vano los
jinetes de la cimitarra dieron varias cargas para dejar un espacio libre
de gente en torno de Gillespie. A estas horas de la manana la
muchedumbre era de los barrios populares, y mostro un regocijo agresivo
y rebelde. Bailaba al son de sus instrumentos, obstruyendo el camino, y
se negaba a obedecer a la fuerza publica cuando esta pretendia alejarla
del Hombre-Montana.

Todos querian tocarle despues de haberle visto. Se subian sobre sus
zapatos, se metian en el doblez final de sus pantalones. Algunos
curiosos que eran de gran agilidad, por exigirlo asi sus oficios,
intentaron subirse por las piernas agarrandose a las asperezas que
formaba el entrecruzamiento de los hilos del pano.

Hubieron de intervenir finalmente las autoridades que vigilaban esta
salida de la ciudad. Un destacamento de la Guardia gubernamental,
llegando en auxilio de la policia, libro al gigante del asalto de la
muchedumbre. Al fin se encontro el medio de que todos pudieran
contemplar al Hombre-Montana sin que el desfile se cortase y sin que el
templo de los rayos negros se viera abandonado por primera vez desde su
fundacion.

Como el gigante, colocado en medio del camino, era a modo de un dique
que contenia el curso de la gente, le hicieron alejarse un poco de la
ciudad, hasta llegar a una fortaleza antigua situada al borde de un
barranco, la cual habia servido para la defensa de esta ruta en tiempo
de los emperadores.

Edwin se sento sobre la tal ciudadela, que no llegaba a tener dos varas
de alta, y en este sillon de piedra descanso mucho tiempo, mientras
seguia el desfile del vecindario.

Varias lineas de infantes y jinetes extendidas ante sus pies le
separaban de la inquieta muchedumbre, evitando nuevas familiaridades.

A la gente popular de la primera hora sucedieron otros grupos menos
bulliciosos y de mejor aspecto, que pasaban en automoviles propios o en
grandes vehiculos de servicio publico.

Los establecimientos de ensenanza habian enviado a sus alumnos en
formacion militar para que visitasen la tierra de donde surgio la
liberacion femenil. Las tropas pasaban tambien, con sus musicas al
frente, para desfilar ante la tumba de aquella mujer de laboratorio que
se habia ido del mundo sin sospechar su gloria.

Cerca de mediodia el profesor Flimnap volvio en busca de su protegido.
Empezaba a aclararse la muchedumbre de peregrinos.

--Ya puede entrar usted en la capital. El jefe de la policia dice que
las calles estan casi desiertas. Un peloton de jinetes marchara delante
para que se alejen los curiosos, si es que verdaderamente queda alguno.
Ademas van con ellos numerosos trompeteros, que anunciaran ruidosamente
el paso de usted para evitar accidentes. Cuando se sienta cansado, puede
hacer una sena a la escolta y volverse a casa. Usted sabe el camino.

El Gentleman-Montana se extrano de estas palabras.

--?Me abandona usted, profesor?... Yo me imaginaba que seria mi guia a
traves de la capital.

--Inconvenientes de la gloria--dijo Flimnap, bajando los ojos como
avergonzado de su desercion--. Mi deseo era acompanarle, pero ahora soy
un personaje popular; segun parece, estoy de moda gracias a usted, y los
senores del gobierno municipal quieren que vaya con ellos al templo de
los rayos negros para pronunciar un discurso en honor de nuestra sabia
libertadora. Todos los anos escogen a la mujer mas celebre para que haga
este panegirico. Ahora me toca a mi, y no me atrevo a renunciar a una
distincion tan extraordinaria.

Flimnap afirmo al coloso que acababa de dar ordenes para que lo
acompanase un buen traductor en su visita a la capital. Una hora antes
habia enviado un mensajero a la Galeria de la Industria avisando a Ra-Ra
que viniese a esperar a Gillespie en la puerta mas proxima. Tal vez era
esto una imprudencia, pero ya no habia tiempo para disponer algo mejor.
El Gentleman-Montana debia cuidar de que Ra-Ra conservase oculto su
rostro y no incurriese en las audacias de otras veces.

Marcho Gillespie hacia la ciudad, precedido de un escuadron de jinetes y
numerosos trompeteros. Las murallas de la capital, levantadas en tiempos
de los viejos emperadores, habian sido destruidas anos antes para el
ensanche urbano. Pero quedaba en pie una de las antiguas puertas,
flanqueada por dos torres de una arquitectura elegante y original, que
habia contribuido a que la respetasen.

El Hombre-Montana se fijo en varias mujeres que estaban en lo alto de
dicha puerta para verle pasar, y en un hombre, el unico, envuelto en
pudicos velos.

--Gentleman, soy yo--dijo a gritos, agitando sus blancas envolturas.

El gigante extendio la mano sobre las torres, y tomando entra dos dedos
a Ra-Ra, lo puso delicadamente en la abertura del bolsillo alto de su
chaqueta. El joven le guiaria en su excursion, como el cornac que va
sentado en la testa del elefante.

Siguiendo sus indicaciones, se metio entre las dos torres y las casas
para seguir una amplia avenida.

Durante varias horas Gillespie visito la capital, admirando la audacia
constructiva de aquellos pigmeos. La mayor partes de los edificios eran
de numerosos pisos, y algunos palacios tenian sus azoteas altas al nivel
de su cabeza. Las casas, de nitida blancura, estaban cortadas por fajas
rojas y negras, y muchos de sus muros aparecian ornados con frescos,
gigantescos para los ojos de sus habitantes, que representaban sucesos
historicos o alegres danzas.

Entre las masas de edificios vio el gigante abrirse floridos jardines,
que a el le parecian no mas grandes que un panuelo, y en cuyos senderos
se detenian las mujeres para levantar la vista, admirando la enorme
cabeza que pasaba sobre los tejados. A pesar de que los trompeteros iban
al galope y soplando en sus largos tubos de metal por las calles que
seguia Gillespie, los ojos de este tropezaban a cada momento con
agradables sorpresas que le hacian sonreir. Los diarios habian anunciado
su visita a la ciudad; nadie la ignoraba, pero la fuerza de la costumbre
hacia que machos olvidasen toda precaucion y siguieran viviendo en las
habitaciones altas sin miedo a los curiosos.

Edwin vio que se cerraban algunas ventanas con estruendo de colera.
Muchos punos crispados le amenazaron cuando ya habia pasado. Por estas
aberturas completamente desprovistas de cortinas sorprendio sin quererlo
las desnudeces matinales de numerosas mujeres que se acostaban tarde y
se levantaban tarde igualmente, procediendo a sus operaciones de higiene
con la ventana abierta, sin acordarse de que habia gigantes en el mundo.

Delante y detras de el evolucionaba la caballeria, dando trompetazos y
agitando sus sables. Los transeuntes y los vehiculos que se habian
quedado en la ciudad huian delante de estas cargas, y mas aun de los
inmensos pies, que con un simple roce se llevaban detras de ellos la
parte baja de una esquina.

Ra-Ra creyo estar gozando anticipadamente una parte del triunfo con que
sonaba a todas horas. Asomado al bolsillo del gigante, se consideraba
tan enorme como este, viendo empequenecidos a todos sus adversarios.
Siempre que el Hombre-Montana pasaba junto a un edificio publico, el
escupia desde la altura, como si pretendiese con esto consumar su
destruccion. Varias veces rio viendo moverse abajo, como despreciables
insectos, a los que estaban encargados de perseguirle. Como su voz solo
podia oirla el gigante, se expresaba con una insolencia revolucionaria.

--Gentleman--dijo designando con una mano el palacio del gobierno--,
este es el antro de la venganza femenina.

Edwin dio una vuelta en torno a la enorme construccion, asomandose por
encima de los tejados a sus patios y jardines. Lo mismo hizo en varios
edificios publicos. Vio de lejos otro palacio grandioso, y como
adivinase que era la Universidad por las grandes lechuzas doradas que
coronaban las techumbres conicas de sus torres, quiso ir hacia el; pero
Ra-Ra le disuadio.

--Mas tarde, gentleman. Alli descansara usted.

Y dirigio su marcha hacia el puerto.

A pesar de que el dia era festivo, los buques anclados en el empezaron a
hacer funcionar los aparatos mugidores que usaban en los dias de niebla,
dedicando al gigante un saludo ensordecedor. En los navios de la
escuadra del Sol Naciente, las tripulaciones, formadas sobre las
cubiertas, agitaron sus gorros, aclamandole. El Hombre-Montana contesto
a este saludo general moviendo sus dos manos y luego se inclino
cortesmente.

--iCuidado, gentleman! iAcuerdese que estoy aqui!--grito Ra-Ra.

Con el inesperado movimiento de su conductor, el pigmeo habia saltado
fuera del bolsillo y se mantenia agarrado al borde.

La mano misericordiosa del coloso le volvio a su seguro refugio; pero
despues de esta aventura mortal parecia haber perdido las ganas de
prolongar el paseo y guio a su protector hacia la Universidad.

Siguiendo sus consejos, Gillespie marcho lentamente para fijarse en
todas las particularidades del edificio que Ra-Ra le iba explicando.

Por su parte, el proscrito, sin dejar de hablar, examinaba los tejados,
las terrazas y las galerias cubiertas de este palacio, grande como un
pueblo, en el que habia pasado su adolescencia.

Hizo que el gigante detuviera su marcha, y echando medio cuerpo fuera
del bolsillo, empezo a dar gritos para que acudiese el jefe de la
escolta. Cuando este, conteniendo la nerviosidad de su caballo, que se
encabritaba al husmear la proximidad del coloso, pudo colocarse al fin
junto a los enormes pies, Ra-Ra le hablo desde arriba en el idioma del
pais. El Hombre-Montana deseaba hacer alto, empleando como asiento uno
de los pabellones bajos de la Universidad. La escolta, podia descansar
igualmente durante una hora echando pie a tierra.

El guerrero acepto con alegria la orden. Su tropa llevaba varias horas
de correr las calles, luchando con la rebelde curiosidad del publico y
repeliendo a los transeuntes y las maquinas terrestres. Cesaron de sonar
las trompetas y los jinetes se desparramaron en las vias inmediatas.

Cuando todos desaparecieron, Ra-Ra volvio a examinar la parte alta y
sinuosa del palacio universitario, donde estaban las habitaciones de los
doctores jovenes. Los mas de ellos se habian ido a la peregrinacion
patriotica, y asi se explicaba que las terrazas y las galerias
permaneciesen silenciosas, sin el ordinario rumor de peleas dialecticas.

Solo quedaban algunos doctores melancolicos meditando ante un libro
abierto. Al ver la cabeza del gigante distraian su atencion estudiosa
por unos segundos; pero luego reanudaban la lectura, como si solo
hubiesen presenciado un accidente ordinario. Todos ellos recordaban su
visita a la Galeria da la Industria, y tenian al Hombre-Montana por un
animal enorme, cuya inteligencia estaba en razon inversa de su grandeza
material.

Gillespie habia empezado por segunda vez la vuelta del edificio.

--Detengase aqui, gentleman--dijo de pronto Ra-Ra, ahogando su voz.

Edwin no comprendio tales palabras. ?Que deseaba este pigmeo, cada vea
mas exigente?...

--Digo, gentleman, que me deje aqui, en esa terraza. Dentro de una hora
vuelva a tomarme. Mientras tanto, puede usted descansar sentandose en
cualquiera de los pabellones anexos a la Universidad. No tema, son
fuertes y soportaran bien su peso.

Gillespie comprendio los deseos de Ra-Ra al ver en una terraza interior,
separada de la fachada por los profundos huecos de dos patios, a una
mujer con gorro universitario que agitaba los brazos, sorprendida y
alegre. No pudo reconocerla porque le faltaba su lente de aumento, pero
estaba casi seguro de que era Popito.

--Diviertanse mucho--dijo el gigante.

Y tomando a Ra-Ra otra vez con el pulgar y el indice de su mano derecha,
lo saco del bolsillo para depositarlo en un alero. Luego rio viendo como
corria, con una agilidad de insecto saltador, de tejado en tejado,
agitando sus velos como las alas de una mariposa blanca, bordeando el
abismo de los profundos patios, para llegar hasta la mujercita de
birrete doctoral que le aguardaba llevandose ambas manos al pecho,
henchido de emocion.

Al quedar solo, el gigante se movio con lentos pasos a lo largo de la
Universidad, cuyas balaustradas finales le llegaban a los hombros. No
veia ningun edificio que pudiera servirle de asiento. Apoyo un codo en
un alero mientras descansaba en su diestra la sudorosa frente, y al
momento echo abajo tres estatuas de doble tamano natural que adornaban
la balaustrada, representando a otras tantas heroinas de la Verdadera
Revolucion.

Tuvo miedo de causar nuevos danos en el monumento de la Ciencia, y
continuo su exploracion, buscando algo mas solido donde apoyarse.

Siguiendo el contorno del edificio llego a una plaza sobre la que
avanzaba un palacete anexo a la Universidad. Era una construccion de
tres pisos, cuya altura no pasaba de la mitad de sus muslos, y en cuya
techumbre, libre de emblemas y de barandas, podia sentarse comodamente.

Asi lo hizo Gillespie con suspiros de satisfaccion. Llevaba varias horas
caminando, con la atencion extremadamente concentrada y moviendo sus
pies entre prudentes titubeos para no aplastar a nadie.

Casi celebro que la audacia de Ra-Ra le hubiese dado motivo para
descansar en esta plaza solitaria, rodeado del silencio de una gran
ciudad desierta. Hasta tuvo la sospecha de que si no venian a buscarle
en su retiro acabaria echando un ligero sueno. Encontraba agradable
tener por asiento una dependencia del enorme palacio donde reinaba sin
limites la autoridad del Padre de los Maestros.

Aquella tarde, Golbasto, el gran poeta nacional, habia salido de su casa
apenas noto que las calles empezaban a quedar solitarias. El glorioso
cantor solo gustaba de las muchedumbres cuando se reunian para aclamarle
y escuchar sus versos. Fuera de estos momentos, encontraba al pueblo
estupido, maloliente y peligroso.

La fiesta patriotica de los rayos negros solo habia sido notable un ano,
segun su opinion. Fue el ano en que el gobierno le encargo un poema
heroico en honor de la inventora de los rayos libertadores, coronandolo
despues de su lectura y dandole el titulo de poeta nacional. En los anos
siguientes, la tal fiesta nunca habia pasado de ser una feria
populachera, durante la cual pretendian inutilmente parodiar su gloria
otros poetas escogidos por el favoritismo politico. Hasta una vez--ioh,
espectaculo repugnante!--el designado para cantar tan sublime
aniversario habia sido una poetisa, es decir, un hombre, cosa nunca
vista despues de la Verdadera Revolucion. Este ano, el poeta de la
fiesta era una jovenzuela recien salida de la Universidad, un rebelde,
que osaba comparar sus versos con los de Golbasto y ademas criticaba los
trabajos historicos del grave Momaren, su antiguo maestro.

Los tres caballos humanos del poeta, que sonaban desde muchos dias antes
con unas cuantas horas de libertad empleadas en asistir a las fiestas de
los rayos negros, solo vieron abierta su cuadra para ser enganchados al
carruajito en figura de concha. Como los tres hombres medio desnudos se
mostraban algo reacios y hasta osaron murmurar un poco, Golbasto los
refreno con varios latigazos. Luego, afirmandose la corona de laurel
sobre las melenas grises, subio al carruajito y dio una orden a su tiro,
acariciandolo por ultima vez con la fusta.

--Vamos a la Universidad, a la casa del doctor Momaren.

En el camino oyo la trompeteria que anunciaba el paso del gigante, y se
vio obligado a dar un largo rodeo por calles secundarias para no
tropezarse con el.

--?Hasta cuando nos molestara el animal-montana?--murmuro
rabiosamente--. El senador Gurdilo tiene razon: hay que desembarazarse
de ese huesped grosero e incomodo.

A pesar de que el poeta vivia de sus continuas peticiones a los altos
senores del Consejo Ejecutivo y de las munificencias de Momaren, que
tambien era personaje oficial, sentia hoy cierto afecto por el jefe de
la oposicion y encontraba muy atinados sus ataques contra un gobierno
que no sabia velar por las glorias establecidas y apoyaba las audacias
de los principiantes.

Entro en la Universidad por la gran puerta de honor; dejo en un patio su
vehiculo, amenazando con los mas tremendos castigos a los tres
caballos-hombres enganchados a el si no eran prudentes y osaban moverse
de alli. Siguiendo un dedalo de galerias y pasadizos, unicamente
conocidos por los amigos intimos de Momaren, llego al pequeno palacio
habitado por el Padre de los Maestros.

Ninguna de las recepciones vespertinas del potentado universitario se
habia visto tan concurrida como la de esta tarde. Todos los que
abominaban del contacto de la muchedumbre acudian a una tertulia que
proporcionaba a sus asistentes cierto prestigio literario.

Ademas, la reunion de esta tarde tenia un alcance politico. El Padre de
los Maestros queria darle cierto sabor de protesta mesurada y grave por
la ofensa que Golbasto se imaginaba haber recibido del gobierno.
Momaren, haciendo este alarde de interes amistoso, se vengaba al mismo
tiempo del joven poeta universitario que habia osado criticarle como
historiador.

Golbasto, que alla donde iba se consideraba el centro de la reunion,
entro en los salones saludando majestuosamente a la concurrencia. Casi
todos los altos profesores de la Universidad habian venido con sus
familias. Las esposas masculinas y los hijos, con blancos velos,
coronados de flores y exhalando perfumes, ocupaban los asientos. Las
mujeres triunfadoras y de aspecto varonil se paseaban por el centro de
los salones o formaban grupos junto a las ventanas.

Los universitarios hablaban de asuntos cientificos; algunos doctores
jovenes discutian, con la tristeza rencorosa que inspira el bien ajeno,
los meritos del camarada que en aquel momento estaba leyendo sus versos
a una muchedumbre inmensa sobre la escalinata del templo de los rayos
negros. Varios oficiales de la Guardia gubernamental y del ejercito
ordinario se paseaban con una mano en la empunadura de la espada y la
otra sosteniendo sobre el redondo muslo su casco deslumbrante.

De los grupos masculinos vestidos con ropas de mujer surgia un continuo
zumbido de murmuraciones y platicas frivolas. Los varones, divididos en
grupos, segun las Facultades a que pertenecian sus maridos hembras,
hablaban mal de los del grupo de enfrente. La esposa de un profesor de
leyes provocaba cierto escandalo. Segun sus piadosos companeros de sexo,
debia andar mas alla de los sesenta anos, y sin embargo tenia el
atrevimiento de rasurarse la cara lo mismo que un muchacho casadero, en
vez de dejarse crecer la barba como toda senora decente que ha dicho
adios a las vanidades mundanas y solo piensa en el gobierno de su casa.

Los jovenes ansiosos de que alguien se fijase en ellos se preguntaban si
habria baile en la tertulia de Momaren. La entrada del poeta nacional
sembro la consternacion entre las senoritas masculinas aspirantes al
matrimonio.

--?Como vamos a bailar si ha llegado Golbasto, el mas acaparador de los
poetas?... Toda la reunion sera para el.

Y las varoniles doncellas se mostraban tristes, resignandose a una larga
inmovilidad en la que solo verian de lejos a los hermosos militares,
mientras aguantaban un chaparron interminable de versos.

Al ver entrar al poeta laureado, corrio inmediatamente a su encuentro el
gran Momaren. Ambos se abrazaron, y algunos aduladores del Padre de los
Maestros sintieron que no estuviesen presentes los fotografos de los
periodicos para retratar el abrazo de los dos genios mas celebres del
pais.

--Gracias, amigo mio--dijo Golbasto--. Jamas olvidare lo que hace usted
por mi en este dia.... Los gobiernos se suceden y caen en el olvido,
mientras que nuestra amistad llenara capitulos enteros de la historia
futura.

Luego el poeta se empequenecio voluntariamente, hasta ocuparse de la
existencia domestica de su amigo.

--?Y Popito?--pregunto.

Momaren hizo un gesto de contrariedad y de tristeza.

--Se ha negado a asistir a nuestra fiesta. Prefiere pasar la tarde en
sus habitaciones de estudiante. Tiene alli una terraza, donde cultiva
flores, cuida pajaros y se entretiene con otras cosas futiles, indignas
de su sexo.

--iQue juventud la que viene detras de nosotros!--exclamo tristemente
Golbasto.

Momaren hizo un gesto igual de melancolia.

--Si no lo hubiese llevado en mis entranas--murmuro--dudaria que fuese
mi hijo.

Despues el gran poeta tuvo que separarse de Momaren para atender a sus
admiradores. Todos protestaban del hecho escandaloso que se estaba
realizando en aquellos momentos sobre las gradas del templo de los rayos
negros.

--iYa no hay categorias, ni respeto ... ni vergueenza! El primer
jovenzuelo se cree un genio. iQue escandalo!

Golbasto movia la cabeza aprobando estas protestas, y los admiradores
insistian en sus lamentos, como si fuera a llegar el fin del mundo
aquella misma tarde.

El solemne Momaren corto a tiempo este concierto de quejas, pues los que
rodeaban al versificador habian agotado ya todas sus palabras de
indignacion y no sabian que anadir.

--Ilustre amigo--dijo el Padre de los Maestros con una voz untuosa--,
las senoras y senoritas aqui presentes me piden que interceda para que
nuestro gran poeta nacional las deleite con algunos de sus versos
inmortales.

Esto era mentira; las senoritas masculinas solo deseaban bailar, y en
cuanto a las matronas barbudas, odiaban los versos, porque su
declamacion las obligaba a permanecer silenciosas, estorbando sus
comentarios y murmuraciones. Pero como todas pertenecian a familias
universitarias dependientes de Momaren, creyeron prudente acoger el
embuste de este con grandes muestras de aprobacion.

--iSi, si!--gritaron--. iQue hable Golbasto!... ique recite versos!

El poeta nacional se inclino como si quisiera empequenecerse delante de
Momaren.

--iRecitar--dijo con enfasis--mis humildes obras, incorrectas y
anticuadas, en la casa donde vive el mas grande de los poetas, al que
reconocere siempre como maestro!...

Y mientras permanecia con el espinazo doblado, y Momaren, rojo de
emocion, miraba a unos y a otros para convencerse de que todos se daban
cuenta de tan enorme homenaje, dos matronas barbudas murmuraron bajo sus
velos:

--De seguro que piensa pedirle algo manana mismo para alguna de sus
amigas.

--Y lo que se lleve lo quitara a nuestros maridos--contesto la otra.

Mientras tanto, Momaren, saliendo de su nimbo de vanidad, decia con
acento conciliador:

--Nada de maestro ... nada de gran poeta. Los dos somos iguales:
companeros y amigos para siempre.

Golbasto palidecio, hasta tomar su cara un tono verdoso. Parecia
dispuesto a protestar de tanta igualdad y tanto companerismo; pero el
recuerdo de muchas cosas que deseaba pedir al Padre de los Maestros
sofoco la protesta instintiva de su vanidad, haciendo que se mostrase
dulce y bondadoso.

--Para que yo recite algo mio, ilustre Momaren, sera preciso que antes
cumpla una obra de justicia y de respeto declamando una poesia de usted.

El universitario acepto con humildad.

--iSi usted se empena!... iEs usted tan bondadoso!...

Sabia Golbasto por experiencia que nada halagaba a este companero como
oir sus versos recitados por su boca. El poeta del cochecillo en forma
de concha, de los tres caballos humanos y del latigo sangriento
declamaba con una dulzura celestial que hacia verter lagrimas. Ademas,
era para Momaren la mas alta de las consagraciones literarias tener a
Golbasto como lector de sus obras. Despues da esto se sentia pronto a
darle la Universidad entera si se la pedia.

Para que el acto resultase mas solemne, Momaren creyo necesario reunir
todo su publico, esparcido en los diversos salones, y agolparlo en uno
solo que ocupaba la parte saliente del edificio, con dos ventanales
sobre una plaza.

Este salon lo apreciaba mucho por estar amueblado a la moda de otros
siglos, cuando reinaban los emperadores de la penultima dinastia. Como
recuerdos de aquella epoca guerrera y barbara adornaban las paredes
grandes panoplias con lanzas, espadas en forma de sierra, sables
ondulados y otros instrumentos mortiferos. El alma pacifica de Momaren
se caldeaba en este salon, sintiendo al entrar en el entusiasmos
heroicos que le hacian engendrar versos tan viriles como los de
Golbasto.

Siguiendo las indicaciones suaves del Padre de los Maestros, mas temidas
que si fuesen ordenes, todo el publico se fue agrupando en este salon.
Las damas y las senoritas formaron varias filas al sentarse, lo mismo
que en un teatro. Las mujeres, por ser mas fuertes, quedaron de pie y se
aglomeraron en las puertas y una parte de los salones vecinos.

Golbasto estaba erguido entre las dos ventanas de la gran pieza, mirando
al publico como un aguila que se prepara a levantar el vuelo. Momaren
sonreia con la cabeza baja, sintiendose encorvado prematuramente por el
huracan de las alas de la gloria que iba a descender sobre el.

Como el poeta nacional pensaba siempre en sus asuntos, hasta cuando
fingia favorecer a un amigo, tosio repetidas veces para imponer
silencio, y dijo asi:

--Ya que deseais que recite, permitid que empiece por las obras del
Padre de los Maestros. El gran Momaren no es conocido como merece serlo.
Hay muchos que se enganan con la mejor buena fe dividiendo nuestra
poesia nacional en dos reinos, uno de los cuales le atribuyen a el y
otro a mi. Esos mismos anaden que Momaren es inimitable en la poesia
amorosa y Golbasto en la poesia epica. iError, enorme error! Momaren es
grande en todos los generos, y para probarlo voy a recitar su canto
heroico a la Verdadera Revolucion, obra inimitable de la que quisiera
ser autor.

Una salva de aplausos saludo la descarada adulacion al jefe
universitario y la interesada modestia del gran poeta.

--Quiero recitar ese canto heroico--continuo Golbasto--para que se vea
la diferencia entre la verdadera poesia y las miserables y cinicas
falsificaciones que se sirven a nuestro pueblo, tal vez en este mismo
instante.

La alusion al joven y odiado poeta que estaba declamando su obra en el
templo de los rayos negros fue saludada con una explosion de risas
simpaticas y de grunidos inteligentes.

Despues de este triunfo preliminar, Golbasto se lanzo a la declamacion
de la poesia de su amigo y protector.

El canto a la revolucion triunfante de las mujeres empezaba con un
exordio, en el que el poeta rogaba al sol que acelerase su salida de
entre las espumas oceanicas para no llegar con retraso y poder
presenciar el suceso mas grande de la Historia. Golbasto lanzo, con una
voz de clarin, el primer verso:

     Muestrate, ioh, sol! y con tus rayos de oro...

Pero en vez de mostrarse el sol, como pedia el vate, lo que llego
inesperadamente fue la noche en plena tarde. El salon quedo
completamente a obscuras; todos los concurrentes creyeron haber perdido
repentinamente la vista; las mamas chillaron de espanto, extendiendo los
brazos instintivamente para guardar a sus hijas; los hermosos guerreros
echaron mano a sus espadas, aunque sin poder adivinar donde se ocultaba
el enemigo.

Algunos profesores acostumbrados a no asombrarse de nada y a buscar la
razon cientifica de todos los hechos se dieron cuenta, pasados unos
instantes, de que esta obscuridad era debida a un desprendimiento
exterior, a dos telones macizos que habian caido sobre ambas ventanas,
interponiendose entre sus ojos y la luz.

Momaren se arano las munecas en la obscuridad, preguntandose que poder
infernal al servicio de los envidiosos de su gloria habia conseguido
realizar esta catastrofe....

A ninguno se le ocurrio que el Hombre-Montana pudiera haber empleado
como asiento el techo que tenian sobre sus cabezas. En uno de sus
desperezos de cansancio, Gillespie habia juntado las dos piernas,
colocandolas casualmente, con geometrica exactitud, sobre las dos
ventanas, lo que creo repentinamente la noche en el interior del salon,
precisamente al mismo tiempo que el poeta invocaba la salida del sol.

Despues del primer aturdimiento de la sorpresa, los ojos, acostumbrados
a la obscuridad, empezaron a ver debilmente, gracias a la penumbra que
llegaba de las habitaciones inmediatas. Ademas, el ligero movimiento de
una de las piernas de Gillespie dejo filtrar un rayo de luz, y esto
sirvio para que toda la concurrencia reconociese cual era el origen de
la catastrofe.

Momaren quedo mudo, pues el hecho le parecia tan inaudito, que no
encontraba palabras.

Los invitados prorrumpieron en alaridos de indignacion:

--iInsolente animalucho!... iQue atrevimiento el suyo!... iVenir a
perturbar con sus patas inmundas una fiesta de alta intelectualidad!...

Un hermoso oficial de la Guardia salto, espada en mano, por encima de
las sillas, y aproximandose a una de las ventanas tiro una estocada a la
pierna del gigante.

Gillespie, que estaba medio dormido, desperto sobresaltadamente. Levanto
una de las piernas hasta poner la rotula a la altura da su pecho y se
rasco con ambas manos la picazon que sentia en la pantorrilla. Luego
dejo caer la pierna otra vez, y esta, como si obedeciese a un poder
diabolico enemigo de Momaren, volvio a cerrar hermeticamente la ventana.

Rugio de colera la concurrencia, viendo en esto un nuevo insulto para
todos. El Hombre-Montana queria burlarse de ellos.

Los militares, deseosos de mostrar su heroismo ante los muchachos en
edad de casarse, corrieron hacia las ventanas, acribillando con sus
aceros las pantorrillas del gigante.

Golbasto y Momaren, contagiados por tan heroico ejemplo, quisieron
mostrar que servian para algo mas que hacer versos, y descolgaron de una
panoplia una larga lanza.

Se mostraban enfurecidos por este incidente, que habia venido a
perturbar su gloria, y empunando la lanza a cuatro manos empezaron a dar
pinchazos en una pierna del coloso.

Esta vez el dolor hizo saltar a Gillespie, dejando libres las ventanas,
por las que entro a raudales la dorada luz de la tarde.

Todos pudieron ver como el Hombre Montana se encogia sobre sus rodillas,
como se encorvaba despues con el rostro crispado por el dolor, pegando
sus ojos a las dos ventanas para averiguar que insectos malignos eran
los que la habian picado venenosamente a traves de dichos agujeros.

Las senoras se asustaron al ver aquellos dos ojos enormes que las
miraban con agresiva fijeza. Pero Golbasto y Momaren, que tenian la
colera larga e implacable de los debiles cuando sienten herida su
vanidad, continuaban manejando en colaboracion su arma y tiraron un
furioso lanzazo a uno de los ojos que llenaban las ventanas.

Si no quedo tuerto Gillespie, fue porque los dos poetas, al retroceder
para que su golpe fuese mas terrible, desviaron un poco la lanza,
rasgandole unicamente uno de los parpados.

El Hombre-Montana echo atras la cabeza, separando los ojos de las
ventanas con un pestaneo doloroso, pero inmediatamente puso su boca en
una de ellas.

Sono un hervor del caldera, luego un ruido de catarata, y la
concurrencia, dando gritos, empezo a huir hacia las habitaciones
interiores. iZas!...

Gillespie, no sabiendo como defenderse de aquel enjambre maligno, habia
lanzado un salivazo dentro del salon.

El proyectil liquido pillo a los dos poetas y los hizo caer con su lanza
envueltos en una ola pegajosa, de la que no sabian como salir.

El gigante continuo disparando proyectiles de la misma especie.

Corrian las damas, levantandose las faldas para huir con mas rapidez.
Otras pataleaban caidas en el suelo, pidiendo a gritos que las librasen
de esta inundacion aglutinante que las habia clavado sobre el pavimento.

Y las heroicas muchachas de la Guardia, no queriendo presentar sus
interesantes dorsos al enemigo, fueron retrocediendo hasta el fondo del
salon, haciendo molinetes con sus espadas para defenderse del bombardeo.




XI

Que trata del discurso pronunciado por el senador Gurdilo y de como el
Hombre-Montana cambio de traje


A la, manana siguiente, el profesor Flimnap se presento con gran
apresuramiento en la vivienda del gigante. Jamas su rostro bondadoso
habia ofrecido un aspecto igual, de alarma y azoramiento. A pesar de sus
carnes exuberantes, salto con juvenil agilidad del plato ascensor a la
superficie de la mesa, antes de que los atletas encargados de la grua
hubiesen terminado su maniobra.

Lejos aun de Gillespie, abrio los brazos con desesperacion y junto luego
sus manos en una actitud implorante, gritando:

--?Que ha hecho usted, gentleman? ?Que locura fue la suya de ayer? iY yo
que le creia un hombre extremadamente cuerdo!...

Jamas habia experimentado tantas emociones en un espacio tan corto de
tiempo. Un miedo anonadador le dominaba desde horas antes, y este miedo
obedecia a sentimientos generosos, pues pensaba mas en la suerte del
Gentleman-Montana que en la suya propia. La terrible noticia de todo lo
ocurrido en la casa del Padre de los Maestros acababa de sorprenderle en
el momento mas grato de su existencia.

El dia anterior habia regresado muy tarde a la ciudad, despues de verse
festejado y admirado durante varias horas por mas de cien mil mujeres.
Su discurso en las gradas del templo de los rayos negros lo habia
escuchado esta enorme multitud, interrumpiendolo con aplausos. Su exito
resulto tan ruidoso como el del joven poeta rival de Golbasto. Nunca
habia llegado a sonar con una gloria semejante, ni aun en los tiempos de
la adolescencia, cuando, recien entrado en la vida estudiosa, su
entusiasmo le hacia aceptar la posibilidad de las mas inauditas
elevaciones.

Durmio mal, pues el saboreo de su triunfo parecia repeler al sueno. Pero
cuando descendio de su habitacion universitaria, apreciando de antemano
las felicitaciones de unos profesores y la envidia de otros, todo su
orgullo triunfante se deshizo ante la realidad. Oyo aterrado lo que
habia hecho el gigante en la tarde anterior. Muchos de los que le
hablaron habian asistido a la tertulia de Momaren y se mostraban
congestionados aun por la indignacion al recordar los proyectiles del
gigante, algunas de cuyas salpicaduras habian llegado a ellos o a
personas de sus familias.

El Padre de los Maestros estaba en cama despues de este suceso, aunque
sin enfermedad conocida. Golbasto, el gran poeta nacional, se habia
retirado jurando vengarse del barbaro intruso. Los concurrentes le
vieron con un vendaje debajo de su corona de laurel, pues se habia
descalabrado al caer al suelo con Momaren bajo el disparo del gigante.

--?Que ha hecho usted?--volvio a repetir el profesor.

Muchos de los que presenciaron el suceso habian olvidado la insolencia
del Hombre-Montana para preocuparse unicamente de la finalidad de otra
accion suya que les parecia misteriosa. Despues que el gigante hubo
limpiado de gentio los salones de Momaren, haciendo huir a todos al
fondo de la casa para librarse de su bombardeo liquido, irguio su
estatura y fue a un determinado lugar de la fachada de la Universidad,
lanzando varios silbidos con la estridencia de un huracan.

Los doctores estudiosos que permanecian en sus habitaciones intentaron
ocultarse, creyendo que el Hombre-Montana se habia vuelto loco y deseaba
aplastarlos. Pero antes de cerrar las ventanas de sus viviendas pudieron
ver como corria por los tejados un hombre envuelto en velos, como el
gigante lo tomaba con una de sus manos, introduciendolo en un bolsillo
de su traje, y como emprendia una marcha veloz, guiado por este varon
desconocido, hacia la Galeria de la Industria, sin esperar a que sonasen
otra vez las trompetas y se reuniera el escuadron que le habia escoltado
en su paseo.

--?Que va a pasar ahora?--continuo diciendo el asustado profesor.

Los murmuradores le habian dado a entender que el Padre de los Maestros
sospechaba si este intruso ayudado por el gigante seria Ra-Ra.

--Yo temo, gentleman, que a estas horas la policia este enterada de que,
efectivamente, el tal hombre era Ra-Ra y que, protegido por usted, entro
en nuestro palacio para ver a Popito.... iUsted, gentleman, mezclandose
en cosas politicas de nuestro pais y apoyando de una manera tan
descarada a un propagandista del "varonismo", enemigo de la tranquilidad
del Estado! Tiemblo por usted y tiemblo por mi.

Gillespie no necesitaba oir al profesor para darse cuenta de la gravedad
de su acto. Pero renacia su colera al acordarse de los pinchazos de
aquellos pigmeos, y creia sentir aun el dolor en sus piernas. ?Por que
no lo habian dejado dormir en paz?...

Sin embargo, los gestos desesperados del profesor sirvieron para hacerle
pensar que estaba a merced de aquella humanidad pigmea, despreciable
para el, pero sin la cual no podia alimentarse ni atender a otros
cuidados que necesitaba su persona.

Flimnap, creyendo ver en su rostro un reflejo de intensa colera, le
recomendo la calma.

--No se exalte, gentleman; al contrario, debe usted mostrarse prudente y
conciliador. Creo que esto se arreglara finalmente. Puede usted
presentar sus excusas al Padre de los Maestros. Yo explicare que todo se
debe a su desconocimiento de nuestra lengua y nuestras costumbres. Lo
que me preocupa mas es lo de Ra-Ra; pero si no hay otro remedio, lo
abandonaremos y que siga su destino. El amor es egoista, gentleman.
Antes de venir usted a esta tierra yo hubiese hecho los mayores
sacrificios por ese joven. Pero ahora no es lo mismo; ahora esta usted
aqui, y mas alla de su persona nada me interesa.

Parecia haber olvidado el catedratico todas las inquietudes que le
entristecian momentos antes, al saltar del plato-ascensor. Se habia
puesto ante un ojo su lente de disminucion para contemplar el rostro del
Gentleman-Montana, y esto le hacia sonreir dulcemente.

--Creo llegado el momento--dijo con voz insinuante--de mostrarle mi
alma. Mientras usted vivia a cubierto de peligros, yo no me atrevi a
decirle lo que siento. Me dominaba la timidez de todo el que ha pasado
su existencia entre libros, viendo de lejos a las personas. Pero despues
de la locura de usted, la situacion es otra. Tal vez el conflicto con
nuestro Padre de los Maestros acabe por arreglarse, pero en este momento
la situacion es mala. Corre usted grandes riesgos, y por lo mismo
considero oportuno manifestarle lo que no me hubiera atrevido a decir en
una ocasion mejor. Oigame bien, gentleman, y no se ria de mi.... Yo le
quiero un poco y me intereso por su felicidad.... ?Por que no hablar mas
claramente?... Yo le amo, gentleman, y deseo pasar el resto de mi vida
junto a usted, dedicandome en absoluto a su servicio.

A pesar de su mal humor por la aventura en la Universidad y por las
persecuciones que le podian hacer sufrir estos pigmeos, de los que era
esclavo, Gillespie no pudo contener una carcajada. Despues sofoco su
risa para excusarse cortesmente:

--No crea, profesor, que me rio de usted. Le estoy muy agradecido para
atreverme a tal insolencia. Mi risa es de sorpresa.... En mi pais, rara
vez una mujer declara su amor al hombre.

--Pues aqui no es extraordinario--contesto Flimnap--. Acuerdese que todo
lo dirigimos las mujeres, y por lo mismo nos corresponde la iniciativa
en los asuntos de amor.

--Ademas--dijo Edwin--, usted olvida el obstaculo insuperable que la
Naturaleza ha establecido entre los dos al crearnos con tamanos tan
distintos. Me mira usted a traves de su lente de reduccion y se ilusiona
creyendome de su talla. Contempleme tal como soy, y se convencera de que
por mucho que yo la amase nunca pasaria usted de ser una esposa de
bolsillo.

--iOh, gentleman!--interrumpio ella quejumbrosamente--. No sea usted
materialista en sus apreciaciones, no se muestre grosero en sus
sentimientos juzgando a las personas por su tamano. ?Por que no pueden
amarse dos almas a traves de sus envolturas completamente diferentes?...
Ahora que le conozco, gentleman, me doy cuenta de que toda mi vida he
estado esperando su llegada. Siempre mi alma sintio la atraccion de las
alturas; siempre sone con algo inmensamente grande. Mi espiritu veia con
indiferencia las pequeneces de nuestra vida corriente. Yo solo podia
amar a un gigante, y el gigante ha venido. ?No le parece que un poder
superior nos ha hecho el uno para el otro?...

El Gentleman-Montana solo contesto a esta pregunta con un gesto ambiguo.
Pero el ardoroso profesor siguio hablando:

--Yo no le exijo que me responda inmediatamente. Confieso que esta
manifestacion de mis sentimientos es un poco violenta y que usted no la
esperaba. A no ser por el peligro que le amenaza, me hubiese abstenido
de hablarle de esto en mucho tiempo. Pero, en fin, lo que yo debia decir
ya esta dicho. Reflexione usted, consulte su corazon; esperare su
respuesta. Lo que necesitaba hacerle saber cuanto antes es que no soy
para usted un simple traductor y que ansio participar de su suerte,
correr sus mismos peligros, si es que la situacion se empeora.

Gillespie, conteniendo la risa que otra vez volvia a agitar su pecho,
contesto vagamente a la apasionada universitaria. Obedeceria sus
indicaciones, estudiaria con detenimiento las preferencias de su alma.
Pero por el momento, lo mas urgente era resolver su situacion, que,
segun ella, parecia angustiosa.

--Voy a dejarle, gentleman--contesto Flimnap--. Nada consigo
permaneciendo a su lado para sostener una conversacion grata, pero que
resulta esteril. Necesito saber noticias. Momaren tiene poderosos amigos
y debe haber hecho algo a estas horas contra Ra-Ra. Ademas, hay que
temer a Golbasto. Adivino desde aqui que su cochecito tirado por los
tres hombres-caballos debe estar rodando a traves de la capital desde el
principio de la manana. iA saber lo que habra tramado el temible
poeta!...

Antes de desaparecer por uno de los escotillones, todavia retrocedio
Flimnap hacia el gigante para decirle en voz baja:

--Si vienen a buscar a Ra-Ra, no se empene en defenderlo; seria peor
para el y para usted. Dejelo abandonado a su suerte. Nosotros solo
debemos pensar en nuestro porvenir. Yo siempre he creido que un amor que
no es egoista no merece el nombre de amor.

Y entornando los parpados con expresion acariciante detras de los
vidrios de sus gafas, el profesor desaparecio rampa abajo.

Solo entonces el Hombre-Montana bajo los ojos para mirarse a si mismo,
fijandolos en su pecho. Por la abertura entreabierta de su bolsillo
superior veia la cabecita de Ra-Ra, encogido en el fondo de este
refugio.

--iBuena la hiciste ayer!--dijo el gigante en voz queda, como si hablase
con el mismo--. En realidad tu eres el culpable de todo lo ocurrido, por
tu maldita idea de dejarme solo para ir a ver a Popito.... Pero no te
abandonare por eso, como me pide la loca de Flimnap.... iQue diablo sera
esto del amor, que a todos nos hace cometer enormes tonterias, y hasta
da un aspecto grotesco a esa pobre mujer tan inocente y bondadosa!...

Vieron los ojos del gigante apoyada en un lado de la mesa la cachiporra
que se habia fabricado durante su excursion a la selva de los
emperadores. La presencia de esta arma primitiva le hizo sonreir de un
modo inquietante para los pigmeos.

--Yo te aseguro, Ra-Ra--continuo--, que los primeros que vengan en tu
busca y nos molesten corren peligro de morir aplastados.

Pero aunque esta promesa barbara fuese muy del gusto de Ra-Ra, este
protesto, sacando la cabeza imprudentemente por el borde del bolsillo.

--Lo creo oportuno--dijo el pigmeo--, pero dentro de algun tiempo. Ahora
es inutil. Hay que esperar nuestra Revolucion, cada vez mas proxima.

Mientras tanto, Flimnap corria las calles de la capital, enterandose de
una serie de noticias muy inquietantes para el. Un profesor le anuncio
que Momaren, por ciertos detalles que le habian comunicado algunos
subordinados, estaba ya convencido de que era Ra-Ra el que acompanaba al
gigante. El Padre de los Maestros, aceptando las sugestiones de su
vanidad, creia que este varonista, enemigo del orden, habia sugerido al
Hombre-Montana la idea de interrumpir su tertulia en el momento preciso
que el gran Golbasto recitaba sus versos, para quitarle asi un gran
triunfo literario. A primeras horas de la manana habia tenido una
conversacion violenta con Popito, la cual nego haber visto a Ra-Ra en la
parte alta del palacio universitario. Luego el influyente personaje
abandono su cama, y estaba ahora en la presidencia del Consejo
Ejecutivo, recomendando sin duda la persecucion del revolucionario
masculista.

Poco despues Flimnap se encontro con un grupo de noticieros de los
grandes diarios, que le iban buscando desde horas antes. Querian conocer
su opinion sobre lo ocurrido en la tertulia del Padre de los Maestros,
pero el se expreso de un modo ambiguo. De buena gana hubiese contestado
rudamente a estos curiosos insaciables que le perseguian a todas horas;
pero la gratitud le obligaba a ser cortes. Todos los diarios hablaban
con elogios de su discurso en el templo de los rayos negros,
lamentandose de haber desconocido durante tantos anos a un orador tan
eminente.

Los periodistas le dieron una noticia que resulto la peor de todas.
Gurdilo habia anunciado su deseo de pronunciar un discurso en el Senado
a proposito del Hombre-Montana apenas se abriese la sesion. Tal vez el
temible orador estaba ya hablando a estas horas.

Flimnap corrio al palacio del gobierno, entrando en el ala ocupada por
el Senado. Su amor por Gillespie le sugeria las mas atrevidas
resoluciones. El timido profesor, que pocos dias antes era incapaz de la
mas pequena iniciativa, se asombraba ahora de su audacia. Penso hablar a
Gurdilo, si es que aun no habia empezado su interpelacion al gobierno.
No se conocian, pero el desde unos dias antes era un personaje celebre,
del que se ocupaban mucho los periodicos, y bien podia permitirse la
libertad de hacer una visita a un companero suyo de gloria. Dentro del
Senado, al preguntar por el famoso orador, se convencio de que habia
llegado tarde. Gurdilo estaba ya en el salon de sesiones, y no admitia
visitas que le distrajesen cuando preparaba mentalmente sus terribles
discursos.

El catedratico subio a una de las tribunas destinadas al publico, viendo
abajo, entre las matronas que formaban el Senado, al temible Gurdilo,
hacia el que convergian todas las miradas.

Nunca sufrio el pobre Flimnap una tortura igual a la de escuchar a este
personaje confundido entre el publico y sin poder contestarle. Despues
de su triunfo en el templo de los rayos negros, se consideraba tan
tribuno como el celebre sanador; pero aqui no era mas que un simple
oyente que podia ser encarcelado si osaba alterar con sus interrupciones
la calma de la majestuosa asamblea.

La oradora senatorial, con la faz mas amarilla que nunca, la mirada
torva, la nariz encorvada y una voz silbante, ataco a Gillespie durante
mucho tiempo, procurando que sus golpes al coloso cayesen de rebote
sobre los altos senores del Consejo Ejecutivo.

Hizo la historia de todos los Hombres-Montanas que habian llegado al
pais en el curso de los siglos. El primero, segun el testimonio de
viejos cronistas, acabo siendo un traidor al Imperio de Liliput que le
habia dado hospitalidad, pues se fue con los de Blefuscu, que eran
entonces enemigos. Ademas, al regresar a su monstruosa patria, publico,
segun vagas noticias traidas por Eulame, un libro en el que ponia en
ridiculo a todos los liliputienses.

Los colosos que habian llegado despues eran gentes barbaras y viciosas,
sin educacion universitaria y de una capacidad estomacal que acababa
causando grandes escaseces y hambres en la nacion. Cometian tales
desafueros, que finalmente habia que suprimirlos.

Y cuando se habia aceptado como medida prudente el matar a estos
intrusos, que se presentaban de tarde en tarde, con la regularidad de
una epidemia, llegaba el ultimo Hombre-Montana, y el Consejo Ejecutivo,
faltando a la tradicion, le concedia la vida.

Aqui Gurdilo empezo a hablar ironicamente de la enorme influencia que
unos cuantos profesores y fabricantes de versos ejercian sobre el
gobierno actual.

--Ha bastado--dijo el orador--que un pobre pedante que ensena en nuestra
Universidad la inutil lengua de los Hombres-Montanas, la cual de nada
puede servirnos; ha bastado, repito, que descubriese en un bolsillo del
tal gigante un libro del tamano de cualquiera de nosotros, con unos
versos disparatados, propios de su enorme animalidad, para que todos los
falsos intelectuales que dominan nuestra organizacion universitaria, y
son retribuidos exageradamente por el gobierno, viesen una ocasion de
afirmar su influencia protegiendo a este colosal intruso como un
companero de letras. Y los altos senores del gobierno, que antes de
ocupar sus cargos no conocian otra lectura que la del diario todas las
mananas, han aprovechado la ocasion para darse una falsa importancia de
intelectuales, obedeciendo las indicaciones de sus protegidos que
monopolizan la Universidad.

"No quiero hablar al ilustre Senado de los gastos que ha originado el
Hombre-Montana desde que vive entre nosotros. Esto sera objeto de un
discurso que pronunciare otro dia, cuando tenga completos los datos
estadisticos que estoy reuniendo. Necesito saber con certeza cuantos
bueyes come cada dia, cuantas docenas de gallinas, asi como las
toneladas de pescado y de pan que lleva devoradas. No insisto en esto;
pronto apreciara el Senado de que manera el Consejo Ejecutivo derrocha
el dinero de la nacion, a pesar de que el gobierno de nuestro sexo
ostenta el espiritu de economia como la mayor de las ventajas sobre
todos los gobiernos anteriores.

"Hoy necesito hablar de otra cosa que considero de gran urgencia, pues
equivale a un escandalo intolerable que pone en peligro el orden del
Estado y los fundamentos de nuestra sociedad, haciendo completamente
inutiles la sabiduria de aquella gran mujer que invento los rayos
libertadores y el heroismo de las valerosas jovenes que combatieron en
la tierra y en el aire por el triunfo de la Verdadera Revolucion.

"Yo mismo no comprendo como el ilustre Senado, la Camara de diputados y
los demas organismos nacionales no fijaron su atencion en el aspecto
subversivo que nos ofrece ese gigante desde que llego. Tampoco puedo
explicarme como los periodicos, que atisban el menor de nuestros
defectos para publicarlo inmediatamente permanecen ciegos para el
Hombre-Montana.... Debo confesar, sin embargo, que yo tambien he vivido
en esta ceguera inexplicable, y solo anoche vi la realidad, gracias a la
sugestion de un poeta eminente, el mas grande de todos los poetas que
hoy existen, y despues de esto casi resulta inutil que os diga su
nombre. Todos habeis adivinado que es Golbasto.... Con razon llaman a
los poetas _videntes_. Golbasto ha _visto_ lo que ninguno de nosotros
habia logrado ver.

Se hizo un silencio profundo en toda la asamblea. Lo mismo los senadores
que el publico de las tribunas, esperaban anhelantes la revelacion del
gran descubrimiento del poeta, transmitido por el mas temible de los
oradores. Mas de mil pechos jadeaban oprimidos por la emocion; el
interes hacia respirar a todos con dificultad. Nadie apartaba sus ojos
del tribuno, que parecia haber crecido repentinamente. Al fin, despues
de una larga pausa dramatica, su voz resono en el majestuoso silencio.

--Fijese bien el honorable Senado en lo que representa el espectaculo
antisocial y subversivo que presencio ayer el vecindario de nuestra
ciudad. El Hombre-Montana es un hombre, como lo indica su titulo.... iy,
sin embargo, usa pantalones!

Una exclamacion ahogada de todos los oyentes saludo este descubrimiento.

--iEs verdad!... iEs verdad!--murmuraron los senadores y el publico con
asombro, como si pasase ante sus ojos un relampago deslumbrante.

--Imaginese el ilustre Senado--continuo Gurdilo--que efecto tan
desastroso habra producido ayer en el pueblo, y sobre todo en la
juventud estudiosa de los colegios, ver a un hombre vestido de un modo
que parece desafiar a la moral y a las conveniencias. Hace muchos anos
que en nuestras calles no se ha visto nada tan indecente.

"Bien sabido es que en el seno de nuestra sociedad algunos jovenes
insensatos y mal aconsejados pretenden trastornar el orden social con la
utopia ridicula de que los hombres puedan sustituir a las mujeres en la
direccion de los negocios publicos. Estos locos, enemigos de lo
existente, deben haber gozado mucho ayer viendo a un hombre con
pantalones, y los hombres prudentes y virtuosos de nuestras familias se
habran escandalizado con harto motivo al contemplar a uno de su sexo sin
la tunica y sin los velos que corresponden a una matrona virtuosa. El
traje de ese Hombre-Montana significa el "varonismo" en accion, que
desafia a todas nuestras leyes y costumbres, a todo nuestro glorioso
pasado, a todas las hazanas y sacrificios de nuestros antecesores.

"Si se deja continuar este espectaculo subversivo, si no se le pone
remedio, el llamado "partido masculista", insignificante y ridiculo en
el presente, crecera hasta convertirse en una gran fuerza; los hombres
querran llevar pantalones, y nosotros, las mujeres que somos senadores,
guerreros, funcionarios, en una palabra, todos los que desempenamos un
cargo publico o contribuimos a la buena marcha del Estado, todos los que
somos cabeza de una familia, tendremos que vestirnos con faldas.

La suposicion de que las mujeres pudieran alguna vez llevar faldas
resultaba tan extravagante e inaudita, que todo el respetable Senado
empezo a reir, y, animados por su hilaridad, los ocupantes de las
tribunas lanzaron igualmente grandes carcajadas.

Hasta algunas senoras masculinas que, envueltas pudorosamente en sus
velos, ocupaban la tribuna destinada a las esposas de los senadores
encontraron muy original la paradoja de Gurdilo, celebrandola con
discretas risas.

El orador continuo su discurso con arrogancia, seguro ya de que la
asamblea en masa iba a apoyarle con sus votos.

Por el momento, no pedia nada contra el Consejo Ejecutivo. Su
responsabilidad seria objeto de otro discurso. Lo que el solicitaba,
como patriota, era que cesase cuanto antes el escandalo y el peligro
para las buenas costumbres que significaba el modo de vestir del
gigante. Los pantalones correspondian a las mujeres, y era un atentado
contra las conquistas heredadas de la Verdadera Revolucion que este
intruso, siendo un hombre, se empenase en vestir de modo diferente a
todos los de su especie.

--Pido al Senado--termino diciendo el orador--que le quiten al
Hombre-Montana lo que no le corresponde usar y que se envie al Consejo
Ejecutivo una ley para que manana mismo lo vista con el recato y la
decencia que exige su sexo.

La ovacion al tribuno fue larga. El presidente tuvo que hacer sonar
varias veces la sirena electrica de su mesa para conseguir que se
restableciese el silencio.

--?Acuerda el Senado--pregunto--que el Hombre-Montana sea vestido como
corresponde a su sexo inferior?

Algunos senadores rutinarios que veneraban el reglamento hablaron de
votacion, pero los mas se opusieron, considerando que era inutil cuando
todas las opiniones se mostraban unanimes. Y levantando una mano,
votaron todos por aclamacion la urgencia de quitarle los pantalones al
Hombre-Montana.

Flimnap abandono la tribuna con el animo desorientado, no sabiendo
ciertamente si debia entristecerse o alegrarse por lo que acababa de
oir. La intervencion de Gurdilo le habia hecho sospechar en el primer
momento que tenia por objeto pedir la muerta de Gillespie. Pero al
convencerse de que el senador solo deseaba cambiar su vestidura, sin
hablar para nada de hacerle perder la existencia, casi sintio gratitud
hacia el. Le importaba poco que Gurdilo le hubiera llamado pedante y le
aludiese con otras frases despectivas, sin hacerle el honor de citar su
nombre. Los enamorados son capaces de los mas grandes sacrificios a
cambio de que la persona amada no sufra. Para el lo interesante era
saber que el gentleman no iba a morir. Hasta penso que ofreceria un
aspecto mas gracioso vestido con arreglo a las indicaciones del tribuno.
Siempre le habia causado un malestar indefinible verlo con pantalones,
lo mismo que una mujer, contra todas las conveniencias establecidas por
las costumbres y la gloriosa historia del pais.

Al caer la tarde se dirigio a la vivienda del Gentleman Montana. Despues
de salir del Senado habia pretendido sin exito alguno hablar con el
presidente del Consejo Ejecutivo. Su personalidad gloriosa parecia
disolverse asi como iba decreciendo la curiosidad simpatica por el
gigante. Las gentes volvian a no conocerle. Varios periodistas pasaron
junto a el sin pedirle su opinion. Los que antes le detenian en la calle
haciendole preguntas sobre el Hombre-Montana casi lo atropellaban ahora
con sus maquinas terrestres. La mujer de negocios que le habia propuesto
un viaje triunfal por toda la Republica dando conferencias en compania
del coloso volvio la cabeza al cruzarse con el.

En los salones de espera del jefe del Consejo aguardo inutilmente unas
dos horas. Los empleados le ignoraban voluntariamente. Vio a Momaren que
salia del despacho del presidente. Al cruzarse con el profesor, que le
saludo con una profunda reverencia, el Padre de los Maestros solo tuvo
para el una mirada fria y un murmullo ininteligible. Al fin, Flimnap,
convencido de que habia pasado su periodo de gloria y de influencia,
salio del palacio del gobierno.

Cerca de la altura en cuya cumbre estaba la Galeria de la Industria,
noto un movimiento extraordinario. Llegaban por diversas avenidas
batallones de mujeres armadas con arcos y lanzas. Vio presentarse ademas
un escuadron de la Guardia gubernamental y numerosos destacamentos de la
policia masculina y barbuda, que abandonaban la vigilancia de las calles
para acudir a esta concentracion guerrera.

Su corazon se oprimio con el presentimiento de que todo este aparato
belico era a causa de alguna otra inconveniencia cometida por el
gigante. Sobre la cumbre de la colina flotaban varias maquinas
voladoras. Otras iban aproximandose a toda fuerza de sus motores,
viniendo de distintos puntos del horizonte. Una alarma reciente habia
puesto, sin duda, sobre las armas a todas las tropas que guarnecian la
capital.

Flimnap considero una gran suerte su encuentro con varios individuos del
gobierno municipal que le habian acompanado el dia anterior en la fiesta
de los rayos negros. Todos estaban aun bajo la influencia de su triunfo
oratorio, y le saludaron con afabilidad. Hasta parecieron alegrarse del
encuentro.

--Es el Hombre-Montana, que se ha vuelto loco--dijo uno de ellos--. Ha
atacado a un destacamento de policia que fue esta tarde a registrar su
vivienda en busca de un terrible criminal y ha matado a no se cuantos
con un tronco de arbol. Usted, doctor, puede hablarle; tal vez le haga
caso. Si no le atiende, la guarnicion dara un asalto a su vivienda.
Correra mucha sangre, pero le mataremos.... iUn gigante que parecia tan
simpatico!...

El profesor se adelanto al ejercito, que ascendia poco a poco, con
grandes precauciones, conservando su organizacion tactica para poder dar
la batalla al coloso, y a los pocos momentos llego a la Galeria a todo
correr del automovil en que iba sentado.

Fuera del edificio estaba toda la servidumbre, aterrada aun por la
tempestuosa explosion de colera del Hombre-Montana. Muchos de los
atletas semidesnudos se aproximaron a Flimnap con los brazos en alto.

--iNo entre, doctor!--gritaban--.iLe va a matar!

Vio tambien a un grupo de hembras membrudas y malencaradas,
reconociendolas como pertenecientes a la policia. Eran los agentes que
habian intentado examinar los bolsillos del gigante despues de haber
registrado toda la Galeria en busca de Ra-Ra.

Algunas de ellas tenian manchas de sangre en el rostro y en las ropas;
otras, sentadas en el suelo, se quejaban de tremendos dolores en sus
miembros. Pero estos dolores, asi como la sangre, eran una consecuencia
de las caidas que habian dado al huir del gigante. Su inmenso garrote,
al chocar contra el suelo, esparcia un temblor igual al de un terremoto.

Flimnap, despues de muchas preguntas, saco la conclusion de que el
gigante no habia matado a ninguno de los que consideraba sus enemigos.
Felizmente para estos, su pequenez les habia hecho escapar del unico
golpe que el gigante tiro con su arbol contra el grupo de policias.
Estos, aterrados aun, repitieron la misma suplica de los servidores.

--No entre, doctor. Deje que llegue el ejercito. El sabra dar a ese loco
lo que merece.

Pero el doctor se lanzo dentro de la Galeria con la confianza del amante
que no puede temer a la persona amada, aunque la vea en un estado de
ferocidad.

Gillespie, cansado de permanecer derecho, con la cachiporra en una mano,
junto a la puerta de la Galeria, habia vuelto a ocupar su asiento ante
la mesa, pero sin perder de vista la abertura de entrada. Al ver a
Flimnap echo mano instintivamente al tronco enorme que le servia de
baston.

--iSoy yo, gentleman!--grito el profesor con voz temblona.

Y el gigante, al reconocerle, volvio a su actitud tranquila.

Fue para Flimnap una gran desgracia que los atletas de la servidumbre
hubiesen abandonado la grua monta-platos, pues se vio obligado a
ascender por una de aquellas terribles rampas que le infundian pavor.
Para mayor infortunio suyo, el gigante, al levantarse y empunar su
garrote contra la policia, habia hecho esto con tal violencia, que una
de sus rodillas, chocando contra una pata de la mesa, dejo medio rota y
casi colgante la espiral arrollada en torno de ella.

El doctor, que remontaba, bufando de angustia, esta rampa interminable,
sintio de pronto que crujia bajo sus pies e iba a romperse
definitivamente, haciendole caer de una altura igual a doce o quince
veces la longitud de su cuerpo. El terror le hizo pedir socorro con
chillidos de angustia. Fuera del local, los servidores y los maltrechos
policias se miraron con una expresion de inteligencia:

--iYa lo mata!... Le esta bien, por no haber querido oir nuestros
consejos.

Avisado por los gritos del profesor, Gillespie bajo su cabeza hasta el
nivel de su asiento, sacandole con dos dedos de la espiral cimbreante.
Luego, colocandolo en la palma de la otra mano, lo fue subiendo hasta
cerca de su rostro.

--?Que ha hecho usted, gentleman?--preguntaba

Flimnap durante su ascension, como si intentase reconvenirle.

Pero la colera del gentleman duraba aun, y el profesor se asusto al ver
la expresion de sus ojos.

Fue contando Gillespie todo lo ocurrido, que era igual, con ligeras
variantes, al relato escuchado por el profesor al pie de la colina.

--Lo que siento--termino diciendo el gigante--es no haber aplastado a
toda esa canalla que pretendia registrarme. Pero otros llegaran; les
espero, y van a tener peor suerte.

--?Y Ra-Ra?--dijo el profesor.

Esta pregunta amenguo un poco la colera de Gillespie. Despues de haber
hecho huir a los policias, y mientras su servidumbre medrosa escapaba
tambien fuera de la vivienda, Ra-Ra le hablo desde el fondo del bolsillo
que le servia de refugio. Consideraba prudente no quedarse alli. Ya
habia hecho bastante el gigante para defenderle de sus enemigos. Debia
dejarlo escapar antes de que llegasen fuerzas mas considerables.
Necesitaba mantenerse libre para la continuacion de sus trabajos.

Y el Gentleman-Montana, convencido por sus razones, le habia dejado en
el suelo para que huyese, aprovechando la confusion que reinaba en torno
de la Galeria.

Flimnap se abstuvo de recriminaciones. Lo urgente era evitar un combate
entre el ejercito asaltante y el coloso, todavia irritado. Y empezo a
contar a este lo que habia visto.

De pronto, Gillespie, que escuchaba cenudo las palabras del profesor,
lanzo una ruidosa carcajada. Fue el relato del discurso de Gurdilo en el
Senado lo que le hizo pasar sin transicion de la colera a la hilaridad.
La idea de que toda la Republica confederada de los pigmeos se estaba
ocupando de sus pantalones como de una manifestacion subversiva y la
seguridad de que iban a ponerle faldas iguales a las de Ra-Ra, hicieron
que su risa se prolongase mucho tiempo.

Los grupos de afuera se imaginaron que el coloso feroz estaba saludando
con carcajadas el cadaver del sabio.

Mientras tanto, Flimnap se esforzaba por que el gentleman le admitiese
como mediador.

--Por fortuna, usted no ha matado a nadie, y los senores del gobierno
municipal, que estan abajo, me atenderan si yo les pido la paz en su
nombre. ?Que es lo que usted deseaba? ?Salvar a Ra-Ra?... Este se ha
ido, librando a usted del compromiso de protegerlo. Ahora lo interesante
es conseguir que no le miren a usted como un rebelde. ?Me autoriza para
que trate en su nombre?...

El Gentleman-Montana contesto con un gesto indiferente, y Flimnap quiso
aceptarlo como si fuese de aprobacion. Luego suplico a su poderoso amigo
que bajase la mano lentamente hasta depositarlo en el suelo, y salio
corriendo de la Galeria.

Cuando las gentes que estaban en las inmediaciones le vieron avanzar
hacia ellas, mostraron el mismo asombro que si contemplasen un
aparecido. iNo lo habia matado el gigante!...

El profesor siguio corriendo ladera abajo en busca de los senores del
gobierno municipal. No tuvo que ir muy lejos. Las tropas habian formado
un circulo en torno a la colina y ascendian, estrechando cada vez mas su
anillo para que el enemigo no pudiera escapar.

Los del gobierno municipal acogieron al profesor con frialdad. Debian
haber recibido ordenes superiores durante su ausencia, cambiando de
opinion respecto a su persona. Sin embargo, cuando Flimnap les dijo que
el gigante ya no haria resistencia, dejandose registrar y obedeciendo a
cuanto quisieran ordenarle las autoridades, todos se mostraron algo mas
efusivos con el mediador, agradeciendo sus buenos oficios.

Por indicacion de Flimnap, el ejercito ceso en su movimiento ascendente,
manteniendose lejos de la Galeria. Su presencia podia excitar de nuevo
la irritabilidad del coloso.

Un simple destacamento de la Guardia acompano a las autoridades y al
profesor cuando se aproximaron al edificio. Flimnap empezo a dar gritos
a la servidumbre para que volviesen todos a ocupar sus puestos, como si
no hubiese ocurrido nada. Detras del rebano domestico entro el con sus
ilustres acompanantes y la escolta.

Obedeciendo sus indicaciones, un grupo de atletas habia corrido a lo
alto de la mesa para manejar la grua que subia los alimentos. Ocupando
su plato-ascensor pudo llegar a la vasta planicie de madera, sin
necesidad de trotar por las fatigosas espirales. Los del gobierno
municipal le acompanaron en su ascension, mientras toda la escolta
avanzaba por las tres patas de la mesa que se mantenian intactas.

Flimnap presento sus acompanantes a Gillespie; y como estos no entendian
el ingles, le pudo recomendar al mismo tiempo que fuese prudente.

--Estos senores se contentan con que permita usted el registro de sus
bolsillos.

Accedio el coloso, sonriendo al pensar en la inutilidad de dicho
registro. Ademas, el catedratico quiso hacerle admitir como un gran
honor el hecho de que iban a ser las hermosas muchachas de la Guardia
las que huronearian en sus bolsillos, en vez de aquellas hembras feas de
la policia a las que habia hecho pasar un mal rato.

Cuando los apuestos guerreros de la Guardia hubieron dado fin a su
infructuoso registro, los del gobierno municipal se retiraron con una
expresion de ambigueedad inquietante.

--Que todo continue aqui lo mismo--dijo uno de ellos al profesor--.
Manana veremos que es lo que dispone el Consejo Ejecutivo.

Este "manana" inquietaba a Flimnap. Creyo prudente pasar la noche bajo
el mismo techo que su amado gentleman, como si con ello pudiese apartar
los peligros todavia indeterminados que le anunciaban sus
presentimientos.

Dio ordenes a la servidumbre para que el gigante cenase como todas las
noches. El desorden originado por la visita de los perseguidores de
Ra-Ra no debia notarse en la buena marcha del servicio domestico. Luego,
cuando el gentleman iba a acostarse, Flimnap fingio que regresaba a la
Universidad, despidiendose de el hasta el dia siguiente, pero se dispuso
a pasar la noche en la cama del administrador del almacen de viveres,
aunque estaba seguro de no dormir.

--iManana!--pensaba--. ?Que pasara manana?

Fuera de aquel enorme edificio se estaba condensando una nube de
hostilidad que iba a estallar al dia siguiente sobre la cabeza del
gigante. Gran parte de las tropas habian quedado al pie de la colina
vivaqueando. En lo alto permanecia inmovil una escuadrilla de maquinas
voladoras.

Durante la noche vio, al asomarse por tres veces, la fila circular de
hogueras en torno de las cuales dormian los soldados, y sobre la
techumbre del edificio los aviones, que abrian de vez en cuando sus ojos
enormes, paseando sobre la tierra mangas de luz.

Poco despues de amanecer, cuando el gigante estaba aun en su cama, se
presento un empleado del Consejo Ejecutivo, al que seguian varias
mujeres que, a juzgar por sus trajes, pertenecian a la clase industrial
de la ciudad. El funcionario manifesto a Flimnap que venia para
notificar al Hombre-Montana el acuerdo del gobierno obligandole a
cambiar de traje inmediatamente. Luego presento a los que le
acompanaban, que eran media docena de sastres encargados de confeccionar
los uniformes del ejercito.

Declaro el profesor innecesaria la notificacion, pues su gigantesco
amigo habia sido advertido por el de las decisiones del gobierno.

--En cuanto a lo del traje--continuo--, estos senores tendran que
esperar a que el Hombre-Montana se haya levantado, si es que no
prefieren tomarle medida mientras esta tendido en su cama.

Uno del grupo, que parecia ejercer cierta autoridad sobre sus companeros
de oficio, acogio tal proposicion con un gesto despectivo, expresando
luego su extraneza de que un hombre tan sabio como el profesor Flimnap
creyese aun que los sastres geometras tomaban medida a sus clientes como
en los tiempos remotos.

--Nos bastara conocer el diametro de uno de sus tobillos y de una de sus
munecas. Despues, gracias a nuestros calculos aritmeticos, descubriremos
las proporciones del resto de su cuerpo, cortandole un traje exacto.
Ademas, esto no va a ser un uniforme ajustado, como el que usan los
guerreros de la Guardia; es simplemente un vestido de hombre, con falda
y velo.

Gillespie, que estaba en los postreros momentos de su sueno, cuando
empiezan a despertar confusamente los sentidos mientras el resto del
organismo yace sin voluntad, creyo que un insecto le estaba
cosquilleando un tobillo y largo una patada, de la que se salvaron
milagrosamente los dos sastres ocupados en tomarle medida.

--iQuieto, gentleman!--dijo el profesor inclinandose sobre una de sus
orejas--. Son los maestros cortadores, que se preparan a confeccionar
ese nuevo vestido que tanto le divierte.

La comision de sastres habia traido todo lo necesario para hacer sin
perdida de tiempo el traje femenil del gigante. Tenian orden de no
volver a la capital sin haber cumplido su encargo, y fuera de la Galeria
les esperaban varias carretas cargadas de piezas de tela, asi como una
numerosa tropa de costureros.

En el vasto declive comprendido entre el edificio y el cordon de tropas
acampado abajo fueron desplegando dichas piezas de tela, que sus
ayudantes cosieron rapidamente gracias a unas maquinas portatiles de
vertiginosa celeridad. Asi quedo formada una pieza unica y enorme, que
cubria todo un lado de la colina, y el mas viejo de los maestros,
consultando un cuaderno cuyas hojas llenaba de calculos matematicos,
trazo con un pincel blanco sobre la tela las lineas que debian seguir
los cortadores. Asi como iban quedando separadas las diversas piezas del
traje se apoderaban de ellas los ayudantes, haciendo trabajar de nuevo
sus maquinas de coser. Todos los costureros eran hombres, pues las
labores de aguja unicamente se consideraban compatibles con la debilidad
del sexo masculino. En cambio, los maestros cortadores eran mujeres, asi
como los empleados del gobierno que vigilaban la operacion.

Despues de almorzar, Gillespie se asomo a la entrada de la Galeria para
ver este trabajo extraordinario. Pero desoyendo las instancias del
profesor, no quiso salir completamente del edificio. Parecia que
presintiese un peligro. Se consideraba mas seguro teniendo sobre su
cabeza el techo de la Galeria y frente a sus ojos aquella entrada, por
la que tenian que pasar forzosamente los que avanzasen en busca suya.

A media tarde quedo terminado el vestido. La noticia habia circulado por
la capital, y mas alla de la linea de soldados se fue extendiendo una
muchedumbre de curiosos. Estos ya no mostraban la alegria ruidosa y
protectora de la manana en que los barberos de la capital afeitaron al
gigante y le cortaron el pelo.

Circulaban entre los grupos noticias confusas y hasta contradictorias
acerca del Hombre-Montana; pero todas ellas estaban acordes en
presentarlo como un insolente, enemigo del pais que le habia dado
hospitalidad y escarnecedor de sus buenas costumbres. Algunos hasta
afirmaban haberle oido horribles blasfemias contra la nacion y contra el
sexo que la gobernaba, como si fuesen capaces de entender su idioma.
Cada vez que en el curso del dia aparecio el coloso junto a la entrada
de su vivienda, no fue saludado por la muchedumbre con alegres
aclamaciones y echando sus gorras en alto, como otras veces. Un silencio
hostil acogia su presencia. Por encima de las cabezas solo se veian
pasar piedras, y los que las habian arrojado se lamentaban de que estas
no pudiesen llegar hasta el ser a quien iban dedicadas.

Gillespie adivino instintivamente la agresividad contra el que parecia
diluida en el espacio. Por esto no quiso escuchar en los primeros
momentos los consejos conciliadores que le daba el profesor.

--Ya esta acabado el traje, gentleman--decia Flimnap--. Hay que
ponerselo inmediatamente, y con eso quedara terminado el conflicto con
todo ese pueblo que no le conoce bien. Los empleados del gobierno
quieren que salga usted de la Galeria. Le sera mas facil vestirse al
aire libre, y los sastres podran apreciar mejor su obra.

--No, no salgo--contesto Edwin energicamente--. El que desee verme que
entre aqui. Me siento mas fuerte bajo este techo.

Y al decir esto miraba el tronco enorme apoyado en la mesa.

Los enviados del gobierno, cada vez mas sombrios y parcos en palabras,
se consultaron con una mirada cuando salio Flimnap para decirles que el
Hombre-Montana deseaba cambiar de ropas dentro de su vivienda. Al fin
aceptaron, exigiendo unicamente que el gigante saliese con su nuevo
vestido de hombre, para que la muchedumbre se convenciera de que se
habian cumplido las ordenes gubernamentales.

Una larga fila de cargadores entro en la Galeria llevando a cuestas el
nuevo traje, enrollado como un gran toldo.

Rio Gillespie cuando estos atletas lo extendieron bajo su vista. La
exigencia de los pigmeos resultaba tan comica, que ahogo en el todo
intento de indignacion. Pero volvio a fruncir el ceno cuando el profesor
le pidio que se despojase de su chaqueta y sus pantalones, conservando
unicamente la ropa interior.

--No me diga que no, gentleman--suplicaba Flimnap juntando las manos--.
Siga mis consejos. Esto no es mas que una pequena molestia, y representa
la tranquilidad para usted y para mi. Los senores del gobierno le
dejaran en paz si le ven sumiso a sus ordenes. Ademas, el traje viejo
quedara aqui, a su disposicion; este nuevo es unicamente para cuando se
presente en publico.

Gillespie, conmovido por la vehemencia del doctor, acabo accediendo a
sus deseos. Se despojo de su antiguo traje, que en realidad estaba
maltratado y con numerosas roturas, cubriendose luego con la suelta
tunica que le habian fabricado los sastres del pais. Finalmente se echo
sobre la cabeza un velo hecho de lona de la que fabricaban los pigmeos,
y que mas bien parecia la vela de un antiguo navio.

--Ahora debe usted salir, para que le vea la multitud--dijo Flimnap--.
Es necesario; lo exigen asi los representantes del gobierno.

--No--dijo rotundamente Gillespie.

Se convencio el profesor de que seria inutil su insistencia. Ademas, la
negativa del gigante parecia quebrantar su propia credulidad. ?Si
pretenderian enganarle a el tambien los enviados oficialas?... Los busco
fuera de la Galeria, volviendo con uno de ellos, que mostraba un rostro
sombrio, vacilando mucho antes de contestar a sus preguntas.

--Gentleman--grito Flimnap--: el digno senor que me acompana, asi como
los otros representantes del gobierno, afirman que puede usted salir de
aqui sin miedo y mostrarse al publico, pues su vida no corre ningun
peligro. ?No es asi, senor?--anadio, dirigiendose a su acompanante.

Este le contesto con unas cuantas palabras en el idioma del pais, y su
respuesta parecio satisfacer a Flimnap.

Al fin, el gigante, aburrido de tantas mediaciones y no queriendo que
los pigmeos le creyeran miedoso de su poder, accedio a salir de la
Galeria.

Un zumbido inmenso se levanto del suelo saludando su presencia. La
muchedumbre lanzo aclamaciones, pero estas no iban dirigidas a la
persona del Hombre-Montana, como dias antes, sino a su nuevo traje, en
el que veian un simbolo de abdicacion y de esclavitud.

Adivinando otra vez la hostilidad que le rodeaba, Gillespie quiso
retroceder hacia su vivienda, pero un leve abejorreo sono en torno a su
cabeza. Al levantar los ojos, pudo ver las sombras fugaces que
proyectaba en su evolucion circular toda una escuadrilla de maquinas
voladoras. Sintio un agudo latigazo en una muneca y luego otro igual en
la muneca opuesta. A continuacion, una especie de lombriz metalica, fria
y cortante, se arrollo a su cuello. Los aviones arrojaban sus cables
metalicos animados por una vida electrica, y estos iban reptando sobre
su cuerpo, enroscandose a todas las partes salientes en las que podian
hacer presa sus anillos. En un instante se sintio prisionero e
inmovilizado por este manojo de serpientes atmosfericas. Sintio que su
colera le daba una fuerza sobrehumana, y quiso retroceder para meterse
en la Galeria, tirando de sus adversarios aereos.

Su primer movimiento hacia atras hizo vacilar a las maquinas inmoviles
en el aire; pero estas, pasada la sorpresa, tiraron todas a la vez en
direccion opuesta. El pobre gigante no pudo resistirse a las energias
mecanicas conjuradas contra el; se sintio empujado brutalmente, hasta
caer al suelo, y luego arrastrado un largo espacio, derramando sobre la
huella que dejaba su cuerpo dos regueros de sangre. Los hilos metalicos
partian sus carnes como el filo de un cuchillo.

Otra vez quedaron inmoviles en el espacio las maquinas voladoras al ver
al coloso tendido en mitad de la ladera, cerca ya del cordon de tropas.
No quisieron continuar su arrastre y aflojaron los cables para que
sintiese menos su cortante tirantez.

Reconociendo la inutilidad de sus esfuerzos y humillado por su caida,
Gillespie solo supo llorar. La muchedumbre, al ver sus lagrimas,
prorrumpio en una carcajada sonora. Nunca le habia parecido tan gracioso
el Hombre-Montana.

El profesor, atolondrado por la caida del coloso, corrio detras de el
dando alaridos de indignacion. Luego, al ver que lloraba, lloro
igualmente; pero, a pesar de su pusilanimidad, penso que las lagrimas no
podian resolver nada y su dolor se convirtio en indignacion.

El grupo de enviados del gobierno avanzaba hacia el caido, y Flimnap lo
increpo.

--Esto es una infamia. Ustedes me han dado palabra de que el
Gentleman-Montana no corria ningun peligro.

Pero el mas viejo repuso friamente:

--El gobierno no puede dejarlo en libertad, para que se permita nuevas
insolencias. Hemos cumplido las ordenes de nuestros superiores.

Otro representante, el mas joven de todos, rio de las lagrimas de
Flimnap.

--Creo, doctor--dijo--, que manana mismo se vera usted libre del cuidado
que le da el Hombre-Montana. Segun parece, los altos senores del Consejo
Ejecutivo piensan suprimirlo, para que no se burle mas de nosotros.




XII

De como Edwin Gillespie perdio su bienestar y le falto muy poco para
perder la vida


Flimnap paso una segunda noche sin dormir. Tenia ante sus ojos a todas
horas el rostro doloroso del gigante caido. Contemplaba sus manos
cubiertas de sangre, su cuello surcado por dos profundos aranazos, su
gesto de colera impotente, que hacia recordar la desesperacion pueril de
un nino abandonado.

--iMorir asi!--murmuraba el vencido--. iAcabar a manos de este
hormiguero de hombres-insectos!...

En medio de su desorientacion, el profesor habia encontrado una idea que
consideraba salvadora. Los gestos y las palabras de aquellos enviados
del gobierno le hicieron creer que la muerte del Hombre-Montana era cosa
decidida por el Consejo Ejecutivo. Veia agitarse a Momaren como una
potencia irresistible que suprimiria todo movimiento de piedad en favor
del gigante. ?Por que permanecer al lado del caido sin hacer nada? El
gobierno tenia enemigos y el Padre de los Maestros tambien. Cuando todos
perseguian al Hombre-Montana, era conveniente buscar una nueva
proteccion, explotando los rencores que separaban a unos de otros.

Habia abandonado a Gillespie al cerrar la noche para correr a la capital
en busca de Gurdilo. Pronto averiguo su domicilio. El famoso senador
hacia alarde de una vida austera, procurando que todos conociesen la
pobre casa que habitaba.

Flimnap fue recibido por el cuando estaba terminando, con una
ostentacion virtuosa, su cena frugal, en presencia de varios
admiradores, todos femeninos. El aspero senador evitaba el trato con los
hombres, acordandose de las desdichas de Momaren y otros personajes. Sus
amistades intimas eran siempre con gente de su sexo.

Cuando Flimnap quedo a solas con Gurdilo, en una pieza modestamente
amueblada, se apresuro a hacer su propia presentacion.

--Senador, yo soy el pedante de que hablo usted ayer; el encargado de
guardar al Hombre-Montana.

El tribuno hizo un gesto despectivo al oir el nombre del coloso. Su
opinion sobre el estaba formada, y todo lo referente a su persona lo
tenia guardado en una carpeta llena de papeles puesta sobre una mesa
proxima. Alli estaban los celebres datos estadisticos sobre las enormes
cantidades de materias alimenticias que llevaba devoradas el intruso.
Todo esto pensaba emplearlo al dia siguiente en el segundo discurso que
pronunciaria contra el Hombre-Montana, o mejor dicho, contra el gobierno
que le habia protegido.

--Usted no hara el discurso--dijo el universitario con autoridad--.
Resulta inutil, por la razon de que manana el gobierno va a dar muerte
al gigante.

El temible senador, que se creia dueno de sus impresiones y habil para
ocultarlas en todo momento, casi dio un salto de sorpresa al escuchar a
Flimnap. ?Con que derecho se atrevia el gobierno a disponer del
Hombre-Montana? El consideraba al gigante como una cosa propia; se habia
ocupado de su persona antes que los demas, y ahora venia el Consejo
Ejecutivo a inmiscuirse en el asunto, con el malvado proposito de
robarle un gran triunfo oratorio.

Penso que tal vez este profesor mentia por defender a su protegido, y
dijo friamente:

--?Que interes puede tener el gobierno en suprimir al Hombre-Montana?

--El interes de servir a Momaren--contesto Flimnap--. El Padre de los
Maestros quiere vengarse del Gentleman-Montana, no solamente por lo
ocurrido en su fiesta, sino tambien porque se imagina que el gigante
protege a uno de sus mayores enemigos.

El profesor sabia lo que representaba para Gurdilo esta segunda
insinuacion. El ser mas odiado por el en todo el pais era Momaren. Desde
su juventud les separaba una rivalidad de condiscipulos. Gurdilo habia
aspirado luego al alto cargo de Padre de los Maestros, y era Momaren
quien lo obtenia. Tambien deseaba vengarse de los sarcasmos y
murmuraciones con que le habia molestado este ultimo en muchas
ocasiones. El grave Momaren, que parecia incapaz de mezclarse en asuntos
mezquinos, mostraba una malignidad extraordinaria al hablar del famoso
senador. Seguro del apoyo del gobierno, no le inspiraban miedo sus
discursos, y hasta se atrevia a criticar su existencia privada, dudando
de su aparente severidad y acusandolo de hipocresia.

--iAh! ?Conque es Momaren el que desea la muerte de ese pobre gigante?

Despues de proferir tales palabras, el senador se mostro dispuesto a
aceptar sin resistencia todo lo que dijese Flimnap.

Este adivino en su mirada una repentina simpatia por Gillespie. Bastaba
que Momaren y el gobierno deseasen la muerte del Hombre-Montana, para
que Gurdilo mirase a este como un cliente que nadie debia tocar.

En mucho tiempo no habia sentido el senador un interes tan ardoroso como
el que mostro escuchando al catedratico. Creia conocer todo lo que
ocurria en el pais, y ahora se convencia de que ignoraba lo mas
importante.

Flimnap le conto los amores de Pepito con Ra-Ra; como este, valiendose
de una astucia todavia ignorada, conseguia entrar al servicio del
gigante, y como el tal gigante, desconocedor de las costumbres del pais,
se habia dejado enganar por el joven, sin suponer sus maquinaciones
contra el orden social. Al no poder vengarse Momaren del revolucionario
Ra-Ra, que andaba fugitivo, queria saciar ahora su odio en el pobre
Hombre-Montana. Ademas, su vanidad de autor atribuia una intencion
malevola al pobre gigante, el cual, por simple torpeza, habia
interrumpido su fiesta literaria.

Cuando Flimnap describio, con arreglo a sus informes, el momento en que
Momaren y Golbasto cayeron al suelo bajo el salivazo gigantesco, el
senador empezo a reir como un nino, pidiendo que le relatase por segunda
vez la graciosa escena.

Ignoraba que Golbasto tuviera tal motivo para odiar al Hombre-Montana.

--Ese poeta--dijo--es un intrigante. Le conozco hace mucho tiempo, y no
se como me deje influenciar por sus palabras el otro dia, cuando
preparaba mi primer discurso contra el pobre coloso. Pero aun queda
tiempo para hacer justicia, y Momaren no vera cumplidos sus deseos.
Venga usted manana al Senado y vera como el senador Gurdilo es el de
siempre: un defensor de la inocencia y un enemigo de los hombres malos.

Los hombres malos eran Momaren y los senores del gobierno. La mejor
prueba para Gurdilo de la inocencia de Gillespie consistia en verlo
perseguido por ellos.

Quedo tan satisfecho de la visita de Flimnap, que hasta quiso borrar la
mala impresion que podian haber dejado en el ciertas palabras de su
ultimo discurso.

--Lo de pedante y otras expresiones parecidas--dijo--no debe usted
aceptarlo como verdades indiscutibles. Son libertades oratorias, hijas
de la improvisacion, que yo mismo empiezo por no creer. Los oradores
somos asi. Ahora que le conozco, querido profesor, declaro que es usted
hombre de ingenio y que me ha hecho pasar un rato muy agradable. Hasta
manana.

Flimnap, contento de esta entrevista, que le proporcionaba un poderoso
apoyo, paso, sin embargo, la noche en dolorosa incertidumbre, sin poder
apartar de su memoria al vencido gigante.

En las primeras horas de la manana quiso verle, y se dirigio a la
Galeria de la Industria. Su vehiculo, al llegar a la mitad de la colina,
donde estaban acampadas las tropas, fue detenido por un delegado
gubernamental, que se nego a dejarle pasar. En vano dio su nombre.

--Le conozco, doctor--dijo el funcionario--; pero el gigante esta preso
y nadie puede verlo sin una orden del gobierno.

--Soy el presidente del Comite encargado del Hombre-Montana. Los altos
senores del Consejo me designaron para ocupar dicho sitio.

--El Comite ha sido disuelto esta manana, por ser ya
innecesario--contesto el otro--. Puede usted leerlo en los periodicos.

Tuvo que retroceder Flimnap a la capital, paseando por sus principales
avenidas mientras esperaba con impaciencia la hora de la sesion del
Senado. El despego que le mostraban las gentes habia ido en aumento,
convirtiendose en franca impopularidad. Los que el dia anterior fingian
no verle le miraban ahora con una fijeza hostil. Su decadencia iba unida
a la del pobre Hombre-Montana.

Los envidiosos de su antigua gloria se aproximaban unicamente para darle
noticias alarmantes sobre la suerte de su protegido. Un companero de
Universidad le hizo saber que el gobierno enviaria un mensaje al Senado,
al principio de la sesion, pidiendo permiso para matar al coloso
inmediatamente.

Otro profesor que era verdaderamente amigo suyo le detuvo para
comunicarle algo referente a la vida intima universitaria. Popito habia
desaparecido, sin que el Padre de los Maestros encontrase el mas leve
rastro de su paradero. Todos presentian que esta fuga habia sido para
reunirse con el rebelde Ra-Ra. Momaren se hallaba a estas horas en el
palacio del gobierno hablando con el ministro de Policia, y los aparatos
de transmision aerea enviaban ordenes por toda la Republica para la
detencion de los fugitivos.

No se intereso Flimnap por el paradero de Popito. Lo que a el le
preocupaba era la suerte de su gigante.

Apenas se abrieron las puertas del Senado, el profesor corrio a sentarse
en la primera fila de una tribuna. Sus ojos buscaron a Gurdilo entre los
senadores. iSimpatico personaje! El orador, enjuto, verdoso y de torva
mirada, le parecia ahora de una belleza extraordinaria.

Ordeno el presidente la lectura de una comunicacion enviada por el
Consejo Ejecutivo. Era, como esperaba Flimnap, una solicitud para poder
suprimir al Hombre-Montana, fundandose en su falta de adaptacion a las
costumbres del pais y en los enormes gastos que exigia su cuidado y su
sustento.

Gurdilo pidio inmediatamente la palabra. Despues de su ultimo discurso,
todos creyeron adivinar lo que iba a decir contra el gigante. Por
primera vez el jefe de la oposicion y el gobierno se mostrarian acordes.
Y como esto significaba un suceso nunca visto, los senadores y el
publico avanzaron sus cabezas, deseosos de no perder una silaba.

Flimnap, que era el unico que sabia lo que el orador pensaba decir, se
estremecio considerando lo dificil que resultaba su trabajo. ?Llegaria a
exponer con habilidad, y sin que el publico protestase, todo lo
contrario de lo que habia afirmado dos dias antes?...

Su confianza renacio al ver la calma con que empezaba a hablar Gurdilo.
El orador no habia sido nunca amigo del Hombre-Montana; lo hacia constar
desde el principio de su discurso. Si el mismo dia de la llegada del
gigante al pais se hubiese acordado su muerte, el acto le habria
parecido muy oportuno e inspirado en una verdadera prudencia politica,
mereciendo su completa aprobacion.

--Pero como estamos dirigidos por un gobierno inconsciente--continuo--,
por un gobierno que no tiene opiniones propias y cada dia obra de
distinta manera, segun los consejos del favorito que esta de moda, se ha
procedido en este asunto del Hombre-Montana con una torpeza que hace
inoportuna y perjudicial la peticion que ahora nos dirige el Consejo
Ejecutivo y que yo no aceptare nunca.

El orador, despues de indicar con estas palabras el nuevo rumbo que iba
a emprender, se dedico a la descripcion de todos los gastos que llevaba
hechos el gobierno para el sostenimiento del intruso. Al enumerar el
considerable personal instalado en la Galeria de la Industria para la
vigilancia y manutencion del Hombre-Montana, aludio al Comite encargado
de dirigir este servicio costoso y a su presidente Flimnap. Pero ahora
no le llamo pedante, sino digno profesor y notable sabio, que merecia
ser empleado en servicios mas utiles a la patria.

Despues abrio una cartera llena de papeles. Alli tenia almacenados todos
los datos estadisticos sobre el costo de la alimentacion del gigante.
Leerlos equivalia a apoyar al gobierno, que solicitaba precisamente la
destruccion del coloso por razones economicas. Pero el tribuno no estaba
dispuesto a renunciar al regocijo que su lectura provocaria en el
publico; era duro para el privarse de un gran exito de hilaridad, y
empezo a dar a conocer los citados datos, confiando en sus habilidades
oratorias, que le permitirian emplear despues esta misma lectura como un
arma contra los gobernantes.

Los senadores y el publico lanzaron grandes carcajadas mientras el iba
detallando su estadistica alimenticia. El Hombre-Montana devoraba cuatro
bueyes cada dia, dos por la manana y dos por la noche, ademas de enormes
cantidades de aves, pescados y frutas.

--Con una de sus comidas a mediodia--comentaba Gurdilo--podria
mantenerse la guarnicion entera de nuestra capital; con una de sus cenas
habria bastante para la alimentacion de toda la escuadra del Sol
Naciente. Y el gobierno, que ha dispuesto este despilfarro monstruoso,
nos pide ahora, de repente, la muerte de su antiguo protegido. ?Que
secreto hay en el fondo de tal peticion?... Todavia estaria derrochando
el dinero del pais para sostener al gigantesco intruso, si este, por su
bestialidad nativa y su ignorancia, no hubiese molestado
inconscientemente a ciertos personajes, especialmente a uno que es el
consejero secreto del gobierno y el verdadero autor de los errores que
comete.

Aqui Gurdilo se lanzo rencorosamente contra Momaren, describiendolo sin
dar su nombre, relatando sus desgracias domesticas, su lucha con Popito,
su odio contra el gigante, por creerle complice de Ra-Ra. Hasta los
senadores mas amigos del Padre de los Maestros rieron francamente cuando
el senador fue relatando, con una comica exageracion, todo lo ocurrido
en la tertulia literaria. La imagen de los dos poetas cayendo envueltos
por el salivazo del gigante provoco risas tan enormes, que el orador se
vio obligado a una larga pausa. Fueron muchos los que empezaron a ver en
aquel coloso, tenido por estupido, una bestia chusca, graciosa por sus
brusquedades y merecedora de cierta piedad.

Gurdilo termino declarando que el no podia admitir la peticion del
gobierno, y rogo al Senado que votase contra ella. Admitirla equivalia a
servir una venganza particular. Podia haberse aceptado esta resolucion
en el primer momento de la llegada del Hombre-Montana, cuando el Estado
no habia hecho aun ningun gasto; pero resultaba incongruente matarlo
ahora, despues de haber costado al pais tan enormes sumas.

Una parte de la asamblea acepto la opinion de Gurdilo; pero esta vez el
orador no consiguio apoderarse de la voluntad de todos los senadores, y
varios amigos de los altos senores del Consejo se levantaron a
contestarle.

Despues de una larga discusion, la asamblea quedo dividida en dos
grupos: unos, con Gurdilo, pedian que no se matase al Hombre-Montana,
pues esto representaba el derroche inutil de las sumas empleadas en su
manutencion; otros defendian al gobierno, demostrando que tan enormes
gastos eran la prueba mejor de la necesidad de suprimir al costoso
intruso para realizar economias.

Flimnap temblo en su asiento. Gurdilo iba a perder la victoria que se
imaginaba haber alcanzado con su discurso. Como los defensores del
gobierno hablaban de economias, la opinion se iba hacia ellos.

Vio que Gurdilo conversaba en voz baja con un viejo senador de palabra
balbuciente y aspecto caduco, el cual daba fin muchas veces a las
discusiones mas intrincadas con una solucion de sentido vulgar, conocida
de todos, pero que todos habian olvidado.

El anciano, despues de oir al tribuno, se levanto para formular una
proposicion que podia satisfacer a los dos bandos. Era oportuno no matar
al gigante, para que asi no quedasen perdidas las grandes sumas que
habia costado su manutencion, y era conveniente tambien que en adelante
no comiera a costa del Estado, consiguiendose de tal modo la economia
que buscaban los amigos del gobierno. Para esto, lo mas sencillo era
obligar al Hombre-Montana a que viviese lo mismo que los hombres
esclavos, que ganaban su subsistencia trabajando como maquinas de
fuerza.

--Ese gigante puede emplear sus brazos en las obras de ampliacion de
nuestro puerto. Su enorme estatura y su vigor le permitiran colocar
grandes rocas en los fondos submarinos mas aprisa que lo hacen nuestros
buzos y nuestras maquinas. De este modo su manutencion puede resultarnos
gratuita, y iquien sabe si hasta representara un buen negocio para el
Estado!... Ese animal enorme, bajo una direccion severa y convencido de
que no comera si no trabaja, puede dar un rendimiento mayor de lo que
creemos.

La proposicion fue admitida acto seguido por los senadores que gustaban
de las soluciones de caracter utilitario. El publico la encontro tambien
acertada. Los pigmeos se sentian halagados al pensar que iban a infligir
una existencia de crueldades y privaciones a aquel gigante capaz de
aplastarlos entre sus dedos. Esto resultaba mas util y mas divertido que
darle muerte.

En vano los amigos del gobierno intentaron una ultima resistencia,
alegando que el Hombre-Montana se resistira a trabajar.

--Le obligaremos--dijo ferozmente un senador--. Si no trabaja no comera.
Ademas, nuestras maquinas voladoras y nuestros buques le haran obedecer.

Esta contestacion energica fue acogida con grandes aplausos, y despues
de ella ceso toda resistencia. Gillespie se libro de la muerte, pero fue
condenado a trabajo perpetuo.

Gurdilo, medianamente satisfecho de su triunfo, miro a las tribunas,
descubriendo al doctor Flimnap. Este bajo a un salon donde le esperaba
el celebre senador.

--No he podido hacer mas--dijo--; pero en fin, algo es haberle salvado
la vida.... Afortunadamente, el gobierno no sera eterno, y el dia que yo
le suceda me acordare de mejorar la suerte del pobre gigante.

Flimnap se hallaba en una situacion igual a la del senador. Sentia
contento porque el amado gentleman no iba a morir, pero se aterraba al
imaginarse su nueva existencia.

No intento en el resto de la tarde ni durante la noche subir a la colina
donde estaba el prisionero; pero fue en busca de los periodistas que le
perseguian dias antes con sus elogios y ahora le trataban con cierta
proteccion compasiva, como si viesen en el otra vez a un pobre profesor
algo maniatico. Estos sujetos podian darle noticias del Hombre-Montana.

Por ellos supo que una comision de medicos habia sido enviada para que
curasen al gigante las heridas de las manos y los pies producidas por
los cables metalicos. Ya estaba mas tranquilo y parecia resignado a su
nueva situacion. Las maquinas voladoras continuaban teniendolo sujeto al
extremo de sus hilos, obligandole con crueles tirones a obedecer las
ordenes del jefe de la escuadrilla. El interior de su antigua vivienda
estaba ahora ocupado por las tropas. El coloso permanecia a la
intemperie dia y noche, pues asi sus guardianes aereos podian hacerle
sentir mas pronto sus mandatos.

Un antiguo discipulo de Flimnap, que hablaba incorrectamente y con
balbuceos el idioma del gigante, era ahora su traductor. El gobierno
habia prescindido del bondadoso universitario, considerandolo poco
seguro.

Segun los periodistas, el Hombre-Montana seria conducido al puerto en la
manana siguiente para que empezase sus trabajos.

Asi fue. El desconsolado profesor le vio trabajando en la orilla del
mar, lo mismo que un esclavo. Ya no llevaba su traje nuevo, igual al que
usaban las mujeres antes de la Verdadera Revolucion. Iba medio desnudo,
como los atletas embrutecidos que servian de maquinas de fuerza. Solo
conservaba las antiguas prendas de su ropa interior.

Le vio metido en el agua azul hasta la cintura, inclinandose para
colocar dos pesados sillares que llevaba en ambas manos. Estas masas
enormes las movia con tanta soltura como un nino maneja un guijarro.
Despues de tomarlas en la orilla con las puntas de sus dedos, avanzaba
mar adentro, yendo a colocarlas en el extremo de un malecon que se
estaba construyendo para el resguardo del puerto hacia muchos anos. Esta
obra colosal habia sufrido grandes retrasos a causa de las dificultades
que ofrecia; pero ahora, gracias a Gillespie, sus directores esperaban
terminarla con rapidez.

Flimnap tuvo que mantenerse lejos de su amigo, pues un cordon de
soldados cerraba el paso a los curiosos. Los grupos reunidos a espaldas
de la tropa comentaban con asombro la rapidez del trabajo del gigante.
En dos horas habia hecho lo que antes costaba varias semanas. El malecon
crecia por momentos. Todos alababan el acuerdo del Senado. Pero el
profesor sintio deseos de llorar al ver a su amado en esta situacion
envilecedora.

Sobre su cabeza flotaban continuamente unas cuantas maquinas aereas
llevando colgantes sus cables, flacidos y muertos en apariencia. Al
menor intento de rebeldia estos hilos amenazadores podian animarse y
retorcerse, haciendo presa en el coloso. Por las inmediaciones de la
escollera iban y venian en incesante navegacion dos buques de la
escuadra, interponiendose entre el prisionero y el mar libre.

El profesor tuvo que retirarse sin poder hablar a su antiguo protegido.
Unicamente por los periodistas tuvo noticias de su nueva existencia.
Dormia sobre la arena de la playa, sin una manta que le sirviera de
lecho, sin una lona que le defendiese del rocio de la noche. iComo debia
acordarse el pobre gentleman de su cama mullida, alla en la Galeria de
la Industria, que el presidente de su Comite hacia preparar todas las
noches con tanta minuciosidad!...

La comida del coloso daba motivo a nuevas lagrimas del profesor. Varios
desalmados de los que pululan en los puertos eran los que preparaban su
alimento, en una de las grandes calderas traidas de su antigua vivienda.
Esta gente inquietante y zafia reemplazaba a la selecta servidumbre que
habia trabajado para el en la cumbre de la colina.

Lo alimentaban con arreglo a su trabajo. Cada piedra se la pagaban
echando un pescado mas en la caldera; pero como los cocineros vivian de
la misma alimentacion del gigante, esta experimentaba considerables
mermas. Gillespie, acostumbrado a las abundancias de su primer
alojamiento, debia sufrir hambre.

--iNo poder hacer yo nada por el!--murmuraba el profesor
desesperadamente.

Los representantes de la autoridad no le dejaban aproximarse al
gentleman; pero aunque le permitieran atender a su alimentacion, ?que
podia hacer un catedratico de tan escasa fortuna como era la suya? Los
dos bueyes que necesitaba para un solo plato costaban una cantidad igual
a la que recibia el por dos meses de catedra; tres almuerzos del
Hombre-Montana acabarian con todos sus ahorros.... Y convencido de que
no podia remediar su hambre, se entrego a la desesperacion.

Gillespie, en realidad, era menos digno de lastima que lo imaginaba el
profesor. Convencido de que su triste situacion no tenia remedio, se
habia sumido en ella con una calma fatalista. El embrutecimiento del
continuo trabajo borraba todos sus conatos de rebeldia.

Despues de haber sido arrastrado y maltratado por las maquinas
voladoras, ya no despreciaba a los pigmeos y tenia por menos vil la
esclavitud a que le habian sometido.

Como solo le daban a comer parcamente, con arreglo a su trabajo, se
esforzaba por que cada dia su labor resultase mas grande. Era imposible
todo intento de fuga, pues ni por un momento cesaba la vigilancia en
torno de el. Al llegar a la punta de la escollera donde colocaba sus
rocas podia ver todo el puerto de la capital. El bote que le habia
traido estaba en mitad de el, como un navio de dimensiones
inverosimiles, rodeado de las unidades de la escuadra del Sol Naciente.
Unos cuantos pasos en el agua le bastaban para llegar a su antigua
embarcacion, y un dia sintio la curiosidad de verla de cerca.
Representaba un consuelo en medio de su esclavitud tocar con sus manos
este bote, que le hacia recordar el mundo de sus semejantes.

Pero apenas intento avanzar hacia el interior del puerto, uno de los
buques de guerra que le vigilaban forzo sus maquinas para cortarle el
paso, colocandose ante el. La tripulacion de pigmeos braceaba sobre la
cubierta, gritandole para que volviese atras, y como tardase en
obedecer, una gran flecha disparada por el buque paso cerca de su nariz
a guisa de amenazadora advertencia.

Otro dia, aburrido de la monotonia de sus continuos viajes entre la
orilla de la playa y la punta de la escollera, el Hombre Montana quiso
permitirse una ligera diversion. Sentia el deseo de nadar un poco en
aguas mas profundas, pues el mar solo le llegaba a la cintura en sus
idas y venidas. Y despues de acarrear cuatro piedras en vez de dos, se
echo de espaldas en el agua, nadando mar adentro.

Este simple juego produjo gran alarma en los buques y las maquinas
aereas, que hasta entonces habian evolucionado mansamente. Los navios se
lanzaron en su persecucion, y al ver que el gigante se ocultaba bajo el
agua en una de sus cabriolas de nadador, como todos ellos eran
sumergibles, le imitaron, sumiendose igualmente en las profundidades
submarinas.

Antes de que Gillespie volviese a la superficie se sintio aprisionado
por las patas de un pulpo, que le inmovilizaban, acabando por tirar de
el. Eran los cables vivientes de los sumergibles, que le habian cazado
en el seno del mar. Salio a la superficie remolcado por estos lazos, que
se clavaban en sus carnes, y para evitar su cruel mordedura hizo pie en
la arena, procurando correr hacia la costa con una velocidad igual a la
de los buques.

Su nuevo traductor, que estaba en la punta de la escollera para
transmitirle las ordenes de los constructores, le hablo con la dureza de
un carcelero.

--Esclavo-Montana--dijo--, no vuelva a repetir esos juegos de mal gusto,
so pena de morir estrangulado por las maquinas aereas o de que la
escuadra del Sol Naciente le rompa el craneo enviandole una nube de
piedras con sus catapultas.

Y el Esclavo-Montana--pues al separarse Flimnap de el habia dejado de
ser gentleman--se sumio otra vez en su resignacion servil.

Durante la noche tampoco podia pensar en fugarse. Las maquinas aereas
enviaban de vez en cuando la luz de sus faros sobre el cuerpo de
Gillespie, interrumpiendo su sueno. Ademas, los hombres que preparaban
su comida dormian en torno de el.

Eran esclavos todos ellos, gente innoble y de mala catadura. Muchos
habian sido perseguidos por la policia y habitado los establecimientos
penitenciarios. Ademas, todos ignoraban el idioma del gigante, y este
tenia que hacerse respetar empleando gestos amenazadores. Algunas noches
se veia obligado a colocarse junto a la hoguera que hacia hervir el
caldero de su comida, repeliendo con el terror de sus manos enormes a
toda la chusma voraz. Solo asi conseguia que los pescados no
desapareciesen de la vasija, quedando unicamente el caldo para el.

El primer dia festivo le dejaron libre de trabajo. No fue esto por
humanidad, sino porque los obreros que sujetaban con garfios de hierro
las rocas aportadas por el exigian descanso.

Gillespie pudo vagar durante la manana por la costa inmediata al puerto.
Un buque de guerra navegaba paralelo a la orilla para cortarle el paso
si se echaba al agua. Una maquina aerea le seguia con perezoso vuelo.

El gigante vio un edificio bajo, de paredes blancas, con extensas
columnatas, jardines y amplias escaleras de marmol que se hundian en el
agua azul. Recordo que Flimnap le habia hablado de este palacio,
construido por los antiguos emperadores para sus banos de mar.

Bajo las columnatas habia parterres llenos de flores. Los muros,
pintados por los mas viejos artistas del pais, representaban el
nacimiento y las aventuras de las divinidades maritimas. Despues de su
triunfo, la Republica de las mujeres habia regalado este palacio a las
amazonas del ejercito, que acudian todos los dias de fiesta a
ejercitarse en la natacion.

Vio Edwin como algunas damas que se paseaban con sus hijas por las
terrazas del blanco palacio huian apresuradamente, cual si se acercase
un peligro. Distinguio igualmente como iban avanzando por la costa
varias companias de arrogantes muchachas de la Guardia. Las matronas
masculinas apresuraron el paso, sintiendo alarmado su pudor por la
proximidad de estos guerreros, algo libres en palabras y costumbres.
Todas ellas ordenaban a sus hijas masculinas que marchasen rapidamente,
antes de que los militares se echasen al agua. No era decente permanecer
alli. Algunas mamas barbudas hasta criticaban al gobierno porque no
disponia que las tropas de la guarnicion nadasen en otro lugar mas
solitario de la costa.

Los grupos de hombres, pudorosos y timidos, huyeron hacia la ciudad con
tanto apresuramiento, que detras de sus pasos temblaban como banderas
fugitivas los extremos de velos y tunicas. Mientras tanto, varios
centenares de hembras guerreras se despojaban tranquilamente de sus
uniformes, y unas en simples calzoncillos, otras completamente desnudas,
se lanzaron al agua, haciendo alegres suertes de natacion.

El gigante, atraido por sus risas y queriendo ver el espectaculo de mas
cerca, se tendio de bruces en la arena, apoyandose despues en ambas
manos para sacar su cabeza por encima del palacio.

Un griterio de mil voces acogio la aparicion de este rostro gigantesco
que iba elevandose poco a poco sobre el palacio como surge el sol por
detras de las montanas. Despues del regocijo provocado por su presencia,
las amazonas quedaron como asombradas de la conducta impudica del
coloso. iEra un hombre!... iY este hombre, en vez de huir con el recato
propio de su sexo, osaba permanecer alli, contemplando a todo un
batallon desnudo!...

Ningun varon de sus familias hubiese hecho esto. Los militares mas
jovenes sacaban el cuerpo fuera del agua, como si quisieran castigar al
atrevido con la exhibicion de su desnudez. Pretendian asustarlo para
despertar de este modo el olvidado pudor de su sexo; proferian palabras
de cuartel para que se ruborizase. Pero el desvergonzado gigante sonrio
placenteramente, sin pensar en huir, encontrando muy ameno el
espectaculo.

Y los militares mas viejos y mas expertos en la vida se asombraban al
pensar en el mundo de los Hombres-Montanas: un mundo absurdo, donde los
sexos estan lamentablemente invertidos, y son los hombres los que buscan
a las mujeres, no sintiendo rubor ni deseos de huir cuando las mujeres
se muestran a ellos en toda su desnudez.




XIII

Donde se ve como unos pigmeos bigotudos intentaron asesinar al gigante


Un anochecer, cuando Gillespie habia terminado su trabajo y, sentado en
la playa, descansaba de ciento ochenta viajes entre la orilla del mar y
la punta de la escollera, recibio una visita extraordinaria.

Estaba a esta hora vigilando el hervor del caldero, para que sus
acompanantes no metiesen en la sopa las lanzas con que extraian los
peces, y vio como un hombre de los que iban vestidos con tunica y velos
se aproximaba lentamente a el. Sus ropas eran pobres, remendadas y algo
sucias. Parecia por su aspecto la esposa masculina de alguna de las
mujeres empleadas en el puerto o de alguna contramaestre de la escuadra.
Entre la gentuza que vivia alrededor del gigante se mostraban de tarde
en tarde algunos de estos seres pobremente vestidos, pero que ostentaban
el mismo indumento de los hombres de clase superior, para indicar que no
pertenecian al rebano de los esclavos aprovechados como maquinas de
fuerza.

Este hombre de traje femenil paseo varias veces en torno del gigante,
mirandole con interes por un resquicio de sus velos. Los malhechores al
servicio del Hombre-Montana, que formaban grupos a cierta distancia, no
extranaron la presencia del hombre con faldas. Eran muchos los que al
conseguir un descanso en sus tareas domesticas venian solos o en grupos
a ver de cerca al coloso.

Cuando el nuevo visitante se hubo cansado de mirar a Gillespie, medio
tendido en la arena, salto sobre uno de sus tobillos, que eran lo mas
accesible de las piernas en reposo. Luego empezo a caminar sobre la
arista huesosa de la pantorrilla, pasando la redonda plaza de la rotula,
para seguir avanzando por el lomo redondo del muslo, deteniendose
unicamente junto al abdomen.

Ninguno de los curiosos osaba permitirse con Gillespie esta intimidad.
Le habian hecho una fama de maligno y cruel en toda la nacion, y las
gentes, al insultarle o agredirle con piedras, procuraban siempre
colocarse a gran distancia.

Sintio no tener a mano aquella lente que le habia regalado Flimnap, para
poder contemplar de cerca a este pigmeo que se entregaba a el con tanta
confianza. Inclino su rostro para verle mejor, y noto que abria sus
velos y erguia la cabeza, queriendo hablarle y temiendo al mismo tiempo
que pudieran oir su voz los grupos inmediatos.

Gillespie creyo adivinar la personalidad del recien llegado.

--Debe ser Ra-Ra--se dijo.

Pero la turbia luz del crepusculo no le permitia reconocerlo. Ademas,
los movimientos de sus brazos indicaban un afan de ser levantado hasta
el rostro del gigante para poder hablarle con toda confianza. Gillespie
lo coloco sobre la palma de su diestra y lo fue elevando hasta cerca de
sus ojos.

Una agradable sorpresa le conmovio entonces de tal modo, que por
instinto hubo de tomar al pigmeo entre dos dedos de su mano izquierda
para que no se cayese de la mano derecha.... Lo que el creia un hombre
era miss Margaret Haynes que venia a visitarle.

Su rostro, unico en el mundo, le sonreia encuadrado por los velos,
agradeciendo como un homenaje su extraordinaria sorpresa. Pero
inmediatamente penso que, aunque miss Margaret no era de gran estatura,
jamas habria podido el mantenerla sobre una de sus manos, como si fuese
un objeto de bolsillo. No podia ser miss Margaret, y siguiendo una
deduccion logica, descubrio que la que tenia ante sus ojos era
simplemente Popito.

El doctor hijo del Padre de los Maestros habia renunciado a su traje
universitario e iba vestido como la esposa de un menestral.

--Asi, gentleman--dijo ella, como si adivinase sus pensamientos--, es
imposible que me reconozcan. ?A quien se le puede ocurrir en nuestra
Republica que una mujer vaya vestida de mujer?

Y al decir esto miraba sus ropas con satisfaccion, como si se encontrase
dentro de ellas mejor que cuando vestia su uniforme doctoral.

--?Y Ra-Ra?--pregunto el gigante.

Ella bajo la voz para contar su vida de aventuras desde que se fugo de
la Universidad. Como el gobierno, influenciado por el Padre de los
Maestros, los hacia buscar en todas las ciudades de la Republica, habian
creido preferible no moverse de la capital.

Vivian en los barrios miserables inmediatos al puerto. Entre los hombres
envilecidos que el gobierno femenil empleaba como maquinas de trabajo
eran muchos los que habian abierto sus ojos a la verdad, pero lo
disimulaban fingiendo seguir en su antiguo embrutecimiento. Ra-Ra
contaba con el auxilio de muchos partidarios, que se encargaban de
mantenerle oculto. Del mismo modo que ella para librarse de las
persecuciones iba vestida de mujer, su amante habia abandonado el traje
femenil, imitando la semidesnudez de los atletas condenados a las faenas
rudas. La suciedad propia de su estado le servia para disimular su
rostro.

Asi vivian, satisfechos de su nueva situacion, participando de la
pobreza y las esperanzas de todo aquel rebano servil, que escuchaba a
Ra-Ra como a un apostol. El doctor era el encargado de cocinar y tambien
de limpiar la choza en que vivian, encontrando un placer original en el
desempeno de estas funciones que habian pertenecido a su sexo en tiempos
tan remotos que ya estaban olvidados. Ademas se consideraba feliz porque
Ra-Ra parecia contento. La fe de este en la victoria de los hombres
habia acabado por sentirla ella igualmente, traicionando por amor los
intereses de su sexo.

--Ahora creo de un modo indiscutible, gentleman--dijo en voz baja--,
que Ra-Ra no se equivocaba al hablarnos de su triunfo.

Inclinandose hacia una oreja del gigante, murmuro los secretos del
partido masculista con el fervor de un neofito convencido hasta el
fanatismo de la bondad de la causa que acaba de abrazar.

Los nuevos tiempos estaban proximos. Ya habia sido descubierto el gran
secreto que neutralizaria el poder de los rayos negros. Los dias de lo
que llamaban las mujeres la Verdadera Revolucion estaban contados. Sus
maquinas que habian hecho estallar las armas sostenedoras del poder de
los hombres resultaban ya inutiles. Los fusiles y los canones sacudirian
su largo ensueno para recobrar el diabolico poder que les hacia
temibles. Los iniciados mas valerosos se estaban ejercitando ya en su
manejo.

Cuando llegase el momento decisivo, los rebeldes no tendrian mas que
penetrar en los olvidados museos universitarios que guardaban cantidades
enormes de material de guerra perteneciente a una historia remota. Estos
museos de industria retrospectiva iban a convertirse en arsenales
inmediatamente, dando a sus poseedores el dominio del pais, como los
rayos negros lo habian dado a las mujeres.

--Ra-Ra solo espera un aviso de las otras ciudades para lanzarse a la
destruccion del gobierno femenino. Tal vez no sea prudente empezar la
insurreccion en nuestra capital. El prodigioso invento lo han realizado
en otra ciudad, y en ella lo preparan para que pueda usarse en
abundancia y no como un descubrimiento de laboratorio.... Ademas, otros
Estados de nuestra Confederacion guardan el viejo material de guerra en
mayores cantidades que aqui. El gobierno de las mujeres lo regalo a las
provincias de poca importancia, con ironica generosidad, para que
pudiesen llenar sus museos locales ... En resumen, gentleman, que la
revolucion sonada por Ra-Ra va a realizarse, y yo creo en ella.

Callo la joven despues de dar estas noticias. No quiso decir mas sobre
el complot que preparaban los hombres y paso a hablar del gigante.

Popito y Ra-Ra habian lamentado mucho su desgracia, sintiendo ademas
cierto remordimiento al pensar que habian contribuido a ella los dos. El
joven deseaba que la revolucion de los hombres estallase cuanto antes,
para libertar al gigante de la esclavitud a que le habia sometido el
gobierno femenino. Su primer acto apenas triunfase seria venir a
buscarle para llevarlo otra vez al palacio situado en la cumbre de la
colina, rodeandole de tantas comodidades y homenajes como si fuese un
dios.

--Pero mientras llega ese momento--continuo Popito--el teme por la vida
de usted, gentleman, y le recomienda que no tenga confianza en ninguno
de los que le rodean.

Como Ra-Ra vivia entre los esclavos del puerto, y estos guardaban cierta
relacion con aquella otra gente todavia mas inferior que acompanaba al
gigante, habia recibido ciertas confidencias sobre peligros que
amenazaban al Hombre-Montana.

--Son noticias todavia vagas--continuo Popito--. Nuestros amigos solo
han podido sorprender hasta ahora palabras sueltas. Hay entre esos
hombres que viven junto a usted una docena que son los peores y
proyectan matarle, no sabemos por orden de quien.

Gillespie busco con su vista los grupos que estaban poco antes en la
orilla del mar, y no vio a ninguno. Se habian deslizado hacia el sitio
donde hervia el caldero sobre las llamas de una hoguera, para repartirse
su contenido, devorandolo. Esta noche Gillespie iba a pasar hambre. Los
bellacos parecian contentos de la visita del hombre con velos, que habia
distraido la atencion del coloso.

Popito siguio hablando para contar lo que sabia de estas gentes:
fugitivos de todos los paises; hombres con los que no querian contar los
otros hombres, deseosos de emancipacion. Entre ellos eran tenidos como
peores los de un grupo procedente de Blefuscu, facilmente reconocibles
por sus luengas cabelleras y sus bigotes, que pendian con no menos
abundancia por ambos lados de sus bocas.

Oyendo a estos hombres era como los amigos de Ra-Ra habian sospechado
que se tramaba algo contra el coloso. Parecia que solo esperaban recibir
su recompensa por adelantado para matar al Hombre-Montana. Como el tal
asesinato no resultaba empresa facil, discutian mucho los procedimientos
para conseguirlo.

--Este usted tranquilo, gentleman--siguio diciendo la joven--. Nuestros
amigos vigilan, y nos traeran noticias mas concretas.

--?Quien puede tener interes en matarme?--repuso Gillespie
tristemente--. Los que deseaban vengarse de mi deben sentirse ya mas que
satisfechos por el castigo que me han impuesto. Equivale a una muerte
lenta.

Popito siguio hablando:

--Ra-Ra cree que los personajes misteriosos que dirigen a estos bandidos
son Golbasto y Momaren, mi padre. Pero ya sabe usted, gentleman, que el
tiene la mania de atribuir al Padre de los Maestros todo lo malo que
ocurre en el pais.... En fin, sea quien sea el que proyecta la muerte de
usted, nosotros lo averiguaremos.

Despues de esto, Popito mostro deseos de que su interlocutor la pusiera
en el suelo para marcharse, pues acababa de cerrar la noche. Ra-Ra no
habia podido ir a ver al gentleman por una ocupacion inesperada y
urgente. Su grande obra le obligaba a continuas ausencias. Solo por el
deseo de que Gillespie no viviera mas tiempo confiadamente entre la
chusma que le rodeaba, habia enviado a Popito; pero la proxima vez seria
el quien viniese, trayendole una informacion mas precisa.

La joven se marcho, y el gigante, al verse solo, se puso de pie para
aproximarse al lugar donde la hoguera acariciaba con sus ultimas llamas
la panza del caldero.

No encontro como alimento mas que un caldo sucio en el que flotaban
espinas y cabezas de pescado. Dio un rugido, amenazando con sus punos a
los insolentes que acababan de devorar su comida, pero estos huyeron,
estableciendo cierta distancia entre ellos y el coloso. Ademas se
sentian protegidos por las tinieblas de la noche, y contestaron con
risas y exclamaciones de burla a la protesta del Hombre-Montana.

Este se arrodillo y puso sus manos en la arena para reconocer a aquellos
hombres bigotudos de Blefuscu, sus presuntos matadores. Tenia el feroz
proposito de meterlos en la caldera, como un castigo previsor y
ejemplar; pero toda la servidumbre habia desaparecido, ocultandose
detras de las colinas de arena y los canaverales de la playa.

Transcurrieron dos dias sin que recibiese una nueva visita. Llevo
piedras, como siempre, de la orilla del mar a la escollera, y vigilo el
hervor de su caldero para no verse robado como en la noche que le visito
Popito. Conocia ahora a los hombres bigotudos, que parecian ejercer
sobre sus camaradas la superioridad arrogante y cruel del maton. Con uno
de ellos, el mas alto y musculoso, se permitio una broma digna de su
fuerza.

Al ver como rondaba por cerca del caldero, aproximo su mano derecha a
este valenton, manteniendo encorvado el dedo indice y sostenido por el
pulgar. De repente el dedo encorvado se disparo para quedar rigido,
pillando por en medio al bigotudo jayan, y lo envio a traves del aire,
haciendolo caer de cabeza en la hoguera. Sus camaradas tuvieron que
sacarlo de entre los tizones tirando de sus pies, mientras otros corrian
hacia el mar para echarle agua en los mostachos y la cabellera
humeantes.

Cuando en la tarde siguiente empezaba la playa a obscurecerse, Gillespie
vio la llegada de otro hombre con faldas y velos. Debia ser Popito, que
le traia mas noticias. Lo mismo que la vez anterior, dio varias vueltas
en torno de el con la cara oculta. Al fin se decidio a subir a una de
las piernas extendidas del coloso. Entonces pudo darse cuenta de que el
visitante era mas grueso que Popito y se balanceaba a cada paso.

Consiguio con dificultad subirse sobre un tobillo, pero al avanzar
lentamente y titubeando por la arista huesosa de la pantorrilla, perdio
pie, cayendo de cabeza en la arena. Gillespie tuvo lastima de el y
extendio una mano para tomarlo con los dedos, subiendole hasta la altura
de su pecho. Daba gritos de susto por su caida, y al quedar sentado en
la mano del gigante tampoco se considero seguro, agarrandose a uno de
sus dedos. Al fin parecio serenarse, echando atras el velo que cubria su
rostro para poder hablar.

--Solo por usted soy capaz de arrostrar tantos peligros. Pero todo lo
doy por bien empleado a cambio del placer de verle.

Esta vez el asombro de Gillespie fue risueno.

--iEl profesor Flimnap!... iY vestido de mujer!

Comprendio el catedratico el asombro que sus ropas inspiraban al
gigante.

--Verdaderamente, de toda mi aventura lo mas estupendo es haberme
vestido con el traje que llevaban antes las mujeres como una librea de
esclavitud. iQue dirian mis discipulos si me viesen!...

Pero despues de esta lamentacion, su coqueteria amorosa le hizo
explicarse para excusar los defectos que pudiera tener su vestido.

--Me lo ha prestado la esposa de mi colega el profesor de Fisica. Se
bien que es de forma algo anticuada. Hay muchos hombres que visten
mejor. Pero debe usted tener en cuenta que mi companero de la Facultad
de Ciencias Fisicas raro es el ano que no tiene un hijo, y como su
hombre se pasa todo el tiempo en la cama con el recien nacido o cuidando
de su nutricion, no le queda tiempo para seguir las modas.

Luego el profesor miro con unos ojos admirativos y tristes al mismo
tiempo a su amado gigante.

--iQue cambios en nuestra existencia--dijo--. Pero no hablemos de esto,
no perdamos el tiempo en lamentaciones. Necesito irme cuanto antes;
siento miedo, gentleman.... Para venir aqui he tenido que pasar cerca de
un grupo de soldados, que han empezado a decirme cosas atrevidas,
creyendo que yo era un hombre. iImaginese si descubriesen al profesor
Flimnap vestido con estas ropas! Ahora, segun parece, soy mal mirado por
el gobierno, y el Padre de los Maestros desea quitarme mi catedra para
darsela a ese intrigantuelo cruel que le sirve a usted de traductor....

"Pero no hablemos de mi. Estoy dispuesto a aceptar como un placer todo
lo que sufra por usted. Ya conoce mis sentimientos. Hablemos de su
persona, pues para eso he venido.

Miro a un lado y a otro, a pesar de que no habia nadie cerca del
gigante, y anadio con voz tenue:

--Gentleman, le amenazan grandes peligros y vengo a anunciarselos,
aunque ignoro, por desgracia, como podre defenderle de ellos.

Su amigo el profesor de Fisica le habia llevado aquella manana a lo mas
apartado y profundo de su laboratorio para confiarle un gran secreto. El
Padre de los Maestros acababa de llamarle para saber si tenia siempre
lista la maquina que habia servido para dar inyecciones soporiferas al
Hombre-Montana la noche que llego al pais. Y como el fisico le
contestase afirmativamente, volvio a preguntar si era posible la
fabricacion en pocas horas--de acuerdo con la seccion de Quimica--de la
cantidad necesaria de veneno para darle una inyeccion al gigante,
dejandolo muerto sin senales escandalosas de intoxicacion.

El profesor habia contestado que no podia encargarse de este servicio
sin una orden expresa del gobierno, y el jefe se la habia prometido para
mas adelante, dejando el asunto en tal estado.

--La promesa de una orden del gobierno es falsa, gentleman--anadio
Flimnap--. Ningun senor del Consejo Ejecutivo osara firmarla. Yo, por el
deseo de defender a usted, ando ahora mezclado en las cosas de la
politica y me honro con la amistad del elocuente Gurdilo. El gobierno
sabe que el tribuno se interesa por el Hombre-Montana, y como teme a su
palabra vengadora, se cuidara bien de autorizar tal crimen.

No obstante su confianza en el miedo de los gobernantes, dudaba de que
Momaren abandonase sus malos propositos.

--Desea su muerte, gentleman, y si no puede organizar lo de la inyeccion
venenosa, buscara otro medio. Debe ayudarle en estos planes el vanidoso
Golbasto. Ya no creo que el tal Golbasto sea un gran poeta, ni mediano
siquiera. La otra noche quise releer sus versos, y me parecieron
despreciables. iAy, no poder permanecer yo a su lado, gentleman, para
seguir su misma suerte!...

La consideracion de su impotencia casi le hizo llorar. Influenciado por
su nueva amistad con Gurdilo, solo veia en este personaje el remedio de
sus preocupaciones.

--iSi ocupase el gobierno nuestro gran orador!...

A continuacion se mostraba pesimista.

--El gobierno actual es mas fuerte que nunca. ?Quien puede derribarlo?
No sera ciertamente Ra-Ra y los dementes que le siguen. Las mujeres que
nos dirigen en el presente momento son enemigos nuestros, pero hay que
reconocer que nunca gobierno alguno se considero tan solido. Hasta
parece, segun dice mi ilustre amigo Gurdilo, que proyectan celebrar una
gran Exposicion, como la de hace anos, de la que es un recuerdo la
Galeria que habito usted. Tal vez con motivo de esta solemnidad
universal consigamos su indulto, y usted podra presenciar todas nuestras
fiestas.

Pero el profesor abandono repentinamente este ensueno optimista. Vio con
la imaginacion a su amado gigante tendido en la playa, inerte como un
cadaver, las carnes verdosas y descompuestas por el veneno y
revoloteando sobre su rostro, en funebre espiral, miles y miles de
cuervos.

--Cuidese, gentleman--dijo con ansiedad--; desconfie de todos; piense
que pueden echarle veneno en sus alimentos. No coma sin que antes haya
probado su comida esa gentuza que le rodea.

El gigante acogio con una risa sonora la ultima recomendacion. Era
innecesaria. Y miro hacia la hoguera que calentaba el caldero, en torno
de la cual se iban agrupando sus acompanantes para aprovecharse de su
distraccion.

--Sobre todo, gentleman, tenga cuidado mientras duerme. Tambien le
pueden matar durante su sueno.

El gigante celebro otra vez con risas la simpleza de este consejo. ?Como
iba a guardarse a si mismo mientras dormia?

--Es verdad, es verdad--gimio angustiado el profesor--. iDioses
poderosos! iY no poder estar yo al lado de usted para defenderle durante
su sueno! ?Que hacer?...

Se pregunto esto varias veces, convenciendose al fin de que lo primero
que debia hacer era marcharse, pues el miedo le hacia insufrible su
permanencia alli. Temia ser sorprendida en su regreso a la capital si
dejaba que cerrase la noche.

--Debo ser prudente, gentleman; el gobierno tal vez me vigila. Fijese:
iamigo de usted y amigo de Gurdilo!... Hay mas de lo necesario para que
me encierren en una prision. Pero volvere; yo le traere noticias. Cuente
con que mi amigo el profesor de Fisica no hara nada contra usted aunque
se lo mande el gobierno. Pero iay! sus enemigos no cejaran por esto....
Baje la mano, gentleman; pongame en el suelo. Necesito irme.... Cuente
con que pienso en usted a todas horas y me preocupo de su suerte.

Gillespie dejo al profesor en la arena, para no prolongar mas el
tormento de su inquietud. Luego le vio correr, balanceando sus formas
abultadas y reteniendo sus velos, que el viento maritimo parecia querer
arrebatarle.

Transcurrieron varios dias de trabajo, de cansancio y de hambre, sin que
el coloso recibiese nuevas visitas. Un anochecer, estando sentado en la
arena, vio que un hombre saltaba agilmente sobre una de sus rodillas,
corriendo despues a lo largo del muslo. Este no llevaba falda ni toca
mujeriles. Iba casi desnudo, como los hombres condenados al trabajo, con
una tela arrollada a los rinones por toda vestidura y mostrando los
musculosos relieves de un cuerpo armoniosamente formado.

Antes de reconocerlo con sus ojos, sintio el gigante que un instinto
fraternal despertaba en su interior para avisarle quien era.

--iOh, Ra-Ra!--dijo con voz tenue--. iComo deseaba verte!

Adivinando los propositos de su visitante, lo puso sobre la palma de su
mano derecha, elevandole despues hasta su rostro.

Ra-Ra se tendio sobre esta meseta de carne y hueso, y apoyando su cara
en ambas manos, hablo al Gentleman-Montana:

--Popito le aviso a usted hace dias que algunos de estos hombres que le
rodean proyectan asesinarlo. Hasta ayer solo tenia vagas noticias de
ello; ahora puedo darle un aviso concreto. Creo que es manana cuando
intentaran el golpe contra usted, gentleman. En cuanto a los
instigadores del crimen, tengo formada mi conviccion y nadie me hara
desistir de ella. Son Momaren y Golbasto los que desean su exterminio, y
ya que no han podido lograr que el gobierno favoreciese sus deseos, se
valen de esta chusma que rodea a usted.

Siguio hablando Ra-Ra, y algunas de sus revelaciones vinieron a
corroborar las que le habia hecho el profesor.

--Al principio, estos dos personajes proyectaron matarle a usted por
medio de una inyeccion venenosa. Ignoro como pensaban realizarlo, pero
de su intencion no me cabe ninguna duda. Deseaban que usted apareciese
muerto un amanecer, aqui en la playa, y que la gente creyese en un
fallecimiento ordinario. Pero como no han podido realizar este plan
hipocrita de venganza, apelan ahora al asesinato. Ya lo sabe, gentleman;
esta noche y la siguiente no duerma usted. Yo creo que el golpe lo
intentaran manana, pero le aconsejo que, de todos modos, se guarde esta
noche, pues bien podrian haber adelantado la fecha de su crimen.

Ra-Ra saco la cabeza fuera de la mano del gigante para buscar abajo con
su mirada los grupos de gente sospechosa.

--Los que le rodean, gentleman, son personas de malos antecedentes, pero
no creo que todos ellos vayan a intervenir en el crimen. Segun mis
informes, los unicos que han tomado algun dinero para ejecutarlo y
desean ganar el resto de la cantidad son esos bigotudos de Blefuscu, que
tan orgullosos se muestran de su fuerza. No los pierda nunca de vista,
pues en ellos esta el peligro.

Gillespie se resistia a comprender como varios pigmeos podian matarle
durante su sueno no disponiendo de una maquina inyectora como aquella de
que le habia hablado Flimnap.

--Mis amigos--contesto Ra-Ra--han podido adivinar, gracias a algunas
palabras de estos hombres, como se proponen matarle durante su sueno.
Treparan cautelosamente hasta lo alto de su pecho, pues han observado
que usted duerme de espaldas; pegaran su oido a la curva de su tronco,
para guiarse por las palpitaciones del corazon, y cuando sientan bajo
sus pies estos latidos, cinco o seis de ellos empunaran una barra enorme
de acero terriblemente aguzada, clavandola todos a un tiempo en su
carne, hasta que le traspasen el corazon y salten en torno de su arma
canos de sangre. Momaren y Golbasto deben haberles proporcionado la
barra, dandoles, ademas, lecciones para que asesten el golpe en el lugar
preciso.

Aun hablaron los dos un largo rato. El gigante acabo por olvidar los
propios asuntos para que Ra-Ra le contase sus planes revolucionarios y
sus esperanzas en el proximo triunfo.

Ya no podia fijar el joven la fecha del movimiento insurreccional contra
la Republica de las mujeres. Todos los preparativos estaban terminados y
las ordenes transmitidas a las diferentes ciudades. Solo faltaba que se
iniciase el movimiento en un Estado lejano, el mas favorable para
emplear aquel descubrimiento que debia vencer a los famosos rayos
negros.

Esto iba a ocurrir de un momento a otro; tal vez fuese al dia siguiente;
tal vez habia sido ya y lo ignoraban en la capital.

--Le quedan a usted muy pocos dias de esclavitud, gentleman--anadio el
joven--, y por lo mismo seria lamentable que esos malvados le matasen
aprovechando los ultimos momentos de la tirania femenina.... No tema
usted las consecuencias: castigue con dureza a esos asesinos en el
momento que intenten el golpe. iOjala estuviesen entre ellos sus
instigadores!...

Ra-Ra no podia prolongar mucho esta entrevista. Temia que los que
acompanaban al gigante se hubiesen fijado en su llegada. Penso tambien
en las precauciones que debia tomar para que no le sorprendiesen durante
su regreso. Un destacamento de soldados estaba acampado en la playa,
cerca del puerto, para impedir que los curiosos se aproximasen al
gigante.

Como veia proximo el momento de la victoria, se mostraba mas prudente
que antes, evitando incurrir en sus antiguas audacias. Si le descubrian
y apresaban a ultima hora, podia quedar frustrado el levantamiento de
los hombres en la capital, dejando sin respuesta las sublevaciones de
las demas ciudades.

--Va usted a ver grandes cosas--siguio diciendo--, iQuien sabe si sera
esta misma noche cuando nos sublevemos contra la tirania femenil y
vendremos a libertarle!... Y si no esta noche, sera en breve plazo.

Se fue Ra-Ra, y el gigante, despues de comer, quedo tendido en la arena,
como todas las noches. No quiso dormir, manteniendose en una fingida
tranquilidad, con los ojos entornados y vigilando las idas y venidas de
algunos pigmeos que aun no se habian acostado. Al fin el silencio del
sueno se fue extendiendo sobre la playa, y Gillespie, convencido de que
no intentarian aquella noche nada contra el, acabo por entregarse al
descanso.

Al dia siguiente, cuando llevaba piedras al extremo de la escollera, vio
a un hombrecillo en una pequena barca, que fingia pescar y se colocaba
siempre cerca de su paso, sin asustarse de los remolinos que abrian en
las aguas las piernas gigantescas al cortarlas ruidosamente. La
insistencia del pescador acabo por atraer la atencion de Gillespie. Miro
verticalmente la barquita del pigmeo, que se mantenia junto a una de sus
pantorrillas, y reconocio a Ra-Ra. Este, puesto de pie y con las dos
manos en torno de su boca formando bocina, se limito a gritar:

--Va a ser esta noche; lo se con certeza.... Y ahora continue su
trabajo. No me hable.

Efectivamente, la voz del gigante, sonando como un trueno desde lo alto,
hubiese llamado la atencion de todos sus guardianes y hasta de las
tripulaciones de los buques de guerra que evolucionaban en plena mar
vigilandole.

Continuo el gigante su viaje con una roca en cada mano, y el pescador,
recobrando sus remos, se alejo hacia el puerto.

Apenas hubo cerrado la noche, se fue dando cuenta Gillespie, por ciertos
preparativos, de que el aviso de Ra-Ra era cierto. Vio como los atletas
bigotudos y malencarados se echaban a la espalda sus mochilas,
despidiendose de sus companeros. Esto ultimo lo presintio unicamente por
sus gestos; pero asi era en realidad. El grupo de valentones se volvia a
Blefuscu, anunciando su partida en la primera maquina voladora que
saliese al amanecer para su pais. Los que se quedaban no podian ocultar
su satisfaccion al verse libres de unos matones que tanto abusaban de
ellos.

Gillespie considero este viaje repentino, preparado con ostentacion,
como una certeza de que el golpe contra el seria aquella misma noche.

Se tendio en la playa, como siempre, colocandose a poca distancia de la
hoguera, que empezaba a disminuir sus llamas. Poco a poco se fueron
retirando sus acompanantes para dormir detras de las dunas o al abrigo
de los canares. Transcurrieron largas horas de silencio. La obscuridad
era cortada de tarde en tarde por los rayos de colores que llegaban de
las maquinas aereas. Pero en la presente noche estas iluminaciones
resultaban menos numerosas, como si alguien hubiese influido para que
sus guardianes le vigilasen menos. En los largos periodos de obscuridad,
las palpitaciones de la hoguera poblaban la noche de repentinos fulgores
de incendio, seguidos de largas y profundas tinieblas.

Permanecia el gigante en voluntaria inmovilidad, con los ojos entornados
y lanzando una respiracion ruidosa. De pronto creyo oir un ligerisimo
susurro semejante al de unos insectos arrastrandose sobre la arena.

--Ya estan aqui--dijo mentalmente.

La camiseta que cubria su pecho se agito con un leve tiron. Era uno de
los asaltantes, el mas agil de todos, que se habia agarrado al tejido,
encaramandose por el hasta llegar a lo mas alto de su torax. Desde alli
arrojo una cuerda a los que esperaban abajo, y uno tras otro fueron
subiendo cinco hombres, con grandes precauciones, procurando evitar un
roce demasiado fuerte al deslizarse por la curva del pecho gigantesco.

El Hombre-Montana seguia respirando ruidosamente, y sus ojos apenas
entreabiertos podian ver lo que ocurria alrededor de el, aunque de un
modo vago. Distinguio como se movian sobre la arena obscura de la playa
algunos animales todavia mas obscuros. Sin duda eran companeros de los
asesinos, que se quedaban abajo para dar la senal en caso de peligro.

Los seis hombres que estaban sobre su pecho tiraron de la cuerda con un
esfuerzo regular y prudente para evitar que el despertase. Sintio que lo
que subian no era un ser animado, sino algo largo y de una rigidez
metalica.

--La barra de acero que desean clavarme en el corazon--penso el
gigante.

No se equivocaba. A traves de sus parpados entornados vio como el grupo
de hombres iba desatando la barra mortifera, poniendola en posicion
horizontal. Su tamano era doble que la estatura de ellos.

Sono abajo un leve silbido, y volvieron a echar la cuerda. El hombre que
subia ahora carecia de agilidad, hundiendo pesadamente sus pies entre
las costillas del gigante, como si temiera caerse.

Gillespie no alcanzaba a verle bien, pero sospecho que era una mujer.
Esta mujer, tendiendose sobre su pecho, se fue arrastrando con el oido
pegado a la piel, sirviendole de guia el ruidoso bombeo de la sangre a
traves del enorme corazon.

Al fin el director femenino se irguio, senalando con un dedo a sus pies,
como si dijese: "Aqui".

Inmediatamente acudieron los seis bandoleros con su barra. Mientras unos
la mantenian verticalmente, otros se frotaban las manos y escupian en
ellas, preparandose para el gran esfuerzo comun.

Cuando todos estuvieron listos, la mujer levanto un brazo para dar la
senal, y los seis elevaron al mismo tiempo el gran hierro de punta
aguda. Solo esperaban la voz de su jefe para dejarlo caer; pero antes de
que esto ocurriese, una catastrofe los anonado, como si se hubiesen
desatado sobre ellos todas las fuerzas crueles y ciegas de la
Naturaleza, como si las montanas que cerraban el horizonte se hubieran
desplomado sobre sus cabezas formando una cascada de tierra y de
piedras, como si el mar hubiera abandonado su lecho levantando una ola
unica para barrerlos.

El gigante habia movido un brazo para colocarlo al nivel de su cuello, y
a continuacion hizo con el un rudo movimiento a lo largo del pecho, que
anonado y se llevo rodando cuanto pudo encontrar.

Los seis hombres, con su barra, asi como la misteriosa mujer que los
dirigia, salieron disparados por el aire.

Y no fue esto lo peor para ellos, pues el Hombre-Montana se levanto a
continuacion, de un salto, y empezo a dar patadas en el suelo,
persiguiendo a las figurillas negras, que huian aterradas en todas
direcciones lanzando chillidos. Cada puntapie dado por el gigante
levantaba nubes de arena, y en ellas se veia flotar siempre algun
pigmeo, los brazos y las piernas abiertos lo mismo que las ranas, unas
veces con la cabeza arriba, otras con la cabeza abajo.

La colera del coloso no encontro a los pocos momentos enemigos que
perseguir. Todos habian huido. Los inmediatos canaverales se estremecian
agitados por la carrera medrosa de los hombrecillos. Gillespie iba a
tenderse otra vez en la arena, convencido de que nadie osaria ya
atacarle, cuando sintio que algo se agitaba debajo de uno de sus pies.

Era una cosa blanda que se retorcia lanzando ahogados chillidos,
aprisionada por la arena y el arco de puente que formaban sus zapatos
entre la planta y el tacon. Se inclino hasta tocar el suelo y,
levantando el pie, extrajo aquella cosa animada de su dolorosa
esclavitud.

Vio que eran dos hombrecillos sobre los que habia puesto su pie sin
saberlo. Milagrosamente se habian librado de morir aplastados al
incrustarse entre la arena y el arco del zapato.

Daban gemidos como si hubiesen sufrido graves lesiones interiores, pero
el susto era en ellos tal vez mas grande que las heridas.

Gillespie, que habia tomado estos dos animalejos entre sus dedos, los
subio a su rostro, colocandoselos entre ambos ojos. Pero la obscuridad
no le permitio reconocerlos. Unicamente pudo ver que eran mujeres.

Uno de estos pigmeos debia ser el que habia seguido los latidos de su
corazon para marcar a los asesinos el emplazamiento mas favorable para
el golpe.

Penso si serian Golbasto y Momaren, vanidosos personajes implacables en
su venganza y directores de su asesinato, como creia Ra-Ra. Lamentaba
que las maquinas aereas no le enviasen un rayo de luz para poder
reconocerlos.

Su primer impulso fue oprimirlos entre sus dedos, aplastandolos como
insectos daninos. Pero le falto la voluntad para darles este genero de
muerte....

Como deseaba al mismo tiempo desembarazarse de ellos, se dirigio a la
orilla del mar y, echando atras su brazo para que el impulso fuese mas
grande, los arrojo en el vacio.

Lo mismo que dos piedras atravesaron la obscuridad, perdiendose sus
lamentos en el sonoro chapoteo de su caida.




XIV

Lo que hizo el Gentleman-Montana para que Popito no llorase mas


Al dia siguiente los periodicos lanzaron en sus ediciones de la tarde la
noticia de un suceso que intereso mucho al publico.

Golbasto, el gran poeta nacional, habia sido encontrado por unos
pescadores, poco antes de la salida del sol, tendido en la playa sobre
la linea divisoria del agua y la arena. Lo habian conducido moribundo a
su vivienda, pero a la hora en que aparecieron dichas ediciones los
medicos mostraban esperanzas de salvarle la vida.

Cada uno comento la noticia segun la repulsion o la simpatia que le
inspiraba el poeta. Los hubo que hablaron de un exceso de inspiracion
que, haciendole olvidar la realidad, le habia impulsado a arrojarse al
agua. Otros, mas malignos, suponian un suicidio por decepciones
amorosas.

Muchos pretendieron establecer una relacion entre esta noticia,
anunciada con grandes rotulos de plana entera, y otra mas humilde, sin
grandes titulos, que habia que buscar en la ultima pagina de los
diarios, haciendo saber que el Padre de los Maestros estaba en cama
gravemente enfermo.

Como un vago rumor empezo a circular la murmuracion de que tambien a
Momaren lo habian llevado a su casa, en las primeras horas de la manana,
unos hombres que lo encontraron cerca del puerto. Pero como se trataba
de un personaje oficial, fue imposible conocer la verdad. Nadie pudo
encontrar a los empleados universitarios que habian cometido la
indiscrecion de contar la llegada de Momaren conducido en brazos por
unos marineros. Al contrario, todos declaraban que esta noticia era
absurda, pues el jefe de la Universidad estaba en cama desde tres dias
antes.

Pero esto no evito que la murmuracion siguiese haciendo su camino, y los
noveleros empezaron a afirmar que la misteriosa enfermedad del poeta era
igual a la del Padre de los Maestros, teniendo ambas el mismo origen. El
senador Gurdilo, ansioso de venganza, insinuo a los periodistas que
Momaren y Golbasto se habian batido de noche en la playa por alguna
rivalidad amorosa, pues los dos, a pesar de su exterior solemne, eran
unos hipocritas de perversas costumbres y tal vez se disputaban el
monopolio de algun esclavo atletico.

El vecindario de la capital se acosto pensando en estas dos enfermedades
misteriosas, con la esperanza de que al despertar conoceria detalles mas
interesantes sobre la existencia privada de tan celebres personajes.
Ninguno de los dos habia podido hablar hasta el presente. Al poeta se lo
prohibian los modicos hasta que recobrase su perdido vigor. Momaren,
aislado en su palacio, no era accesible a las averiguaciones de los
periodistas.... Pero al dia siguiente todo este misterio iba a
desvanecerse, como ocurre en los grandes sucesos que interesan al
publico.

Sin embargo, al despertar ocho horas despues los habitantes de la
ciudad, ni uno solo se acordo del poeta celebre ni del Padre de los
Maestros. Un suceso inaudito llenaba las paginas de los periodicos, y
tal era su novedad, que paralizo la vida corriente, aglomerando a todos
los habitantes en las plazas y calles centricas. Un temblor de tierra,
la erupcion de un nuevo volcan, un gran naufragio o una catastrofe aerea
no hubiesen acaparado tanto la atencion. Lo que ocurria era aun mas
extraordinario.

Despues de tantos anos de paz, cuando nadie se acordaba de la existencia
de las antiguas guerras, acababa de surgir una guerra.

En Balmuff, uno de los Estados mas lejanos y pobres, se habian sublevado
el dia anterior todos los hombres contra el gobierno de la
Confederacion, dirigidos por algunos jovenes excentricos de los que
figuraban en el partido masculista. Su primer acto habia sido constituir
un gobierno provisional, todo de varones, que redacto un manifiesto
dirigido al pueblo. En el se decretaba para siempre la abolicion de la
supremacia de las mujeres, declarando que estas debian ser por el
momento inferiores al hombre, y tal vez mas adelante, cuando hubiesen
perdido su presente orgullo, se accederia a que fuesen sus iguales.

La noticia de tal sublevacion, asi como el manifiesto de sus jefes, hizo
reir mucho al publico femenino. Algunos caricaturistas habian
improvisado a ultima hora dibujos para los periodicos, representando las
tropas revolucionarias compuestas de hombres todos con faldas y con
velos, llevando ademas lanzas y espadas. Las esposas masculinas de los
individuos del gobierno y de sus altos empleados, asi como las
pertenecientes a las familias ricas de la capital, eran las que mas se
indignaban contra esta sublevacion de sus companeros de sexo.

--El hombre--decian--debe permanecer quieto en su casa, ocupandose de
los hijos y de la fortuna conyugal. Eso de gobernar es oficio de las
mujeres. ?Adonde iriamos a parar si nosotros, con nuestra inexperiencia,
nos metiesemos a dirigir las cosas publicas?...

Y los que pedian mas crueles castigos para la revolucion de los hombres
eran los hombres. En cambio, habia mujeres que permanecian en silencio,
como si temiesen hacer publica su opinion sobre este suceso. Pero se
notaba en su mutismo algo que hacia recordar la doctrina de Popito
acerca de la armonia entre los dos sexos.

Se sucedian con rapidez las noticias de Balmuff. Las transmisiones
aereas hacian vibrar el espacio incesantemente, y cada media hora
descendia una maquina voladora sobre el palacio del gobierno, viniendo
de los ultimos confines del mundo conocido.

Los curiosos ya no reian de la grotesca revolucion de los hombres.
Lanzaban los periodicos edicion tras edicion para contar la historia de
este suceso, el mas inaudito e inesperado desde que las mujeres
constituyeron los Estados Unidos de la Felicidad. Los insurgentes de
Balmuff se habian lanzado con piedras y palos sobre la Universidad de su
capital, apoderandose de ella sin mas esfuerzo que repartir unos cuantos
garrotazos entre los profesores femeninos y otros empleados de igual
sexo que dependian del lejano y omnipotente Momaren. Luego se habian
esparcido por el Museo Historico, apoderandose de los fusiles y canones
que figuraban en sus salas. Precisamente el gobierno de la
Confederacion, para satisfacer sin gasto alguno la vanidad de las
mujeres patriotas de este Estado remoto, habia enviado, poco despues del
triunfo femenil, enormes cantidades del antiguo material de guerra de
los hombres, para que con esta ferreteria inutil adornasen su palacio
universitario.

El jefe militar de Balmuff era una amazona membruda y de labios
bigotudos, desterrada de la capital a causa de sus costumbres demasiado
libres. Este guerrero rio al saber que la canalla masculina--que hacia
sus delicias en secreto--se armaba con los artefactos inutiles del
pasado, y se limito a ir en su busca con unas cuantas maquinas
expeledoras de rayos negros. De este modo no necesitaria que sus
amazonas persiguiesen a los insurrectos a flechazos. Ellos mismos iban a
matarse, pues los rayos prodigiosos harian estallar entre sus manos las
maquinas anticuadas que acababan de adquirir ilegalmente.

Pero al dirigir contra los revolucionarios los rayos negros, siempre
poderosos, quedo absorto viendo su ineficacia. De los grupos rebeldes no
surgio ninguna explosion. Ademas, estos grupos eran casi invisibles,
pues en torno de ellos se notaba la existencia de una neblina gris, un
halo denso, que los envolvia y los acompanaba como una armadura aerea.
En cambio, de la masa insurrecta surgio de pronto el trac-trac de las
ametralladoras, semejante al ruido de las antiguas maquinas de coser, el
largo y ruidoso desgarron de las descargas de fusileria, el punetazo
seco y continuo de los canones de tiro rapido, y en unos segundos
quedaron en el suelo la mayor parte de las tropas del gobierno, huyendo
las restantes con un panico irresistible.

Las gentes de la capital, al leer esto, se miraban aterradas, no
encontrando en su atolondramiento palabras capaces de expresar su
asombro. Los mas locuaces solo sabian decir:

--?Sera posible?... ?Sera posible todo eso?

La actitud del gobierno les hacia ver que era posible eso y aun algo
mas, que no decian los periodicos, pero que las gentes se comunicaban en
voz baja.

Ya no era Balmuff el unico pais ganado por la revolucion. Los hombres de
otras regiones inmediatas se habian sublevado igualmente, y parecian
contar con el mismo invento de la coraza vaporosa repeledora de los
rayos negros. Todos ellos se pertrechaban a estilo antiguo en los
museos, venciendo instantaneamente con sus armas de repeticion a las
tropas gubernamentales. Indudablemente algun hombre dedicado a la
ciencia habia hecho en favor de los de su sexo un invento semejante al
de aquella sabia mujer venerada en el templo de los rayos negros.

Ahora las maquinas voladoras que iban llegando al palacio del gobierno
procedian de los mas diversos extremos de la Republica. En casi todas
las provincias acababan de sublevarse los hombres. En unas habian
vencido, en otras habian fracasado, porque las autoridades supieron
guardar y defender a tiempo los depositos de armamento antiguo.

Poco antes de cerrar la noche, los altos senores del gobierno, de
acuerdo con las instituciones parlamentarias, declararon en estado de
guerra a toda la Republica. Al mismo tiempo decretaron la movilizacion
de las mujeres menores de cuarenta anos, para que tomasen las armas, y
el alistamiento voluntario de los hombres que quisieran trabajar en los
servicios auxiliares y en los hospitales.

En el Senado, el publico lloro de emocion escuchando a Gurdilo el mas
desinteresado y sublime de sus discursos. Todo lo olvidaba ante la
inminencia del peligro comun. Beso y abrazo a los senores del Consejo
Ejecutivo, odiados por el hasta un dia antes. Ya no resultaban oportunos
los rencores politicos; todos eran mujeres y tenian el deber de morir
defendiendo el orden social, puesto en peligro por las utopias
anarquicas de unos cuantos varones ambiciosos o locos, olvidados de las
virtudes, respetos y jerarquias que forman la base de un pais
solidamente constituido.

El gran orador fue breve y luminoso en su arenga, repleta de consejos
para los gobernantes. Ya que un nuevo invento masculino hacia inutiles
por el momento los salvadores rayos negros, las mujeres sabrian valerse
igualmente del antiguo material de guerra de los hombres olvidado en las
universidades. Tambien sabrian inventar y fabricar nuevas armas mas
poderosas, apelando a la colaboracion de las mujeres cientificas y de
las que dirigian la industria.

iAntes la guerra, una guerra larga y sangrienta como las de Eulame, que
verse vencidas y esclavizadas por el hombre, lo mismo que en otros
siglos!

La muchedumbre aglomerada ante el palacio rugio de entusiasmo al ver en
un balcon al siempre descontento tribuno sonriendo a los senores del
gobierno y abrazandose con ellos.

Bajo el resplandor sonrosado de las iluminaciones nocturnas desfilaron
todas las tropas de la capital. El entusiasmo femenino estallo en gritos
estridentes al ver pasar los batallones de muchachas arrogantes
acompanadas por el centelleo de sus espadas, de sus casquetes y de sus
uniformes cubiertos de escamas metalicas. ?Como los hombres, groseros y
cortos de inteligencia, iban a poder resistir el empuje de estas
amazonas robustas, esbeltas y de ligero paso?... Despues, las hembras
mas rabiosas rectificaban sus opiniones para aplaudir igualmente al sexo
enemigo.

No todos los hombres eran dignos de abominacion. Los jinetes de la
policia, aquellos barbudos de la cimitarra, tan odiados por el pueblo,
desfilaban igualmente. Todos habian pedido que los enviasen a combatir a
los insurrectos. Y detras de ellos pasaron miles y miles de voluntarios
que acababan de alistarse: atletas semidesnudos, maquinas de trabajo que
habian vivido hasta entonces en una pasividad estupida y parecian
despertar a una nueva existencia con la aparicion de la guerra. Las
mujeres los admiraban ahora como si fuesen unos seres completamente
diferentes de los siervos que habian conocido horas antes.

--iViva el gobierno! iViva la Verdadera Revolucion! iVivan las
mujeres!--gritaban al pasar entre el gentio.

Y sus gritos los lanzaban de buena fe, sin ninguna ironia. Lo importante
para ellos era hacer la guerra, no parandose en averiguar contra quien
la hacian. Marchaban a combatir a los hombres porque estaban en la
capital; de haberse encontrado en Balmuff, hubiesen ido a combatir a las
mujeres, profiriendo gritos radicalmente contrarios con el mismo
entusiasmo y la misma voluntad de ser heroes.

El Hombre-Montana adivino desde las primeras horas del dia que algo
extraordinario estaba ocurriendo en la Ciudad-Paraiso de las Mujeres.
Los constructores de la escollera le ordenaron, valiendose de gestos,
que suspendiese el trabajo de acarrear grandes piedras. Los obreros que
las acoplaban se habian marchado, y el universitario que traducia las
ordenes no aparecio en todo el dia.

Los buques de guerra que navegaban siguiendo la costa para impedir que
el gigante se lanzase mar adentro se metieron en el puerto o se alejaron
a toda maquina, perdiendose en la linea del horizonte, como si se les
acabase de ordenar un rapido viaje. Los aparatos aereos emprendieron el
vuelo, desapareciendo igualmente, y solo quedo uno flotando en el
espacio, con el pico vuelto hacia la ciudad, pues a sus tripulantes
parecia interesarles mas lo que pasaba en ella que la vigilancia del
Hombre-Montana.

Tambien habia disminuido considerablemente el numero de los esclavos
encargados de su cuidado y vigilancia. Solo quedaban los mas viejos, y
fue para el una fortuna que hubiesen traido al amanecer la diaria
provision de pescado. Gracias a esto, los servidores pudieron preparar
el caldero, y Gillespie, al cerrar la noche, encontro algo que comer, a
pesar del abandono que notaba en torno a su persona.

Paso una gran parte de la noche de pie, mirando hacia la ciudad. Su
estatura le permitia abarcar con los ojos la mayoria de sus barrios. El
halo rojo de la iluminacion duro hasta altas horas de la noche. Llegaba
a sus oidos el vocerio de la inmensa muchedumbre, sus aclamaciones
entusiasticas, las canciones patrioticas entonadas a coro y el estruendo
enardecedor de las musicas militares. Al mismo tiempo surcaban el
espacio, como si fuesen cometas de distintos colores, los ojos de las
maquinas voladoras con sus largas colas de luz. Abajo, en la obscuridad
del mar, se deslizaban igualmente otras estrellas con todos los fulgores
del iris. Por el aire y por el agua, un movimiento continuo y
extraordinario iba llevandose fuera de la capital miles y miles de
seres.

Sus servidores le gritaban de vez en cuando una palabra en el idioma del
pais, que el no podia entender. Le dio, sin embargo, dos significados
semejantes, y estaba casi seguro de no equivocarse. Aquellos hombres
querian decir "guerra" o "revolucion".

Indudablemente habia surgido el movimiento insurreccional que venia
preparando Ra-Ra. ?Que seria de Popito?...

Acabo por acostarse en la arena para dormir el resto de la noche,
diciendose que al dia siguiente tendria noticias mas exactas de lo
ocurrido. No le iban a dejar olvidado en aquella playa. Fuesen los
vencedores unos u otros, se acordarian de el para tributarle honores
casi divinos, como lo prometia Ra-Ra, o para obligarle a trabajar y
darle mal de comer, como venia haciendolo el gobierno de las mujeres.

Al despertar en la manana siguiente, se vio completamente solo. Todos
sus acompanantes habian huido. Esta soledad inquieto al Hombre-Montana.
Nadie iba a traerle el pescado para el diario alimento, ni el agua
necesaria, ni la lena para hacerle hervir el caldero. Lo unico que le
tranquilizo, dandole la seguridad de no morir de hambre, fue ver que no
quedaba nadie en torno de el capaz de cortarle el paso.

El destacamento de soldados que vivaqueaba antes entre el puerto y la
playa habia desaparecido. Sobre su cabeza no vio una sola maquina
voladora ni sus ojos encontraron ningun buque enfrente de el. Salian de
la ciudad verdaderas nubes de aviones, algunos de ellos enormes hasta el
punto de poder transportar varios centenares de pasajeros. Pero todos se
alejaban en direccion opuesta, y lo mismo hacian las escuadras de buques
que abandonaban el puerto.

Llevaba una hora de pie, mirando hacia la ciudad, espiando las amplias
avenidas que alcanzaba a ver entre los aleros, y en las cuales
hormigueaba un publico continuamente renovado, cuando sintio con
insistencia un cosquilleo en uno de sus tobillos. Al volver sus ojos
hacia el suelo, vio erguido en la arena, sobre las puntas de sus botas
para hacerse mas visible y moviendo los brazos, a un pigmeo, mejor
dicho, a un soldado, con casco de aletas y espada al cinto, el cual daba
gritos para llamar su atencion. Un poco mas alla vio tambien una maquina
rodante en figura de tigre, que habia traido sin duda a este guerrero, y
era guiada por otro de la misma clase, aunque de aspecto mas modesto.

El gigante se sento en la arena lentamente, para no danar con el
movimiento de su cuerpo al enviado del gobierno. Porque Gillespie solo
podia imaginar que fuese un emisario del Consejo Ejecutivo este oficial
que brillaba al sol como si fuese todo el vestido de vidrio y ademas
llegaba montado en un vehiculo automovil de aspecto tan fiero.

Puso sobre la arena una de sus manos, y el militar monto en la palma con
cierta torpeza, que hizo sonreir al coloso. Para ser una mujer de
guerra, estaba demasiado gruesa y tenia los pies inseguros. Fue subiendo
la mano poco a poco para que el emisario no sufriese rudos balanceos, y
al tenerla junto a sus ojos lanzo una exclamacion de sorpresa.

--iProfesor Flimnap!

La traductora saludo quitandose el casquete alado, mientras apoyaba su
mano izquierda en la empunadura de su espada.

Iba vestida con un traje de escamas metalicas muy ajustado a sus formas
exuberantes, y parecio satisfecha del asombro del gentleman, viendo en
el un homenaje a su nueva categoria y al embellecimiento que le
proporcionaba el uniforme. Con una concision verdaderamente guerrera,
dio cuenta a Gillespie de todo lo ocurrido.

El gobierno acababa de decretar la movilizacion contra los hombres
insurrectos, y ella, aunque por su caracter universitario estaba libre
del servicio de las armas, habia sido de las primeras en ofrecerse para
pelear por la buena causa. Consideraba esto un deber ineludible, por ser
nieta de una de las heroinas de la Verdadera Revolucion. Pero Gurdilo,
su ilustre amigo, que mandaba ahora tanto como los altos senores del
gobierno, se habia negado a permitir que un profesor de sus meritos
fuese simple soldado y lo habia nombrado capitan, aunque en realidad no
mandaba tropa alguna.

Su obligacion militar iba a consistir en permanecer jauto al gobierno
escribiendo la cronica de la guerra y revisando las proclamas dirigidas
al pais, por si era posible agregarles nuevos toques de retorica.

--Venceremos, gentleman--dijo con entusiasmo--. Desde anoche estan
saliendo tropas para los Estados donde se han sublevado los hombres. Ya
le he dicho que estos disponen de una invencion, de una especie de nube
que los pone a cubierto de los rayos negros; pero aunque esto parezca de
gran importancia a ciertos varones ilusos, influira poco en el resultado
final. Si ellos pueden valerse, gracias a su descubrimiento, de las
armas antiguas que inventaron los hombres, nosotros tambien podemos
hacer uso de ellas, y las guardamos en mayores cantidades. Esta manana
hemos extraido de los archivos de la Universidad Central una estadistica
de todos los depositos que existen en las otras universidades y se
hallan en poder del gobierno. Por cierto que esto me ha permitido
adquirir noticias sobre el Padre de los Maestros, que esta enfermo de
gravedad, lo que origino ayer muchos comentarios.

Y con serena indiferencia, como si hablase de algo ocurrido muchos anos
antes, relato a Gillespie la misteriosa aparicion del poeta Golbasto
tendido en la arena de la playa y medio ahogado, asi como la dolencia
extrana de Momaren y las murmuraciones de los que afirmaban que a la
misma hora lo habian llevado inanime a su palacio unos desconocidos.

Parpadeo el gigante oyendo estas noticias, pero sin pronunciar una
palabra de comentario. No hubiera podido tampoco decirla aunque tal
fuese su voluntad, porque el profesor siguio su relato de la sublevacion
de los hombres.

--Los derrotaremos, gentleman. Hay que someter a esa canalla que
pretende resucitar las vergueenzas y los crimenes de otros siglos. Lo que
ellos quieren es que volvamos a la guerra y al militarismo.

Y al decir esto se irguio, acariciandose con una mano las melenas
mientras apoyaba la otra en la empunadura de su espada, cuya hoja se
extendia horizontalmente mas alla de sus exuberancias dorsales.

--Yo siento expresarme asi--continuo--porque usted es un hombre. Pero
hay hombres de distintas clases. Hubiese usted sentido orgullo anoche y
esta manana al ver como desfilaban miles y miles de varones que han
abrazado nuestra causa y desean morir en defensa del beneficioso regimen
organizado por las mujeres.

El flamante capitan se interrumpio para mirar abajo, extranandose de la
soledad de la playa. Todos los servidores habian desaparecido.

--Esto no puede seguir asi--dijo con autoridad--. Afortunadamente, yo
vuelvo a ser alguien en los presentes momentos, y remediare tal
desorden. No le prometo volverle hoy mismo a la Galeria de la Industria,
donde usted se encontraba tan bien. Seria demasiado rapido el cambio y
los senores del Consejo Ejecutivo podrian ofenderse. Pero yo hablare a
mi ilustre jefe Gurdilo, y es casi seguro que dentro de unos dias
ocupara usted su antigua vivienda. Mientras tanto, cuidare directamente
de su alimentacion. Ahora manda su amigo Flimnap, y no morira usted de
hambre.

Sonrio el profesor al acordarse de sus preocupaciones pecuniarias
algunos dias antes, cuando intentaba ayudar a la alimentacion del
gentleman con sus modestos recursos.

Como era un guerrero influyente, podia regalar hasta la saciedad a su
adorado gigante distrayendo una parte minima de los grandes depositos de
materias nutritivas requisadas por el gobierno para las necesidades del
ejercito.

--Va usted a comer mejor que en los ultimos dias--dijo con el tono
maternal que emplea toda mujer cuando se ocupa de la alimentacion del
hombre que adora--. ?Le siguen gustando a usted los bueyes asados?...
?Cuantos quiere para hoy, dos o media docena?

Iba a contestar el coloso, cuando un ruido extraordinario vino del lado
de la ciudad. Para el oido de Gillespie no era gran cosa: hubiese
equivalido en el mundo de los seres de su estatura al ruido que produce
el choque de dos guijarros, o al de varias bolas de espuma de jabon
cuando estallan. Pero el capitan Flimnap, que tenia mas limitadas y por
lo mismo mas sensibles sus facultades auditivas, se estremecio de los
pies a la cabeza, vacilando sobre la mano del gigante.

Escuchaba por primera vez estos ruidos pavorosos, y aunque habia leido
en las cronicas antiguas muchas descripciones del estruendo de las armas
inventadas por los hombres, nunca pudo suponerlo tal como era en la
realidad.

--iGrandes dioses!--grito--. iSon tiros! iDisparos de armas de fuego!...
iY suenan cerca de la Universidad!... Adivino lo que ocurre. Tambien se
han sublevado los hombres en la capital, intentando apoderarse de
nuestro Museo Historico. Pero el gobierno ha previsto el caso, y los
sublevados, en vez de llevarse las llamadas armas de fuego, son
recibidos en este momento por nuestras tropas, que emplean contra ellos
las mismas armas.... iOtra vez disparos! iGentleman, dejeme en el suelo
inmediatamente! Necesito ir alla.... Alla no; al palacio del gobierno,
donde me buscan tal vez a estas horas para pedirme datos.

Y era tal su nerviosidad, que el gigante temio que se arrojase desde lo
alto de su mano. Dejo al profesor-guerrero en la arena, y vio como
corria hacia su automovil-tigre y como escapaba este a toda velocidad
hacia el puerto.

--iCon tal que no olvide su promesa!--penso el Hombre-Montana, que
empezaba a sentir el tormento del hambre.

El enamorado capitan era incapaz de abandonar un instante el recuerdo de
su protegido, y a la caida de la tarde, cuando ya desesperaba este de
satisfacer su apetito, empezando a calcular la posibilidad de una
invasion de la capital en busca de comida, vio como avanzaban por la
playa unas cuantas maquinas rodantes, negras y sin adornos, de las que
servian para el avituallamiento del ejercito. Sostenido por dos de ellas
reconocio un plato enorme, de los empleados en su servicio alla en la
Galeria de la Industria. Sobre este plato se elevaban, formando
piramide, cuatro bueyes asados. En los otros vehiculos llegaban montanas
de panes--cada uno de ellos del tamano de un grano de maiz ante los ojos
del gigante--, piramides de frutas enormes para los pigmeos, pero que
venian a ser del volumen de un canamon, y montones de quesos. Una
seccion de atletas agregados al ejercito traia en varios vagones una
docena de toneles de agua.

Cuando toda esta gente se marcho, anunciando que volveria al dia
siguiente con nuevos viveres, el gigante, sentado en la arena, pudo
saciar su hambre con holgura. Hacia mucho tiempo que no habia saboreado
una comida igual. Hasta encontro agradable la existencia a la
intemperie, siempre que Flimnap cuidase de su alimentacion. Luego penso
que su enamorado capitan acabaria por volverle a la Galeria de la
Industria, apreciada ahora por el como un palacio maravilloso.

Paso la noche en un sueno profundo, a pesar de que llegaban hasta la
playa los rumores de la ciudad en continuo movimiento.

--Manana--penso--a primera hora, cuando me traigan el almuerzo, se
presentara Flimnap con nuevas noticias.

Pero transcurrieron muchas horas de la manana sin que llegase el
almuerzo ni el amable capitan. Pasado mediodia, cuando el coloso, mal
acostumbrado por las abundancias de la noche anterior, empezaba a sentir
el tormento del hambre, vio avanzar a traves de la playa solitaria a un
pigmeo que, sin duda, venia en su busca.

No llevaba uniforme militar ni le seguia vehiculo alguno. Su vestidura
estaba compuesta de tunica y velo, como la de todos los hombres que no
eran esclavos.

Gillespie penso inmediatamente que tal vez era Ra-Ra o Popito, aunque
sin decidirse por ninguno de los dos, pues se sentia desorientado por la
inversion de sus trajes. Cuando el recien llegado, hombre o mujer,
estaba todavia a unos cuantos pasos, Edwin puso una mano en el suelo
para que montase en ella, y asi lo hizo el pigmeo. Llevaba la cara
envuelta en velos, pero al quedar cerca de los ojos del coloso descubrio
su rostro.

Experimento Gillespie una sorpresa que no por haberse repetido muchas
veces resultaba menos intensa. "iMiss Margaret Haynes!..." Luego tuvo
que pensar, como siempre, que miss Margaret, aunque pequena, gracil y
delicada, no era tan diminuta, y que esta beldad pigmea solo podia ser
Popito.

Vio una Popito llorosa y humilde, que en nada hacia recordar al doctor
juvenil y seguro de si mismo conocido dias antes.

--iGentleman--gimio--, van a matar a Ra-Ra!

Y fue contando rapidamente todo lo que habia ocurrido el dia anterior en
la Ciudad-Paraiso de las Mujeres.

Los hombres de la capital se habian mostrado menos audaces que los de
otros Estados. Tal vez influia en ello la proximidad del gobierno y de
los grandes medios defensivos acumulados por este. Ademas, dicha
vecindad resultaba corruptora. La mayoria de los varones, en vez de
seguir a los que peleaban por la emancipacion de su sexo, habian
preferido ayudar al gobierno de las mujeres.

--Esto no es extraordinario, gentleman. Tambien creo que en el mundo de
los Hombres-Montanas las gentes dan su sangre y mueren por intereses
completamente opuestos a sus propios intereses. Los pobres, vestidos con
un uniforme, pelean por conservar a los ricos su riqueza; los soldados,
cuando terminan las guerras, viven en la miseria, mientras los que se
quedaron tranquilos en sus casas se reparten las cosas conquistadas; las
mujeres ignorantes apoyan a los hombres que se oponen a las
reivindicaciones del sexo femenino. Asi son los absurdos de la vida.

El gigante asintio con un movimiento de cabeza, mientras Popito
continuaba su relato.

La insurreccion habia tenido que retrasarse un dia, hasta que, al fin,
en la manana anterior, Ra-Ra, con unos cuantos miles de esclavos y
llevando como oficiales a muchos jovenes de los clubs "varonistas", se
lanzo al asalto de la Universidad para apoderarse de las armas
depositadas en el Museo Historico. Se creian seguros de obtener la
victoria gracias a las maquinas productoras de una coraza vaporosa que
neutralizaba el efecto de los rayos negros. Una ligera interrupcion
ocurrida a ultima hora en el mecanismo de estas maquinas habia
ocasionado el retraso del movimiento insurreccional.

Pero el gobierno estaba advertido de el, y un batallon de muchachas de
la Guardia defendia la Universidad. Muchas de estas se lanzaron
espontaneamente a manejar las armas antiguas, inventadas por los
hombres, siguiendo los consejos de un profesor que creia haber adivinado
su uso leyendo libros rancios.

La mayor parte de los fusiles no funcionaron. En otros se rompieron los
canones, matando a las amazonas que los manejaban. Pero los muy contados
que por casualidad pudieron enviar sus proyectiles contra los asaltantes
pusieron a estos en dispersion. Ademas, los hombres, que no habian
escuchado nunca el estrepito de las armas de fuego, sufrieron el
sobresalto propio de la falta de costumbre.

El resto de la Guardia ataco a flechazos a los insurrectos tenaces que
no querian huir, y Ra-Ra, con muchos de sus oficiales, cayo prisionero.

--Hoy lo juzgan, gentleman, y es seguro que lo condenaran a muerte. Solo
usted puede salvarlo. No desoiga mi ruego.

Gillespie quedo mirando a Popito con una fijeza dolorosa. La pobre
muchacha gemia, sin apartar de el sus ojos lacrimosos, como si fuese una
divinidad en la que ponia todas sus esperanzas. Empezo a sentir la
colera de un celoso al ver que miss Margaret Haynes se preocupaba tanto
de Ra-Ra y lloraba por su suerte.

--Yo sere su esclava--decia la joven--; pero salvelo. Que el viva,
aunque yo pierda mi libertad para siempre.

Luego penso que Ra-Ra era una reduccion de su persona, y esto le hizo
encontrar mas logica la conducta de miss Margaret, o sea de Popito. Pero
?que podia hacer el, pobre gigante, para salvarse a si mismo?... Quedo
pensativo, mientras la joven, imaginandose que aun intentaba resistirse
a sus ruegos, los repetia con una expresion tragicamente desesperada.

--Le suplico, miss Margaret--dijo Edwin--, que calle un momento y me
deje pensar.

Al oirse llamar asi, creyo Popito que verdaderamente sus lamentos
distraian al gigante, y permanecio silenciosa.

Por un fenomeno mental debido a la influencia irresistible de su
egoismo, Gillespie empezo a pensar, contra su voluntad, en el antiguo
traductor convertido en guerrero. No le habia enviado el almuerzo y
seguramente tampoco le enviaria la comida. Los pigmeos, ocupados en su
guerra de sexos, no se acordaban de el, y le dejarian morir de hambre.
El Hombre-Montana, despues de llamar tanto la atencion, habia pasado de
moda, como esos artistas viejos que hicieron correr las muchedumbres
hacia su persona y acaban muriendo en un hospital. Ademas, el capitan
Flimnap, arrogante y fanfarron, parecia una persona diferente de aquel
profesor Flimnap bondadoso y simple que habia conocido. Entusiasmado por
sus ridiculas tareas militares, permaneceria ausente, sin comprobar la
exacta ejecucion de sus ordenes. Nadie se cuidaba de su alimentacion, y
el necesitaba comer.

--iSalve usted a Ra-Ra!--volvio a repetir Popito, considerando, sin
duda, demasiado largas las reflexiones del gigante.

Este grito le hizo pensar de nuevo en el pigmeo revolucionario que era
el mismo. ?Podia dejarlo abandonado a la venganza de las mujeres?... ?No
equivalia esto a un suicidio?...

Ademas, miss Margaret estaba alli, arrodillada en la palma de su mano,
tendiendo los brazos en actitud implorante, y no es correcto que un
gentleman se deje rogar por una senorita que pide proteccion, y mas si
esta senorita es su novia.

Miro hacia el puerto, que dominaba en gran parte con su vista. Luego
volvio los ojos hacia la cumbre de la colina ocupada por la Galeria de
la Industria.

--Miss Margaret--digo con inflexiones carinosas de voz--, hare lo que
usted me mande.

Pero reconociendo su error, se rectifico, anadiendo:

--Doctor Popito, salvaremos a Ra-Ra y nos iremos de este pais, que va
resultando poco agradable.

Luego hizo preguntas a la joven para conocer las ultimas noticias de la
revolucion, y, sobre todo, si eran muchas las fuerzas militares que
habian quedado en la capital. Popito, satisfecha de las promesas del
gigante, hablo con mas tranquilidad.

Las nuevas recien llegadas eran malas para el gobierno. Los hombres
habian suprimido la dominacion de las mujeres en catorce Estados; la
agitacion iba en aumento en toda la Republica.

--Sin embargo, gentleman, yo no tengo el entusiasmo ciego de Ra-Ra, y
veo mas claramente que unos y otros. La revolucion de los hombres ha
fracasado. Su primera condicion de exito era la sorpresa, y esta ha
dejado de ser posible. Los hombres ya no pueden vencer en unos cuantos
minutos, como vencieron las mujeres gracias a los rayos negros. Esto no
es una revolucion, es una guerra, y una guerra larguisima, igual a todas
las del pasado. Se sabe que empieza ahora, pero nadie puede decir cuando
terminara. El invento de la coraza vaporosa hecho por los hombres les ha
servido para poder utilizar las armas antiguas; pero estas armas son
viejisimas, y aunque las ha conservado mucho la limpieza de los museos,
estallan y revientan frecuentemente, por no poder resistir su ancianidad
las funciones ordinarias de la juventud.

"Ademas, las municiones son tan antiguas como las armas, y los
explosivos que duermen hace tantos anos en el ataud metalico de las
capsulas se inflaman de una manera caprichosa o insisten en seguir
silenciosos para siempre. De cada cien tiros sale uno. Las mujeres, por
su parte, al ver la impotencia de los rayos negros, apelan a las armas
de los hombres, aunque las manejan peor que estos. El gobierno quiere
fabricar nuevas municiones, y todas las universitarias dedicadas a la
ciencia estudian desde hace dos dias incesantemente para resucitar los
secretos malignos y destructores de los varones, que voluntariamente
fueron olvidados.

"Pero aunque los descubran, ?como aprenderan las mujeres el manejo de
tanta cosa peligrosa y mortifera? Las proximas batallas, o tal vez las
que se estan dando en este momento, seran con armas blancas. Unos y
otros apelaran a la espada, a la lanza, a la saeta, como antes que
Eulame trajese los inventos de los Hombres-Montanas, y en esta lucha de
musculos y de agresividad feroz, el hombre va a acabar por vencer a la
mujer. iPero esto tardara tanto!... Antes de que la guerra termine seran
muchas las victimas, muchisimas; entre las primeras figurara Ra-Ra, si
usted no lo remedia ... y yo morire.

Esto ultimo no podia tolerarlo Edwin Gillespie.

--?Morir usted, miss Margaret ... digo Popito?

Unicamente podria ocurrir una cosa tan absurda despues que el hubiese
muerto.

--iSalvelo usted!--insistio la joven--. Llevenos lejos de aqui. Este es
un pais donde no queda sitio para nosotros.

De la misma opinion era el gigante. Volvio a mirar en torno de el, y vio
la playa desierta. Ni un solo carro de avituallamiento, ni un emisario
que le trajese explicaciones acerca de su futura alimentacion.
Decididamente, le habian olvidado.

Gillespie, ruborizandose un poco, empezo a hablar con cierta dificultad,
como si abordase un tema algo inconveniente:

--Miss, los compatriotas de usted me han dejado en un traje poco
presentable. Verdaderamente, mi facha no es para acompanar a una
senorita. Usted va a venir conmigo, y yo no se donde meterla, pues las
ropas ligeras que me cubren en este momento carecen de bolsillos.

Quedo en actitud reflexiva, acariciandose la mandibula inferior con la
mano que tenia libre, mientras sostenia a la joven en la palma de la
mano opuesta.

--?Se siente usted capaz de viajar montada en mi cabeza?

Popito, a pesar de sus tristes preocupaciones, contesto con una palida
sonrisa.

Ella estaba dispuesta a seguir al gigante, arrostrando los mayores
peligros, para salvar a Ra-Ra. Debia tratarla como a un camarada, sin
miramiento alguno.

--Instalese usted ahi como pueda.

Y al decir esto, el gigante levanto su mano derecha, colocandola al
nivel de la cuspide de su craneo. Popito salto entre los negros
matorrales de la cabellera, buscando un lugar a proposito para sentarse.

--Agarrese con fuerza a un mechon--dijo Gillespie--. No tema hacerme
dano. Todo lo que venga de usted es para mi una caricia.

Despues de estas palabras galantes, anadio:

--Viajara usted un poco sacudida, pero la primera parte de nuestra
expedicion conviene que sea rapida. Vamos ahora, miss Margaret, a mi
antigua vivienda. Necesito mi traje y otra cosa que guardo alla, sin la
cual reconozco que valgo muy poco. Creo recordar el camino, pero, si me
extravio, adviertamelo inmediatamente. Nos conviene llegar antes de que
nuestros enemigos hayan adivinado mi intencion.

Y empezo a marchar a grandes zancadas, procurando mantener rigido su
cuello; pero esto no libro a la joven de un vaiven igual al de un navio
en un mar tormentoso. Agarrada a dos mechones de cabellos y contrayendo
sus brazos, se defendio de este rudo movimiento, a la vez que seguia con
mirada atenta la marcha de su gigantesco portador.

--Muy bien, gentleman. Eso es. iA la derecha!... Ahora siempre de
frente.

Habian llegado al puerto, y Gillespie, marchando por una avenida
exterior de la ciudad, avanzo hacia la colina en cuya cuspide se elevaba
su antigua vivienda. Las gentes del puerto, que estaban ayudando al
embarque de material de guerra para las islas amenazadas de sublevacion,
se esparcieron por las calles gritando la terrible noticia.

--iEl Hombre-Montana se ha escapado!... iEl gigante se marcha de la
capital!...

Y todos, al oir esto, pensaban lo mismo. El coloso era hombre, y por
solidaridad de sexo iba indudablemente a unirse con los revolucionarios.
Los pesimistas levantaban las manos hacia el cielo, exclamando:

--iSolo nos faltaba esta nueva calamidad!...

Cuando llego la noticia al palacio del gobierno, ya pisaba Gillespie la
cuspide de la colina. Al entrar en su antigua vivienda noto
inmediatamente los efectos del abandono. Todo lo perteneciente a el
estaba en la misma situacion que lo dejo al salir de alli. Unicamente,
en los extremos del edificio, las cocinas y la despensa mostraban un
desorden semejante al de una ciudad entregada al saqueo. La servidumbre,
antes de marcharse, lo habia robado todo.

Sonrio el gigante al ver en el suelo sus pantalones y su chaqueta. Pero
su satisfaccion aun fue mas grande al encontrar apoyado en la mesa el
enorme tronco arrancado por el de la selva de los emperadores.

Se llevo una mano a la cabeza, buscando entre los mechones de su
cabellera a Pepito, y esta le grito varias veces: "iEstoy aqui!", para
que su voz sirviese de guia a los dedos. El Gentleman-Montana la dejo
cuidadosamente sobre la mesa cubierta de polvo, diciendo con voz
suplicante:

--Vuelvase de espaldas, miss. Siento mucho tener que vestirme en su
presencia, pero nuestra situacion no es para entretenernos en escrupulos
de buena crianza. Termino en un momento.

Y el gigante, levantando sus ropas del suelo, se vistio apresuradamente.

Luego, al empunar con su diestra la enorme cachiporra, le parecio que se
habian doblado su estatura y su vigor, sintiendose capaz de suprimir de
un golpe a cuantos pigmeos intentasen cerrarle el paso.

--Ahora va usted a viajar con mas comodidad--dijo, tomando a Popito
entre dos dedos y elevandola sobre la mesa.

La introdujo en el bolsillo superior de su chaqueta, donde otras veces
habia guardado a Ra-Ra. Ya no necesitaba mantener su cuello rigido ni
marchar con cierta precaucion, temiendo que Popito cayese desde la
inmensa altura de la selva capilar que cubria su craneo. Ahora podria
moverse y correr cuanto quisiera, sin otro inconveniente que el de
sacudir un poco a la joven dentro de su encierro.

Se lanzo fuera del edificio, en direccion a la ciudad, pero al dar los
primeros pasos por la pendiente de la colina vio que se cruzaba en su
camino una maquina rodante con cabeza de tigre, ocupada por militares.

El Hombre-Montana levanto su garrote con intencion de aplastar al
vehiculo y los que iban en el. Bastaba para esto un simple golpe dado
con la parte gruesa del tronco. Pero reconocio al capitan Flimnap, que
le gritaba, abriendo los brazos:

--iDetengase, gentleman! ?Adonde va?... Le pido perdon por el olvido de
que ha sido objeto. Los culpables son esas gentes de la administracion
del ejercito, que, como no estan acostumbradas al nuevo servicio,
equivocaron mis ordenes. Pero vamonos a la playa; deben haber llegado ya
doce furgones llenos de viveres. Tiene usted preparada una comida
magnifica.

El gigante se encogio de hombros, como si no reconociese a su antiguo
traductor.

Luego paso sus pies por encima de la maquina rodante, con cierta
lentitud para no aplastarla, y continuo marchando hacia la capital, sin
hacer caso de los gritos que lanzaba Flimnap al verse abandonado.




XV

Que trata de muchos sucesos interesantes, como podra apreciarlo el
curioso lector


Inclino la cabeza para hablar a Popito, que se habia asomado a la
abertura del bolsillo.

--Sepa usted, miss--dijo--, que vamos en busca de Ra-Ra. Digame donde lo
tienen preso; guie mis pasos.

Le fue indicando la joven las avenidas que debia seguir por las afueras
de la ciudad. Marchaban entre grandes edificios levantados cuando la
capital se ensancho a consecuencia de la Verdadera Revolucion.

La carcel donde guardaban a Ra-Ra era un antiguo cuartel que las tropas
femeninas habian abandonado por insalubre.

--Aqui--dijo Popito.

Y le senalo con sus gritos y sus manoteos un edificio de paredes
sombrias, con las ventanas cerradas.

Ante el paso del gigante huian las gentes dando gritos. Sus pies solo
encontraban un desierto repentino, mientras a sus espaldas se iba
levantando un bullicio enorme, pues el publico se arremolinaba para
seguirle entre vaivenes de audacia y de pavor.

Aquella carcel estaba guardada por una tropa numerosa, compuesta de
mujeres flecheras y hombres barbudos de la policia montada. Al ver
aproximarse al gigante por el extremo de la avenida, o sea a una
distancia que habiese exigido de cualquier pigmeo mil pasos para
correrla, todas estas tropas acudieron a las armas. Nadie penso en huir.
Las explosiones de entusiasmo y los cantos patrioticos de los dias
anteriores habian infundido a todos una audacia heroica.

Con solo media docena de zancadas llego el coloso a la puerta de la
prision, hundiendo sus pies en la muchedumbre armada. Las amazonas
enviaron a lo alto una nube de flechas contra su pecho y su cabeza,
mientras los jinetes de las cimitarras intentaban herirle en las
pantorrillas. Pero el, con un golpe de su garrote, abrio anchisimo surco
en la masa de enemigos, enviando por el aire docenas de estos, y a
continuacion le bastaron varias patadas para desbaratar el resto de la
tropa. Todos los que aun se mantenian de pie huyeron, dejando el suelo
cubierto de camaradas inertes o gimeantes.

Gillespie acometio inmediatamente a puntapies, la gran puerta del
edificio, y finalmente hizo de su cachiporra una catapulta, derribando a
los primeros embates las dos hojas chapadas de acero.

--iRa-Ra, hijo mio--grito a toda voz--, la salida esta libre; huye y no
perdamos tiempo!

Saltando sobre las hojas rotas de la puerta aparecieron bajo su arco
varios hombres que parecian asombrados de su buena suerte y miraban en
torno, no sabiendo por donde escapar. Debian ser los companeros de
Ra-Ra. Este aparecio al fin, y al ver al gigante con su arma aplastadora
y todo el suelo en torno de el cubierto de enemigos, grito con
entusiasmo:

--iVictoria!... Marchemos inmediatamente contra el palacio y acabaremos
en un instante con el gobierno de las mujeres. iViva la emancipacion
masculina!...

Pero Edwin se habia inclinado sobre el, tomandole con sus dedos, y lo
elevo hasta el mismo bolsillo donde estaba oculta Popito. Al hacer este
movimiento cayeron de su pecho muchas flechas que habian quedado medio
clavadas en el pano de la chaqueta.

--Lo que vas a hacer, querido Ra-Ra--dijo--, es quedarte quietecito
dentro de este bolsillo, donde encontraras una agradable sorpresa.
?Crees que voy a perder el tiempo mezclandome en esta ridicula guerra
entre hombres y mujeres?... iA callar! Es inutil que protestes, porque
no te oire. Ahora ya no necesito guias; puedo moverme solo.

Y como su estatura le permitia ver por encima de los tejados, se dirigio
hacia el puerto por el camino mas corto.

Ra-Ra, luego de quedar sumido en el fondo del bolsillo, se asomo a su
abertura, braceando entre gritos de desesperacion. Pero el gigante no
quiso escuchar lo que juzgaba protestas politicas del revolucionario y
le dio un golpe en la cabeza con uno de sus dedos, enviandolo otra vez
al fondo del bolsillo.

Llego Gillespie al puerto, teniendo siempre ante sus pies un ancho
espacio de terreno libre de gentio. Todos huian a ambos lados de el,
pero era para juntarse luego que habia pasado, profiriendo gritos de
alarma y amenazas.

A la cabeza de esta muchedumbre rodaba el automovil-tigre de Flimnap. El
profesor, puesto de pie sobre el vehiculo, iba arengando al gentio.

--iNo le hagan dano!--decia--. Se ha vuelto loco; no puede ser otra
cosa; pero tratandolo con dulzura acabara por someterse.

Unos le escuchaban sin hacerle caso; otros, que habian visto de lejos el
exterminio realizado por el gigante ante la carcel, gritaban venganza.
Esta masa enorme y alborotada, sin organizacion alguna, en la que se
confundian militares y civiles, mujeres y hombres, avanzaba cada vez mas
rapidamente, hasta que se detuvo de pronto con un movimiento de
retroceso que se extendio hasta el centro de la ciudad, esparciendo la
alarma en las calles transversales. El gigante se habia detenido al
llegar al puerto, y la muchedumbre que le seguia se detuvo igualmente.

Al ver llegar al Hombre-Montana huyeron todos los que trabajaban en los
muelles trasladando a varios buques mercantes los viveres amontonados
para el avituallamiento del ejercito y de la flota. El gigante avanzo
por uno de estos muelles, anchisimo para los pigmeos, pero en el cual
tenia que colocar sus pies con precaucion, como si marchase por lo alto
de una pared.

La muchedumbre lanzo un grito de sorpresa y de rabia al darse cuenta de
la direccion que seguia. Junto a este muelle se hallaba anclado el bote
que le habia traido de su remoto pais.

--iEl Hombre-Montana va a escaparse!--gritaron miles de voces.

Otros se alegraron de esto, aceptandolo como una solucion beneficiosa
para el pais, ahora que necesitaba concentrar todas sus actividades en
la guerra contra los hombres.

Todos vieron como se inclinaba sobre los penascos que defendian el lado
exterior del muelle formando una linea de rompeolas. Con una roca en
cada mano, levanto la cabeza, mirando en torno de el inquietamente.
Desde el principio de su fuga le preocupaban mas los ruidos del aire que
las agresiones de los enemigos que marchaban sobre la tierra. Una
flotilla de maquinas voladoras representaba para el un peligro temible.

Sono un zumbido de avion cerca de sus orejas y se puso en guardia; pero
al ver que solo era una maquina la que flotaba en el aire, sonrio
satisfecho.

En aquel mismo momento los senores del Consejo Ejecutivo y sus ministros
deploraban haber enviado contra los hombres sublevados todas las fuerzas
aereas existentes en la capital, y les ordenaban por medio de ondas
atmosfericas que volviesen con toda rapidez para exterminar al gigante.
Solo habia quedado un aparato volador, algo antiguo, para los servicios
extraordinarios, y su tripulacion estaba compuesta de senoras maduras,
movilizadas por la guerra, que habian permanecido largos anos sin
ejercer sus habilidades de guerreras del aire.

La maquina, que tenia la forma de una paloma, no oso aproximarse mucho
al Hombre-Montana. Los aviadores que le aprisionaron durante su sueno al
desembarcar en el pais tampoco se habrian atrevido a pasar ahora cerca
de su cabeza, como lo hicieron entonces. Habia que temer un golpe de
aquel arbol que le servia de baston.

Gillespie oyo un silbido, viendo al mismo tiempo ondular en el espacio
un serpenteo luminoso semejante a un relampago blanco. Acababan de
arrojar sobre el uno de aquellos cables de platino de los cuales no
podia defenderse. Pero echo atras la cabeza, y el brillante hilo paso
sin tocarle, retorciendose y doblando su extremo hacia arriba, como una
serpiente furiosa.

Las matronas de la maquina volante, que veian debajo de ellas a todo el
vecindario de la capital admirandolas, como si de su esfuerzo dependiese
la suerte de la Republica, quisieron no marrar su segundo ataque, y para
ello hicieron descender la maquina mas cerca del gigante, aunque
manteniendola a tal altura que no pudiera alcanzarla con su garrote.

El Hombre-Montana levanto una mano y, antes de que los aviadores
lograsen enviar de nuevo su lazo metalico, asesto a la maquina una
pedrada certera. El ave mecanica se desplomo herida, flotando algunos
momentos sobre la copa azul del puerto, mientras las matronas
reservistas se salvaban a nado. Al fin se acosto sobre una de sus
aletas, desapareciendo entre los circulos concentricos que habia abierto
en el agua.

Como Gillespie no veia otros enemigos aereos, salto dentro de su bote,
lo que produjo en el puerto una enorme ondulacion que hizo danzar sobre
sus amarras a todos los buques de los pigmeos.

Rapidamente, el coloso habia amontonado con ambas manos varias rocas de
la escollera, arrojandolas en el fondo de su barca. Vio con placer que
la marineria de la escuadra del Sol Naciente habia dejado en su
embarcacion dos remos antiguos, asi como una cesta, una paleta para
achicar el agua y otros objetos de menos valor. Todo lo demas, viveres y
ropas, se lo habian llevado el primer dia de su llegada para exhibirlo
ante el gobierno y guardarlo, finalmente, en los arsenales de la ciudad.

Lo primero que procuro fue librar el bote de las amarras puestas por los
pigmeos. Lamentaba no tener un simple cortaplumas para terminar mas
pronto, partiendo los cables que lo tenian sujeto. Dos de estos le unian
al muelle, atados a dos troncos de pino que hacian oficio de pilotes.
Gillespie, para no perder tiempo desenredando los nudos hechos por la
marineria enana, tiro simplemente de estos cables, enormes para los
habitantes del pais, pero menos gruesos que su dedo menique, arrancando
los dos maderos de la tierra en que estaban clavados. Luego se dirigio
hacia la proa para levantar las anclas hundidas en el fondo del puerto.

Estas anclas eran recuerdos venerables de la epoca posterior a Eulame,
cuando las naciones, en implacable rivalidad maritima, se dedicaron a
construir buques inmensos, fortalezas flotantes de numerosos canones,
guarnecidas por miles de combatientes. Para Gillespie resultaban de un
tamano considerable, mas alla de las proporciones guardadas por las
demas cosas de los pigmeos, pues eran tan largas casi como sus piernas.
Por esto tuvo que esforzarse mucho para arrancarlas del barro del fondo,
subiendolas hasta el bote.

De pronto suspendio su trabajo al oir que le hablaban en ingles desde el
muelle. Era Flimnap. Todos sus compatriotas permanecian alejados despues
de haber visto que el gigante del arbol amenazador sabia igualmente
aplastar a sus enemigos a gran distancia, valiendose de rocas capaces de
destruir una casa o un buque. Gritaban contra el, pero se mantenian
aglomerados en las bocacalles, prontos a huir, sin atreverse a avanzar
al descubierto sobre los muelles. Solo Flimnap, siguiendo los consejos
de su amor y seguro de la bondad del gigante, se atrevio a ir hacia el.

--iGentleman--dijo con voz llorosa--, lleveme con usted, ya que su
intencion es huir para siempre de esta tierra! iPiense en mi, se lo
suplico!... ?Como podre vivir cuando el Gentleman-Montana se haya
marchado para siempre?...

Pero el Gentleman-Montana miro sonriendo al grueso capitan y levanto los
hombros. Luego le volvio la espalda, empezando a forcejear para subir la
segunda ancla.

--iLleveme!--continuo--. ?Que voy a hacer en mi patria?... Al ver que
usted quiere marcharse, todas mis creencias se han derrumbado. Nada me
importa que perezca el gobierno de las mujeres, que triunfen los hombres
o que la guerra sea interminable. Lo unico que me interesa es mi amor.

"Ademas, gentleman, este pais me parece inmensamente triste y empiezo a
aborrecer a los que lo habitan. Creiamos terminada para siempre la
guerra; era un monstruo de los tiempos remotos que nunca podia
resucitar; y ahora la guerra surge cuando menos lo esperabamos y nadie
sabe cuando acabara. ?Viviremos esclavos eternamente de nuestra barbarie
original, sin que haya educacion capaz de modificarnos?... ?Sera una
mentira el progreso?... ?Estaremos condenados a dar eternas vueltas, lo
mismo que una rueda, sin salir jamas del mismo circulo?...

Pero el coloso no oia sus ruegos ni prestaba atencion a las preguntas
que iba formulando Flimnap, de acuerdo con sus habitos de conferencista.
Lo que a Gillespie le preocupaba era salir del puerto cuanto antes. Ya
tenia fuera del agua la segunda ancla, y empuno los remos, empezando a
bogar de pie y mirando a la proa.

--iGentleman, lleveme!--grito el amoroso catedratico con un temblor
histerico en la voz y extendiendo sus brazos--. Yo no quiero vivir aqui.
Tomeme en su navio gigantesco o me arrojo al agua.

No supo nunca Gillespie si el enamorado capitan fue capaz de cumplir su
amenaza, pues se nego a volver el rostro. Pronto dejo de oir la voz de
su antiguo traductor. Remaba tan vigorosamente, que con unas cuantas
paladas se coloco en el centro del puerto. De los buques mercantes
escapaban en masa las tripulaciones, por creer que el Hombre-Montana
queria tomarlos al abordaje. Pero Gillespie puso su proa hacia el otro
lado del puerto, donde estaban los almacenes de viveres para las tropas.

Al saltar sobre el muelle, este quedo desierto. Por encima de las
techumbres de los almacenes vio un patio donde estaban puestas a secar
enormes cantidades de carne convertida en cecina. A punados arrebato
esta reserva alimenticia, arrojandola en el cesto que habia sacado del
bote. Tambien limpio otro patio de los viveres que guardaba formando
montones, y los deposito en el mismo cesto sin ningun orden.

Cuando estuvo otra vez en su embarcacion noto que los muelles se iban
cubriendo de pigmeos. Eran soldados vestidos con vistosos uniformes y
que avanzaban denodadamente. Los que tenian arcos disparaban, pero sus
flechas caian mucho antes de llegar adonde estaba el gigante, lo que
hizo sonreir a este despectivamente, no queriendo responder a la
agresion.

Hubo en la muchedumbre un movimiento de retroceso, y luego se abrio
dejando paso a algo que provocaba aclamaciones de entusiasmo. Gillespie,
interesado por este movimiento, permanecio de pie en su bote, mirando
hacia dicho sitio.

Era que el Consejo Ejecutivo, para remedio de la inferioridad agresiva
de sus tropas, acababa de enviar varios canones de los mas grandes que
se conservaban en el Museo Historico. Esta artilleria gruesa databa de
los tiempos de Eulame, y la componian ocho piezas de asedio del tamano y
el calibre de un revolver de marca mayor, de los usados en el mundo de
los Hombres-Montanas.

Los guerreros femeninos empujaban con entusiasmo estas armas colosales,
colgandose de los rayos de sus ruedas para hacerlas avanzar. Momaren,
con la cabeza cubierta de vendajes y el aspecto dolorido, marchaba al
frente de varios profesores que se imaginaban conocer por sus lecturas
el manejo de tales monstruos de acero. Lloro de emocion la muchedumbre
al ver que el Padre de los Maestros, a pesar de hallarse gravemente
enfermo, habia abandonado su cama para servir a la patria.

Tres canones fueron apuntados contra el gigante. Uno permanecio mudo,
por mas que los artilleros improvisados se agitaron en torno de el;
otro, al disparar, se acosto de lado por haberse roto una de sus ruedas,
aplastando a los que pillo debajo. El tercero funciono normalmente, y su
proyectil, en vez de tocar al coloso, echo a pique dos de los barcos que
estaban a la carga.

El estruendo de las explosiones, completamente nuevo para la mayor parte
de este gentio, le hizo huir con mas rapidez que el miedo al coloso.
Gillespie no quiso dejar que sus enemigos continuaran ejercitandose en
el manejo de la artilleria, y tomo el achicador que estaba en el fondo
de su barca. Con esta paleta envio por el aire unas cuantas masas de
agua, que vinieron a desplomarse algunos metros mas alla, sobre los
grandes canones y todos los que se movian en torno a ellos.

Momaren huyo con sus profesores, perseguido por el enorme diluvio, y
hasta las amazonas mas dispuestas a morir se refugiaron detras de las
piezas de artilleria y de los armones chorreantes.

Edwin, empunando otra vez sus remos, procuro salir rapidamente del
puerto. Nada le quedaba que hacer en el. Pero fuera de su boca le salio
al encuentro un obstaculo inesperado.

La escuadra del Sol Naciente habia zarpado dias antes, lo mismo que las
flotas aereas, para combatir a los insurrectos, dejando solamente dos
buques a las ordenes del gobierno. Estos buques, mientras Gillespie
levantaba sus anclas y saqueaba los almacenes, habian embarcado una
parte de sus tripulaciones que se hallaban en tierra con permiso,
saliendo del puerto para combatirle, por creer sus capitanes que fuera
de el podrian maniobrar mejor contra el barco gigantesco. Reconocian la
desigualdad de sus fuerzas al compararlas con el poder ofensivo de este
ultimo, pero habian recibido ordenes precisas de los gobernantes--todos
ellos de una ignorancia completa en las cosas del mar--, y marchaban al
ataque con el heroismo sombrio del que sabe que va a morir inutilmente.

Uno de los navios se coloco ante el bote de Gillespie, cortandole el
camino, al mismo tiempo que le enviaba una nube de pequenos guijarros
con sus catapultas; pero el gigante remo vigorosamente, cayendo sobre el
en unos segundos, y lo hizo desaparecer bajo el rudo choque de su proa.

En el mismo instante el bote quedo inmovilizado con tal brusquedad, que
Edwin casi cayo de espaldas. Miro en torno de el, sin distinguir nada
amenazante en el mar; pero sobre una de las bordas de su embarcacion vio
como se movia una especie de hilo de arana. Este filamento habia acabado
por pegarse a la madera, como si fuese un ser vivo, mientras su extremo
opuesto se perdia en la profundidad acuatica.

Era un cable igual a los de las maquinas aereas. Gillespie adivino que
el segundo buque se habia sumergido y le enviaba desde el fondo sus
tentaculos metalicos, animados y prensibles, que parecian poseer la
inteligencia de un ser viviente. Varios de estos cables debian estar
pegados ya a la quilla de su bote. Otro salio del agua, como una lombriz
de nerviosas contracciones, enroscandose en torno a uno de sus remos.
Iba a quedar alli, prisionero del buque invisible, no mas grande que un
juguete, el cual lentamente tiraria de el hacia el interior del puerto,
o le retendria inmovilizado, esperando que llegase la flota, avisada por
las comunicaciones atmosfericas.

Por primera vez en toda la tarde sintio el coloso la angustia del
peligro. Este adversario resultaba mas temible que todas las
muchedumbres aporreadas y perseguidas por el en las calles de la
capital. Cuando se consideraba libre para siempre de los pigmeos, era su
prisionero y solo podia esperar la muerte.

Asomo cautelosamente su cabeza por las bordas de la embarcacion, pronto
a retirarla antes de que un nuevo cable viniera a enroscarse en su
cuello. Siguiendo la direccion de los filamentos hundidos en el agua,
creyo ver un objeto negro que flotaba a pocos metros de la superficie.
Agarro una piedra, arrojandola en el mar con una fuerza que hizo surgir
chorros de espuma. Pero en vez de obtener su deseo, un nuevo cable se
elevo amenazante sobre las aguas. Arrojo otra piedra, y luego otra,
persiguiendo de este modo al terrible pez mecanico que daba vueltas en
torno a su bote.

Sintio un escalofrio de angustia al darse cuenta de que solo le quedaba
un pedazo de roca como ultimo proyectil, y lo arrojo con toda la fuerza
de su desesperacion, casi sin mirar, confiandose al instinto y a la
suerte.

Se obscurecio el agua con una dilatacion negra, como si se hubiese roto
en sus entranas una gran bolsa repleta de tinta. Subieron a la
superficie densas burbujas de gases, que estallaron con un estrepito
hediondo, y todos los cables se soltaron a la vez, cayendo inertes, como
los segmentos de una serpiente partida, como los tentaculos de un pulpo
desgarrado.

Libre ya de este obstaculo, Gillespie volvio a empunar los remos,
avanzando por unas aguas que la marina pigmea rehuia el frecuentar. Puso
la proa hacia la barrera de rocas y espumas, obra de los dioses, que
limitaba el mundo conocido.

Despues de una hora de violento ejercicio, Gillespie, cubierto de sudor,
necesito despojarse de la chaqueta. Todavia pendian de su tejido muchas
flechas, que le recordaron su primer choque con los soldados de la
Republica femenina. La vista de ellas evoco en su memoria a los dos
companeros de viaje, completamente olvidados hasta entonces.

Sosteniendo la chaqueta con una mano, metio la otra en el bolsillo
superior, extrayendo uno tras otro a los dos pigmeos para depositarlos
dulcemente en la popa de la embarcacion.

Ra-Ra se mostro sombrio y cenudo, mirando al Hombre-Montana con
hostilidad, como si recordase aun el golpe que le habia dado con un dedo
para que permaneciese dentro del bolsillo. Al ver que el gigante,
hundiendo por segunda vez su mano en la tela, sacaba a su amada, le
grito con dureza:

--iTenga cuidado, monstruo!... La pobre Popito tal vez va a morir.

Edwin miro con asombro a la delicada joven, que, no pudiendo continuar
de pie, acababa de tenderse sobre la madera de la popa, mientras Ra-Ra
sostenia su cabeza, arrodillado.

iGran Dios!... Miss Margaret Haynes, por otro nombre Popito, tenia las
ropas manchadas de sangre. Su rostro estaba empalidecido por una lividez
mortal. Sus labios eran ahora azules, y una humildad dolorosa parecia
haber agrandado sus ojos.

Con acento de rencor, como si el gigante tuviese la culpa de la herida
recibida por su amada, Ra-Ra fue explicandole todo lo ocurrido desde que
salio de la carcel. Al caer en el fondo del bolsillo oyo gemidos
dolorosos, viendo a continuacion como la dulce Popito chorreaba sangre.
Una de las muchas flechas dirigidas contra el Hombre-Montana, al
clavarse en el pano de la chaqueta, la habia alcanzado con su punta.
Ra-Ra trepo inmediatamente a la abertura para advertir al gigante; pero
este, en vez de escucharle, lo golpeo con uno de sus dedos, haciendole
caer de nuevo sobre el cuerpo de la joven herida. Asi habian permanecido
los dos mucho tiempo, sufriendo el mas horrible de los suplicios
encerrados en aquella bolsa agitada continuamente por los movimientos
que hizo el coloso para defenderse de la maquina voladora, para
desamarrar la barca, para inundar la artilleria de los pigmeos y para
batirse al fin con los dos buques enemigos.

Era extraordinario que Popito viviese aun. El habia vendado la herida
con pedazos de tela arrancados a su traje, y temblaba al pensar que la
delicada joven tal vez no pudiera resistir tantos sufrimientos.

--Usted tiene la culpa, gentleman. ?Por que no nos dejo en nuestra
patria? ?Por que nos ha traido aqui, haciendonos sus esclavos?

Edwin lanzo a su propia miniatura una mirada de desprecio.

--?Vivirias ahora si te hubiese dejado en tu pais?... ?No era necesario
que me defendiese para que los tres nos viesemos libres?...

Y convencido de que Ra-Ra, por ser igual a el, solo podia decir
tonterias cuando estaba furioso, prescindio de su persona para ocuparse
unicamente de Popito. ?Era posible que miss Margaret fuese a morir
cuando el la habia salvado?... Volver atras resultaba imposible; en la
tierra de los pigmeos solo les esperaba la muerte. Lo mejor era ir al
encuentro de los gigantes de su especie, para que aquella pobre joven
recobrase la salud. Penso ademas que los buques de la flota, avisados
por el gobierno, navegarian ya a estas horas para darle caza, y era
necesario pasar cuanto antes la barrera de los dioses.

Gillespie volvio otra vez a empunar los remos, bogando con un vigor
maravilloso del que no se habria considerado capaz dias antes. Le
parecio que el cansancio era algo que su cuerpo no podia conocer.
Tambien creyo sobrenatural que el dia se prolongase mas alla de sus
limites ordinarios. El sol parecia inmovil en el horizonte. Llevaba
horas y horas remando, sin que sus brazos se fatigasen y sin que el
astro diurno descendiese hacia el mar.

Popito, al permanecer fuera de su encierro, respirando el aire salino,
parecio reanimarse. Sonreia dulcemente, con la cabeza apoyada en una
rodilla de Ra-Ra. Sus ojos estaban fijos en los ojos de el, que la
contemplaban verticalmente. Despues, estrechandose las manos, paseaban
los dos sus miradas por aquel mar misterioso y temible, poco frecuentado
por los seres de su especie. Pasaron junto a una roca cubierta de
plantas maritimas, en la que Gillespie solo hubiera podido dar unos
veinte pasos.

--Aqui esta sepultado mi glorioso abuelo--dijo Ra-Ra. El mar se iba
rizando con largas ondulaciones que hacian cabecear al bote y hubiesen
representado un oleaje de tormenta para los buques de la escuadra del
Sol Naciente. Los dos amantes miraban con espanto el movimiento de la
enorme nave.

--iAtencion, hijos mios!--dijo Gillespie--. Vamos a pasar la llamada
barrera de los dioses, y las rompientes nos sacudiran un poco.

Doblo su chaqueta sobre la popa y puso entre los pliegues a los dos
pigmeos. Luego siguio remando, de pie y con la vista fija en la linea de
escollos, para enfilar a tiempo los callejones de espuma hirviente
abiertos en ella.

El bote se levanto sobre las olas y volvio a caer, tocando varias veces
con su quilla los obstaculos invisibles. Terminaron los sacudimientos al
quedar atras la linea de rocas submarinas, y un mar de azul obscuro y
profundo se extendio sin limites ante la proa del bote.

--Entramos en el mundo de los Hombres Montanas--grito alegremente
Gillespie.

Despues de estas palabras se hizo inmediatamente la noche, y Edwin
sintio de golpe toda la fatiga de los esfuerzos que llevaba realizados.

Busco en su cesto de provisiones lo que le parecio mas exquisito,
depositandolo a punados sobre su chaqueta para que comiesen los dos
amantes refugiados en sus pliegues. El tambien comio, tendiendose
despues en el fondo de la barca para dormir.

No pudo explicarse como el sueno le mantuvo bajo su dominio tantas
horas. Cuando desperto, el sol estaba ya muy alto, pero no fue la
caricia caustica de su luz la que le volvio a la vida. Unos gritos que
parecian venir de muy lejos, entrecortados por llantos, fueron el
verdadero motivo que le hizo salir de su sopor incomprensible. Ra-Ra le
llamaba.

--iGentleman, Popito se me muere!... iYa ha muerto tal vez!

Gillespie se irguio al escuchar esta terrible noticia. ?Era posible que
miss Margaret pudiese morir?...

La vio tendida entre dos dobleces del pano de su chaqueta, con la cabeza
sobre una arruga que habia preparado y mullido su amante para que la
sirviese de almohada. Estaba mas blanca que el dia anterior, como si
hubiese perdido toda la sangre de su cuerpo. Abrio los ojos y volvio a
cerrarlos repetidas veces despues de mirar a Ra-Ra y al gigante.

--iOh, miss Margaret!--suplico Edwin--. No se muera. ?Que hare yo en el
mundo si usted me abandona?...

Y el pobre coloso tenia en su voz el mismo tono desesperado del pigmeo
Ra-Ra.

Como si necesitase contemplarla de mas cerca, paso una mano con suavidad
por debajo del cuerpo de Popito y puso igualmente sobre la palma a su
lloroso companero, para no privarle ni un instante de la presencia de su
amada.

Sentado en el centro del bote permanecio mucho tiempo, con la diestra
cerca de los ojos, contemplando el grupo que formaban los dos pigmeos
enamorados.

Ra-Ra, arrodillado junto a ella, le tomaba las manos, hablandola
ansiosamente para que abriese los ojos una vez mas, y creyendo que
cuando los cerraba era para siempre.

--iOh, hermano de mis ensuenos! iMadre de mis alegrias! ?Me oyes?... No
te mueras; yo no quiero que mueras. Aun quedan para nosotros muchos
soles dichosos y muchas lunas de amor. El Gentleman-Montana nos llevara
a su pais, y las esposas de los gigantes sentiran asombro al verte tan
hermosa. Para las reinas de aquellas tierras sera una gloria llevarte
dormida sobre su pecho, pues no hay joya que pueda compararse en
hermosura contigo. ?Me oyes ... di ... me oyes?

Y el gigante, con su bronca voz, se unia a este lamento acariciador,
repitiendo monotonamente:

--No se muera usted, miss Margaret.... iNo se muera!

De pronto Ra-Ra lanzo un chillido casi femenil:

--No me contesta.... iHa muerto!... iha muerto!...

Asi era. Hacia mucho tiempo que el hablaba, sin que la joven pareciese
oirle. Su ultima sonrisa se habia inmovilizado, convirtiendose en una
mueca fria y lugubre.

Ra-Ra levanto uno de los brazos de su amada, y el brazo volvio a caer
con la inercia de la muerte. Entreabrio sus parpados, y solo pudo
encontrar un globo vidrioso y empanado, del que habia huido toda luz.

--iHa muerto, gentleman!--grito llorando como un nino.

Y el gentleman permanecia cabizbajo, mirando fijamente su mano, en cuya
palma acababa de desarrollarse la tragedia amorosa de su propia vida.

Paso mucho tiempo ... imucho! Ra-Ra, tendido junto al cadaver y abrazado
a el, lloraba y lloraba incesantemente. Gillespie seguia inmovil, sin
hacer ningun gesto de dolor, considerando inutil la exteriorizacion de
su pena, pues contaba con un "otro yo" ocupado en derramar sus propias
lagrimas.

A la caida de la tarde, un fuerte deseo de actividad hizo salir a Edwin
de esta inercia. Un gentleman debe al cadaver de la mujer amada algo mas
que una dolorosa contemplacion.

Penso en los cementerios de su America, verdes, rumorosos, abundantes en
flores y mariposas, verdaderos jardines que sirven de lugar de cita a
los enamorados y asoman sus tumbas entre frescas arboledas al borde de
riachuelos que se deslizan bajo puentes rusticos. De estar alla,
construiria en uno de estos paseos, que con su sonrisa primaveral
parecen burlarse del miedo a la muerte, un gracioso monumento para
depositar a Popito, y la visitaria todas las tardes llevandola un ramo
de flores. iPero aqui, en medio del mar, tan lejos de las tierras
habitadas por los hombres de su especie!...

Creyo ver que el adorable cuerpo de miss Margaret empezaba a
descomponerse. Tal vez era ilusion de sus ojos, pero el marmol de su
palidez parecia haber tomado un tono verdinegro, con estrias que
denunciaban la podredumbre interior. Resultaba preferible no presenciar
la desagregacion material y desesperante de este cuerpo adorado. Ademas,
su deber era darle sepultura inmediata en el mar, ya que no podia
hacerlo en tierra.

Tomo a un mismo tiempo con sus dedos el cadaver de Popito y el cuerpo de
Ra-Ra, depositandolos de nuevo sobre la chaqueta. Luego hizo una rebusca
entre los objetos amontonados en la barca despues del registro realizado
por la marineria de la escuadra del Sol Naciente, y encontro una pequena
caja de cigarros que el habia tomado en su camarote al ocurrir la
voladura del paquebote. Los pigmeos la habian dejado vacia despues de
llevarse las seis columnas de hierba prensada, obscura y picante que
contenia su interior, tan altas como sus cuerpos. Esta caja iba a ser el
feretro de la dulce Popito.

Empezaba a ponerse el sol, cuando Gillespie paso a la popa con la cajita
en su diestra. Ra-Ra, como si presintiese el peligro, se puso de pie, y
al fijarse en la mano del gigante adivino su intencion, gritando con voz
desesperada:

--iNo quiero!... iNo quiero!

Luego, comprendiendo que su resistencia resultaria inutil ante las
fuerzas del coloso, apelo a la suplica:

--Dejela aqui, gentleman. ?Por que me la arrebata? Esa tumba que quiere
darle es tan enorme, ies tan fria!... Usted es bueno, gentleman; usted
me ha protegido siempre. Atienda mis ruegos.

Pero el gigante le hizo retroceder con el dorso de una de sus manos,
tomando despues el cadaver para depositarlo en la cajita.

Iba a cerrar su tapa, cuando Ra-Ra se abalanzo sobre ella.

--Metame a mi tambien--dijo--. Donde Popito vaya debo ir yo. Nos lo
hemos jurado muchas veces. ?Por que se empena en separarnos?...

La mano del gigante volvio a repelerle, mientras dos lagrimas se
desplomaban de los ojos de Gillespie, cayendo en el interior de la
cajita.

Cerro lentamente la tapa, volviendo con una presion de sus dedos a hacer
penetrar las tachuelas en sus antiguos orificios.

Ya se habia ocultado el sol, dejando en el horizonte una barra roja
entre vapores flotantes de oro mortecino.

Otras dos gotas enormes de llanto vinieron a caer sobre la cubierta del
improvisado ataud.

Mientras tanto, Ra-Ra lanzaba continuos lamentos, iguales a los aullidos
de una bestezuela herida muy lejos ... muy lejos....

--iAdios, Margaret!--murmuro Edwin.

Y sacando un brazo fuera del bote, dejo caer la caja de cigarros.

Floto sobre el agua unos instantes, y luego se fue al fondo bajo el peso
de alguien que acababa de arrojarse sobre ella.

Era Ra-Ra, que habia saltado fuera de la embarcacion para abrazarse al
feretro, desapareciendo con el.

Y Edwin Gillespie, como si temiera quedarse solo, obedeciendo a una
voluntad superior y misteriosa que le empujaba con fuerza irresistible,
imito a Ra-Ra, lanzandose tambien de cabeza en el mar.




XVI

Donde el Hombre-Montana deja de ser gigante y da por terminado su viaje


Se vio envuelto en pegajosa obscuridad. Una fuerza voraz tiraba de el,
absorbiendole. Asi fue descendiendo a las regiones inferiores, donde las
tinieblas eran aun mas densas.

Braceo desesperadamente al sentir las primeras angustias de la asfixia,
dando al mismo tiempo furiosas patadas en el ambiente liquido. Tenia la
certeza de que iba a morir ahogado, y esto mismo comunicaba a sus
fuerzas un nuevo vigor.

--iNo quiero morir, no debo morir!--se decia Edwin.

El egoismo vital se habia apoderado de el, borrando las tristezas
sentimentales de poco antes. Ya no se acordaba de la dulce Popito ni de
Ra-Ra, suicida por amor. Este pigmeo podia matarse, era dueno de su
vida, y el no pensaba negarle el derecho a disponer de ella. Pero el
Gentleman-Montana no alcanzaba a comprender en virtud de que razones
debia imitar al otro, solamente porque se parecian, como una persona se
asemeja a un retrato suyo en miniatura.

Como el joven americano deseaba prolongar su vida, agito brazos y
piernas, no sabiendo en realidad si el abismo seguia absorbiendolo o si
lograba remontarse poco a poco hacia la superficie.

Su deseo era terminar lo mas pronto que fuese posible esta vida flotante
y anormal, en la que su cuerpo tenia que luchar contra las leyes
fisicas, trabajando desesperadamente por libertarse de los tirones de la
gravitacion. Solo aspiraba a encontrar un punto de apoyo, algo solido
que poder asir con sus manos.

Tan vehemente era este deseo, que no tenia en cuenta la magnitud del
objeto. Una botella cerrada, un simple tapon flotante, bastarian para
sostener todo su cuerpo. Lo esencial era encontrar donde agarrarse.

Y de pronto su mano derecha sintio el duro contacto de una madera pulida
y firme.

Se cogio a ella con la crispacion del que va a morir; la oprimio como si
pretendiese incrustar sus dedos en la venosa y compacta superficie.
Despues pego a ella su otra mano, y, apoyandose en este sosten, fue
elevando todo su cuerpo.

Tan grande resultaba la violencia del esfuerzo, que la madera crujio,
esparciendo un sonido de rotura a traves del ambiente liquido y
pegajoso.

Poco a poco saco la cabeza fuera del agua y vio que habia cerrado la
noche. Pero la lobreguez nocturna estaba cortada por el resplandor de un
sol rojo cuyos rayos parecian de sangre fluida.

Este sol lo tenia sobre su cabeza, e instintivamente volvio los ojos
para verlo. Era simplemente una lamparilla electrica resguardada por un
vidrio concavo.

Aturdido por tal descubrimiento, cerro los ojos para condensar sus
sentidos y poder apreciar lo que le rodeaba sin absurdos
fantasmagoricos. El hecho de que el sol se convirtiese de pronto en una
lampara electrica le hizo sospechar que estaba dormido o que el descenso
al abismo oceanico habia perturbado sus facultades mentales.

Volvio a abrir los ojos, limitandose a mirar enfrente de el. Lo primero
que vio fue sus pies descansando sobre algo que estaba mas alto que el
suelo; despues contemplo este suelo, que era de madera limpia y
brillante, con ensambladuras muy ajustadas; y mas alla, como ultimo
termino, una barandilla recubierta exteriormente de lona pintada de
blanco. Sobre esta baranda se abria una obscuridad misteriosa que
parecia exhalar el aliento salitroso del infinito.

Sintio dolor en las manos a causa de la tenacidad con que estaban
agarradas al objeto providencial que le habia servido de punto de apoyo
en su agonia de naufrago.

Los ojos de Gillespie, todavia mal abiertos, siguieron la longitud de
uno de sus brazos, en busca de las manos, para encontrarlas al fin
agarradas a una madera de color de manteca, pulida y brillante. Esta
madera afectaba una forma que no era desconocida para Edwin.

Despues de examinarla con los titubeos de un entendimiento todavia
confuso, acabo por descubrir que era el brazo de un sillon. Una vez
hecho este descubrimiento, todo lo demas resulto facil para el; sus
facultades despertaron instantaneamente, ayudandose unas a otras.

Se dio cuenta de que estaba sentado en un sillon, con las piernas
extendidas. Luego se incorporo, soltando el brazo de madera, que dejo
oir un nuevo quejido de quebrantamiento al verse libre de la desesperada
opresion. Rapidamente fue reconociendo el verdadero aspecto de todo lo
que le rodeaba. El sol rojo no era mas que una lampara electrica de las
que alumbran el puente de paseo de un paquebote.

Gillespie tardo en reconocer el buque. ?Que hacia el alli?... ?Quien le
habia traido?... Quiso echar una pierna fuera del sillon, y su pie
tropezo con algo que resbalaba sobre la madera lanzando un susurro, como
de frote de papeles.

Al avanzar su cabeza vio un libro caido, que tenia el lomo en alto,
ostentando en su tapa de colores un hombre con casaca a la antigua, las
piernas en forma de compas, y pasando entre ellas un ejercito de
pigmeos. La vista de este dibujo le ayudo a despertar completamente,
reanudando el funcionamiento de su memoria.

No habia hecho mas que dormir, como tantos protagonistas de cuentos y
comedias, sonando con arreglo a su ultima lectura y viendo las escenas
de su ensueno lo mismo que si realmente transcurriesen en la realidad.

Sintio un escalofrio, y poniendose de pie, miro su reloj. Eran las ocho.
Los pasajeros debian estar ya terminando de comer. Al extremo de la
cubierta de paseo jugueteaban tres ninos vigilados por una institutriz.
Tal vez les pertenecia aquel libro que habia hecho pasar a Gillespie
cuatro horas de continuos ensuenos, inmovil en un sillon, mientras por
el interior de su craneo desfilaban las escenas de una historia tan
interesante como inverosimil.

Al verle despierto y de pie, los ninos hicieron esfuerzos por ocultar
sus risas. Debian haber pasado muchas veces ante su asiento,
contemplando como se agitaba y hablaba en voz baja sin dejar de dormir.

La risa sofocada de los tres y de la institutriz le hizo abandonar el
puente, bajando a los salones del paquebote. El americano, despues de
tanto sonar, sentia hambre, un hambre solo comparable a la que habia
sufrido cerca del puerto de la Ciudad-Paraiso de las Mujeres mientras
esperaba inutilmente el envio de viveres prometido por la enamorada
Flimnap.

Pero la evocacion de esta parte material de su ensueno sirvio para
resucitar en su memoria la imagen de la dulce Popito y la escena de su
muerte.

Pepito era miss Margaret, y al recordar como habia fallecido sobre una
de sus manos y como la habia arrojado al agua, se sintio invadido por
los mas tristes presentimientos.

Reconocio de pronto que los supersticiosos no son dignos de burla, como
el habia creido siempre. Se imagino que todo lo que llevaba visto en
suenos no era mas que una preparacion para llegar a la muerte de Popito
y que esta muerte debia considerarla como un aviso de las potencias
misteriosas que rigen el curso de la vida humana.

--Miss Margaret ha muerto, estoy seguro de ello--se dijo el joven.

Y en el comedor, cada vez mas solitario, pues los pasajeros abandonaban
ya las mesas, Gillespie dejo intactos todos los platos que le presento
el camarero.

--Ha muerto, ha muerto indudablemente.

Cuando vio entrar al encargado de la telegrafia sin hilos del paquebote,
mirando a un lado y a otro, con un pequeno sobre en una mano, Edwin se
incorporo para atraer su atencion.

Estaba seguro de que le buscaba a el, trayendole la mas fatal de las
noticias.

Efectivamente, el telegrafista fue hacia su mesa y le entrego el
despacho.

Gillespie abrio el sobre con mano temblorosa, buscando inmediatamente la
firma del telegrama. iLo que el habia pensado!... El despacho iba
suscrito por mistress Augusta Haynes.

No considero necesario leer las lineas del texto. ?Para que?... Solo un
acontecimiento terrible podia obligar a esta senora, tan enemiga suya, a
enviarle un telegrama.

--Ha muerto; efectivamente, ha muerto.

Danzaron ante sus ojos las luces del comedor; despues se fueron
debilitando, como si les faltase la fuerza del fluido. Un velo acuatico
acababa de correrse entre sus ojos y estas luces. Y para que los
pasajeros retardados no le viesen llorar, Edwin Gillespie inclino la
cabeza permaneciendo asi mucho tiempo.

Al fin volvio a abrir el despacho instintivamente, para leerlo linea por
linea. Sentia el deseo amargamente atractivo que nos impulsa a paladear
los grandes dolores. Necesitaba saber como habia sido su desgracia,
conocerla detalle por detalle, rebuscando entre las palabras inmoviles y
secas del telegrama la vibracion de aquella catastrofe, sin interes para
el resto de los humanos, pero la mas grande que podia ocurrir en el
mundo para la madre y para el.

Se movio en su asiento nerviosamente al leer las primeras palabras.
iMiss Margaret no habia muerto!... La madre le decia simplemente que su
hija estaba enferma, muy enferma, y para que recobrase la salud, ella
rogaba a Gillespie que regresase cuanto antes a los Estados Unidos.

Quedo aturdido por el texto inesperado del despacho. Experimento una
gran alegria, avergonzandose a continuacion de ella. El desesperado
pesimismo que habia sentido en los primeros momentos se reprodujo,
haciendole buscar en el telegrama la parte mas alarmante, o sea las
primeras palabras.

?Que importaba que la orgullosa senora, olvidando la altivez con que
siempre le habia tratado, se humillase hasta formular este
llamamiento?... Lo concreto, lo seguro, era que Margaret estaba muy
enferma. Para que mistress Augusta Haynes se decidiese a llamar al
ingeniero Gillespie--pretendiente que nunca habia sido de su gusto--era
preciso que la hija estuviera en verdadero peligro de muerte. iY el que
se hallaba al otro lado del mundo, separado por una navegacion de varias
semanas!...

Paso la noche sin dormir, saltando de su lecho para pasear por el puente
y volviendo a meterse en el camarote con un deseo siempre incumplido de
lograr un poco de sueno.

--iQuien sabe si ya habra, muerto!--pensaba tenazmente bajo el influjo
de su pesimismo--. Cuando la madre ha enviado este despacho, es
indudable que Margaret va a morir.... iY yo sin poder realizar los
deseos de esa senora, que parece me espera con ansiedad!... iQue idea la
mia de emprender un viaje a estas tierras remotas!

Despues del amanecer subio a la ultima cubierta, paseando cerca del
puente de mando para poder hablar con alguno de los oficiales.

Encontro a uno que no se parecia en nada al que habia visto durante su
ensueno, ocupando juntos el mismo bote cuando abandonaron el buque
proximo a hundirse.

Quiso saber los medios mas seguros para regresar a los Estados Unidos
cuanto antes, y el oficial le hablo de un paquebote que partiria de
Melbourne horas despues de la llegada de este en que iban ellos.

La buena noticia animo un poco a Gillespie, haciendole pensar en la
remota posibilidad de que sus asuntos pasionales obtuviesen finalmente
una solucion dichosa.

Cuando se dirigia al comedor en busca del desayuno, escucho su nombre.
Era el empleado del telegrafo, que le buscaba para entregarle un nuevo
despacho.

Sintio que toda su sangre afluia al corazon, dejando sus miembros en una
frialdad cadaverica. Despues el torrente sanguineo refluyo con
violencia, esparciendo por todo su cuerpo una picazon caustica.... Lo
que el habia presentido durante la noche iba a realizarse. El primer
telegrama de la madre era una especie de preparacion para que el dolor
lo fuese recibiendo por gradaciones. Le habia anunciado que Margaret
solo estaba enferma, para horas despues enviarle un segundo telegrama
con la terrible noticia de su muerte.... Y el telegrama estaba alli al
alcance de su mano.

Pero el telegrafista, un jovenzuelo de ojos maliciosos, le miraba
sonriente, y se adivinaba en su sonrisa algo que tal vez tenia relacion
con el despacho.

En el primer momento Gillespie se sintio tan irritado por esta
jovialidad, completamente en desacuerdo con su dolor, que hasta tuvo el
proposito de gratificar al joven con un punetazo entre ambas cejas.
Despues penso que el telegrafista estaba enterado indudablemente de lo
que contenia el sobre, y era inverosimil que entregase sonriendo una
noticia de muerte.

Hasta se imagino que su sonrisa actual era continuacion de otras
sonrisas anteriores que no habia podido reprimir mientras con un lapiz
en la mano y el casco de orejas metalicas en la cabeza escribia las
palabras misteriosas llegadas a traves de la atmosfera.

Gillespie le arrebato el despacho para abrirlo.... iOh Dios! iLa firma
de miss Margaret!

Y despues de leerlo en un silencio entrecortado por su respiracion
jadeante, empezo a reir. Luego dijo en voz alta, con tono de admiracion
y regocijo:

--iOh, las mujeres! ?Quien podra nunca luchar con las mujeres?

Saludo el telegrafista, asintiendo a estas palabras, y sus ojos
parecieron decir: "El gentleman tiene mucha razon."

Luego se marcho para que Edwin pudiese volver a leer con toda calma
aquel papelillo que contenia todo un mundo de felicidad.

La dulce miss Margaret Haynes le telegrafiaba para ordenarle que
volviese cuanto antes, anadiendo que si habia recibido un despacho de su
madre con la noticia de que ella estaba gravemente enferma no hiciese
caso alguno.

Su salud era mejor que nunca; pero habia necesitado fingirse enferma
durante un mes, con gran abundancia de melancolias y llantos, y hasta
privarse de bailar en tanto tiempo. Esto ultimo era lo que habia
asustado mas a la madre, haciendola creer en una muerte proxima; y como
amaba mucho a su hija, la grave senora habia acabado por acceder a su
matrimonio con el ingeniero.

La consideracion de que Margaret habia podido privarse de bailar durante
cuatro semanas para casarse con Edwin conmovio a este profundamente.
"iAdorable criatura!... iImposible pedir mayor sacrificio!..." iAy!
iComo deseaba tenerla en sus brazos, de cinco a siete de la tarde, en
cualquier hotel de las riberas del Atlantico o del Pacifico, bailando al
son de una orquesta de negros, cadenciosa y disparatada!

Su impaciencia le hizo subir otra vez al puente, en busca del mismo
oficial.

--?Cuando llegaremos a Melbourne?

--Dentro de tres horas.

--?Esta usted seguro de que el otro vapor sale en seguida para San
Francisco?

--Zarpara lo mas tarde manana al amanecer.... Tal vez salga hoy, y
tendra usted que moverse mucho para obtener un buen camarote y trasladar
su equipaje.

iOh, Providencia, que alguna vez te acuerdas de los enamorados!...
Gillespie, despues de tales noticias, bajo al camarote para preparar sus
maletas. Pero mientras cumplia este trabajo mecanico, su imaginacion
empezo a galopar por los campos del futuro, creando instantaneamente las
escenas mas risuenas.

Se vio unido a miss Margaret Haynes, que habia pasado a ser mistress
Gillespie. Recorrio la casa que habitarian en Nueva York, improvisando
en unos segundos, sin gasto alguno y sin discusiones con los
proveedores, todas sus piezas, amuebladas con gran comodidad.

Despues, dando una cabriola sobre el obstaculo de diez anos, se
contemplo entre varios ninos hermosos, bien vestidos y de una gracia
conmovedora, iguales a los que se muestran en los escenarios de los
teatros y en el lienzo luminoso de los cinemas.

La senora Gillespie, mama de todos ellos, estaba mas bella que nunca,
con ese esplendor de verano hermoso que proporciona la maternidad y un
aterciopelamiento azucarado de fruto en plena sazon.

Pero de pronto su fantasia optimista se estremecio, dando un salto
atras. Acababa de ver a alguien que habia olvidado. La solemne mistress
Augusta Haynes paso ante sus ojos. ?Como se portaria con el?... ?Seria
la serpiente del paraiso que acababa de crear?...

Su optimismo acabo por no tener en cuenta el aspecto imponente y duro de
la madre de Margaret. El fondo de su caracter tal vez era bondadoso,
como afirmaba la hija.

--?Y si no lo es?... ?Y si no lo es?...

Gillespie, ante tal duda, se sintio con un alma energica hasta la
crueldad.

Lo que el deseaba era que Margaret le amase siempre. Contando con el
carino de su esposa, no habia suegra que le infundiese miedo.

Nueva York y San Francisco estan a orillas del mar, y el se acordo de lo
que habia hecho cierta noche, estando en la playa, con el ilustre
Momaren, Padre de los Maestros y madre de la dulce Popito.

Y lo que hace un gigante puede repetirlo igualmente un simple hombre,
siempre que no le falte buena voluntad.



         FIN



         INDICE


         AL LECTOR

     I.--Frente a la Tierra de Van Diemen
    II.--Noche de misterios y despertar asombroso
   III.--De como Edwin Gillespie fue llevado a la capital de la Republica
    IV.--Las riquezas del Hombre-Montana
     V.--La leccion de Historia del profesor Flimnap
    VI.--Donde el profesor Flimnap termina su leccion
   VII.--El mas grande de los asombros de Gillespie
  VIII.--En el que el Padre de los Maestros visita al Hombre-Montana
    IX.--Donde el gigante va de caza y Popito expone sus ideas sobre el
         gobierno de las mujeres
     X.--En el que se ve como el Hombre-Montana conocio al fin la
         Ciudad-Paraiso de las Mujeres, y la deplorable aventura con
         que termino esta visita
    XI.--Que trata del discurso pronunciado por el senador Gurdilo y de
         como el Hombre-Montana cambio de traje
   XII.--De como Edwin Gillespie perdio su bienestar y le falto muy poco
         para perder su vida
  XIII.--Donde se ve como unos pigmeos bigotudos intentaron asesinar al
         gigante
   XIV.--Lo que hizo el Gentleman-Montana para que Popito no llorase mas
    XV.--Que trata de muchos sucesos interesantes, como podra apreciarlo
         el curioso lector.
   XVI.--Donde el Hombre-Montana deja de ser gigante y da por terminado
         su viaje













End of Project Gutenberg's El paraiso de las mujeres, by Vicente Blasco Ibanez

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works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

Each eBook is in a subdirectory of the same number as the eBook's
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compressed (zipped), HTML and others.

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the old filename and etext number.  The replaced older file is renamed.
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This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
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EBooks posted prior to November 2003, with eBook numbers BELOW #10000,
are filed in directories based on their release date.  If you want to
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EBooks posted since November 2003, with etext numbers OVER #10000, are
filed in a different way.  The year of a release date is no longer part
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identical to the filename).  The path to the file is made up of single
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example an eBook of filename 10234 would be found at:

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