The Project Gutenberg EBook of Manfredo, by Lord Byron

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Title: Manfredo
       Drama en tres actos

Author: Lord Byron

Release Date: January 24, 2004 [EBook #10821]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO Latin-1

*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MANFREDO ***




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MANFREDO, DRAMA EN TRES ACTOS,

              Por Lord Byron.

TRADUCCION CASTELLANA.




En el cielo y en la tierra
  hay mil cosas que vuestros
  filosofos tampoco dudan.

              HORACIO.


Paris, Librera Americana, 1830.





PERSONAS.




UN CAZADOR DE GAMUZAS.

EL ABAD DE SAN MAURICIO.

MANUEL.

HERMAN.

LA ENCANTADORA DE LOS ALPES.

ARIMAN.

NEMESIS.

LOS DESTINOS.

ESPIRITUS.



      La escena se representa en medio de los Alpes, unas
      veces en el castillo de Manfredo y otras en
      las montaas.




MANFREDO,

Drama en tres actos.




ACTO I, ESCENA PRIMERA.

      [Manfredo est solo en la galera de un antiguo
      castillo. Es media noche.]



MANFREDO.

Mi lmpara va  apagarse; por
mas que quiera reanimar su luz
moribunda; no podr durar tanto
tiempo como mi desvelo. Si parece
que duermo, no es el sueo el que
embarga mis sentidos y s el descaecimiento
que me causan una multitud
de pensamientos que afligen
mi alma y  los cuales no me es posible
resistir. Mi corazon est siempre
desvelado y mis ojos no se cierran
sino para dirigir sus miradas
dentro de m mismo; sin embargo
estoy vivo, y segun mi forma y mi
aspecto, me parezco  los otros hombres.

Ah! el dolor deberia ser la escuela
del sabio! Las penas son una
ciencia, y los mas sabios son los
que mas deben gemir sobre la fatal
verdad. El rbol de la ciencia no
es el rbol de la vida.

Filosofa, conocimientos humanos,
secretos maravillosos, sabidura
mundana, todo lo he ensayado
y mi espritu puede abrazarlo todo,
todo puedo someterlo  mi genio:
intiles estudios! He sido generoso
y bienhechor, he encontrado la
virtud aun entre los hombres ...
vana satisfaccion! He tenido enemigos;
ninguno ha podido daarme
y varios han caido delante de m:
intiles triunfos! El bien, el mal,
la vida, el poder, las pasiones, todo
lo que veo en los demas ha sido para
m como la lluvia sobre la rida
arena. Despues de aquella hora
maldita... No conozco el terror, estoy
condenado  no esperimentar
nunca el temor natural, ni los latidos
de un corazon que hacen palpitar
el deseo, la esperanza  el amor
de alguna cosa terrestre... Pongamos
en prctica mis operaciones mgicas.

Seres misteriosos, espritus del
vasto universo, o vosotros  quienes
he buscado en las tinieblas y en las
regiones de la luz; vosotros que volais
al rededor del globo y que habitais
en las esencias mas sutiles;
vosotros  quien las cimas inaccesibles
de los montes, las profundidades
de la tierra y del Ocano sirven
muchas veces de retiro... Yo
os llamo en nombre del encanto
que me da el derecho de mandaros;
despertaos y apareced!

      [Un momento de silencio.]


No vienen todava! bien! por
la voz de aquel que es el primero
entre vosotros; por la seal que os
hace temblar  todos; en nombre
de aquel que no muere nunca ...
despertaos y apareced....

      [Un momento de silencio.]


Si es asi... Espritus de la tierra y
del aire no eludireis seguramente
mis rdenes. Por medio de un poder
superior  todos los que acabo de
servirme, por un hechizo irresistible
nacido en un astro maldito,
resto ardiente de un mundo que ya
no existe, infierno errante en medio
del eterno espacio; por la terrible
maldicion que pesa sobre mi alma,
por el pensamiento que tengo y que
est  mi rededor, os requiero la
obediencia: pareced.

      [Aparece una estrella en el fondo oscuro de la galeria;
      es una estrella inmvil, y una voz canta las palabras
      siguientes:]



PRIMER ESPIRITU.

Mortal, dcil  tus rdenes,
vengo de mi palacio situado sobre
las nubes, formado de los vapores
del crepsculo y que colorea de
prpura y de azul el disco del sol
poniente. Aunque me est privado
el obedecerte, vuelo hcia t sobre
el rayo de una estrella; he oido tus
conjuros. Mortal, que tus deseos
se cumplan!


LA VOZ DEL SEGUNDO ESPIRITU.

El Monte-Blanco es el monarca
de las montaas; est coronado
desde muchos siglos con una diadema
de nieve sobre su trono de
rocas. Est revestido con un manto
de nubes: los bosques forman su
ceidor, tiene un avalange en sus
manos como un rayo amenazador;
pero espera mis rdenes para dejarlo
caer en el valle. La masa fria  inmvil
del hielo se va derritiendo
todos los dias, pero soy yo quien le
dice que precipite su marcha  que
detenga sus tmpanos. Yo soy el espritu
de estas montaas, podria
hacerlas estremecer hasta sus cimientos
cavernosos... Qu es lo que
quieres?


TERCER ESPRITU.

En las profundidades azuladas de
los mares, en donde no hay nada
que agite las olas, en donde nunca
ha soplado el viento, en los parages
que habita la serpiente marina, y
en donde la sirena adorna con conchas
su verde cabellera, la voz de
tu invocacion ha resonado como la
tempestad sobre la superficie de las
aguas, el eco la ha repetido en mi
pacfico palacio de coral. Declara tus
deseos al espritu del Ocano.


CUARTO ESPRITU.

En los parages en donde duerme
el terremoto sobre una cama de
fuego, en los parages en donde hierven
los lagos de betun, en las concavidades
subterrneas que reciben
las raices de estas cordilleras cuyas
cumbres ambiciosas se pierden en
las nubes, he oido los acentos mgicos,
y subyugado por su poder, he
dejado los lugares en que he nacido
para ponerme cerca de t. Ordena,
yo obedecer.


QUINTO ESPRITU.

Yo soy quien vuela sobre el aquilon
y el que prepara las tormentas.
La tempestad que he dejado detras
de m est todava ardiendo con los
fuegos de los truenos y de los relmpagos.
Para llegar mas pronto
en donde t te hallas ha atravesado
la tierra y los mares en un huracan.
Un cfiro favorable hinchaba las velas
de una flota que encontr, pero
estar sepultada en las olas antes
que aparezca la aurora.


SESTO ESPRITU.

Mi morada es constantemente la
oscuridad de la noche. Porqu tus
conjuros me fuerzan  ver la odiosa
claridad?


SPTIMO ESPRITU.

El astro que preside  tu destino
estaba dirigido por m desde antes
que la tierra fuese creada. Nunca
habia girado un planeta mas hermoso
al rededor del sol: su curso
era libre y regular, ningun astro
mas benfico existia en el espacio.
La hora fatal lleg: este astro se
convirti en una masa de fuego, en
un cometa vago que amenaz al universo
girando siempre por su propia
fuerza, sin esfera y sin curso; horror
brillante de las regiones tereas,
monstruo disforme entre las constelaciones
del cielo. En cuanto  t,
nacido bajo su influencia; t, gusano
 quien yo obedezco y que
desprecio, cediendo  un poder que
no te pertenece, y que no te ha sido
prestado sino para someterte algun
dia al mio, vengo por un momento
 reunirme  los espritus dbiles
que doblan aqu su rodilla; vengo
 hablar  un ser tal como t. Qu
me quieres pues, criatura de barro?
qu me quieres?


LOS SIETE ESPRITUS.

La tierra, el Ocano, el aire, la
noche, las montaas, los vientos y
el astro de tu destino estn  tus
rdenes. Hombre mortal, sus espritus
esperan tus deseos. Qu quieres
de nosotros, hijo de los hombres?
qu quieres?


MANFREDO.

El olvido.


EL PRIMER ESPRITU.

El olvido de qu?


MANFREDO.

De lo que est dentro de mi corazon.
Leedlo, vos lo sabeis bien y
yo no puedo esplicarlo.


EL ESPRITU.

Nosotros no podemos darte sino
lo que poseemos. Pdenos vasallos,
una corona, el trono del mundo 
de uno de sus imperios; pdenos una
seal con la cual gobernars  los
elementos que nos obedecen; habla,
t puedes obtenerlo todo.


MANFREDO.

El olvido; el olvido de m mismo!
No podreis encontrar lo que
pido en las regiones secretas que me
ofreceis tan liberalmente?


EL ESPRITU.

Esto no existe en nuestra esencia,
ni en nuestra sabidura; pero ... t
puedes morir.


MANFREDO.

La muerte me lo conceder?


EL ESPRITU.

Nosotros somos inmortales, y no
olvidamos nada, somos eternos, y
para nosotros lo pasado y lo venidero
son como lo presente: ved
nuestra respuesta.


MANFREDO.

Esto es burlarse de m; pero el poder
que os ha conducido  mi presencia
os ha puesto bajo mi disposicion.
Esclavos, no hay que hacer mofa de
las voluntades de vuestro seor. El
alma, el espritu, la chispa celeste,
la luz de mi ser, tiene la misma brillantez
y la misma penetracion que
las vuestras, y no ceder jamas
aunque se halle encerrada en una
prision de barro. Respondedme, 
sino sabreis quien soy.


EL ESPRITU.

Nosotros repetiremos las mismas
palabras; lo que acabas de decir
puede ser tambien nuestra respuesta.


MANFREDO.

Esplicaos.


EL ESPRITU.

Si como t dices, tu esencia es
semejante  la nuestra, te hemos
respondido, diciendo que lo que
los hombres llaman la muerte no
tiene ningun poder sobre nosotros.


MANFREDO.

Ser pues en vano que os haya
invocado en vuestras moradas; vosotros
no quereis  no podeis socorrerme.


EL ESPRITU.

Habla, te ofrecemos todo lo que
poseemos: piensa bien en ello antes
de despedirnos y pide. Quieres un
reino, el poder sobre los hombres,
la fuerza, una larga serie de dias?


MANFREDO.

Malditos seais! qu sacar de
una larga vida? la mia ya ha durado
demasiado; desapareced.


EL ESPRITU.

Todava un momento; mientras
que estamos aqu quisieramos serte
tiles. Piensa bien en esto; no hay
algun otro don que pudieramos hallar
digno de serte ofrecido?


MANFREDO.

Ninguno: esperad sin embargo...
Un momento antes de separarnos,
quisiera veros cara  cara. Oigo
vuestras voces, cuya dulzura melanclica
se asemeja  las armonas
melodiosas en medio de un lago
cristalino; veo la inmvil claridad
de una grande estrella, pero nada
mas. Pareced  mi presencia tales
como sois, uno despues de otro 
todos juntos, pero en vuestra forma
acostumbrada.


EL ESPRITU.

Nosotros no tenemos otra forma
que la de los elementos de los que
somos el alma y el principio; pero
desgnanos la forma que quieras,
y ser la que adoptaremos.


MANFREDO.

Poco importa la forma; no hay
ninguna sobre la tierra que sea hermosa
 hedionda para m: que aquel
que entre vosotros est dotado de
mas poder, tome el aspecto que le
convenga. Yo lo espero.

      [El sptimo Espritu aparece bajo la figura de una
      hermosa muger.]


EL SPTIMO ESPRITU.

Miradme.


MANFREDO.

O cielo! ser esto una ilusion?
si t no fueses un sueo  una imgen
engaosa aun podria considerarme
dichoso! te estrecharia entre
mis brazos y aun podriamos... (_la
muger desaparece_). Mi corazon se
halla destrozado.

      [Manfredo cae desmayado, y una voz hace oir el canto que
      sigue.]

Cuando la luna brillar en las
regiones areas, el gusano fosfrico
en los cspedes, el metoro al rededor
de las sepulturas y una llama
rojiza sobre las lagunas; cuando
aparecer el relmpago repentino de
las estrellas que caigan, cuando los
buhos harn oir sus tristes conciertos
y las hojas permanecern inmviles
y silenciosas en el bosque que
cubre la colina, mi alma pesar
sobre la tuya con fuerza y de una
manera terrible.

Por profundo que sea tu sueo
tu espritu no dormir; hay algunas
sombras que nunca se desvanecern
para t, y algunos pensamientos que
nunca podras desterrar de tu corazon.
Por un poder que te es desconocido,
no podrs nunca estar solo:
este encanto secreto te envuelve como
una mortaja, y es como una
nube que te servir de prision.

Aunque t no me veas pasar por
tu lado, tus ojos me reconocern
como un objeto que no debe estar
lejos, y que estaba cerca de t habia
muy poco. Cuando en este terror
secreto volvers la cabeza, quedars
sorprendido de no verme con tu
sombra sobre la tierra, y estars
obligado  disimular el poder cuyos
efectos esperimentars.

Las palabras mgicas pronunciadas
sobre tu cabeza han atraido all
una maldicion terrible, y uno de
los espritus areos te ha hecho caer
en el lazo: en el soplido del viento
habr una voz que te privar el
alegrarte; la noche te negar el silencio
de las sombras, y no podrs
ver brillar el sol sin desear al momento
el es del dia.

Yo he separado de tus lgrimas
prfidas la esencia de un veneno
mortal, he escogido la sangre mas
negra de tu corazon, he arrancado
 tu sonrisa la serpiente que se
mantenia escondida en las arrugas
de tu rostro, he tomado el hechizo
que hacia tus labios tan peligrosos,
he comparado todas estas ponzoas
 los venenos mas sutiles; los tuyos
son aun mas temibles.

Por tu corazon de hierro y tu
sonrisa de vbora, por tus ardides
fatales, por tus miradas engaosas,
por tu alma hipcrita, por tus artificios
seductores y tu falsa sensibilidad,
por el placer que encuentras
en el dolor de los otros, por la fraternidad
con Cain, vengo  condenarte
 que seas t mismo tu infierno.

Derramo sobre tu cabeza el licor
mgico que te destina  los tormentos
que te preparo, el sueo y la
muerte estarn sordos  tus deseos y
 tus splicas; veras la muerte 
tu lado para desearla y temerla.
Pero ya tu decreto se cumple, y
una cadena invisible te rodea con
sus eslabones; mis palabras mgicas
producen su efecto: tu cabeza se
turba y tu corazon est prximo 
marchitarse.




ESCENA II.

      [El teatro representa el monte Jungfro; el dia da
      principio. Manfredo est solo entre las rocas.]


MANFREDO.

Los espritus que habia invocado
me abandonan, las ciencias mgicas
que habia estudiado me son intiles.
Busco un remedio  mis males
y no he hecho sino agriarlos: ceso
de contar con el socorro de los espritus;
lo pasado no es de su resorte,
y el porvenir ... hasta tanto que
tambien est sepultado en la noche
de los tiempos, me causa muy poca
inquietud. O tierra en donde he
nacido! aurora radiante, y vosotras
altas montaas  porqu sois tan hermosas?
Yo no puedo amaros. Y t,
antorcha brillante del universo, que
estiendes tu luz sobre toda la naturaleza,
y la haces temblar de gozo,
t no puedes lucir en mi helado corazon.
Desde esta cima escarpada
veo las orillas del torrente, los pinos
magestuosos que la distancia
los hace semejantes  los humildes
arbustos; y cuando un solo movimiento
bastaria para hacer pedazos
mi cuerpo sobre esta cama de rocas,
y para fijarlo en un eterno descanso,
por qu razon estoy dudoso?

Siento el deseo de precipitarme
al pie de la montaa y no me atrevo
 ejecutarlo, veo el peligro y no
pienso en huirle. Un vrtigo se ha
apoderado de mi vista, y sin embargo
mis pies se mantienen inmviles
y firmes. Un poder secreto me
detiene y me condena  vivir  pesar
mio, si es vivir el llevar un desierto
rido en mi corazon, y el ser
yo mismo el sepulcro de mi alma,
supuesto que no trato de justicar
mis crmenes  mis propios ojos:
esta es la ltima desgracia de los
malos.

      [Un guila pasa sobre Manfredo.]

O t, reina de los aires, cuyo
rpido vuelo te remonta hcia los cielos,
que no te dignes caer sobre m,
para hacer presa de mi cadver, y
alimentar con l  tus hijuelos! Ya
has atravesado el espacio en que podian
seguirte mis ojos; y los tuyos
pueden todava descubrir todos los
objetos que estan sobre la tierra y
en el aire... Ah! cuntos objetos
dignos de admiracion ofrece este
mundo visible! cun grande es en
sus causas y en sus efectos! pero nosotros
que nos llamamos sus seores,
nosotros, criaturas de barro y
semidioses al mismo tiempo, incapaces
de poder caer  un rango mas
inferior, y tambien de elevarnos,
escitamos una guerra continua entre
los elementos diversos de nuestra
doble esencia, respirando  un mismo
tiempo la bajeza y el orgullo,
estamos indecisos entre nuestras miserables
necesidades y nuestros deseos
soberbios, hasta el dia en que
la muerte triunfa y en que el hombre
viene  ser ... lo que no se atreve
 confesar  s mismo, ni  sus semejantes.

      [Un pastor toca la flauta en un parage lejano.]

Qu dulce meloda es el sonido
natural de la zampoa campestre!
porque, en estos parages, la vida
patriarcal no es ciertamente una fbula
de la edad de oro; el aire de la
libertad no resuena aqu sino en las
armonas de la flauta pastoral, y en
el ruido sonoro de los cencerros del
ganado que retoza en las colinas.
Mi alma est hechizada con semejantes
ecos!... Qu no sea yo el invisible
espritu de un sonido melodioso,
de una voz viva, de una
armona animada, qne nace y muere
con el soplo que la produce!

      [Llega un cazador de gamuzas que viene del pie de la
      montaa.]


EL CAZADOR.

La gamuza ha salvado las rocas,
y sus pies giles la han llevado lejos
de m; apenas mi caza me habr proporcionado
en el dia con que hacerme
olvidar mis correras peligrosas...
Pero qu veo? Quin es
este hombre que parece que no es
ninguno de nuestros cazadores, y
que no obstante ha sabido recorrer
estas alturas escarpadas que nuestros
compaeros los mas ejercitados son
los nicos que pueden practicarlo?
Sus vestidos anuncian la riqueza;
su aspecto es varonil, y sus ojos son
tan arrogantes como los de un labrador
que sabe que ha nacido libre.
Acerqumonos  l.


MANFREDO.

      [Sin haber visto al cazador.]

Es indispensable el verse encanecer
por las penas; semejante  los
pinos disecados, restos de los destrozos
de un solo invierno, despojados
de su corteza y de sus verdes
hojas! Es necesario conservar una
vida que no sustenta en m sino el
sentimiento de mi ruina! es preciso
recordarme siempre de los tiempos
mas dichosos! Tengo mi rostro
lleno de arrugas, no por los aos,
pero s por las horas y los momentos
mas largos que los siglos! y todava
puedo vivir! Cumbres coronadas
del hielo, avalanges que un soplo
puede separar de las montaas,
venid  confundirme! He oido muchas
veces rodar en los valles vuestras
masas destructoras, pero vosotros
no aniquilais sino los seres que
todava quisieran vivir, las tiernas
plantas de un nuevo bosque, la cabaa
 la choza del inocente labrador.


EL CAZADOR.

La niebla empieza  levantarse en
el centro del valle, voy  advertirle
que se baje, se arriesgaria  perder
 un mismo tiempo el camino y la
vida.


MANFREDO.

Los vapores se amontonan al rededor
de los hielos, las nubes se
forman en copos blanquecinos y sulfreos,
semejantes  la espuma que
salta por encima de los abismos infernales,
en donde cada ola burmugeante
va  romperse en la costa en
donde estan reunidos los condenados
como las piedras en la de la mar.
Un vrtigo se apodera de m.


EL CAZADOR

Acerqumonos con precaucion
por temor de no sobrecogerle: parece
que ya titubea.


MANFREDO.

Las montaas se han abierto un
camino al traves de las nubes, y con
su choque han hecho temblar toda
la cordillera de los Alpes, cubriendo
de escombros los verdes valles, deteniendo
el curso de los rios por
su caida repentina, reduciendo sus
aguas en turbillones de vapores y
forzando al manantial  que se forme
una nueva madre. Asi cay en otros
tiempos el monte Rosemberg minado
por los aos. Qu no hubiese caido
sobre m!


EL CAZADOR.

Amigo tened cuidado! el dar
otro paso pudiera seros fatal. Por el
amor del Criador, no permanezcais
 la orilla de este precipicio.

      [Manfredo continua sin oirle.]


MANFREDO.

Hubiera sido un sepulcro digno
de Manfredo! mis huesos habrian
descansado en paz bajo un monumento
semejante, no hubieran quedado
sembrados sobre las rocas, viles
juguetes de los vientos, como
van  serlo, despus que me haya
precipitado... A Dios bvedas celestes;
que vuestras miradas no me
reprendan mi accion, vosotras no
estais hechas para m! Tierra, yo
te restituyo tus tomos!

      [Cuando Manfredo va  precipitarse, el cazador le coge y
      le detiene.]


EL CAZADOR.

Detente! insensato: aunque te
halles fatigado de la vida, no manches
nuestros pacficos valles con tu
sangre culpable. Ven conmigo, yo
no te dejar.


MANFREDO.

Tengo el corazon desolado...
Vaya, no me detengas mas... Me
siento desfallecer... Las montaas
dan vueltas delante de m como si
fuesen turbillones. Yo ceso de vivir...
Quin eres?


EL CAZADOR.

Yo responder despues, ven conmigo.
Las nubes se apaciguan.
Apyate sobre mi brazo y pon aqu
tu pie... Toma este baston y ostente
un momento en este arbolito
dame la mano y no abandones mi
cinto... Poco  poco... Bien ... de
aqu  una hora estaremos en la casa
en donde se hacen los quesos. Valor;
muy luego encontraremos un pasage
mas seguro, una especie de sendero
abierto por un torrente de invierno...
Vamos; ved que est bueno. T hubieras
sido un escelente cazador;
sgueme....

      [Descienden con trabajo por las rocas.]




FIN DEL ACTO PRIMERO.




ACTO II, ESCENA PRIMERA.


      [El teatro representa una choza de los Alpes.]




MANFREDO Y EL CAZADOR DE GAMUZAS.


EL CAZADOR.

No, no, permaneced todava,
partireis mas tarde, vuestro espritu
y vuestro cuerpo tienen necesidad
de mas descanso. De aqu  algunas
horas estareis mejor, os servir de
guia, pero adnde iremos?


MANFREDO.

Conozco el camino y no necesito
guia.


EL CAZADOR.

Vuestros vestidos y vuestro aire
anuncian un hombre de un nacimiento
distinguido; vos sois sin
duda uno de los seores cuyos castillos
dominan los valles; cul es
vuestra morada? Yo no conozco sino
la puerta de los palacios de los grandes.
Mi modo de vivir me conduce
muy rara vez  sus vastos hogares,
para sentarme all al rededor del
fuego con sus vasallos; pero los senderos
que se dirigen  dichos castillos
me son muy conocidos desde
mi infancia. Cul es el que os pertenece?


MANFREDO.

Poco te importa.


EL CAZADOR.

Y bien! perdonadme mis preguntas;
pero dignaos estar mas alegre.
Venid  gustar mi vino; es muy
viejo: muchas veces me ha confortado
el corazon en medio de nuestros
hielos; recurrid  l para reanimar
vuestro valor. Vamos, bebamos
juntos.


MANFREDO.

Separa, separa esa copa; sus
bordes estan mojados con sangre!
No ver nunca esta sangre sepultada
bajo la tierra!


EL CAZADOR.

Qu quereis decir? vuestros
sentidos estan turbados?


MANFREDO.

Digo que es mi sangre, mi propia
sangre, la sangre pura que corria en
las venas de nuestros padres y en
las nuestras, cuando en los primeros
dias de nuestra juventud no teniamos
sino un corazon, y nos ambamos
como no hubiramos nunca debido
amarnos. Esta sangre ha sido
derramada, pero se eleva eternamente
de la tierra y va  teir las
nubes que me cierran la entrada del
cielo, en donde t no ests y en
donde yo no estar jamas!


EL CAZADOR.

Hombre singular en tus palabras,
 quien sin duda persigue algun remordimiento
y  quien el delirio
manifiesta las fantasmas! cualesquiera
que sean tus terrores y tus
penas, todava hay consuelos para t
en la piedad de los hombres justos
y en la paciencia....


MANFREDO.

La paciencia! y siempre la paciencia!
esta palabra fue creada para
los hombres dciles y no para las
aves de presa... Predica la paciencia
 los mortales formados con el miserable
polvo, yo soy de otra especie.


EL CAZADOR.

Gracias  Dios! yo no quisiera
ser de la tuya por la gloria de Guillermo
Tell. Pero cualquiera que sea
el mal que te oprime, es preciso soportarle,
y todos esos movimientos
convulsivos son intiles.


MANFREDO.

Yo le soporto sobradamente. Mrame:
yo vivo.


EL CAZADOR.

T te agitas con terror, pero no
vives.


MANFREDO.

Te responder que he vivido muchos
aos, y que no cuentan por
nada en el dia en comparacion de
los que me faltan vivir. Veo delante
de m siglos, el infinito, la eternidad,
mi conciencia y la sed ardiente
de la muerte que me atormenta sin
cesar.


EL CAZADOR.

Apenas se reconoce en tu frente
la edad de la virilidad, yo cuento
muchos mas aos que t.


MANFREDO.

Crees que la existencia depende
del tiempo? Las acciones; ved nuestras
pocas. Las mias han multiplicado
mis dias y mis noches al infinito;
los han hecho innumerables
como los granos de arena de una
costa, y los han convertido en un
desierto rido y helado alque vienen
 espirar las olas que al retirarse no
dejan sino cadveres, escombros de
las rocas y algunas yerbas amargas.


EL CAZADOR.

Ay! ha perdido el juicio, pero
yo no debo abandonarle.


MANFREDO.

Qu no le haya perdido como t
dices! todo lo que ahora veo no seria
sino el sueo de un cerebro enfermo.


EL CAZADOR.

Qu ves pues,  qu crees ver?


MANFREDO.

A t y  m, un paisano de los Alpes,
tus modestas virtudes, tu choza
hospitalaria, tu valerosa paciencia,
tu alma arrogante, libre y
piadosa; tu respeto por t mismo
fundado sobre tu inocencia, tus dias
llenos de salud, tus noches consagradas
al sueo, tus trabajos ennoblecidos
por el riesgo y sin embargo
esentos del crmen, tu esperanza de
una dichosa vejez y de una sepultura
pacfica, en donde una cruz y una
guirnalda de flores adornarn los
cspedes, y  la cual servirn de
epitafio los tiernos sentimientos de
tus nietos: esto es lo que veo; y si
miro dentro de m mismo ... pero ya
no es tiempo; mi alma estaba ya dolorida....


EL CAZADOR.

Y no cambiarias con gusto tu
suerte por la ma?


MANFREDO.

No, amigo mio, yo no querria
hacer un cambio tan funesto paro t,
y no lo haria con ningun otro viviente.
Solo, puedo resistir  mis
angustias, solo, puedo vivir soportando
lo que los otros hombres no
podrian conocer, ni aun en sueos,
sin perder la vida.


EL CAZADOR.

Cmo con este generoso interes
por tus semejantes, puedes verte
cargado de crmenes? cesa de decrmelo;
un hombre capaz de un
sentimiento tan tierno puede haber
inmolado  su furor  sus enemigos?


MANFREDO.

No, no, jamas! he sido cruel con
los que me amaban, con aquellos 
quienes yo amaba. Jamas he dado
un golpe  un enemigo sino en mi
legtima defensa; pero ay! mis caricias
eran fatales.


EL CAZADOR.

Qu el cielo restituya la tranquilidad
 tu alma! qu el arrepentimiento
te vuelva  t mismo! yo te
prometo mis oraciones.


MANFREDO.

No tengo ninguna necesidad de
ellas; pero no desprecio tu piedad,
me retiro;  Dios. Te dejo este bolsillo,
igualmente que mis gracias,
no hay que rehusarle ... esta recompensa
te es debida ... no me sigas ...
conozco mi camino, no tengo que
atravesar los senderos peligrosos de
la montaa; lo repito otra vez, no
quiero que se me siga.

      [Manfredo se va.]




ESCENA II.

      [El teatro representa un valle de los Alpes inmediato 
      una catarata.]


MANFREDO.

El sol no se halla  la mitad de su
carrera, y el arco ris que corona el
torrente recibe de sus rayos sus hermosos
colores[1]. Las aguas estienden
sobre el declivio de las rocas su
manto de plata, y su espuma que se
eleva como un surtidor, se parece 
la cola del enorme y plido caballo
del Apocalpsis sobre el que vendr
la Muerte.

Mis ojos solamente gozan en el
momento de este magnfico espectculo,
estoy solo en esta pacfica
soledad, y quiero disfrutar del homenage
de la cascada con el genio
de este lugar. Llammosle.

      [Manfredo toma algunas gotas de agua en el hueco de su
      mano y las arroja al aire pronunciando su conjuro
      mgico. Al cabo de un momento de silencio aparece la
      Encantadora de los Alpes bajo el arco iris del
      torrente.]

Espritu de una hechicera hermosura,
que yo pueda admirar tu
cabellera luminosa, los ojos resplandecientes
y las formas divinas que
renen todos los hechizos de las
hijas de los hombres  una sustancia
area y  la esencia de los mas puros
elementos! Los colores de tu tez
celeste se parecen al bermellon que
hermosea las megillas de un nio
dormido en el seno de su madre y
mecido con los latidos de su corazon;
se parecen al color de rosa que
dejan caer los ltimos rayos del dia
sobre la nieve de los ventisqueros,
y que puede equivocarse con el pdico
sonrosado de la tierra recibiendo
las caricias del cielo. Tu aspecto
suaviza el resplandor del arco brillante
que te corona; yo leo sobre
tu frente serena que refleja la calma
de tu alma inmortal, leo que t perdonars
 un hijo de la tierra, con
quien se dignan comunicar algunas
veces los espritus de los elementos,
el atreverse  hacer uso de los secretos
mgicos para llamarte  su
presencia y contemplarte un momento.


LA ENCANTADORA DE LOS ALPES.

Hijo de la tierra, yo te conozco;
igualmente que los secretos  que
debes tu poder, te conozco por un
hombre de pensamientos profundos,
estremoso en el mal y en el bien,
fatal  los otros y  t mismo; te esperaba,
qu quieres de m?


MANFREDO.

Admirar tu hermosura, nada mas.
El aspecto de la tierra me sumerge
en la desesperacion; busco un refugio
en sus misterios, huyo cerca de
los espritus que la gobiernan; pero
ellos no pueden socorrerme; les he
pedido lo que no pueden darme,
no les pido nada mas.


LA ENCANTADORA.

Qu es pues lo que pides, que
no pueden concedrtelo aquellos
que lo pueden todo y que gobiernan
los elementos invisibles?


MANFREDO.

Para qu repetir la relacion de
mis dolores? seria en vano.


LA ENCANTADORA.

Yo los ignoro, tened la bondad
de referrmelos.


MANFREDO.

Bien! por cruel que sea para m
esta confesion, hablar mi dolor.

Desde mi juventud, mi espritu
no estaba de acuerdo con las almas
de los hombres, y no podia mirar
la tierra con amor. La ambicion que
devoraba  los dems me era desconocida;
su objeto no era el mio ...
mis placeres, mis penas, mis pasiones
y mi carcter me hacian parecer
un estrao en medio del mundo.
Aunque revestido de la misma forma
de carne que las criaturas que
me rodean, no sentia ninguna simpata
por ellas ... una sola ... pero yo
hablar de ella luego.

Mis placeres eran el ir en medio
de los desiertos  respirar el aire vivo
de las montaas cubiertas de hielo,
sobre cuya cumbre los pjaros no
se hubieran atrevido  construir su
nido, y en donde el granito desnudo
de yerbas se ve desierto de los insectos
alados. Gustaba de atravesar
las aguas de los torrentes furiosos, 
de volar sobre las olas del Ocano
iracundo; me encontraba ufano de
ejercitar mi fuerza contra los corrientes
rpidas; gustaba durante la
noche de observar la marcha silenciosa
de la luna y el curso brillante
de las estrellas; miraba fijamente los
relmpagos durante las tempestades
hasta tanto que mis ojos quedasen
deslumbrados,  bien escuchaba la
caida de las hojas cuando los vientos
del otoo venian  despojar los bosques.
Tales eran mis placeres, y tal
era mi amor por la soledad, que si
los hombres, de quienes me afligia
el ser hermano, se encontraban  mi
paso, me sentia humillado y degradado,
hasta no ser ya, como ellos,
sino una criatura de barro.

En mis paseos delirantes descendia
 la profundidad de las cavernas
de la muerte para estudiar su causa
en sus efectos, y desde los montones
de huesos y del polvo de los sepulcros,
me atrevia  sacar consecuencias
criminales; consagr las noches
en aprender las ciencias secretas olvidadas
hace ya mucho tiempo. Gracias
 mis trabajos y  mis desvelos,
 las pruebas terribles y  las condiciones
 que nos someten la tierra,
los aires y los espritus que despueblan
el espacio y el infinito, familiaric
mis ojos con la eternidad, como
habian hecho en otros tiempos los
mgicos y el filsofo que invoc en
su profundo retiro  Eros y  Anteros[2].
Con mi ciencia creci mi
ardiente deseo de aprender, mi poder
y el enagenamiento de la brillante
inteligencia que....


LA ENCANTADORA.

Acaba.


MANFREDO.

Ah! me complacia en detenerme
estensamente sobre estos vanos atributos,
porque cuanto mas me acerco
del momento en que descubrir la
llaga de mi corazon ... pero quiero
proseguir: aun no te he nombrado,
ni padre, ni madre, ni querida, ni
amigo, con quienes me hallase
unido por nudos humanos: padre,
madre, querida, amigo, estos ttulos
no eran nada para m; pero habia
una muger....


LA ENCANTADORA.

Atrvete  acusarte  t mismo:
prosigue.


MANFREDO.

Se me parecia en lo esterior, en
los ojos, en la cabellera, en sus facciones
y aun en su metal de voz;
pero en ella todo estaba suavizado
y hermoseado por sus atractivos. Lo
mismo que yo, tenia un amor decidido
por la soledad, el gusto por
las ciencias secretas y un alma capaz
de abrazar al universo; pero
tenia ademas la compasion, el don
de los agasajos y de las lgrimas,
una ternura ... que ella sola podia
inspirarme, y una modestia que yo
nunca he tenido. Sus faltas me pertenecen:
sus virtudes eran todas
suyas. Yo la amaba y le priv de la
vida.


LA ENCANTADORA.

Con tus propias manos?


MANFREDO.

Con mis propias manos! no; fue
mi corazon el que marchit el suyo
y le destroz. He derramado su
sangre, pero no ha sido la suya. Su
sangre ha corrido sin embargo, he
vislo su pecho desgarrado y no he
podido curar sus heridas.


LA ENCANTADORA.

Es esto todo lo que tienes que
decir? haciendo parte  pesar tuyo
de una raza que t desprecias, t
que quieres ennoblecerla elevndote
hasta nosotros puedes olvidar
los dones de nuestros conocimientos
sublimes y caer en los bajos pensamientos
de la muerte! no te reconozco.


MANFREDO.

Hija del aire! te protesto que,
despues del dia fatal... Pero la palabra
es un vano soplo, ven  verme
en mi sueo,   las horas de
mis desvelos, ven  sentarte  mi
lado; he cesado de estar solo, mi
soledad se halla turbada por las
furias. En mi rabia rechino los
dientes mientras que la noche estiende
sus sombras sobre la tierra,
y desde la aurora hasta ponerse el
sol no ceso de maldecirme. He invocado
la prdida de mi razon como
un beneficio, y no se me ha concedido:
he arrostrado la muerte;
pero en medio de la guerra de los
elementos, los mares se han retirado
 mi presencia. Los venenos han
perdido toda su actividad; la mano
helada de un demonio cruel me ha
detenido en la orilla de los precipicios
por solo uno de mis cabellos
que no ha querido romperse. En
vano mi imaginacion fecunda ha
creado abismos en los cuales ha querido
arrojarse mi alma; he sido rechazado,
como si fuese por una ola
enemiga, en los abismos terribles
de mis pensamientos. He buscado
el olvido en medio del mundo, lo
he buscado por todas partes y nunca
le he hallado; mis secretos mgicos,
mis largos estudios en un arte sobrenatural,
todo ha cedido  mi desesperacion.
Vivo, y me amenaza una
eternidad.


LA ENCANTADORA.

Quizas yo podr aliviar tus males.


MANFREDO.

Seria necesario llamar los muertos
 la vida  hacerme bajar entre
ellos  la sepultura. Ensaya el reanimar
sus cenizas y hacerlos aparecer
bajo una forma cualquiera y 
cualquier hora que sea; corta el
hilo de mis dias, y sea cual fuere el
dolor que acompae mi agona, no
importa,  lo menos ser el ltimo.


LA ENCANTADORA.

Ni una cosa ni otra estan en mi
arbitrio, pero si t quieres jurar
una ciega obediencia  mis voluntades
y someterte  mis rdenes, podr
serte til en el cumplimiento de
tus deseos.


MANFREDO.

Yo jurar! yo obedecer! y 
quin?  los espritus que domino.
Yo venir  ser el esclavo de los que
me reconocen por su seor!... Jamas!


LA ENCANTADORA.

Es esta toda tu respuesta? no
tienes otra mas dulce? Piensa bien
en ello antes de negarte  lo que te
propongo!


MANFREDO.

He dicho no.


LA ENCANTADORA.

Puedo pues retirarme; habla.


MANFREDO.

Retrate.

      [La Encantadora desaparece.]


MANFREDO _solo_.

Somos la vctima del tiempo y de
nuestros terrores; cada dia se nos
presentan nuevas penas; vivimos
sin embargo maldiciendo la vida y
temiendo la muerte. Gimiendo bajo
el yugo que nos oprime, y cargado
con el peso de la vida, nuestro corazon
no late sino en las ocasiones
que esperimentamos alguna contrariedad,
 algun goce prfido que
finaliza por crueles angustias y por
la estenuacion y la debilidad. En
el nmero de nuestros dias pasados
y por venir (porque lo presente no
existe en la vida) no hay algunos,
no hay uno solo en el que el alma
no deje de desear la muerte, y no
obstante de huirla, como un rio helado
por el invierno cuya fria impresion
bastaria el arrostrarla un
momento?

Mi ciencia me ofrece todava algun
recurso. Puedo invocar los
muertos y preguntarles cul es el
objeto de nuestros terrores. La nada
de los sepulcros quizas me respondern...
Y si no responden?... El
profeta sepultado respondi  la encantadora
de Endor! y el rey de
Esparta supo su destino futuro por
las sombras de la vrgen de Bizancio.
Habia quitado la vida  la que
amaba sin conocer que era su vctima,
y muri sin obtener perdon.
Fue en vano que invocase  Jpiter,
y que por la voz de los mgicos de
la Arcadia suplicase  la sombra
irritada el ceder   lo menos el fijar
un trmino  su venganza. Obtuvo
una respuesta oscura, pero que fue
demasiado cierta[3].

Si yo no hubiese vivido nunca,
lo que amo viviria todava; si no
hubiera amado nunca, lo que amo
aun conservaria la hermosura, la
felicidad y el don de poder hacer
dichosos. Qu se ha hecho la vctima
de mis maldades?... Un objeto
en el cual no me atrevo  pensar...
Nada quizas... De aqu  algunas
horas habr salido de mis
dudas... Sin embargo tiemblo al ver
llegar el momento deseado... Hasta
ahora jamas me ha hecho temblar
el acercarse un espritu bueno 
uno malo... Me estremezco... Siento
un peso de hielo sobre mi corazon.
Pero puedo atreverme  lo que temo
y desafiar los recelos de la materia.
La noche llega....

      [Se va.]




ESCENA III.


      [La cumbre del monte Jungfro.]


EL PRIMER DESTINO.

El disco plateado de la luna empieza
 brillar en los cielos. Nunca
el pie de un mortal vulgar ha manchado
las nieves sobre las cuales
andamos durante la noche sin dejar
ninguna huella. Apenas rozamos ligeramente
esta mar de escarchas
que cubre las montaas con sus olas
inmviles, semejantes  la espuma
de las aguas que el frio ha helado
repentinamente despues de una tempestad;
imgen de un abismo reducido
al silencio de la muerte. Esta
cumbre fantstica, obra de algun
terremoto, y sobre la cual descansan
las nubes de sus viages vagamundos,
est consagrada  nuestros misterios
y  nuestras vigilias: yo espero en
ella  mis hermanos que deben venir
conmigo al palacio de Ariman;
esta noche se celebra nuestra grande
fiesta... Porqu tardan en venir?

      [Una voz canta  lo lejos.]

El usurpador cautivo, precipitado
del trono, sepultado en un
infame reposo, estaba olvidado y
solitario: yo he interrumpido su
sueo, le he dado el socorro de una
multitud de traidores; el tirano
est todava coronado. Pagar mis
cuidados con la sangre de un millon
de hombres, con la ruina de una
nacion, y yo le abandonar de
nuevo  la huida y  la desesperacion.

      [Una segunda voz.]

Un navo bogaba rpidamente sobre
las aguas, impulsado por los
vientos propicios: he rasgado todas
sus velas y roto todos sus masteleros,
no ha quedado ni una sola tabla de
esta ciudad flotante; no ha sobrevivido
un solo hombre para llorar su
naufragio... Me engao, hay uno
que yo mismo he sostenido sobre
las aguas por un mechon de sus cabellos ...
era un sugeto muy digno
de mis cuidados, un traidor en la
tierra y un pirata en el Ocano. Sabr
reconocer mis bondades por
medio de nuevos crmenes.


EL PRIMER DESTINO.

      [Respondiendo  sus hermanos.]

Una ciudad floreciente est sumergida
en el sueo, la aurora
alumbrar su desolacion: la horrible
peste ha caido de repente sobre
los habitantes durante su descanso.
Perecern  millares. Los vivos huirn
de los moribundos que deberian
consolar; pero nada podr defenderlos
de los tiros crueles de la
muerte. El dolor y la desesperacion,
la enfermedad y el terror envuelven
 toda una nacin. Dichosos los
muertos de no ser testigos del espantoso
espectculo de tantos males!
La ruina de todo un pueblo es para
m la obra de una noche; la he verificado
en todos los siglos, y no
ser todava la ltima vez.

      [Llegan el segundo y el tercer Destino.]


LOS TRES DESTINOS JUNTOS.

Nuestras manos encierran los corazones
de los hombres, sus sepulcros
nos sirven de tarima. No damos
la vida  nuestros esclavos sino para
volvrsela  quitar.


EL PRIMER DESTINO.

Salud, hermanos mios. En dnde
est Nemesis?


EL SEGUNDO DESTINO.

Prepara sin duda alguna grande
obra, pero lo ignoro porque me
encuentro demasiado ocupado.


EL TERCER DESTINO.

Vedle aqu.


EL PRIMER DESTINO.

De adnde vienes Nemesis? t
y mis hermanos habeis tardado mucho
esta noche.


NEMESIS.

Estaba ocupada en levantar los
tronos abatidos, en componer himnos
funestos, en volver la corona 
los reyes desterrados, en vengar 
los hombres de sus enemigos  fin
de hacerlos arrepentir de sus venganzas.
He castigado con la locura
 los que estaban detenidos por sabios,
los gefes inhbiles han sido
proclamados por m, dignos de gobernar
el mundo ... los mortales
empezaban  disgustarse de los tiranos,
se atrevan  pensar por s
mismos,  poner los reyes en equilibrio,
y  hablar de la libertad,
que para ellos es el fruto vedado...
Pero est tarde ... montemos en nuestras
nubes.

      [Desaparecen.]




ESCENA IV.


      [El palacio de Ariman.--Ariman est sobre un globo de
      fuego que le sirve de trono, rodeado por los Espritus.]


HIMNO DE LOS ESPRITUS.

Salud  nuestro monarca! al
prncipe de la tierra y de los aires,
que vuela sobre las nubes y sobre
las aguas. En su mano se halla el
cetro de los elementos, quienes,  sus
rdenes, se confunden como el tiempo
del caos. Sopla, y una tempestad
alborota los mares; habla, y las
nubes le responden por la voz de
los truenos; mira, y los rayos del
dia desaparecen, anda, los terremotos
conmueven el mundo. Los
volcanes se forman bajo sus pasos.
Su sombra es la verdadera peste; los
cometas le preceden en los ardientes
senderos de los cielos, y se reducen
 cenizas al menor de sus deseos. La
guerra le ofrece sus sacrificios, la
muerte le paga su tributo; la vida
de los hombres y sus innumerables
dolores le pertenecen: es el alma
de todo lo que existe.

      [Entrada de los Destinos y de Nemesis.]


EL PRIMER DESTINO.

Gloria al grande Ariman. Su poder
se estiende cada dia mas sobre
la tierra: mis dos hermanos han
ejecutado fielmente sus rdenes, y
yo no he descuidado mi deber.


EL SEGUNDO DESTINO.

Gloria al grande Ariman, nosotros
doblamos la rodilla  su presencia,
nosotros, que pisamos las
cabezas de los hombres.


EL TERCER DESTINO.

Gloria al grande Ariman; nosotros
esperamos la seal de su voluntad.


NEMESIS.

Rey de los reyes, nosotros somos
tus vasallos, y todos los seres que
tienen vida lo son nuestros. Aumentar
nuestro poder seria aumentar el
tuyo; no olvidamos nada para conseguirlo.
Tus ltimas rdenes quedan
fielmente ejecutadas.

      [Entra Manfredo.]


UN ESPRITU.

Quin es este audaz? un mortal!
temeraria criatura, pon la rodilla
en tierra y adora!


SEGUNDO ESPRITU.

Este hombre no me es desconocido,
es un poderoso mgico cuya
ciencia es temible.


TERCER ESPRITU.

Arrodllate y adora  Ariman, vil
esclavo, no reconoces  nuestro
seor y al tuyo? Tiembla y obedece.


TODOS LOS ESPRITUS.

Arrodllate, hijo del polvo vil, y
teme nuestra venganza.


MANFREDO.

Conozco vuestro poder, y sin embargo
ya veis que no obedezco.


UN CUARTO ESPRITU.

Nosotros te ensearemos  humillarte.


MANFREDO.

No tengo necesidad de aprenderlo.
Cuntas noches tendido sobre
la rida arena y con la cabeza
cubierta de ceniza, me he prosternado
poniendo mi cara sobre la tierra!
He caido en la ltima de las humillaciones;
porque me he sometido
 mi vana desesperacion y  mi propia
miseria.


QUINTO ESPRITU.

Te atreves  negar al grande
Ariman hallndose sobre su trono,
lo que le concede toda la tierra, sin
haber visto el terror de su gran poder?
Prostrnate te digo.


MANFREDO.

Que Ariman se prosterne delante
del que es superior  l, delante del
Eterno  Infinito, delante del soberano
Criador, que no le ha destinado
 que se le d adoracion; que
l se arrodille, y yo lo ejecutar
igualmente.


LOS ESPRITUS.

Confundamos  este gusanillo;
aniquilmosle.


EL PRIMER DESTINO.

Retiraos; este hombre es mio.
Prncipe de las divinidades invisibles,
este hombre no es de una naturaleza
comun, como lo atestiguan
su aspecto y el encontrarse en estos
lugares. Sus sufrimientos han sido
de una naturaleza inmortal como la
nuestra. Su ciencia, su poder y su
ambicion, tanto como lo ha podido
permitir su esterior grosero que encierra
una esencia etrea, le han elevado
sobre todas las criaturas formadas
de un barro impuro. No ha
aprendido en los secretos que ha
querido penetrar sino lo que conocemos
todos nosotros, esto es, que
la ciencia no es una felicidad y que
no conduce sino  otra especie de
ignorancia. Pero no es esto todo...
Las pasiones, atributos de la tierra
y del cielo, y de las cuales ningun
poder, ningun ser est esento, desde
el gusano hasta las sustancias celestes,
las pasiones han devorado y han
hecho de l un objeto tan miserable,
que yo, que no puedo esperimentar
la piedad, perdono  los que la sienten
en su favor. Este hombre es
mio, y tambien puede ser tuyo todava;
pero en estas regiones ningun
espritu tiene un alma como la
suya, y no puede tener el derecho
de mandarle.


NEMESIS.

Qu viene  buscar aqu?


EL PRIMER DESTINO.

l es quien debe responder.


MANFREDO.

Vosotros sabis hasta donde llegan
mis conocimientos mgicos, y
sin un poder sobrenatural no hubiera
podido hallarme aqu; pero
aun hay poderes superiores, y vengo
 preguntar sobre lo que busco.


NEMESIS.

Qu pides?


MANFREDO.

T no puedes responderme: llama
 los muertos;  ellos se dirigirn
mis preguntas.


NEMESIS.

Gran Ariman, permites que se
satisfagan los deseos de este mortal?


ARIMAN.

S.


NEMESIS.

A quin quieres sacar del sepulcro?


MANFREDO.

A un muerto que estuvo privado
de sepultura: llama  Astarte.


NEMESIS.

Sombra  espritu, sea lo que
seas, que conservas todava una parte
de tu primera forma,  tu forma
entera, sal de la tierra y vuelve 
ver el dia. Vuelve con las mismas
facciones, el mismo aspecto y el mismo
corazon, huye de los gusanos de
la tumba y vuelve  aparecer en estos
lugares: el que puso un trmino
 tus dias es quien te llama.

      [La sombra de Astarte comparece en medio de los
      Espritus.]


MANFREDO.

Es la muerte la que veo? aun
brillan los colores en sus megillas;
pero reconozco demasiado que no
son colores vivientes. El encarnado
no es natural, se parece al que produce
el otoo sobre las hojas marchitas.
Ella es ciertamente, o cielo!
y yo tiemblo al mirarla, al mirar
Astarte! No, no puedo hablarle,
pero quiero que ella hable, que me
condene  me perdone.


NEMESIS.

Por el poder que te ha hecho salir
de la sepultura que te servia de
prision, habla al que acabas de oir,
  aquellos que te han invocado.


MANFREDO.

Guarda silencio; y para m es una
respuesta cruel.


NEMESIS.

Mi poder no va mas lejos. Prncipe
del aire, t solo puedes ordenarle
el hacer oir su voz.


ARIMAN.

Espritu obedece  este espectro.


NEMESIS.

Todava calla! no est pues bajo
nuestro imperio, pero pertenece 
otros poderes. Mortal, tu pregunta
es escusada, y nosotros estamos confusos
igualmente que t.


MANFREDO.

Escchame! Astarte, mi querida,
yeme y dgnate hablarme!
He sufrido tanto, sufro todava tan
cruelmente mrame! la muerte no
te ha cambiado tanto, como yo debo
parecerlo  tu vista! t me amaste demasiado
tiernamente y mi amor era
digno del tuyo. No hemos nacido para
atormentarnos uno y otro de este
modo por culpable que haya sido
nuestro amor. Dime que no me detestas,
que yo solo sea castigado por
los dos, que t sers recibida en el
nmero de los bienaventurados y que
yo debo morir. Porque hasta ahora
todo lo que hay de mas odioso conspira
 encadenarme con la existencia,
 una existencia que me hace
ver con terror la inmortalidad, y
un porvenir semejante  lo pasado.
No puedo encontrar ningun descanso.
Ignoro yo mismo lo que deseo
y lo que busco, y no siento sino
lo que t eres y lo que soy. Quisiera
oir tu voz todava una vez antes de
morir, la voz que para mi oido era
la mas dulce meloda. Respndeme,
o querida mia! te he llamado en
las sombras de la noche; he asustado
 los pjaros dormidos bajo las
hojas silenciosas, he despertado al
lobo en las montaas, y he hecho
conocer tu nombre  los ecos de las
cavernas mas sombras. El eco me
ha respondido, los espritus y los
hombres tambien me han respondido,
t sola has permanecido muda.
He visto sucederse el giro de las
estrellas en la bveda celeste; he
dirigido mi vista hcia ellas para
ver si podia descubrirte; he recorrido
la tierra para ver si encontraba
alguna cosa que se te pareciese:
dgnate de hablarme finalmente;
mira  esos espritus que nos rodean
que se enternecen al oir mis
quejas; yo los miro sin terror y solo
lo tengo por t; dgnate de hablarme
aunque no sea sino para manifestar
tu enojo; dime  lo menos...
Yo no s lo que deseo; pero djame
todava oir tu voz por la ltima vez.


LA SOMBRA DE ASTARTE.

Manfredo!


MANFREDO.

Ah! prosigue por favor: esta
voz me reanima; es la tuya seguramente.


LA SOMBRA.

Manfredo! maana se acabarn
tus dolores terrestres. A Dios!


MANFREDO.

Todava una palabra una sola
palabra! estoy perdonado?


LA SOMBRA.

A Dios!


MANFREDO.

No nos veremos mas?


LA SOMBRA.

A Dios!


MANFREDO.

Ah! por compasion, todava
una palabra; dime si me amas.


LA SOMBRA.

Manfredo!

      [Desaparece.]


NEMESIS.

Se ha ido y no volver  aparecer:
sus palabras se cumplirn;
vulvete  la tierra.


UN ESPRITU.

Se encuentra en las convulsiones
de la desesperacion; ved los mortales:
quieren penetrar los secretos
que son superiores  su naturaleza.


OTRO ESPRITU.

Pero ved como se domina  s
mismo, y como somete sus tormentos
 su voluntad! si hubiese sido un
espritu como nosotros hubiera sobrepujado
 todas las otras inteligencias
celestes.


NEMESIS.

Tienes todava que hacer alguna
pregunta  nuestro augusto
monarca   sus vasallos?


MANFREDO.

Ninguna.


NEMESIS.

A Dios hasta la vista.


MANFREDO.

Nosotros volveremos pues  vernos?
Pero en dnde, sobre la tierra?
No importa; adonde t quieras.
A Dios, te doy gracias por el
favor que acabas de concederme.




FIN DEL ACTO SEGUNDO.




ACTO III, ESCENA PRIMERA.


      [Una habitacion del castillo de Manfredo.]


MANFREDO Y HERMAN.


MANFREDO.

Se acabar bien pronto el dia?


HERMAN.

Todava falta una hora, y el sol
va  ocultarse; todo nos anuncia
una hermosa noche.


MANFREDO.

Lo has dispuesto todo en la
torre, segun lo he ordenado?


HERMAN.

Todo est pronto, seor, ved la
llave y la arquilla.


MANFREDO.

Est bien, puedes retirarte.

      [Herman se va.]


MANFREDO _solo_.

Esperimento una calma y una
tranquilidad que no habia conocido
en mi vida. Si yo no supiese
que la filosofa es la mas loca de
nuestras vanidades, y la palabra
mas vaca de sentido entre todas las
inventadas en la jerga de nuestras
escuelas, creeria que el secreto del
oro, es decir la piedra filosofal tan
buscada, se hallaba finalmente en
mi alma. ste estado tan lisonjero
no puede ser durable, pero ya es
mucho el haberlo conocido aunque
haya sido una sola vez. Ha enriquecido
mis ideas con un nuevo sentido;
y quiero escribir en mi libro
de memoria que existe este sentimiento...
Quin est ah?

      [Herman vuelve  entrar.]


HERMAN.

Seor, el abad de San Mauricio
pide permiso para hablaros.

      [Entra el Abad.]


EL ABAD.

Que la paz sea con el conde Manfredo.


MANFREDO.

Mil gracias, padre mio: que seais
bien venido en este castillo, vuestra
presencia me honra y es una bendicion
para los que le habitan.


EL ABAD.

Lo deseo conde, pero quisiera
hablaros sin testigos.


MANFREDO.

Herman, retrate. Qu es lo que
me quiere mi respetable husped?


EL ABAD.

Quiero hablar sin rodeos: mis
canas y mi celo, mi ministerio y mis
piadosas intenciones me servirn de
disculpa: tambien invoco mi calidad
de vecino, aunque nos visitemos
muy rara vez.

Varias voces estraas y escandalosas
ultrajan vuestro nombre; un
nombre ilustre hace muchos siglos.
Ah! ojal que pueda trasmitirse
sin mancha  vuestros descendientes!


MANFREDO.

Proseguid, os escucho.


EL ABAD.

Se dice que estudiais secretos
que no estan permitidos  la curiosidad
del hombre, y que os habeis
puesto en comunicacion con los habitantes
de las oscuras moradas,
y con la multitud de espritus malignos
que se hallan errantes en el
valle al que da sombra el rbol de
la muerte. S que vivis muy retirado
y que tratais muy rara vez con los
hombres vuestros semejantes; s que
vuestra soledad es tan severa como
la de un prudente anacoreta; y
que no es tan santa!


MANFREDO.

Y quines son los que estienden
estas voces?


EL ABAD.

Mis hermanos en Dios, los paisanos
asustados, vuestros propios vasallos
que observan vuestra inquietud.
Vuestra vida corre el mayor
peligro.


MANFREDO.

Mi vida? yo os la abandono.


EL ABAD.

Yo he venido para procurar vuestra
salvacion y no vuestra prdida...
No quisiera penetrar los secretos de
vuestra alma; pero si lo que se dice
es cierto, todava es tiempo de hacer
penitencia y de impetrar misericordia;
reconciliaos con la verdadera
iglesia, y esta os reconciliar
con el cielo.


MANFREDO.

Os entiendo; ved mi respuesta.
Lo que fu y lo que soy no lo conocen
sino el cielo y yo. No escoger
un mortal por mediador he quebrantado
algunas leyes? que se
pruebe y se me castigue.


EL ABAD.

Hijo mio, yo no he hablado de
castigo y s de perdn y de penitencia:
vos sois quien debe escoger;
nuestros dogmas y nuestra fe me
han dado el poder de dirigir  los
pecadores por la senda de la esperanza
y de la virtud, y dejo al cielo
el derecho de castigar: La venganza
pertenece  m solo, ha dicho
el Seor, y es con humildad
como su siervo repite estas augustas
palabras.


MANFREDO.

Anciano, ninguna cosa puede arrancar
del corazon el vivo sentimiento
de sus crmenes, de sus penas, y del
castigo que se inflige  s mismo: nada:
ni la piedad de los ministros del cielo,
ni las oraciones, ni la penitencia, ni
un semblante contrito, ni el ayuno,
ni las zozobras, ni los tormentos de
aquella desesperacion profunda que
nos persigue por medio de los remordimientos
sin amedrantarnos con
el infierno, pero que l solo bastaria
para hacer un infierno del cielo.
No hay ningun tormento venidero
que pueda ejercer semejante justicia
sobre aquel que se condena y se
castiga  s mismo.


EL ABAD.

Estos sentimientos son laudables,
porque algun dia harn lugar  una
esperanza mas dulce. Vos os atrevereis
 mirar con una tierna confianza
la dichosa morada que est
abierta  todos aquellos que la buscan,
cualesquiera que hayan sido
sus yerros sobre la tierra; pero
para espiarlos es preciso empezar
por conocer la necesidad de ejecutarlo.
Proseguid conde Manfredo ...
todo lo que nuestra fe podr saber
se os ensear y quedareis lavado
de todo lo que pudiesemos absolveros.


MANFREDO

Cuando el sesto emperador de
Roma vi llegar su ltima hora,
vctima de una herida que se habia
hecho con su propia mano  fin de
evitar la vergenza del suplicio que
le preparaba un senado que antes
era su esclavo un soldado conmovido
en apariencia de una generosa
piedad, quiso estancar con su vestido
la sangre del emperador: el
Romano espirando no lo permite y
le dice con una mirada que manifestaba
todava su antiguo poder: Es
demasiado tarde! es esta tu fidelidad?


EL ABAD.

Qu quereis decir con esto?


MANFREDO.

Respondo como l, es demasiado
tarde.


EL ABAD.

Jamas puede serlo para reconciliaros
con vuestra alma, y para reconciliarla
con Dios. No teneis ya
esperanza? Estoy admirado: aquellos
que desesperan del cielo se
crean sobre la tierra alguna fantasma
que es para ellos como la dbil
rama  la que se agarra un desgraciado
que se est ahogando.


MANFREDO.

Ah! padre mio; yo tambien en
mi juventud he tenido ilusiones terrestres
y nobles inspiraciones! entonces
hubiera querido conquistar
los corazones de los hombres  instruir
 todo un pueblo; hubiera
querido elevarme, pero no sabia
hasta qu altura ... quizas para volver
 caer; pero para caer como la
catarata de las montaas, que precipitada
desde la cumbre orgullosa
de las rocas, acumula una onda subterrnea
en las profundidades de un
abismo; pero temible todava, vuelve
 subir sin cesar hasta los cielos
en columnas de vapores que se transforman
en nubes lluviosas. Este
tiempo pas; mis pensamientos se
han engaado  s mismos.


EL ABAD.

Y porqu?


MANFREDO.

No podia humillar mi orgullo,
porque para poder mandar algun
dia, es necesario primero obedecer,
lisonjear y pedir, espiar las ocasiones,
multiplicarse  fin de encontrarse
en todas partes, y hacerse una costumbre
de ocultar la verdad; ved
como se consigue el dominar los espritus
cobardes y bajos, y asi son los
de los hombres en general. Despreci
el hacer parte de una camada
de lobos aunque hubiera sido para
guiarlos. El leon est solo en el bosque
que habita; yo estoy solo como
el leon.


EL ABAD.

Y porqu no vivir y obrar como
los demas hombres?


MANFREDO.

Sin haber nacido cruel, mi corazon
no amaba las criaturas vivientes,
hubiera querido encontrar una
horrible soledad, pero no formrmela
yo mismo; queria ser como el
salvage _Simoun_ que solo habita el
desierto, y cuyo soplo devorador
no trastorna sino una mar de ridas
arenas en donde su furor no es funesto
 ningun arbolillo: no busca la
morada de los hombres, pero es muy
terrible para los que vienen  arrostrarlo.
Tal ha sido el curso de mi
vida, y mientras he vivido he encontrado
objetos que ya no existen.


EL ABAD.

Empiezo  temer que mi piedad
y mi ministerio no pueden seros tiles.
Tan jven todavia ... me cuesta
mucho el....


MANFREDO.

Miradme, hay algunos mortales
en la tierra que se hacen viejos en
su juventud y que mueren antes de
haber llegado el verano de su vida,
sin que hayan buscado la muerte en
los combates. Unos son vctimas de
los placeres, otros del estudio, estos
 causa del trabajo y aquellos por el
fastidio. Hay algunos que perecen
de enfermedad, de demencia,  en
fin de penas del corazon, y esta ltima
enfermedad, ofrecindose bajo
todas las formas y bajo todos los
nombres, hace mas estragos que la
guerra. Miradme; porque no hay
ninguno de estos males que yo no
haya sufrido, y uno solo basta para
terminar la vida de un hombre. No
os admireis ya de lo que soy, pero
si sorprendeos de que haya existido
y de que est todava sobre la
tierra.


EL ABAD.

Dignaos sin embargo escucharme....


MANFREDO [_con viveza_.]

Anciano, respeto tu ministerio y
reverencio tus canas; creo que tus
intenciones son piadosas; pero es
en vano. No me supongais una fcil
credulidad, y solo por la consideracion
que os tengo, evito una conversacion
mas larga. A Dios.

      [Manfredo se va.]


EL ABAD.

Este hombre hubiera podido ser
una criatura admirable; y tal como
es, presenta un caos que sorprende.
Una mezcla de luz y de tinieblas,
de grandeza y de polvo, de pasiones
y de pensamientos generosos, que
en su confusion y en sus desrdenes,
quedan en la inaccion  amenazan el
destruirlo todo. La energa de su
corazon era digna de animar elementos
mejor combinados: va  perecer
y quisiera salvarle. Hagamos
una segunda tentativa; un alma como
la suya merece muy bien el ganarla
para el cielo. Mi deber me
ordena el atreverme  todo para
conseguir el bien; lo seguir, pero
ser con prudencia.

      [El Abad se va.]




ESCENA II.


      [Otra habitacion.]


MANFREDO Y HERMAN.


HERMAN.

Seor, vos me habeis ordenado
el venir  encontraros al ponerse el
sol; vedle que va  eclipsarse detras
de la montaa.


MANFREDO.

Bien! quiero contemplarle.

      [Manfredo se adelanta hacia la ventana del cuarto.]

Astro glorioso, adorado en la infancia
del mundo por la raza de
hombres robustos, por los gigantes
nacidos de los ngeles con un sexo
que, mas hermoso que ellos mismos,
hizo caer en el pecado  los espritus
escarriados, desterrados del cielo
para siempre[4]; astro glorioso, t
fuiste adorado como el dios del
mundo, antes que el misterio de la
creacion fuese revelado; obra maestra
del Todopoderoso, t fuiste el
primero que regocijastes el corazon
de los pastores caldeos sobre la cumbre
de sus montaas, y el reconocimiento
les inspir bien pronto los
homenages que te dirigieron; divinidad
material, t eres la imgen
del gran desconocido que te ha escogido
para que seas su sombra; rey
de los astros, y centro de mil constelaciones,
 t es  quien la tierra
debe su conservacion; padre de las
estaciones, rey de los climas y de los
hombres: las inspiraciones de nuestros
corazones, y las facciones de
nuestros rostros son la influencia de
tus rayos. No hay ninguna cosa que
iguale la pompa de tu salida, de tu
curso y de tu puesta... A Dios, ya no
te volver  ver; mi primera mirada
de amor y de admiracion fue para
t; recibe tambien la ltima: nunca
alumbrars  un mortal,  quien el
don de tu luz y tu calor suave
hayan sido mas fatales que  m...
Se ha ocultado ... quiero seguirle.

      [Manfredo se va.]




ESCENA III.


      [Por una parte se ven las montaas y por la otra el
      castillo de Manfredo y una torre con una azotea. Empieza
      la noche.]


HERMAN, MANUEL _y otros criados de
Manfredo_.


HERMAN.

Es bien estrao que despues de
muchos aos, el conde Manfredo
haya pasado todas las noches en velar
sin testigos dentro de esta torre.
Yo he entrado en ella, no conocemos
todo el interior, pero ninguna
cosa de las que encierra ha podido
instruirnos de lo que hace nuestro
amo. Es cierto que hay un cuarto
en el que ninguno de nosotros ha
entrado; yo daria todo lo que tengo
para sorprenderle cuando se encuentra
ocupado en sus misterios.


MANUEL.

Esto no podria ser sin peligro;
contntate con lo que sabes.


HERMAN.

Ah! Manuel, t eres sabio y discreto
como un viejo; pero t podrias
decirnos muchas cosas. Cunto
tiempo hace que habitas este castillo?


MANUEL.

He visto nacer al conde Manfredo;
entonces ya servia  su padre, al que
se parece muy poco.


HERMAN.

Lo mismo puede decirse de muchos
hijos; pero en qu se diferenciaba
del suyo el conde Segismundo?


MANUEL.

No hablo de las facciones, pero
s del corazon y del gnero de vida.
El conde Segismundo era arrogante,
pero alegre y franco: gustaba de la
guerra y de la mesa, y era poco aficionado
 los libros y  la soledad,
no ocupaba las noches en sombrios
desvelos; las suyas estaban consagradas
 los festines y  las diversiones.
No se le veia ir errante por
las montaas  por los bosques, como
n lobo silvestre, no huia de los
hombres ni de sus placeres.


HERMAN.

Por vida mia! vivan estos tiempos
dichosos! Quisiera ver  la alegra
que viniese  visitar de nuevo
estas antiguas murallas! Parece que
las ha olvidado del todo.


MANUEL.

Era necesario primeramente que
el castillo cambiase de seor. Oh!
he visto aqu cosas tan estraas,
Herman!


HERMAN.

Y bien! dgnate de hacer confianza
de m; cuntame algunas cosas
para pasar el rato: te he oido hablar
vagamente sobre lo que sucedi
en otros tiempos en esta misma
torre.


MANUEL.

Me acuerdo que una tarde  la
hora del crepsculo, una tarde semejante
 esta, la nube rojiza que
corona la cima del monte Eigher
estaba en el mismo parage, y quizas
era la misma nube, el viento era
flojo y tempestuoso, la luna empezaba
 lucir sobre el manto de nieve
que cubre las montaas; el conde
Manfredo estaba como ahora en su
torre: qu hacia all? lo ignoramos;
pero estaba con l la sola compaera
de sus paseos solitarios y de sus
desvelos, el nico ser viviente 
quien manifestaba amar; los lazos
de la sangre se lo ordenaban, es
cierto; era su querida Astarte; era
su... Quin est, ah?

      [Entra el Abad de San Mauricio.]


EL ABAD.

En donde est vuestro amo?


HERMAN.

Est en la torre.


EL ABAD

Es preciso que yo le hable.


MANUEL

Es imposible, est solo, y nos est
prohibido el introducir  nadie.


EL ABAD.

Yo lo tomo sobre m ... es preciso
que yo le vea.


HERMAN.

No le habeis ya visto esta tarde?


EL ABAD.

Herman, yo te lo ordeno, ves 
llamar  la puerta y  prevenir al
conde acerca de mi visita.


HERMAN.

Nosotros no nos atrevemos.


EL ABAD.

Y bien! yo mismo ir  anunciarme.


MANUEL.

Mi respetable padre, deteneos, os
lo suplico.


EL ABAD.

Porqu?


MANUEL.

Esperad un momento, y yo me
esplicar en otro parage.

      [Se van.]




ESCENA IV.


      [El interior de la torre.]


MANFREDO _solo_.

Las estrellas se ponen en rden
en el firmamento; la luna se manifiesta
sobre la cumbre de las montaas
coronadas de nieve: admirable
espectculo! conozco que amo
todava  la naturaleza, porque el
aspecto de la noche me es mas familiar
que el de los hombres, y es
en sus tinieblas silenciosas y solitarias,
bajo la bveda estrellada de los
cielos, en donde he aprendido el
idioma de otro universo.

Me acuerdo que cuando viajaba
en tiempo de mi juventud, me encontr
en una noche semejante en
el recinto del Coliseo en medio de
todo lo que nos queda de mas grande
de la ciudad de Rmulo. Un viso
sombro oscurecia el ramage de los
rboles que crecen sobre los arcos
arruinados, y las estrellas brillaban
al traves de las grietas que presentaban
aquellas ruinas. A lo lejos los
ladridos de los perros resonaban en
la otra mrgen del Tiber; mas cerca
de m, el grito lgubre de los buhos
salia del palacio de Csar, y el viento
me traia los sonidos moribundos del
canto nocturno de las centinelas. Por
la parte de la brecha, que el tiempo
ha abierto al circo, parecia que los
cipreses adornaban el horizonte y
solo estaban  la distancia de un
tiro; en estos mismos lugares, que
fueron la morada de los Csares, y
que en el dia estan habitados por
los pjaros nocturnos que hacen oir
sus cantos aciagos, se elevan sobre
las murallas demolidas los rboles
cuyas raices se entrelazan bajo el
domicilio imperial, y la hiedra rastrera
se apodera del terreno destinado
 criar el laurel; pero el circo
sangriento de los gladiadores, ruina
noble  imponente, est todava de
pie, mientras que los palacios de
mrmol de Csar y de Augusto no
presentan sobre la tierra sino escombros
ignorados. T alumbrabas con
tus rayos  la antigua reina del mundo,
astro pacfico de las noches, t
dejabas caer una luz plida y melanclica
que suavizaba el aspecto austero
y doloroso de sus antiguos escombros,
y llenaba en algun modo
el vaco de los siglos. Todo lo que
subsiste todava de hermoso y de
grande recibia de t un nuevo esplendor,
y lo que ya no existe parecia
que habia vuelto  tomar su antigua
brillantez; en estos lugares
todo inspir mi entusiasmo, y mi
corazon conmovido ador silenciosamente
 los grandes hombres de
otros tiempos. Cre ver  todos los
hroes que ya han pasado y  todos
los soberanos coronados que todava
gobiernan nuestras almas desde el
fondo de sus sepulcros....

Era una noche semejante  esta.
Es una cosa particular que me la
recuerde en este momento! pero he
esperimentado muchas veces que
nuestros pensamientos se nos escapan
y se pierden lejos de nosotros,
en el momento en que quisieramos
concentrarlos en una meditacion
solitaria.

      [Entra el Abad de San Mauricio.]


EL ABAD.

Debo pediros perdon de esta segunda
visita; pero dignaos no mirar
como una ofensa la indiscreta importunidad
de mi celo. Recibo con
gusto contra m lo que tiene de culpable,
y que lo que tenga de bueno
pueda ilustrar vuestro espritu! qu
no pueda yo decir vuestro corazon!
Si consiguiese ablandarlo por medio
de mis exhortaciones y de mis oraciones,
pondra en el buen camino
 un corazon noble que se encuentra
escarriado, pero que todava no est
perdido.


MANFREDO.

T no me conoces. Mis dias estan
ya contados, y mis acciones
estan escritas en el libro del cielo.
Retrate, tu permanencia aqu te
seria perjudicial; retrate.


EL ABAD.

Es una amenaza la que me anunciais?


MANFREDO.

No, te advierto sencillamente que
hay peligro para t, y yo quisiera
preservarte de l.


EL ABAD.

Qu quereis decir?


MANFREDO.

Mira, no ves nada?


EL ABAD.

Nada.


MANFREDO.

Mira bien, te digo y sin temblar.
Qu ves ahora?


EL ABAD.

Veo lo que es muy capaz de hacerme
temblar, pero no temo nada,
veo un espectro sombro y terrible
que sale de la tierra como una divinidad
infernal. Su frente est cubierta
con un velo negro, y su cuerpo
parece que se halla rodeado de
nubes aciagas; pero yo no le temo.


MANFREDO.

T no tienes que temer, es cierto;
pero su aspecto puede paralizar tus
miembros cargados de aos. Lo repito,
retrate.


EL ABAD.

Y yo repito que no me retirar
sin que haya hecho desaparecer este
espectro... Qu hace aqu?


MANFREDO.

Lo ignoro: no le he llamado, l
ha venido por su voluntad.


EL ABAD.

Ay hombre perdido! qu
teneis que tratar con semejantes
huspedes? tiemblo por vos, porqu
os mira fijamente y vos  l?
Ah! vedle que descubre su rostro,
las cicatrices del rayo vengador estan
grabadas sobre su frente, y en
sus ojos brilla la inmortalidad del
infierno. Lejos de aqu!...


MANFREDO [_al Espritu_].

Cul es tu mision?


EL ESPRITU.

Ven.


EL ABAD

Quin eres, espritu desconocido?
habla, responde.


EL ESPRITU.

El genio de este hombre. [_A Manfredo_.]
Ven, ya es tiempo.


MANFREDO.

Estoy pronto  todo, pero no reconozco
el poder que me llama,
quin te envia aqu?


EL espritu.

T lo sabrs despus.Ven! ven!


MANFREDO.

He mandado  seres de una esencia
superior  la tuya, he resistido
 sus superiores: aljate de estos lugares.


EL ESPRITU.

Mortal! tu hora ha llegado. Ven
te digo.


MANFREDO.

Ya s que mi hora ha llegado,
pero no ser  un ser tal como t 
quien entregar mi alma.


EL ESPRITU.

Llamar pues  mis hermanos?...
Apareced.

      [Aparecen los otros Espritus.]


EL ABAD.

Alejaos, espritus malignos, huid
os digo; vosotros no teneis poder en
los parages en donde se encuentra
la piedad. Huid, os lo ordeno en
nombre de....


EL ESPRITU.

Anciano, nosotros conocemos
nuestra mision y tu ministerio, no
pierdas tus palabras sagradas; serian
intiles. Este hombre est condenado,
y por la ltima vez le intimo
que venga.


MANFREDO.

Yo os desafio  todos; aunque
sienta que mi alma se me ausenta,
os desafio  todos. No os seguir
mientras que me quede un soplo de
vida para luchar aunque sea con los
demonios: si quereis arrancarme de
aqu no lo conseguireis sino miembro
por miembro.


EL ESPRITU.

Mortal rebelde! eres t el mgico
que se atrevi  arrojarse al
mundo invisible y hacerte casi nuestro
igual? eres t el que quieres
conservar una vida que te ha sido
tan funesta?


MANFREDO.

Espritu impostor, mientes; s
que ha llegado la ltima hora de
mi vida y no quisiera retardarla un
momento. No lucho contra la muerte
y s contra t y contra los ngeles de
tu squito. No fue por medio de un
pacto contigo y con tus compaeros
por lo que adquir un poder sobrenatural;
fue mi ciencia superior, mis
privaciones, mi audacia, mis dilatados
desvelos, mi fuerza de alma y mi
habilidad en descubrir los secretos
de los tiempos antiguos en los que
se veia  los hombres y  los espritus
marchar juntamente  ignorar
injustos privilegios. Me encuentro
satisfecho de mis propias fuerzas,
os desafio, y os desprecio.


EL ESPRITU.

Tus crmenes te han hecho....


MANFREDO.

Qu te importan mis crmenes?
Sern castigados por otros crmenes
 por otros mayores criminales?
Vuelve  sumergirte en el infierno,
yo permanezco aqu; t no tienes
ningun poder sobre m, y s que
nunca me poseers. Lo que he hecho,
est ya hecho; llevo en mi pecho
un tormento al cual no aadir
nada el que puedes causarme; un
alma inmortal se recompensa  se
castiga  s misma; independiente
de los lugares y de los tiempos, lleva
consigo el orgen y el trmino de
de sus males; una vez despojada de
su cubierta mortal, su sentimiento
interno no presta ningun color  los
vagos objetos que la rodean, pero
se encuentra absorbida en las penas
 en la dicha que nacen del conocimiento
de sus crmenes  de sus
virtudes. T no has podido tentarme
ni engaarme un momento: porqu
vienes  buscar una presa que
jamas te pertenecer? Me he perdido
 m mismo, y ser mi propio verdugo.
(_A todos_.) Huid, demonios
impotentes; la mano de la muerte
est sobre m, pero no la vuestra.

      [Los demonios desaparecen.]


EL ABAD.

Ay! vuestra frente se pone plida,
vuestros labios pierden el color,
vuestro corazon est oprimido,
y vuestros acentos salen con un sonido
ronco de vuestro pecho palpitante.
Dirigid vuestras oraciones al
cielo, suplicad  lo menos con el
pensamiento ... pero no os entregueis
 la muerte de este modo.


MANFREDO.

Esto es hecho, mis ojos no pueden
mirarte, todo se mueve  mi
rededor, y la tierra parece que se
hunde bajo mis pasos. A Dios padre
mo; dadme la mano.


EL ABAD.

Est fra ... tambin lo est su corazon.
Una sola splica... Ay! qu
es lo que va  sucederle?


MANFREDO.

Anciano, el morir no es difcil.

      [Espira.]


EL ABAD.

Ya no existe; su alma ha tomado
vuelo:  dnde ir?... Temo el
pensarlo ... muri[5]....




FIN.





       *       *       *       *       *




NOTAS DE MANFREDO.



  1   ... Es el efecto que producen los rayos del sol sobre
      la parte interior de los torrentes de los Alpes: ninguna
      cosa tiene mas semejanza  un arco ris tan inmediato 
      la tierra que se puede pasear al instante por debajo.
      Este fenmeno dura hasta el mediodia.



  2   ... El filsofo Jamblico. La historia de la invocacion
      de Eros y de Anteros se encuentra en su vida escrita
      por Eunopino.



  3   ... La historia de Pausanias rey de Esparta, y de
      Cleonice, nos ha sido trasmitida por Plutarco (vida de
      Cimon) y por Pausanias el sofsta en su Descripcion de
      la Grecia.

      El rey Pausanias es el que mandaba  los Griegos en la
      batalla de Platea y que pereci despues, convencido de
      haber querido hacer traicin  los Lacedomonios.



  4   ... _Los hijos de Dios_ vieron  las hijas de los
      hombres y las encontraron hermosas etc.

      En aquellos tiempos habia gigantes en la tierra; y
      cuando los _hijos de Dios_ hubieron conocido  las hijas
      de los hombres y las hubieron hecho hijos, estos mismos
      hijos se hicieron hombres poderosos  ilustres segn
      el siglo.

         _Gnesis_, cap. vi, ver. 3 y 4.




  5   ...Ay! cuando un dia el alma se ver finalmente libre
      de los lazos odiosos del cuerpo, y no conservar de la
      vida material sino lo que le queda  una ligera mariposa
      que acaba de romper su prision de invierno; cuando los
      elementos se reunirn  los elementos semejantes y que
      el polvo ya no ser sino polvo, no sentir entonces
      realmente todo lo que creo ver: los espritus areos, el
      pensamiento incorpreo, y el genio de cada parage, cuya
      inmortal existencia esperimento algunas veces?

         (Childe-Harold, canto iii.)

      En este pasage y en otros muchos, lord Byron manifiesta
      el deseo de comunicar con los espritus, lo mismo que
      Manfredo, y de irse lejos del mundo en donde le cuesta
      mucho trabajo el marchar por el terreno rastrero de los
      pormenores de la vida. Identificndose tambien con el
      personage de Manfredo, el poeta pinta con colores muy
      vivos, las fuertes agitaciones, las pasiones
      turbulentas, y la vuelta contemplativa sobre el destino,
      que nos hacen conocer el fondo de su corazon. La musa de
      lord Byron ambiciona la gloria de inspirarnos simpata
      con una clase de personas con las cuales nos
      avergonzariamos de reconocernos la menor conformidad de
      sentimientos. En despecho de nuestras reclamaciones en
      favor de los principios de gusto y de moral, el poeta se
      apodera de nosotros, por decirlo asi, con la mano de un
      genio sombro, y forzndonos  descender en los secretos
      pensamientos de nuestro corazon, nos descubre all,
      admirndonos de espanto, el grmen de las negras ideas 
      que se abandonan todos sus hroes. Poco le importan las
      consecuencias morales, con tal que escite las
      agitaciones casi involuntarias que le hacen dueo de la
      imaginacion de sus lectores.

      En Manfredo, lord Byron parece adoptar al principio bajo
      nombres persas, la creencia de los maniqueos que admiten
      en el mundo intelectual la oposicion poderosa del
      principio del mal, contrariando sin cesar  la eterna
      Providencia. Manfredo reconoce sin embargo y fuerza al
      mismo Ariman  reconocer la supremacia del dios del
      bien, cuando rehusa el doblar la rodilla y proclama un
      ser delante del cual deben temblar los genios malignos.
      Es una grande concesion la que hace aqu lord Byron  la
      moral religiosa; pues le vemos, muy  menudo armarse de
      una duda sacrlega, atacar toda revelacion venida de
      arriba, y hasta lo que nos descubre un sentimiento
      ntimo, la existencia de un criador.

      Se ve fcilmente que el drama de Manfredo no ha sido
      nunca destinado  la representacion teatral: cuando mas
      podria confiarse  los actores de la Pan-hipocrisiada de
      M. Lemercier.

      Este drama ofrece numerosas relaciones con el de Faust
      que analiza madama de Stal con su talento acostumbrado.
      Vamos  ensayar por medio de algunos estractos de ambas
      obras el modo de que el lector pueda comparar el
      espritu de estas dos piezas estraordinarias.
      Primeramente debe notarse que la nobleza y dignidad
      trgica no cesan nunca de caracterizar el estilo de lord
      Byron, mientras que Gothe ha introducido en la escena
      personages de la nfima plebe, que se esplican en el
      innoble lenguaje de su estado y que parecen no
      representar su papel, sino para probar que el autor est
      tan acostumbrado  las conversaciones bajas de los
      bodegones, como  las maneras elegantes de la corte;
      pero no puede juzgarse  Gothe segn los principios
      establecidos, porque ha afectado el escribir contra
      todas las reglas; no se puede ir mas lejos en
      pensamientos atrevidos, y la memoria que queda de este
      escrito conserva siempre un poco de desvario. Pero este
      talento no debe ser muy envidiado ni admirado, porque
      brilla particularmente  espensas de la moral, del
      juicio interno y de la religion. Gothe no trata
      solamente de destruir todos los consuelos de la vida
      presente, probando que el hombre est destinado  la
      miseria desde su nacimiento, sean cuales fueren su
      rango, su fortuna y su inteligencia, pero procura
      tambien despojarle de la sola esperanza que le queda
      cuando se halla en el colmo de la desgracia: la promesa
      de una felicidad futura. Faust es un hechicero como
      Manfredo sus conocimientos profundos no le preservan
      del fastidio de la vida; ensay para librarse de l, el
      hacer un pacto con el diablo y este concluy con
      llevrsele. Ved la primera palabra que ha dado  Gothe
      su obra singular.

      El diablo es el hroe de esta pieza: el autor no le ha
      concebido como una fantasma hedionda, tal como se
      acostumbra  representarle  los nios; ha hecho de l
      un malvado por escelencia, acerca de quien todos los
      malos, y el de Gresset en particular, no son sino
      novicios, apenas dignos de ser los criados de
      Mefistofeles. (Este es el nombre del demonio que se hace
      amigo de Faust.)

      Gothe ha querido representar en este personage real y
      fantstico  un mismo tiempo, la mas amarga chanza que
      ha podido inspirar el desprecio, y no obstante tiene una
      alegria audaz que entretiene. En los discursos de
      Melistofeles hay una ironia infernal que se dirige  la
      creacion toda entera, y juzga al universo como un mal
      libro cuyo censor es el diablo.

      Faust reune en su carcter todas las debilidades de la
      humanidad: deseos de saber y fatigas del trabajo,
      necesidad del buen resultado y saciedad del placer. Es
      un perfecto modelo del ser variable y movible cuyos
      sentimientos son todava mas efimeros que la corta vida
      de que se lamenta. Faust tiene mas ambicion que fuerza,
      y la agitacion interior le dispone contra la naturaleza
      y le hace recurrir  todos los sortilegios para
      libertarse de todas las condiciones duras, pero
      necesarias, impuestas al hombre mortal. En la primera
      escena se le ve en medio de sus libros y de un nmero
      infinito de instrumentos de fsica y de frascos de
      qumica. Su padre se ocupaba tambien de las ciencias y
      le trasmiti el gusto y la costumbre. Una sola lmpara
      da luz al retiro sombro, y Faust estudia sin cesar la
      naturaleza y particularmente la magia, de cuyos secretos
      ya posee algunos.

      Quiere hacer aparecer uno de los genios creadores del
      segundo rden; el genio viene, y le aconseja no elevarse
      sobre la esfera del espritu humano. Corresponde 
      nosotros, le dice, el sumergirnos en el tumulto de la
      actividad, en las olas eternas de la vida que el
      nacimiento y la muerte elevan y precipitan, rechazan y
      vuelven  traer. Nosotros estamos criados para trabajar
      en la obra que Dios nos manda y cuya trama cumple el
      tiempo. Pero t, que no puedes concebir sino  t mismo,
      t que tiemblas cuando quieres profundizar tu destino, y
      que mi soplo hace estremecer, djame, no me llames mas.
      Cuando el genio desaparece una desesperacion profunda se
      apodera de Faust, y quiere envenenarse.

      Es pues hcia t, licor ponzooso, que mis miradas se
      fijan! T que das la muerte, te saludo como  una plida
      luz en un bosque sombro. En ti honro la ciencia y el
      espritu del hombre; t eres la mas dulce esencia de los
      jugos que proporcionan el sueo. T contienes las
      fuerzas que destruyen la vida, ven  mi socorro, ya veo
      que se calma la agitacion de mi espritu. Quiero
      arrojarme al mar: las aguas cristalinas brillan  mis
      pies como un espejo. Un nuevo dia me llama hcia la otra
      orilla; un carro de fuego pasa sobre mi cabeza, quiero
      subir en l, sabr recorrer las esferas etreas y gustar
      las delicias de los cielos.

      Pero cmo merecerlas en mi abatimiento? S, yo lo
      puedo, si me atrevo  hacerlo, si derribo con valor las
      puertas de la muerte, delante de las cuales todos pasan
      temblando. Ya es tiempo de manifestar la dignidad del
      hombre. Ya no es necesario que tiemble  la orilla del
      abismo en donde su imaginacion se condena  s misma 
      sus propios tormentos, y en donde las llamas del
      infierno parece que impiden el acercarse. Quiero verter
      el mortal veneno en esta copa de cristal puro. Ay! en
      otros tiempos tenia un uso diferente: se pasaba de mano
      en mano en los festines alegres de nuestros padres, y el
      convidado recibindola, celebraba en verso su hermosura.
      Copa dorada! t me recuerdas las noches bulliciosas de
      mi juventud, no te ofrecer mas  mi vecino, no alabar
      mas al artista que supo hermosearte. Te ha llenado un
      lcor sombro, yo le he preparado, le he escogido; ah!
      que sea para mi el ofertorio solemne que consagro  la
      maana de mi nueva vida!

      En el momento en que Faust va  tomar el veneno, oye
      las campanas que anuncian el dia de Pascua  la ciudad,
      y los coros que en la iglesia inmediata celebran esta
      santa fiesta.

      Cantos celestes, poderosos y dulces, porqu me buscais
      entre el polvo? Haceos oir  los humanos  quienes
      podeis consolar. Escucho el mensage que me traeis, pero
      me falta la fe para creerlo. El milagro es el hijo
      querido de la fe. Sin embargo, acostumbrado  oir estos
      cantos desde la infancia, me llaman  la vida. En otros
      tiempos un rayo de amor divino bajaba sobre mi durante
      la solemnidad tranquila del domingo. El sonido bronco de
      la campana llenaba mi alma del presentimiento del
      porvenir y mis oraciones eran un goce ardiente. La misma
      campana anunciaba tambien los juegos de la juventud y la
      fiesta de la primavera. La memoria reanima en m los
      sentimientos propios de los pocos aos, que hacen
      olvidarnos de la muerte. O! haceos oir todava, cantos
      celestes; la tierra me ha reconquistado.

      Este momento de exaltaciones pasagero: Faust tiene un
      carcter inconstante, las pasiones mundanas vuelven 
      apoderarse de su corazon, busca el modo de
      satisfacerlas, y desea el entregarse  ellas. El diablo,
      bajo el nombre de Mefistofeles, viene y le promete
      ponerle en posesion de todos los goces de la tierra,
      pero al mismo tiempo sabe disgustarle de todos ellos;
      porque la verdadera maldad seca el alma de tal manera,
      que concluye por inspirar una indiferencia profunda por
      los placeres igualmente que por las virtudes.

      Mefistofeles conduce  Faust  la casa de una hechicera
      que tenia  su disposicion unos animales medio monos y
      medio gatos. Esta escena puede considerarse en algun
      modo como la parodia de las brujas de Macbeth.

      Faust frecuenta las sociedades acompaado siempre de
      Mefistofeles; pero l se fastidia y el diablo le
      aconseja que se enamore. En efecto se manifiesta
      enamorado de una jven plebeya totalmente inocente y
      sencilla, que vive pobremente con su madre y que se deja
      seducir luego. Faust se cansa del amor de Margarita lo
      mismo que de todos los goces de la vida. No hay nada mas
      hermoso en aleman que los versos en que manifiesta  un
      mismo tiempo el entusiasmo de la ciencia y la saciedad
      de la dicha.

      Espritu sublime, t me has concedido cuanto te he
      pedido, y no has sido en vano que hayas vuelto hcia m
      tu rostro rodeado de llamas, t me has dado la
      encantadora naturaleza por imperio, me has dado la
      fuerza de conocerla y de gozar de ella. No es una fria
      admiracion la que me has permitido, pero s un ntimo
      conocimiento, y me has hecho penetrar en el seno del
      universo igualmente que en el de un amigo; t has
      conducido  mi presencia la multitud variada de los
      vivientes y me has enseado  conocer  mis hermanos en
      los habitantes de los bosques, de los aires y de las
      aguas. Cuando suena la tempestad en el bosque, cuando
      arranca y derriba los pinos gigantescos, cuya caida hace
      resonar la montaa, t me guias  un asilo seguro y me
      revelas los secretos maravillosos de mi propio corazon;
      cuando la luna tranquila sube lentamente  los cielos,
      las sombras plateadas de los tiempos antiguos se
      presentan  mis ojos, sobre las rocas y en las
      arboledas, y parece que me suavizan el severo placer de
      la meditacion.

      Pero lo conozco, ay! el hombre no puede alcanzar nada
      que sea perfecto. Al lado de las delicias que me acercan
       los dioses, es preciso que sufra el compaero frio,
      indiferente y altivo que me humilla  mis propios ojos y
      que con una sola palabra reduce  la nada todos los
      dones que me has hecho. Enciende en mi corazon un fuego
      desordenado que me consume y arrastra hcia la muger
      hermosa: pero con enagenamiento del deseo  la dicha,
      pero en el seno de la felicidad misma un vacilante
      fastidio me hace echar de menos el deseo.

      La historia de Margarita contrista dolorosamente el
      corazon, su estado vulgar, su entendimiento limitado, y
      todo lo que la somete  la desgracia sin que ella pueda
      resistirlo, inspira tambien piedad en su favor. Gothe
      casi nunca ha dado calidades superiores  las mugeres,
      pero pinta maravillosamente el carcter dbil que les
      hace tan necesaria la proteccion. Lord Byron ha adornado
       Astarte de todos los encantos y de todas las
      perfecciones, pero en la pieza no se descubre sino su
      sombra y el poeta no alza sino un momento el velo
      misterioso que cubre  la hermana y  la amiga
      de Manfredo.

      Margarita es la causa de la muerte de su madre y de su
      hermano, y Faust la llena de amarguras. Ay! esclama en
      un momento de remordimientos, hubiera sido tan
      fcilmente dichosa! una pobre choza en uno de los valles
      de los Alpes y algunas ocupaciones domsticas, hubieran
      bastado para satisfacer sus deseos limitados y llenar su
      vida pacfica; pero yo, enemigo de Dios, no he
      descansado hasta despues de haber despedazado su corazon
      y de haber arruinado su miserable destino. De este modo
      la paz debe haberle sido robada para siempre, y es
      necesario que sea la vctima del infierno. Y bien!
      demonio, abrevia mis angustias y haz llegar lo que debe
      suceder. Que la suerte de esta desgraciada se cumpla, y
       lo menos preciptame con ella en los abismos.

      Mefistofeles imagina el trasportar  Faust  la junta
      nocturna de las brujas  fin de distraerle de sus penas;
      y hay una escena que es imposible esplicarla, aunque en
      ella se encuentran un gran nmero de ideas que retener.
      La junta de las brujas es verdaderamente como una fiesta
      de las saturnales.

      Faust sabe que Margarita ha hecho perecer al nio que
      habia dado  luz, esperando por este medio el escusarse
      la vergenza de su conducta. Su crmen ha sido
      descubierto, se le ha puesto en prision, y al dia
      siguiente debe morir en un cadalso. Faust maldice con
      furor  Mefistofeles, y este acusa  Faust con frialdad,
      y le prueba que es l quien ha deseado el mal, y que no
      le ha ayudado sino porque le habia llamado. Se ha dado
      una sentencia de muerte contra Faust porque quit la
      vida al hermano de Margarita; pero no obstante se
      introduce secretamente en la ciudad, obtiene de
      Mefistofeles los medios para libertar  Margarita, y se
      introduce de noche en su calabozo cuyas llaves
      habia ocultado.

      Oye  lo lejos que ensaya el cantar una cancion que
      prueba la prdida de su razon. Margarita cree que vienen
       buscarla para conducirla al cadalso: escena tierna
      entre ella y Faust que no puede decidirla  que le siga;
      Margarita pasa rpidamente de una idea  otra, no
      reconociendo  su amante sino por intervalos.
      Mefistofeles comparece  la puerta y les dice: daos
      prisa  estais perdidos; vuestros retardos y vuestras
      dudas son funestos, mis caballos tiritan, el frio de la
      maana se hace sentir.--_Margarita._ Quin sale de este
      modo de la tierra? l es, l es; hacedle ir. Qu har
      en el lugar sagrado? Es  mi  quien quiere
      llevarse.--_Faust_. Es necesario que tu
      vivas.--_Margarita_. Justicia divina, me abandono 
      t!--_Mefistofeles  Faust_. Ven, ven  te doy la muerte
      igualmente que  ella.--_Margarita_. Padre celestial, yo
      soy tuya, y vosotros ngeles salvadme, coros sagrados,
      rodeadme, defendedme: Faust, tu suerte es la que me
      aflige...--_Mefistofeles_. Ya est juzgada! Las voces
      del cielo esclaman: est salvada!--_Mefistofeles 
      Faust_. Sigeme! Mefistofeles desaparece con Faust; se
      oye en lo interior la voz de Margarita que llama
      intilmente  su amigo Faust! Faust!

      La pieza queda cortada despus de estas palabras. Es
      necesario aadir alguna cosa concluye madama de Stal,
      y nosotros aplicamos lo que dice  nuestra traduccion de
      Manfredo: es preciso suplir por la imaginacion al
      hechizo qne debe aadir una hermosa poesia  las escenas
      que he ensayado traducir. En el arte de la versificacion
      hay siempre un gnero de mrito reconocido por todo el
      mundo, y que es independiente del objeto  que ha sido
      aplicado en la pieza de Faust. La cadencia cambia segun
      la situacion, y la brillante variedad que resulta es
      admirable.

      La creencia de los malos espritus se encuentra en un
      grande nmero de poesas alemanas. La naturaleza del
      Norte se acomoda bastante bien con semejante terror, y
      asi es mucho menos ridculo en Alemania que lo seria en
      Francia, el servirse del diablo en las ficciones.

      Es imposible el leer la pieza de Faust sin que se
      presente en la idea de mil maneras diferentes, se enfada
      uno con el autor, se le acusa, se le justifica, pero da
      motivo para reflexionar sobre todo, y para valerme del
      lenguaje ingenuo de un sabio de la mediana edad, _sobre
      alguna cosa mas que todo_.

      La crtica de una obra semejante debe ser un objeto muy
      fcil de prever de antemano,  mas bien el gnero mismo
      de la obra puede merecer la censura, todava con mas
      razon que el modo como est tratada; porque una buena
      composicion, debe ser juzgada como un sueo; y si el
      buen gusto se halla siempre vigilante en la puerta de
      marfil de los sueos para obligarles  tomar la forma
      convenida, muy rara vez chocarn  la imaginacion.

      Sin embargo la pieza de Faust no es ciertamente un buen
      modelo, y sea que pueda ser considerada como la obra de
      un delirio del entendimiento,  de la saciedad de la
      razon, es de desear que no se repitan semejantes
      producciones; pues cuando un ingenio tal como el de
      Gothe, rompe todas las trabas, la multitud de sus
      pensamientos es tan grande, que por todas partes esceden
      y trastornan los lmites del arte.

      Dichosos los autores que como Gothe, estan traducidos
      y comentados por una muger  quien lord Byron ha
      proclamado la primera de su siglo y de todos los siglos
      pasados! y aunque algunas de sus crticas pueden hallar
      su aplicacion en las obras del autor de Manfredo,
      nuestras citas no podrn ser desagradables  un poeta
      que fue constantemente el admirador y el amigo
      de Corina.



FIN DE LAS NOTAS











End of the Project Gutenberg EBook of Manfredo, by Lord Byron

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MANFREDO ***

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Section  2.  Information about the Mission of Project Gutenberg-tm

Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
electronic works in formats readable by the widest variety of computers
including obsolete, old, middle-aged and new computers.  It exists
because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
people in all walks of life.

Volunteers and financial support to provide volunteers with the
assistance they need, is critical to reaching Project Gutenberg-tm's
goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
remain freely available for generations to come.  In 2001, the Project
Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.


Section 3.  Information about the Project Gutenberg Literary Archive
Foundation

The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
Revenue Service.  The Foundation's EIN or federal tax identification
number is 64-6221541.  Its 501(c)(3) letter is posted at
http://pglaf.org/fundraising.  Contributions to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
permitted by U.S. federal laws and your state's laws.

The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
throughout numerous locations.  Its business office is located at
809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org

Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.

Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.

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